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Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Reflejos de titanio

El lunes por la mañana, los talleres de Castelli Automotive en Monza todavía vibraban con el eco de la telemetría del fin de semana.

Con el perno del alerón apretado a cincuenta y dos newton-metro y el nuevo mapa de inyección que reducía el caudal de combustible en la entrada de curva, Horizonte había destrozado el récord de vuelta del circuito para prototipos GT en cuatro décimas de segundo. Cuatro décimas limpias, brutales, sin un solo sobrecalentamiento en las válvulas de escape ni la flotabilidad traicionera en la salida de la curva Parabólica.

En el informe técnico oficial de la escudería, Marcozzi había añadido una nota a pie de página escrita a mano: «Ajustes sugeridos por la señorita Novak».

Matteo Castelli llevaba dos horas mirando esa línea en la pantalla de su tableta con una mezcla de orgullo deportivo, desconcierto profesional y una furia sorda que le quemaba las entrañas. Los mecánicos hablaban de su asistente con el respeto temeroso que se le guarda a un ingeniero jefe de la Scuderia Ferrari, mientras él —el amo y señor del imperio, el piloto invicto y el seductor infalible de Lombardía— seguía atado a una apuesta demencial donde su coche más preciado estaba en juego.

A las nueve y cuarto, Matteo salió a la antesala de su despacho.

Gabriela estaba en su puesto. Para la ocasión, parecía haber seleccionado la prenda más espantosa del invierno alpino: un cárdigan de lana basta en tono gris ceniza con coderas de pana marrón, tan largo que le cubría las caderas y caía informe sobre una falda recta de cuadros oscuros en tonos apagados. Las gafas de carey reposaban sobre su nariz y su cabello permanecía aprisionado en el moño reglamentario que Matteo empezaba a considerar una afrenta personal a la estética italiana.

Estaba revisando facturas con una regla metálica milimetrada y un lápiz de grafito.

Matteo se detuvo frente al mostrador, apoyando una mano sobre la madera y carraspeando con deliberada lentitud.

—Novak.

Gabriela no levantó la vista. Movió la regla tres milímetros hacia abajo.

—Buenos días, señor Castelli. Su café con leche de avena a sesenta y cinco grados está sobre su mesa. El informe de Marcozzi sobre el récord de Monza fue archivado a las siete y cuarenta. Las acciones de la división de carreras subieron un dos coma tres por ciento en la apertura de la bolsa de Milán.

Matteo entrecerró los ojos avellana, bajando la voz:

—¿No piensa decir nada sobre la vuelta rápida?

Gabriela detuvo el lápiz. Levantó la cabeza despacio, devolviéndole una mirada de absoluto desierto emocional a través de los cristales gruesos:

—¿Esperaba un ramo de flores o una ovación de pie, señor Castelli? La física no celebra los resultados previsibles. Si se aplica la torsión adecuada a los materiales correctos, el coche no se estrella. Fin del fenómeno.

Matteo soltó una risa seca, ahogada, pasándose la mano libre por la nuca mientras negaba con la cabeza:

—A veces me pregunto si bajo esa lana hay sangre o refrigerante de motor, Novak. Un hombre normal acaba de arriesgar el pellejo a trescientos por hora siguiendo sus notas al margen, ¿y su única reacción es decir que la física es previsible?

—Un hombre normal no habría necesitado que una secretaria le corrigiera los tornillos para no partirse el cuello contra las barreras de protección —replicó ella, volviendo a deslizar el lápiz con una calma glacial.

Matteo abrió la boca para fulminarla, pero el tintineo del ascensor ejecutivo interrumpió el contraataque matutino.

Las puertas correderas se abrieron para dar paso a un repartidor de mensajería urgente con un mono amarillo y una gorra calada hasta las cejas. El joven cargaba en brazos una caja de madera reforzada de casi un metro de largo, con precintos de aduanas marítimas de Génova y etiquetas rojas de «Frágil / Cristal de alta densidad».

El mensajero avanzó hacia la recepción con paso torpe, resbalando levemente sobre el mármol pulido por la cera reciente.

—¿Despacho del señor Castelli? —preguntó el chico, jadeando bajo el peso—. Traigo la muestra de policarbonato reforzado para los parabrisas de...

El tacón de la bota del mensajero pisó la esquina de la alfombrilla antideslizante, se dobló hacia adentro y el equilibrio del repartidor colapsó por completo.

La caja de madera de quince kilos se le escapó de las manos, describiendo una parábola en el aire y precipitándose en caída libre directa hacia la esquina del mostrador de cristal y, en trayectoria de rebote, hacia la pantalla del ordenador de Gabriela.

Matteo, a dos metros de distancia, reaccionó con los reflejos entrenados de un piloto: dio un paso al frente estirando el brazo, pero la inercia del movimiento lo dejaba a medio camino del impacto.

Lo que ocurrió en la siguiente fracción de segundo desafió cualquier ley de la anatomía burocrática.

Gabriela no gritó. No encogió los hombros ni cerró los ojos.

En un solo movimiento elástico, fluido y cargado de una aceleración fulminante, la mujer sentada tras el escritorio se incorporó a medias, extendió su brazo izquierdo con la precisión de un muelle de titanio y atrapó la esquina de la caja de madera en el aire, a escasos cinco centímetros del cristal del mostrador.

El impacto de quince kilos cayendo con toda la fuerza de la gravedad fue absorbido por su muñeca y su antebrazo sin que la madera rozara la superficie. Con la mano derecha libre, Gabriela sostuvo el torso del mensajero por la solapa del mono, frenando la caída del chico antes de que su rostro se estrellara contra el suelo.

Todo ocurrió en menos de cuatro décimas de segundo.

El mensajero parpadeó, temblando de puro pánico, con la nariz a diez centímetros del parqué.

Gabriela sostuvo el peso con una respiración regular, sin que un solo músculo de su rostro delatara el esfuerzo. Con un movimiento seco y firme de bíceps, depositó la pesada caja sobre el mostrador sin hacer el menor ruido y soltó la solapa del muchacho.

—Firmeza en los apoyos al caminar sobre suelo encerado, joven —dijo Gabriela, con una voz tan serena que parecía estar comentando el estado del tiempo—. Y sostenga los paquetes desde la base, no desde los flejes laterales. Firme aquí la recepción.

Le tendió la tableta digital y el lápiz óptico con una mano que no tenía el más mínimo temblor.

El mensajero, lívido y sudoroso, garabateó su firma con dedos espásticos, recogió su recibo balbuceando disculpas atropelladas y volvió a meterse en el ascensor como si acabara de escapar de una aparición espectral.

El silencio que cayó sobre la planta cuarenta y dos fue absoluto.

Matteo Castelli permanecía congelado en mitad del pasillo, con el brazo aún a medio extender y los ojos avellana desorbitados.

Había visto esa velocidad de respuesta antes. La había visto en las salidas de parrilla de la Fórmula 1, en los combates de esgrima de alto rendimiento y en los pilotos de caza que entrenaban maniobras evasivas a alta gravedad. No era la torpeza refleja de una mujer sedentaria: era la coordinación visomotriz impecable, milimétrica y salvaje de un atleta de élite en estado de alerta permanente.

Matteo bajó el brazo despacio. Se acercó al mostrador con pasos lentos, clavando una mirada densa, inquisitiva y peligrosa en los brazos de Gabriela, que en ese momento volvían a desaparecer bajo la lana basta del cárdigan gris ceniza.

—¿Qué demonios fue eso, Novak? —preguntó él en un susurro ronco, cargado de una sospecha punzante.

Gabriela ni pestañeó. Tomó la regla metálica y la alineó con el borde de la carpeta de facturas:

—Se llama reflejo de prensión, señor Castelli. Se enseña en la escuela primaria para evitar que las cosas se rompan contra el suelo.

—Eso no fue un reflejo de primaria —dio él un paso al frente, apoyando ambos puños sobre el mostrador, invadiendo su campo visual hasta que sus rostros quedaron a menos de treinta centímetros—. Atrapó quince kilos de madera y cristal en el aire con una sola mano y frenó a un hombre de ochenta kilos con la otra sin mover los pies del suelo.

Gabriela levantó la vista despacio. Las gafas de carey estaban perfectamente derechas, pero detrás de los cristales, sus ojos verdes sostenían la mirada de Matteo con una quietud tan profunda que al italiano se le erizó la piel:

—Le recuerdo que crecí en una granja de Illinois levantando sacos de grano de veinticinco kilos desde los doce años, señor Castelli. Si usted está acostumbrado a rodearse de mujeres cuyos únicos bíceps sirven para sostener un bolso de diseñador, ese es un problema de su entorno social, no de mi densidad muscular.

Matteo entrecerró los ojos. Una sonrisa afilada, incrédula y absolutamente fascinada comenzó a curvarle los labios:

—Primero aerodinámica avanzada de fluidos. Luego telemetría de inyección en pista. Y ahora tiene los reflejos de un piloto de combate mientras viste como una bibliotecaria de la guerra fría. Cada día que pasa me convenzo más de que usted no es lo que dice ser, señorita Novak.

Gabriela sostuvo la respiración sin alterar el pulso. Sabía que la maniobra había estado al límite de exponer su entrenamiento físico, pero el blindaje psicológico era su terreno más fuerte.

Se inclinó apenas un centímetro hacia adelante, bajando la voz a un tono confidencial que sonó como el chasquido de un candado de seguridad:

—Lo que soy, señor Castelli, es la única persona en este edificio que evita que su empresa quiebre por negligencia y que su cráneo termine estampado contra el asfalto de Monza. Si prefiere que la próxima vez deje que la caja le rompa el mostrador de diseño para encajar en sus prejuicios sobre la fragilidad femenina... avíseme y programo mi tiempo de reacción a dos segundos de retraso.

Matteo sintió que el aire se le atascaba en la garganta. La cercanía volvió a ser un campo minado: esa ráfaga limpia de almendras amargas y jabón neutro volvió a colarse en sus fosas nasales, chocando de frente con la imagen mental de esa muñeca fuerte y esos reflejos imposibles.

La farsa de la secretaria sumisa y desgarbada se caía a pedazos ante sus ojos, pero lo que emergía debajo no era una debilidad: era una fortaleza inexpugnable que lo volvía loco de deseo y de furia competitiva.

Antes de que pudiera acorralarla más, el teléfono fijo de la recepción sonó con el timbre rojo de la línea directa de presidencia.

Gabriela descolgó con un movimiento mecánico, sin apartar los ojos de Matteo:

—Secretaría ejecutiva. Sí, señor Giancarlo Castelli... Está aquí mismo. Se lo paso de inmediato.

Le tendió el auricular con una cortesía tan aséptica que a Matteo le dieron ganas de estrellar el teléfono contra la pared.

Tomó el aparato con un tirón seco, fulminándola con la mirada:

—Habla, papá.

La voz de Giancarlo tronó al otro lado de la línea, con ese tono eufórico que solo utilizaba tras cerrar una operación bursátil colosal:

—¡Matteo! Acabo de aterrizar en Milán. Arthur Hayes aceptó la adenda del contrato de turbinas desde Chicago. La alianza fiduciaria está sellada.

Matteo contuvo un bufido, mirando de reojo a Gabriela, que ya había vuelto a su aburrida tarea de verificar facturas con el lápiz:

—Felicidades, viejo. Sabía que tus viajes a Estados Unidos servían para algo más que jugar al golf.

—No te burles, imbécil —respondió Giancarlo con una carcajada—. Para celebrar la firma de la alianza, la Cámara de Comercio Italoamericana organiza la gala anual de beneficencia en el Palazzo Visconti este viernes. Toda la élite industrial de Milán y los representantes de Hayes Global van a estar presentes. Y tú vas a ir como director ejecutivo.

Matteo frunció el ceño:

—Odio las galas benéficas, papá. Son tres horas de hipocresía aristocrática y comida fría.

—Me importa un bledo lo que odies —sentenció Giancarlo en un tono que no admitía réplicas—. Es un compromiso institucional innegociable. Y una cosa más: lleva a la señorita Novak contigo.

Matteo parpadeó, incrédulo:

—¿A Novak? ¿A una gala de etiqueta rigurosa en el Palazzo Visconti? Papá, ¿has visto cómo se viste? Parece que saca la ropa de los contenedores de la Cruz Roja. Si la meto en ese salón, los fotógrafos de la prensa social van a pensar que la contraté para limpiar las arañas de cristal.

—La señorita Novak fue recomendada por la consultora vinculada a la familia Hayes —cortó Giancarlo con firmeza—. Es una deferencia corporativa obligatoria hacia nuestros socios de Chicago. Te pones el esmoquin, te aseguras de que tu asistente tenga una acreditación formal y sonríes para las cámaras sin armar uno de tus escándalos habituales con modelos de pasarela. Te veo el viernes.

La línea se cortó con un chasquido sordo.

Matteo colgó el auricular despacio, con una sonrisa oscura, maquiavélica y triunfal abriéndose paso en su mandíbula cuadrada.

Se giró hacia Gabriela.

La chica seguía con la vista clavada en sus números, pero Matteo supo que había escuchado cada palabra de la conversación.

—Parece que tenemos otra salida formal, Novak —dijo él, cruzándose de brazos y cerniéndose sobre ella con la arrogancia de un emperador que acaba de recibir un ejército de refuerzo—. Este viernes. Palazzo Visconti. Evento de etiqueta estricta con la flor y nata de la sociedad milanesa.

Gabriela levantó la cabeza despacio, acomodándose las gafas con un golpe seco de nudillo:

—Mi contrato no estipula...

—Su contrato estipula representación corporativa cuando la presidencia lo ordene —cortó él, inclinándose hacia su rostro con los ojos avellana brillando en una llamarada salvaje—. Y esta orden viene directa de mi padre. Quiero ver cómo se las arregla para deslumbrar a los magnates de Chicago con esa manta de lana gris, señorita Novak.

Matteo se enderezó, dándole dos suaves palmadas al borde del mostrador antes de girar sobre sus talones hacia su despacho:

—Prepárese para el viernes, Gabriela. Porque en el Palazzo Visconti no hay túneles de viento donde esconderse... y pienso disfrutar cada segundo de su incomodidad en mitad de la pista.

Entró a su oficina y cerró la puerta con una risa contenida que resonó en el pasillo.

En la recepción, Gabriela Novak esperó a que el cristal se opacara por completo.

Bajó la regla metálica sobre el escritorio, se quitó las gafas de carey durante una milésima de segundo y clavó sus ojos verdes en la puerta de Matteo, con una sonrisa tan afilada, fría y peligrosa que habría hecho temblar los cimientos de la catedral de Milán.

—¿Incomodidad en el Palazzo Visconti, señor Castelli? —susurró para sí misma, guardando el lápiz con un movimiento impecable—. No tiene la menor idea de en qué fiesta se acaba de meter.

1
Corina Galantti
otro capítulo repetido! es un garrón!
Mary Garbolino
me canso.que repitan tanto.prefiero dejar de leerla
Mary Garbolino
odio que repitan los capitulos
Corina Galantti
una pena que repitan capítulos!
Flor Perez
no puede ser que hayan repetido dos capítulos seguido, ahí les encargo porque si sigue así la novela tendré que abandonarla , ya que
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