Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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La promesa que nunca debió romperse
Darian llevaba horas frente al pedestal vacío del archivo real cuando Kael regresó con noticias que no mejoraron su humor. Los guardianes habían revisado cada puerta, cada ventana y cada pasadizo oculto del ala oriental. No había señales de intrusos, ni rastros de magia ajena, ni una sola cerradura forzada. El libro de los siete reinos simplemente había desaparecido, como si nunca hubiera estado allí. Lo único que quedaba era aquella inscripción plateada que parecía burlarse de todos sus esfuerzos.
—¿Alguna explicación? —preguntó Darian sin apartar la mirada de las letras.
—Ninguna que tenga sentido, mi señor. Tres guardianes aseguran haber oído una voz en el corredor, pero ninguno vio a nadie. Uno de ellos dice que la voz pronunció el nombre de la princesa.
Darian giró la cabeza lentamente.
—No vuelvas a llamarla así.
Kael guardó silencio. Llevaba más de un siglo al servicio de los Varek y conocía los límites de su soberano, pero aquella reacción le confirmó lo que sospechaba: la presencia de Náyrel había removido algo más que los recuerdos del castillo.
—Perdona, mi señor. ¿Qué debemos hacer?
—Duplicar la vigilancia alrededor de sus habitaciones. Sin que ella lo note. Y quiero que revises los registros de la antigua alianza.
—¿Los de antes de la caída de la Luna Blanca?
—Todos.
Kael vaciló antes de preguntar lo que llevaba años evitando.
—¿También los documentos sobre la noche en que desapareció su madre?
Darian se quedó completamente quieto. Durante un instante, las sombras del archivo se alargaron hasta cubrir las paredes.
—Especialmente esos.
Cuando Kael se marchó, Darian se acercó a una ventana que daba al jardín. La luna se alzaba sobre las torres del castillo, blanca y distante. Recordaba perfectamente la última vez que había visto a la madre de Náyrel. Ella llevaba un manto plateado y sostenía a su hija recién nacida contra el pecho. A su lado, el rey de la Luna Blanca parecía un hombre que había envejecido décadas en una sola noche.
«Si algo me sucede, prométeme que la protegerás», le había dicho ella.
Darian había aceptado sin vacilar.
Sin embargo, cuando las fuerzas que perseguían a la familia llegaron al santuario, él tuvo que elegir entre salvar a la mujer que le había confiado su hija o impedir que el reino entero cayera en manos de sus enemigos. Eligió salvar el reino. Cuando regresó, el santuario estaba destruido y la mujer había desaparecido.
Durante siglos se convenció de que había hecho lo necesario. Ahora, al mirar el castillo que había construido sobre aquel lugar, comprendía que ninguna victoria podía compensar una promesa incumplida.
Náyrel, mientras tanto, no había dormido. Había escondido el dibujo bajo el colchón y se había pasado la noche intentando comprender su significado. La frase de su madre le daba vueltas en la cabeza: Cuando recuerdes quién te entregó a las sombras, comprenderás quién te salvó de ellas.
¿Quién la había entregado? ¿Y por qué Darian había jurado protegerla antes de que naciera?
Al amanecer, decidió que necesitaba respuestas de alguien que no fuera el soberano. Elowen quizá no le contaría toda la verdad, pero llevaba años viviendo en el castillo y conocía sus secretos mejor que cualquier sirviente.
La encontró en la cocina, preparando una infusión de hierbas. La mujer levantó la vista al verla entrar y le dedicó una sonrisa cansada.
—Deberías estar descansando, querida. Tienes ojeras.
—Y tú tienes la costumbre de responder preguntas que nadie te ha hecho —replicó Náyrel, sentándose frente a ella—. Así que quizá podamos ayudarnos mutuamente.
Elowen soltó una pequeña risa.
—Empieza.
Náyrel sacó el dibujo y lo colocó sobre la mesa. La sonrisa de la mujer desapareció en cuanto vio el símbolo invertido.
—¿Dónde encontraste esto?
—Era de mi madre. Necesito saber qué significa.
Elowen miró hacia la puerta antes de acercarse a la mesa.
—Ese símbolo representa el pacto original entre la Luna Blanca y el Reino de las Sombras. Pero hay algo que casi nadie recuerda: el pacto no se hizo para conquistar territorios ni para repartir poder. Se hizo para proteger a una niña.
Náyrel sintió un escalofrío.
—¿A mí?
—No lo sé. Yo llegué al castillo mucho después de la guerra. Pero escuché a los antiguos sirvientes hablar de una heredera que debía permanecer oculta hasta que las siete estrellas volvieran a alinearse.
—¿Y qué ocurriría entonces?
Elowen negó lentamente con la cabeza.
—Nadie lo sabe. Los que conocían la historia guardaron silencio, y los demás aprendimos a no preguntar.
Náyrel recogió el dibujo.
—¿Darian conocía a mi madre?
—Sí.
—¿Y a mi padre?
Elowen bajó la mirada.
—Creo que sí, aunque nunca lo escuché hablar de él.
Aquella respuesta no era suficiente, pero confirmaba sus sospechas. Darian sabía mucho más de lo que admitía.
—Gracias —dijo Náyrel, guardando el papel.
—Espera. Hay algo más que deberías saber. Anoche, después de que sonara la campana, vi una luz bajo la puerta de la torre norte. No era la luz de la luna. Era plateada, como la magia que llevas en la muñeca.
Náyrel se puso de pie.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque el señor Varek ordenó que nadie se acercara a esa torre.
—Entonces tendré que preguntarle por qué su torre sigue haciendo cosas extrañas.
—Náyrel, por favor. —Elowen le sujetó suavemente la mano—. No sé qué ocurrió entre tu familia y la suya, pero he visto a Darian enfrentarse a ejércitos sin pestañear. Nunca lo había visto mirar a alguien como te mira a ti. No creo que quiera hacerte daño.
Náyrel apartó la mano con delicadeza.
—Quizá no quiera hacerme daño. Pero eso no significa que tenga derecho a decidir mi vida.
Y salió de la cocina antes de que Elowen pudiera responder.
Encontró a Darian en el jardín, junto a una fuente de piedra negra. Él parecía esperarla, como si hubiera sabido que terminaría buscándolo.
—Necesito que me cuentes qué ocurrió la noche en que desapareció mi madre —dijo Náyrel sin saludar.
Darian la observó en silencio.
—¿Quién te habló de esa noche?
—Eso no importa. ¿Qué pasó?
—Tu madre intentó salvarte.
—¿De quién?
—De aquellos que querían utilizar tu sangre para abrir una puerta que debía permanecer cerrada.
Náyrel sintió que el estómago se le encogía.
—¿Y tú estabas allí?
Darian sostuvo su mirada. Esta vez no buscó una excusa ni intentó cambiar de tema.
—Sí.
—¿La ayudaste?
El silencio que siguió fue peor que cualquier respuesta.
—Llegué demasiado tarde —dijo finalmente.
Náyrel sintió una punzada de rabia.
—Siempre llegas tarde cuando se trata de decirme la verdad.
Se dio la vuelta para marcharse, pero Darian habló antes de que pudiera alejarse.
—Náyrel, hay algo que no entiendes. La noche en que tu madre desapareció, yo juré que jamás permitiría que te ocurriera lo mismo. Por eso te traje aquí.
Ella se volvió lentamente.
—¿Me trajiste porque querías protegerme o porque crees que me perteneces por una promesa que hiciste antes de conocerme?
Darian no respondió enseguida. Por primera vez, pareció comprender que ambas cosas podían no ser lo mismo.
—Al principio creí que podía mantenerte a salvo si permanecías cerca de mí —admitió—. No pensé en lo que tú querías.
—Pues empieza a hacerlo.
Náyrel se alejó por el sendero, dejando a Darian junto a la fuente. Él no ordenó a los guardias que la detuvieran. No la siguió ni la llamó de vuelta.
Y para ella, aquel pequeño cambio resultó más desconcertante que todas sus órdenes anteriores.
Al llegar a su habitación, encontró algo sobre la almohada: una página arrancada de un libro antiguo. En ella aparecían los nombres de los antiguos soberanos de la Luna Blanca y del Reino de las Sombras.
Junto al nombre de su madre había una anotación:
«La reina no murió. Fue sellada al otro lado de la puerta».
Náyrel dejó caer la página.
Su madre podía seguir viva.
Y si Darian había conocido la verdad durante todos aquellos años, entonces la razón por la que la había llevado al castillo no era solamente protegerla.
Quizá necesitaba que ella abriera aquella puerta.