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Al Diablo Con Mi Prometido.

Al Diablo Con Mi Prometido.

Status: En proceso
Genre:Villana / Reencarnación
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.

Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.

NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Los peldaños de la escalera de caracol estaban tallados directamente en la roca de basalto negro, resbaladizos por la humedad y cubiertos por una fina capa de escarcha que brillaba como esquirlas de vidrio bajo el fulgor de la antorcha. A medida que bajábamos piso tras piso, el ruido del viento exterior fue silenciándose, reemplazado por un eco sordo, profundo y telúrico que hacía vibrar la piedra bajo nuestras suelas:

*Pum... pum... pum...*

No era el eco del agua ni el crujido de las fallas tectónicas.

Era un latido.

Un latido gigantesco, pesado como el golpe de un martillo colosal contra un yunque de hierro enterrado a mil metros bajo tierra. Con cada pulsación, el aire se volvía más denso, cargado con un olor abrumador a azufre, ozono quemado y ceniza antigua. La marca en mi brazo comenzó a arder con una intensidad tan violenta que sentí el sudor frío empapar mi frente, pero apreté los dientes y continué descendiendo sin pronunciar una sola queja.

Aleixandre caminaba delante de mí, iluminando el camino con la antorcha. De vez en cuando giraba el rostro para comprobar si me quedaba atrás, pero cada vez que sus ojos buscaban un rastro de debilidad en mi marcha, solo se topaban con mi mirada fija, decidida y hambrienta de poder.

Al cabo de casi media hora de descenso ininterrumpido, los peldaños desembocaron en una antecámara colosal.

El techo se perdía en una negrura infinita de donde colgaban estalagmitas tan gruesas como torres de castillos. Pero lo que verdaderamente cortó la respiración de mi pecho fue la fosa central que dominaba la estancia: un abismo circular de más de cien metros de diámetro rodeado por siete pilares de mármol blanco sagrado, cada uno grabado con runas solares doradas que emitían un zumbido agudo y repelente.

De cada pilar partía una cadena gigantesca de oro sagrado, tan gruesa como el tronco de un roble centenario, que descendía hacia la oscuridad de la fosa para clavarse con púas monumentales en el cuerpo de la criatura que yacía en el fondo.

Me acerqué al borde del precipicio, ignorando el calor sofocante que ascendía del abismo.

Allí estaba.

Vaelgoth.

Era una mole colosal de escamas de obsidiana pura, negras y afiladas como hojas de navaja, que reflejaban la luz de la antorcha con un brillo metálico y siniestro. Su cuerpo, enroscado sobre sí mismo como una cordillera dormida, medía fácilmente más de sesenta metros de largo. Sus alas membranosas, desgarradas en varios puntos por los garfios de las cadenas sagradas, estaban inmovilizadas contra el suelo de roca volcánica. De sus fauces entreabiertas, protegidas por colmillos del tamaño de lanzas de caballería, escapaban débiles volutas de humo grisáceo con cada exhalación pesada que hacía estremecer los muros de la caverna.

Siete cadenas de oro solar atravesaban sus hombros, sus garras y la base de su cola, manteniéndolo en un letargo forzado desde hacía tres siglos por el decreto de la iglesia del dios sol.

Sentí que las lágrimas de mi sangre ancestral me subían a los ojos. No eran lágrimas de tristeza; eran de un dolor milenario, la misma rabia compartida por dos criaturas que habían sido encadenadas por hombres mediocres cuyo único mérito era saber cómo apuñalar por la espalda.

—Las cadenas están protegidas por el sello de los siete mártires —la voz de Aleixandre sonó a mi lado, desprovista de su habitual ironía, llena de una solemnidad funeraria—. Solo la sangre de una reina de las brujas que entregue su consentimiento voluntario puede disolver el oro sagrado sin activar las runas de autodestrucción que pulverizarían la montaña entera. Si estás decidida a hacerlo, Eleanor... este es el momento. Una vez que tu sangre toque la primera cadena, no habrá vuelta atrás. El imperio sabrá que la bestia ha despertado antes de que termine la noche.

Lo miré de reojo.

—¿Crees que he caminado hasta aquí para dudar, archiduque?

Me quité el guante de cuero de la mano izquierda con los dientes, arrojándolo al abismo.

Avancé hacia el primer pilar de mármol blanco, donde la cadena más gruesa, la que atravesaba la carne del dragón cerca del corazón, estaba anclada a la roca. El zumbido de las runas solares era ensordecedor, quemándome los oídos con una vibración que intentaba rechazar mi presencia como a una plaga inmunda.

Desenvainé la pequeña daga de acero que llevaba al cinto.

Sin vacilar un solo segundo, coloqué la hoja sobre la palma de mi mano izquierda y tiré de ella con un movimiento seco y firme.

El corte fue limpio y profundo.

La sangre brotó de inmediato: no era de color rojo brillante como la sangre de los mortales comunes; era de un carmesí denso, casi negro, que desprendía un vapor púrpura en el aire gélido de la caverna.

Apreté el puño sobre la superficie pulida de la cadena de oro sagrado, dejando que mi sangre goteara directamente sobre el metal bendito.

En el momento en que la primera gota tocó el eslabón dorado, ocurrió el milagro.

El oro sagrado no resistió: siseó violentamente, como si una gota de ácido corrosivo hubiera caído sobre mantequilla blanda. Una humareda negra y pestilente se levantó del metal, y las runas solares de los pilares comenzaron a parpadear con desesperación antes de agrietarse y romperse una tras otra con el estruendo de cristales reventando bajo la presión de un mazo.

*CRACK.*

El primer eslabón se partió por la mitad con un chasquido metálico que sacudió la caverna entera.

Y entonces, en el fondo de la fosa oscura, el cuerpo gigantesco de la bestia de obsidiana se estremeció.

Un párpado monumental, cubierto por placas de roca negra, se abrió lentamente en la penumbra.

Un ojo colosal, del tamaño de una carroza imperial, brilló con un resplandor dorado y carmesí idéntico a las llamas del infierno, clavando su pupila vertical directamente en mí.

La bestia alzó la cabeza por primera vez en trescientos años, abriendo sus fauces ciclópeas para soltar un rugido que no solo desgarró la roca de la montaña, sino que resonó a través de los cielos invernales, viajando cientos de leguas hacia el sur hasta retumbar en los aposentos del palacio de Valenor, haciendo caer las copas de las manos de Aedric y apagando las velas del altar sagrado del dios sol.

Me quedé allí, de pie al borde del abismo, con la sangre negra goteando de mis dedos y una sonrisa salvaje, hermosa y triunfal iluminando mi rostro en medio de las sombras.

Al diablo con mi prometido. Al diablo con el imperio.

La reina de las cenizas acababa de desatar a su monstruo. Y el mundo entero iba a arder.

1
A.B. 💜🐨
Tremenda constestada 🤣😅🫰
A.B. 💜🐨
Eso mi reina, eso!!
A.B. 💜🐨
El villano...digo nuestro protagonista
A.B. 💜🐨
Infeliz
A.B. 💜🐨
Que arda el reino!!
A.B. 💜🐨
Hermoso 💜, bello.
A.B. 💜🐨
Oh.

Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!
Arely Castañeda
mas por favor🥰👏👏👏
Gleirys Carolina
Buen empezar😊
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