Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.
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Capítulo 11: Veneno en las palabras y la furia contenida
Mientras Mikeila disfrutaba de la comida en el despacho privado, ajena al bullicio exterior, la tensión en el salón principal se cortaba con cuchillo. Caroline Castell recorría el lugar con la mirada y el corazón en la garganta, buscando desesperadamente a su sobrina por cada rincón sin rastro de éxito. En ese preciso momento, el protocolo exigió que se acercara al estrado para rendir sus respetos al nuevo Alfa.
—Saludo al Alfa soy Caroline Castell a su servicio mi señor.
Desde su asiento elevado, con la mirada fría y afilada como un témpano, Harlan la observó detenerse frente a él.
—Señora Caroline Castell, ¿alguien más vino con usted esta noche? —inquirió Harlan con una voz pausada que sonó como una sentencia de muerte.
Caroline sintió que el aire le faltaba por un segundo. Se puso nerviosa, tragó saliva y respondió con excesiva prisa:
—Sí, mi... mi sobrina, Excelencia. Pero al parecer se sintió indispuesta y debió retirarse temprano a descansar.
Harlan levantó una mano, deteniendo cualquier otra excusa, mientras una sonrisa peligrosa cruzaba sus labios.
—Vaya... Tal vez deba irse usted también y comprobar su estado. ¿Acaso no se preocupa por su propia familiar?
—Oh, sí, por supuesto, mi señor... Lo que pasa es que, como su loba aún no ha despertado, es muy común que sufra desmayos o malestares —se apresuró a justificar Caroline, intentando salir del paso.
El ceño de Harlan se frunció con brusquedad.
—¿Y por qué no ha despertado aún? Todos los lobos despiertan a más tardar a los dieciocho años. ¿O acaso ella es menor que eso?
Caroline esbozó una sonrisa maliciosa, buscando desviar la atención y sembrar la duda para proteger sus propios intereses oscuros.
—No, mi señor, ya tiene diecinueve. Tal vez se deba a que su madre proviene de una descendencia que nadie conoce... Su linaje no debe de ser del todo puro, ya sabe cómo son esas sangres olvidadas —inssinuó con desprecio, intentando manchar la reputación del apellido de la madre de Mikeila.
Al escuchar semejante infamia, Harlan apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su lobo interno rugía con una violencia asesina en lo más hondo de su mente, deseando desgarrar la garganta de la mujer que osaba hablar así de su compañera.
Antes de que Harlan perdiera el control y congelara el salón entero con su ira, intervino la reina, su madre, inclinándose hacia adelante con una elegancia gélida.
—Tal vez la niña no esté siendo bien guiada, señora —terció la reina con voz afilada—. Sea cual fuere el linaje, el espíritu de una loba siempre está presente; solo necesita una mano firme y un guía adecuado. Da la impresión de que usted no ha sabido cumplir con ese papel.
Caroline palideció, sintiéndose acorralada bajo las miradas de los soberanos.
—¡Mi señora, es que es una muchacha rebelde! Desde que su padre la abandonó, se volvió indomable; ya no puedo controlarla —se defendió con desesperación.
—¿Y quién en su juventud no ha sido rebelde? —replicó la reina con una sonrisa de medio lado, señalando con un gesto a su propio hijo—. He aquí un ejemplo: este muchacho ha sido testarudo, impetuoso y rebelde toda su vida, y hoy se ha convertido en el Alfa de Vintergald.
Caroline agachó la cabeza, derrotada y sin argumentos ante la contundencia de la reina.
—Gracias por su consejo, alteza... Si me lo permite, iré a ver cómo se encuentra mi sobrina —murmuró con una reverencia fingida.
La reina hizo un gesto elegante con la mano, concediéndole la retirada, y Caroline se alejó a toda prisa, fundiéndose entre los invitados.
Pocos minutos después, cuando el ambiente del banquete se tornó insoportable para la paciencia de Harlan, el nuevo Alfa se excusó con un movimiento seco ante el consejo, abandonó su asiento y caminó a zancadas hacia su estudio. Necesitaba ver a Mikeila de inmediato y conducirla junto a la curandera; su lobo exigía respuestas, y ya no estaba dispuesto a esperar más para descubrir por qué los hilos del destino mantenían dormida a su compañera.