Durante tres años, Marta Queirós fue una esposa que el mundo no podía ver.
Casada en secreto con Leon Vasconcelos —uno de los hombres más poderosos del país—, aprendió sus gustos, le guardó sus manías y se tragó su silencio, esperando que algún día él la mirara. La noche en que un médico le pone fecha a su vida, Leon quema una fortuna en fuegos artificiales… para otra mujer. Y la llama «secundaria».
Esa misma noche, Marta decide dejar de rogar.
Se marcha sin pedir nada. Ni el apellido, ni el dinero, ni una explicación. Lo que nadie sabe —ni el marido que la despreció, ni la familia que la usó, ni la rival que le robó el lugar— es que la mujer invisible esconde un talento capaz de poner de rodillas a imperios enteros… y una cuenta pendiente con quienes destruyeron a su madre.
Cuando Leon por fin abre los ojos y comprende lo que tuvo entre las manos, Marta ya es otra: más fría, más brillante, imposible de ignorar. Y él descubrirá, demasiado tarde, que hay deudas que ni toda su fortuna alcanza a pagar.
¿Y si el arrepentimiento llegara justo cuando ella dejó de esperarlo?
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Capítulo 9
POV: Marta
El cuerpo me pasó la cuenta un miércoles, en la feria cerca de casa. Andaba haciendo demasiado: por la mañana los papeles del apartamento, por la tarde el Ateliê, por la noche documentos técnicos hasta tarde. Comía mal y dormía poco. Estaba eligiendo un tomate cuando el suelo se inclinó, los colores se escurrieron y me sujeté del puesto sin poder mantenerme en pie.
Desperté en el Instituto Oncológico Paulista con Carolina agarrándome la mano. Carol es la única amiga que me quedó de mi vida de antes, directa y testaruda.
—Te desmayaste en la feria, Marta. La gente llamó al número de emergencia de tu celular, que casualmente es el mío. —Le temblaba la voz—. ¿Qué te está pasando?
—Fue solo debilidad, Carol. Anduve...
—No me vengas con «fue solo debilidad», porque vi tu cara en la camilla. Vi el color que tenías.
—Fue el estrés de la mudanza. Anduve exagerando, durmiendo poco. Te prometo que voy a descansar.
—Hace semanas que desapareces, adelgazas, vuelves a desaparecer. Sé lo del divorcio, sé que tu vida se dio vuelta. Lo único que no entiendo es por qué no me dejas ayudarte.
—Porque no hay nada que ayudar. Es cansancio. —Entrecerró los ojos, sin creerme. Carol sabe lo del divorcio, sabe que adelgacé, y no sabe lo demás. Necesito que siga así.
—Voy a pedirle permiso, señora. —La médica entró y se dirigió a Carol—. Necesito un minuto a solas con la paciente.
—Marta, los exámenes confirman lo que ya sabes, y confirman que vamos tarde —dijo la Dra. Vera Bittencourt, de oncología, abriendo mi carpeta—. La ventana para una cirugía con buen margen ya pasó.
—¿Y el camino ahora?
—Empezar la quimioterapia lo antes posible y programar la extracción del útero, la histerectomía, en cuanto tu cuerpo lo permita.
—¿Y las probabilidades? —No fue una pregunta.
—Con el protocolo completo, hablamos de un cuarenta por ciento. No voy a venderte más que eso, y no voy a venderte menos. —Me miró a los ojos—. Depende de cómo respondas, de qué tan rápido actuemos, y de que no vuelvas a desmayarte en ninguna feria.
—Cuarenta por ciento —repetí.
—Es un número de trabajo, no una sentencia. Hay gente que responde bien, todos los días. Déjame explicarte el calendario: la quimioterapia va por ciclos, con semanas de intervalo para que el cuerpo respire.
—¿Y qué puedo esperar de cada ciclo?
—Voy a ser franca: náuseas, caída del cabello, las defensas por el suelo, días en que no vas a poder levantarte de la cama. ¿Tienes a alguien que te acompañe a las sesiones?
—Tengo.
—No es vergüenza necesitar a la gente, Marta. Nadie hace esto solo.
—Lo sé. Tengo a alguien. —Dije que tenía porque la respuesta correcta era sí, aun sabiendo que me las iba a arreglar para ir sola casi siempre.
Recibí el número como recibo cualquier dato. Lo que dolió fue pensar en mi abuela, Dona Íris, mayor y enferma, y en mi tío Bernardo, grave, a la espera de un trasplante que la familia apenas puede costear.
—La médica dijo que fue anemia y agotamiento —dije cuando Carol volvió—. Voy a tomar unas vitaminas y a bajar el ritmo. Nada del otro mundo.
—¿La anemia tumba a una persona así, de la nada, en plena calle?
—Tumba, cuando la persona es testaruda como yo.
—¿Me juras que es solo eso?
—Te juro que voy a comer, dormir y dejar de hacerme la superheroína. Puedes irte tranquila.
Me abrazó. Por encima de su hombro vi a la Dra. Vera parada en la puerta, observándome mentir. No me delató; solo movió la cabeza apenas.
—Fuera lo que fuera, Marta, no tenías por qué pasar por esto sola —dijo Carol en la puerta, sujetándome el brazo—. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé. —Casi se lo cuento todo ahí; la frase entera me subió hasta la garganta, y me la tragué, porque contarlo me aliviaría a mí y la cargaría a ella para siempre—. Eres una exagerada. Vete a casa.
Llamé a mi abuela, la que me crió en los veranos de la infancia y me dice nietecita querida.
—¡Nietecita! Qué falta me hacía tu voz —contestó—. ¿Estás comiendo bien? Tienes la voz muy delgadita.
—Estoy de maravilla, abue. Comiendo como una tonta. Es que conseguí un trabajo nuevo y estoy entusiasmada, salgo temprano, llego tarde.
—¿Trabajo nuevo? Cuéntaselo todo a tu abuela.
—Un proyecto precioso, del tamaño de lo que estudié. Estoy feliz de verdad, usted ni se imagina.
—Ay, gracias a Dios. Yo vivía con miedo de verte triste en aquel matrimonio.
—Aquello quedó atrás, ahora solo hay cosas buenas. ¿Y el tío Bernardo, cómo va con los exámenes?
—En la lucha, mi niña. Esperando su turno para el trasplante.
—Mándale un beso, dile que rezo todos los días por su cupo. Abue, tengo que colgar, el trabajo llama. Cuídese.
—Cuídate tú también, nietecita querida.
Decidí ahí mismo la regla de los próximos meses. Nadie de mi familia va a saberlo: para mi abuela ando ocupada y feliz; a mi tío le mando mensajes preguntando por sus exámenes y le escondo los míos. Voy a inventar fotos de una vida que va bien y guardarme el plazo para mí.
Firmé los papeles del primer ciclo de quimioterapia y guardé la tarjeta con la cita en el fondo del bolso, donde Carol no la vería. Salí del hospital por mi propio pie. Si me quedaba poco tiempo, no iba a gastar ni un minuto siendo tratada como una moribunda; iba a gastar cada uno siendo, por fin, quien yo era.