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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La hija que existió antes de nacer.

—Mamá, esta vez no me dejes nacer.

Evelyn se llevó ambas manos al abdomen.

La voz había sido tan clara que, por un instante, creyó que la niña estaba justo detrás de ella, aferrada a su vestido como tantas veces debía haberlo hecho en aquella vida olvidada.

Pero no había nadie.

Solo el silencio de la habitación, el libro abierto sobre la mesa y dos hombres idénticos que se miraban con un odio demasiado antiguo para haber nacido en esta vida.

—¿Qué me está pasando? —susurró Evelyn.

Adrian fue el primero en reaccionar.

—Evelyn, mírame.

Ella levantó los ojos, pero no pudo apartar las manos de su abdomen.

—La he escuchado, Adrian. No ha sido un recuerdo. Me ha hablado.

Él se acercó lentamente.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

Adrian no respondió enseguida. Parecía estar luchando contra algo que no quería reconocer.

—Porque yo también la he escuchado.

Su hermano soltó una risa amarga.

—Por fin.

Adrian se volvió hacia él.

—No vuelvas a hablar de ella como si la conocieras.

—La conocía antes de que tú supieras que existía.

—¡Basta!

La voz de Evelyn resonó en la habitación.

Los dos hombres callaron.

Ella respiró profundamente, intentando recuperar el control. No iba a permitir que el miedo decidiera por ella. Ya había pasado una vida entera dejando que otros eligieran su destino y otra intentando corregirlo sin comprenderlo.

Esta vez necesitaba respuestas.

—Quiero saber quién eres —dijo, mirando al hombre de la cicatriz—. Y quiero saber por qué tienes el rostro de Adrian.

El desconocido inclinó la cabeza.

—Mi nombre es Alexander de Blackthorne.

Adrian apretó los puños.

—Ese nombre murió hace veinticinco años.

—No. Lo enterrasteis junto con el bebé que todos creyeron que era yo.

Alexander miró a Evelyn.

—Soy el hermano gemelo de Adrian. Nacimos la misma noche. Nuestra madre sobrevivió al parto, pero apenas tuvo fuerzas para sostenernos. Mi padre decidió que uno de nosotros sería el heredero y que el otro debía desaparecer.

—¿Por qué? —preguntó Evelyn.

—Porque alguien le había dicho que uno de sus hijos destruiría a la familia Blackthorne.

—¿Y creyó en una predicción?

—Mi padre creía en cualquier cosa que le permitiera controlar el futuro.

Alexander se volvió hacia Adrian.

—Así que eligió. A ti te dio su apellido, su título y su futuro. A mí me entregó a unos desconocidos y anunció mi muerte.

Adrian parecía incapaz de hablar.

—Yo no sabía que existías —dijo al fin.

—Lo sé.

La respuesta de Alexander fue inesperadamente tranquila.

—Ese fue el único pecado que no cometiste.

Adrian bajó la mirada.

Evelyn percibió que aquella frase le dolía más que una acusación.

—Si eras su hermano —preguntó ella—, ¿por qué apareciste en el castillo? ¿Por qué nos observabas?

Alexander tardó en responder.

—Porque la niña me encontró antes de que yo pudiera encontrarla a ella.

Evelyn sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Elara?

Al escuchar el nombre, las llamas de la chimenea se inclinaron hacia un lado, aunque no había viento.

El libro volvió a crujir sobre la mesa.

Alexander miró la página.

—No lo pronuncies tantas veces.

—¿Por qué?

—Porque ella todavía está intentando regresar.

Margaret se cubrió el rostro con las manos.

—Dios mío… Ya es demasiado tarde.

Evelyn se volvió hacia su abuela.

—¡Basta de hablar en acertijos! ¿Qué significa que Elara está intentando regresar? ¿Cómo pudo existir antes de que Adrian y yo nos conociéramos?

Margaret levantó el rostro.

Tenía lágrimas en las mejillas.

—Porque no nació una sola vez, mi niña.

La niña que no tenía cuna

Margaret cerró el libro y pidió a todos que abandonaran la habitación.

Alexander se negó.

—No pienso dejar que vuelvas a ocultarle la verdad.

—No estoy intentando ocultársela —respondió Margaret—. Estoy intentando impedir que la verdad la destruya antes de tiempo.

—Ya la habéis destruido bastante.

Adrian dio un paso hacia su hermano.

—Si sabes algo que pueda salvarla, habla.

Alexander lo miró con desprecio.

—¿Salvarla? Siempre utilizas esa palabra cuando lo que quieres es decidir por los demás.

—¡No sabes nada de mí!

—Sé que tu madre murió creyendo que podía salvar a sus dos hijos. Sé que nuestro padre te enseñó a llamar deber a su crueldad. Y sé que, cuando llegó el momento de elegir entre Evelyn y la niña, volviste a creer que podías controlar el destino.

Adrian se abalanzó hacia él.

Evelyn se interpuso antes de que pudiera alcanzarlo.

—¡No!

Adrian se detuvo a pocos centímetros de su hermano. Su respiración era agitada y la mano que tenía apoyada contra la pared temblaba de rabia.

Evelyn le tomó el brazo.

—No voy a permitir que convirtáis esta habitación en otro lugar lleno de sangre.

Adrian la miró y, poco a poco, retrocedió.

Alexander no parecía satisfecho. Sin embargo, dejó de provocarlo.

Margaret aprovechó el silencio para abrir un pequeño armario empotrado en la pared. Sacó una caja de madera y la colocó sobre la mesa.

—Hace muchos años, antes de que Evelyn naciera, una mujer llegó a esta casa —comenzó—. No recuerdo su rostro con claridad. Llevaba un vestido gris y una medalla idéntica a la que perteneció a Eleanor de Blackthorne.

—¿Quién era? —preguntó Evelyn.

—Dijo que venía de una familia que todavía no existía. Habló de un hombre llamado Adrian y de una mujer llamada Evelyn. Dijo que algún día se encontrarían y que, cuando lo hicieran, tendrían una hija.

Adrian soltó una risa incrédula.

—Eso es imposible.

—Yo también lo creí —respondió Margaret—. Hasta que la mujer me mostró algo.

Abrió la caja.

Dentro había un pequeño zapato de bebé, una cinta azul y una hoja amarillenta.

Evelyn tomó la hoja.

No era un registro de nacimiento.

Era una página de un diario.

Hoy he vuelto a escuchar el llanto de la niña. No sé de dónde viene ni cómo puede llorar una criatura que todavía no ha nacido. La mujer asegura que la pequeña ya nos conoce. Dice que ha vivido entre nosotros más veces de las que podemos recordar.

Evelyn levantó la mirada.

—¿Quién escribió esto?

Margaret señaló la firma al final.

Eleanor de Blackthorne.

Adrian retrocedió como si hubiera recibido un golpe.

—Mi madre…

—Tu madre empezó a investigar antes de morir —explicó Margaret—. Había descubierto que algunas personas de nuestras familias recordaban fragmentos de vidas anteriores. Sueños, voces, nombres que nunca habían oído. Eleanor creía que esas memorias estaban relacionadas con una promesa que se transmitía de generación en generación.

—¿Qué promesa? —preguntó Evelyn.

Margaret la miró con una tristeza profunda.

—Que cuando el mundo llegara a un punto en el que ya no pudiera corregirse a sí mismo, dos almas volverían a encontrarse. Y que de ellas nacería una niña capaz de cambiar el curso de los acontecimientos.

Alexander se acercó a la mesa.

—¿Y mi padre decidió ocultarla?

—Tu padre quiso utilizarla —respondió Margaret—. Creyó que, si controlaba su nacimiento, podría controlar el destino de los Blackthorne.

Adrian negó lentamente con la cabeza.

—No. Mi padre era cruel, pero no habría podido creer que una niña que todavía no había nacido representaba una amenaza.

—No creía que fuera una amenaza —dijo Alexander—. Creía que era una oportunidad.

La habitación quedó en silencio.

Evelyn miró el pequeño zapato.

No sabía por qué, pero aquel objeto le provocaba una tristeza inmensa. Era demasiado pequeño para pertenecer a la niña de los retratos. Parecía hecho para un bebé que apenas había aprendido a mover los pies.

—¿Por qué hay un zapato aquí? —preguntó.

Margaret bajó la mirada.

—Porque esa mujer aseguró que la niña había nacido una vez antes de que sus padres se conocieran. Y que, en aquella vida, no había llegado a cumplir un año.

Evelyn sintió que el aire le faltaba.

—¿Estás diciendo que Elara murió antes de que Adrian y yo nos conociéramos?

—Estoy diciendo que la mujer afirmó haberla conocido antes de su nacimiento.

—¿Y tú le creíste?

—No al principio. Pero me dio este zapato y me pidió que lo guardara. Me dijo que algún día una joven llamada Evelyn regresaría y comprendería por qué.

Evelyn cerró los ojos.

Una imagen cruzó su mente.

Un jardín cubierto de nieve.

Una cuna vacía.

Una mujer arrodillada, llorando junto a una pequeña manta.

Y una voz que repetía:

No era su momento. Todavía no era su momento.

Cuando abrió los ojos, estaba llorando.

Adrian la sostuvo por la cintura.

—¿Qué has visto?

Evelyn negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero creo que la he perdido antes de conocerla.

El hermano que nunca debió existir

Alexander permaneció junto a la ventana, observándolos.

Por primera vez, su expresión había perdido parte de su dureza.

—Hay algo más —dijo.

Adrian soltó a Evelyn lentamente.

—¿Qué?

—La mujer que visitó a Eleanor no era una desconocida.

Margaret cerró los ojos.

—Alexander, no…

—Se llamaba Evelyn Ashbourne.

Evelyn sintió que el mundo se detenía.

—¿Mi antepasada?

—No.

Alexander la miró directamente.

—Era una mujer que tenía tu rostro, tu voz y tu nombre. Una mujer que vivió antes de que tú nacieras, pero que parecía conocerte mejor que nadie.

Adrian frunció el ceño.

—¿Cómo puedes saberlo?

Alexander sacó un pequeño retrato de su abrigo.

Era una miniatura ovalada, protegida por un marco de plata. La mujer representada tenía el cabello recogido, un vestido oscuro y una mirada que hizo que Evelyn retrocediera.

Era ella.

No una mujer parecida.

No una antepasada con rasgos similares.

Era Evelyn, exactamente como se veía a los dieciocho años.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó con un hilo de voz.

—Lo encontré entre las pertenencias de nuestro padre.

Adrian tomó el retrato y lo examinó con incredulidad.

—Esto no puede ser real.

—En el reverso hay una fecha —dijo Alexander.

Evelyn giró la miniatura.

La inscripción estaba escrita con una tinta casi borrada.

17 de octubre de 1816.

Debajo aparecía una frase:

La primera Evelyn prometió traerla de vuelta. La segunda deberá decidir si merece regresar.

Evelyn sintió que las piernas le fallaban.

Adrian la sostuvo.

—¿Qué significa «la primera Evelyn»?

Alexander respondió antes de que Margaret pudiera detenerlo.

—Significa que no eres la primera mujer que ha llevado ese nombre y que ha amado a un hombre de nuestra familia.

—Pero yo recuerdo mi primera vida —susurró Evelyn—. Recuerdo haber vivido hasta los setenta y seis años. Recuerdo mi matrimonio, mi soledad, mi muerte…

—Recuerdas una vida —dijo Alexander—. No necesariamente la primera.

El silencio que siguió fue insoportable.

Evelyn intentó aferrarse a los recuerdos que conocía. Su casa, las tardes interminables, las cartas que nunca llegaron, el dolor de envejecer sin la compañía que había deseado. Todo aquello había sido real para ella.

¿Y si, antes de esa vida, había vivido otra?

¿Y si la historia que recordaba no era el principio de su existencia, sino apenas otro capítulo de algo mucho más antiguo?

—¿Cuántas veces he vuelto? —preguntó.

Alexander negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Y Adrian?

—Tampoco lo sabe.

Adrian miró el retrato y luego a su hermano.

—¿Por qué tú recuerdas más que nosotros?

Alexander se llevó los dedos a la cicatriz de la ceja.

—Porque nunca me permitieron olvidar.

La expresión de su rostro cambió.

—Cada vez que intentaba recordar a nuestra madre, escuchaba la voz de una niña. Cada vez que soñaba con mi hermano, veía a una mujer de cabello blanco caminando hacia una iglesia. Y cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la misma escena.

—¿Qué escena? —preguntó Evelyn.

Alexander tardó en responder.

—A ti, Evelyn. De pie frente a una cuna vacía. Sosteniendo una daga.

Adrian se quedó inmóvil.

Evelyn sintió un frío profundo.

—¿Qué hacía yo con una daga?

—No lo sé. Pero siempre había sangre en tus manos.

Adrian se interpuso entre ellos.

—Basta. No voy a permitir que la sigas atormentando con recuerdos que no puedes demostrar.

Alexander lo miró con una mezcla de rabia y lástima.

—No eres tú quien debe protegerla de la verdad, hermano. Eres tú quien debe dejar de protegerse de ella.

La habitación de Eleanor

Margaret los condujo a una estancia situada en el extremo opuesto de la casa.

Era una habitación que había permanecido cerrada desde la muerte de Eleanor de Blackthorne. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, y sobre una mesa descansaban varios libros de medicina, diarios y documentos relacionados con el nacimiento de los gemelos.

Evelyn se acercó a una fotografía antigua.

En ella aparecía Eleanor, sentada junto a una ventana, con dos bebés en brazos.

Uno tenía los ojos cerrados.

El otro miraba directamente a la cámara.

En el reverso había una inscripción:

Mis dos hijos. Mi mayor alegría y mi mayor temor.

Adrian sostuvo la fotografía con ambas manos.

Durante un instante, pareció olvidarse de todo lo demás.

—No recuerdo su rostro —susurró—. Creía que lo recordaba, pero ahora no estoy seguro.

Evelyn se acercó a él.

—¿Quieres que nos vayamos?

Adrian negó con la cabeza.

—No. He pasado toda mi vida huyendo de una habitación que nunca me atreví a abrir. No volveré a hacerlo.

Dejó la fotografía sobre la mesa y comenzó a revisar los documentos.

Uno de ellos era una carta dirigida a Eleanor.

No tenía firma, pero estaba fechada el día del nacimiento de los gemelos.

Si ambos sobreviven, el pacto quedará incompleto. Si uno de ellos muere, la deuda será transferida al siguiente heredero. No existe una tercera posibilidad.

Adrian leyó la carta dos veces.

—¿Qué pacto?

Margaret se sentó junto a la mesa.

—Arthur creía que el nacimiento de sus hijos estaba relacionado con una antigua deuda de la familia. Pensaba que, si uno de los gemelos desaparecía, podría romperla.

—Pero no la rompió —dijo Alexander.

—No. Solo la trasladó.

Evelyn miró a Adrian.

—¿A quién?

Margaret señaló el diario de Eleanor.

—A la niña.

Evelyn tomó el diario y buscó la fecha del nacimiento de los gemelos.

La encontró en una página casi al final.

Hoy han nacido mis hijos. Adrian y Alexander. Ambos respiran, ambos lloran, ambos tienen derecho a vivir. Arthur insiste en que uno debe desaparecer. Le he suplicado que no lo haga, pero dice que no comprende el precio de mantenerlos a ambos.

La siguiente página estaba arrancada.

En la tercera, Eleanor había escrito:

Si un día una mujer llamada Evelyn llega a esta casa, debo pedirle perdón. No por lo que he hecho, sino por lo que me vi obligada a permitir.

Evelyn se llevó una mano a la boca.

—¿Qué permitió?

Adrian continuó leyendo.

La última entrada era breve.

La niña ha vuelto a llorar. No está aquí, pero puedo escucharla. He preguntado a los médicos si es posible que una criatura recuerde una vida anterior. Se han reído de mí. Sin embargo, cuando he pronunciado el nombre que la mujer me confió, la niña ha dejado de llorar.

Debajo aparecía un nombre.

Elara.

Evelyn cerró el diario de golpe.

Elara.

La niña existía en los documentos mucho antes de que ella y Adrian se convirtieran en pareja.

—¿Qué ocurrió después? —preguntó.

Margaret no respondió.

Adrian tomó otra hoja.

Era un informe médico sobre Eleanor. En él se describía una fiebre repentina, una pérdida de sangre y un deterioro inexplicable de su estado de salud.

Al final, una nota manuscrita decía:

La paciente insiste en que la niña está llamándola. Repite que no puede dejarla sola otra vez.

Evelyn sintió que el corazón se le encogía.

—Mi hija…

Margaret la miró con compasión.

—Eleanor creía que Elara estaba intentando regresar a través de ti.

—¿Y murió intentando salvarla?

—Eso es lo que siempre he creído.

Adrian golpeó la mesa con la palma de la mano.

—¡Entonces todo esto comenzó con la muerte de mi madre!

—No —respondió Margaret—. Comenzó antes. Tu madre solo fue la primera persona que intentó detenerlo.

Alexander se acercó a la ventana.

—Y fracasó.

Adrian lo miró con furia.

—¡Cállate!

—¿Cuánto tiempo vas a seguir fingiendo que no ocurrió? Nuestro padre hizo desaparecer a uno de sus hijos. Tu madre murió intentando reparar lo que él había hecho. Y tú, en otra vida, borraste el nombre de tu propia hija porque creíste que así podrías salvarla.

Alexander se volvió hacia él.

—No eres un monstruo, Adrian. Pero tampoco eres inocente.

Adrian no respondió.

Evelyn vio cómo aquellas palabras lo atravesaban.

Quiso acercarse a él, pero se detuvo.

Todavía no sabía si podía hacerlo sin traicionarse a sí misma.

La decisión de Evelyn

El sol comenzaba a ocultarse cuando Margaret les mostró el último documento.

Era una hoja de pergamino doblada en cuatro partes, sellada con la insignia de los Ashbourne.

En la parte superior aparecía el nombre completo de Evelyn.

Evelyn Margaret Ashbourne.

Debajo había una fecha.

11 de noviembre de 1816.

La fecha prevista para su boda con Adrian.

Pero el documento había sido escrito muchos años antes de que ambos nacieran.

Evelyn leyó la primera línea.

Cuando llegue el día de la segunda unión, la mujer deberá elegir entre recuperar a la hija que perdió y conservar al hombre que ama.

La siguiente frase estaba escrita con una tinta más oscura.

Si elige al hombre, la niña permanecerá fuera del tiempo.

Si elige a la niña, el hombre será borrado de todas las vidas que ella recuerde.

Evelyn sintió que el papel temblaba entre sus dedos.

—Esto es una amenaza.

—Es una condición —respondió Margaret.

—¿Quién la escribió?

—No lo sé.

Adrian tomó el documento.

—No importa quién lo haya escrito. No pienso aceptar que nadie decida el destino de Evelyn.

Alexander soltó una risa triste.

—Eso mismo dijiste la primera vez.

Adrian se volvió hacia él.

—¿Qué sabes de la boda?

—Sé que no debes casarte con ella mientras la deuda siga abierta.

Evelyn levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque la boda es el momento en que el pacto se renueva. Si os casáis sin romperlo, todo volverá a suceder.

—¿Y si no nos casamos?

Alexander miró el documento.

—La deuda buscará otra forma de cobrarse.

Margaret asintió con tristeza.

—No podéis escapar de esto alejándoos el uno del otro. Ya lo intentasteis antes.

Evelyn miró a Adrian.

Durante un instante, recordó su primera vida: los años en los que había aceptado una existencia que no la hacía feliz, convencida de que ya era demasiado tarde para cambiar. Después recordó el día en que despertó a los dieciocho años y decidió que no volvería a vivir de la misma manera.

Había elegido a Adrian porque no quería repetir sus errores.

Pero ahora comprendía que la decisión más importante no consistía en casarse con él.

Consistía en descubrir quién era ella, incluso si la respuesta cambiaba todo lo que creía saber sobre su pasado.

—No voy a elegir entre mi hija y el hombre que amo —dijo finalmente.

Adrian la miró.

—Evelyn…

—No. Escúchame. Si Elara necesita que la encontremos, la encontraremos. Si el pacto exige algo de nosotros, descubriremos cómo romperlo. Pero no voy a aceptar que alguien nos obligue a sacrificar a uno para salvar al otro.

Se volvió hacia Alexander.

—¿Puedes ayudarnos?

Él pareció sorprendido.

—¿Después de todo lo que te he contado?

—Me has dicho que Adrian no es inocente. No me has demostrado que tú seas inocente tampoco.

Alexander bajó la mirada.

—Es justo.

—Entonces empezaremos por la verdad. Toda la verdad. Sin más secretos.

Adrian se acercó a ella.

—Y si para descubrirla tienes que alejarte de mí, lo aceptaré.

Evelyn lo miró largamente.

—No te he perdonado todavía.

Él asintió.

—Lo sé.

—Pero tampoco he dejado de amarte.

Adrian cerró los ojos, como si aquellas palabras fueran a la vez un consuelo y una condena.

Evelyn le tomó la mano.

—No quiero que vuelvas a decidir por mí. Ni para salvarme, ni para protegerme, ni para evitar que sufra.

—No lo haré.

—Y no quiero que intentes sacrificarte si descubrimos que tu vida es el precio.

Adrian apretó su mano.

—Te lo prometo.

Una voz infantil resonó entonces en la habitación.

—Papá, tú también prometiste eso.

Los cuatro se volvieron.

Junto a la puerta estaba la niña del vestido azul.

Elara.

Esta vez parecía más pequeña, casi un bebé, aunque sus ojos grises eran los mismos que aparecían en el retrato.

Adrian dio un paso hacia ella.

—Elara…

La niña retrocedió.

—No te acerques.

Él se detuvo inmediatamente.

Evelyn sintió que se le partía el corazón.

—Cariño, queremos ayudarte.

La niña la miró.

—Lo sé, mamá.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pero todavía no sabes qué hiciste.

Evelyn sintió un escalofrío.

—Dímelo.

Elara negó con la cabeza.

—No puedo. Si lo recuerdo delante de ti, volverás a hacer la misma promesa.

—¿Qué promesa?

La niña miró a Alexander.

Después a Adrian.

Finalmente, sus ojos regresaron a Evelyn.

—La promesa de entregarme a cambio de una vida.

La aparición comenzó a desvanecerse.

Evelyn corrió hacia ella.

—¡Espera! ¡No te vayas!

Pero Elara ya estaba desapareciendo.

Antes de convertirse en un destello de luz, sus labios pronunciaron una última frase:

—Busca el lugar donde nací la primera vez.

Y entonces desapareció.

En el suelo quedó una pequeña llave de plata.

Adrian la recogió.

En el extremo tenía grabado un símbolo que ninguno de ellos había visto antes: una rosa con tres espinas.

Alexander perdió el color.

—No puede ser.

Evelyn lo miró.

—¿Qué ocurre?

Él cerró los dedos alrededor de la llave.

—Sé dónde nació la niña.

—¿Dónde?

Alexander levantó la mirada.

—En una habitación que fue destruida hace más de un siglo.

Margaret se llevó una mano al pecho.

—La antigua capilla…

Adrian miró a su hermano.

—¿Por qué la destruyeron?

Alexander respondió con una voz tan baja que apenas pudieron escucharlo.

—Porque allí no enterraron a un muerto.

Hizo una pausa.

—Enterraron un nacimiento.

Aquella noche, Evelyn regresó al castillo con la llave de plata escondida entre sus ropas.

Adrian caminó a su lado sin intentar tocarla. Había comprendido que el amor no podía borrar el daño de las decisiones que aún no recordaban, y que necesitaría demostrarle, día tras día, que podía confiar en él.

Cuando llegaron a la entrada, un criado les entregó un sobre.

No tenía remitente.

El sello mostraba una rosa atravesada por tres espinas.

Evelyn lo abrió.

Dentro había una fotografía reciente de la antigua capilla, tomada desde el interior. En el centro aparecía una cuna vacía, rodeada de velas.

En el reverso alguien había escrito:

Habéis encontrado el nombre. Ahora debéis encontrar el cuerpo.

Debajo figuraba una fecha.

17 de octubre de 1816.

Pero lo que hizo que Evelyn dejara caer la fotografía fue la última línea.

Si llegáis después de medianoche, no encontraréis a Elara.

Encontraréis a la mujer que la dio a luz.

Evelyn levantó la mirada hacia Adrian.

—¿Quién dio a luz a nuestra hija?

Adrian contempló la fotografía con el rostro desencajado.

Y entonces respondió algo que ninguno de ellos estaba preparado para escuchar.

—Mi madre.

____________🌸

1
Elena Romero
de tanto relleno ya se vuelve la novela demasiado pesada
🌸SugarBloom🌸: lo tendré en cuanta para mis próximas novelas, disculpa por tanto relleno
total 1 replies
Dayana Fuchs
🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔

No puede ser Evelyn, de nuevo caíste en la trampa niña.

😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
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