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AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Posesivo / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
Emma Vance, condecorada piloto militar e ingeniera aeroespacial, es obligada a asumir el control del mayor imperio aéreo familiar de Estados Unidos. Negándose a mandar desde un despacho sin conocer la realidad de sus hangares, se infiltra como copiloto anónima bajo el apellido Ross para desmantelar desde adentro la cultura machista que corroe la empresa.
Su misión entra en turbulencia cuando descubre que el capitán estrella de la aerolínea es Logan Rhodes, el pupilo mimado de su padre y el hombre con quien compartió noches ardientes en escalas internacionales bajo la falsa creencia de que ella era solo una azafata. Entre cabinas hostiles, orgullos heridos y mandos compartidos al límite, ambos librarán su batalla más peligrosa a diez mil metros de altura, donde ceder el control puede ser la única forma de no estrellarse.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: Trayectoria de interceptación

A quince mil metros de altura, en la estratosfera del Atlántico Norte, el cielo no era azul ni negro: era una bóveda de cristal cobalto donde la curvatura de la Tierra se recortaba contra el vacío.

El reactor ejecutivo Gulfstream G650ER de la flota privada de los Vance volaba al límite estructural de sus dos turbinas Rolls-Royce, empujando la aguja del número Mach a punto noventa y dos. Las alas aflechadas temblaban levemente bajo el azote del viento supersónico relativo, devorando meridianos en una carrera suicida contra la rotación del planeta.

En la cabina de mando del reactor, Logan Rhodes volaba solo.

Hacía apenas siete horas, tras salir del hangar de Chicago con las cuatro barras doradas aplastadas en el suelo, había irrumpido en la oficina ejecutiva de Boston dispuesto a forzar los hangares si era necesario. Pero al cruzar el umbral, no encontró a los magnates arrogantes que gobernaban la aviación comercial.

Encontró las ruinas de una dinastía.

El abuelo Charles Vance había abandonado la torre custodiado por dos cardiólogos personales tras la advertencia mortal de la doctora Eleanor. Y detrás del gran escritorio de caoba, Richard Vance permanecía sentado en penumbra, con el cuello de la camisa empapado de sudor frío y los ojos arrasados por un llanto que le desfiguraba la compostura.

—Llegas tarde, Logan... —había susurrado Richard con una voz rota que no parecía humana—. La perdí. Mi propia hija... la sangre más brillante que jamás dio esta familia... la empujé a morir en un desierto porque mi orgullo de viejo idiota no soportó ver que me superaba en todo.

Logan no le había pedido explicaciones. Se había inclinado sobre la mesa, apoyando los puños con una violencia que hizo crujir los cristales:

—Deme el Gulfstream, Richard. El de largo alcance con tanques extendidos. Y déme el código de plan de vuelo diplomático que la compañía tiene con la OTAN.

Richard lo había mirado con las manos temblorosas, sacando de su caja fuerte la tarjeta de vuelo presidencial y entregándosela como quien entrega las llaves de su propia salvación:

—Tráela de vuelta, Logan. No dejes que mi niña muera por mis pecados. Vuela como te enseñé... no, vuela mejor de lo que jamás pude soñar.

Ahora, con siete horas de vuelo transoceánico quemándole las pupilas y el sol del Mediterráneo despuntando como una herida roja sobre los Balcanes, Logan ajustó la frecuencia táctica militar en el panel secundario:

—Control militar de Incirlik, aquí vuelo civil en misión humanitaria de enlace corporativo N-01VG —su voz sonaba áspera, rasgada por el café negro y una adrenalina pura que no dejaba espacio al cansancio—. Solicitamos vector directo a pista dos-tres en aproximación visual de alta velocidad.

—N-01VG, tiene autorización de descenso táctico sin restricciones de altitud. Viento del este a quince nudos. Pista libre.

Logan empujó la palanca de gases hacia adelante, iniciando una picada controlada hacia el sur de Turquía.

En el hangar número siete de la base aérea de Incirlik, a escasos kilómetros de la frontera sirio-turca, el aire olía a queroseno militar JP-8, polvo del desierto y aceite de motor recalentado.

Bajo la cúpula de hormigón reforzado, la mole de un Lockheed C-130 Hércules descansaba sobre sus pesados trenes de aterrizaje múltiples. El gigantesco avión de transporte táctico de cuatro turbohélices no llevaba marcas de escuadrón civil ni logotipos comerciales; su fuselaje estaba pintado con un camuflaje gris mate de baja reflectividad infrarroja y en los soportes subalares descansaban dos tanques auxiliares de combustible de tres mil galones cada uno.

Al pie de la rampa de carga trasera, Marcus Gallagher terminaba de asegurar tres cajas de munición y material médico de traumatología con eslingas de trinquete de alta tensión.

Llevaba un mono de vuelo ignífugo verde oliva, un chaleco balístico modular cargado de cargadores y un arnés de rescate táctico. Al escuchar unos pasos firmes y acompasados sobre el suelo de cemento, Marcus se enderezó de inmediato.

Emma cruzó la entrada del hangar.

Ya no existía la primer oficial Ross con moño bajo y corbata reglamentaria. Mucho menos la heredera de los Vance.

Llevaba un uniforme de combate del Comando de Operaciones Especiales en tono arena, botas tácticas de gore-tex gastadas por el terreno rocoso y un chaleco táctico con pistolera cruzada en el pecho donde descansaba su arma corta de servicio. En los parches de velcro de sus hombros no había barras de plástico civil: figuraban las dos estrellas plateadas de General de Brigada y el emblema de su antiguo grupo de asalto aéreo. Tenía el cabello recogido en una trenza militar apretada contra la nuca, el casco de vuelo con visor de visión nocturna panorámica sujeto bajo el brazo y una mirada de una quietud tan profunda y mortífera que Marcus, con tres misiones de rescate en combate en su expediente, cuadró los hombros por puro instinto biológico.

—Puesta a punto completa, mi General —anunció Marcus con la voz templada del soldado que sabe que entra en zona caliente—. Los cuatro motores Allison T56 fueron revisados con telemetría de vibraciones. Los tanques de la bodega tienen presurización de nitrógeno para evitar deflagraciones si recibimos impactos de fusilería ligera en el despegue corto.

Emma desplegó un mapa topográfico plastificado sobre una caja de municiones:

—La última transmisión de la baliza de Miller y los otros cuatro fue hace tres horas. Están atrincherados en una repisa natural a dos mil cuatrocientos metros de altitud, en la garganta del valle de Shahi. Un cañón estrecho de caliza con paredes verticales de seiscientos metros. Afuera hay una milicia armada con ametralladoras pesadas DShK de catorce milímetros y lanzagranadas térmicos. La ventisca está cerrando el paso aéreo.

Marcus clavó los ojos en el perfil del desfiladero:

—La pista improvisada de tierra en el lecho del río tiene apenas cuatrocientos metros útiles, jefa. Y el barro está congelado. Si entramos con el C-130 a oscuras y con viento de cola, no tenemos margen para abortar el aterrizaje; si tocamos tierra un metro pasados de la marca, nos estrellamos contra el lecho de rocas.

—No voy a tocar tierra un metro pasado, Marcus —respondió Emma con una frialdad glacial—. Usaremos los cohetes JATO de asistencia al frenado en cuanto el morro toque el suelo y mantendremos las hélices en paso reversible mientras tú y yo cubrimos la extracción desde la rampa. Quince minutos en tierra para meter a los cinco muchachos en la bodega y despegamos con potencia de emergencia.

—Hay un problema operativo, General —dijo Marcus, tragando saliva con cautela—. El Hércules necesita obligatoriamente dos pilotos en cabina para modular los cuatro cuadrantes de gases y coordinar las bombas de combustible de los tanques alares durante la aproximación táctica en pérdida controlada. Yo tengo que estar atrás, en la rampa, operando la grúa de rescate y la ametralladora pesada de cobertura. No puedes aterrizar este monstruo y vigilar la telemetría de turbinas al mismo tiempo. Necesitamos un copiloto con manos de acero.

Emma apretó la mandíbula. Su teléfono militar satelital mostraba 31 horas restantes.

—Volaré el avión sola y activaré el piloto automático asistido por inercial durante los últimos cincuenta pies —sentenció ella sin pestañear—. No voy a poner en riesgo a ningún aviador civil de esta base.

Un rugido ensordecedor de reversores de turbina cortó la conversación en seco.

Afuera, en la calle de rodaje adyacente al hangar, un reactor ejecutivo blanco con franjas doradas acababa de frenar con violencia, deteniéndose a escasos veinte metros de la entrada de servicio con las gomas del tren delantero humeando por el frenado límite.

Marcus desenfundó su arma por reflejo:

—¿Quién diablos es? La torre no notificó ningún aterrizaje en este sector.

La compuerta del Gulfstream bajó con un golpe neumático.

Un hombre descendió la escalerilla a la carrera, sin abrigo, con la camisa blanca de piloto desabotonada, empapada de sudor y manchas de grasa, y las mangas arremangadas hasta los codos. Cruzó la lluvia fina que caía sobre la pista y entró en el hangar con el pecho jadeando por el esfuerzo físico.

Logan Rhodes se detuvo en seco en medio del hangar.

Emma se giró despacio.

El impacto visual fue como un choque de dos aeronaves a velocidad de crucero.

Logan clavó los ojos en ella y el mundo entero pareció derrumbarse bajo sus pies.

Allí estaba la mujer con la que había compartido risas clandestinas en Zúrich, la que le había hecho el amor entre susurros en Frankfurt, la copiloto que lo había destrozado en el simulador de Boston... pero despojada de cualquier disfraz. Vestida de combate, con las dos estrellas de General brillando en su pecho, armada para la guerra y rodeada de armas de asalto y planos de evacuación táctica.

La futilidad de su antiguo mundo —sus quejas sindicales, sus cuatro barras doradas de capitán corporativo, sus bromas de vestuario sobre la feminidad y el dinero de su mentor— le cayó encima con el peso de una losa funeraria. Logan sintió una náusea física de vergüenza y, al mismo tiempo, una devoción tan inmensa, salvaje y pura que le desgarró el pecho.

Dio tres pasos lentos hacia ella, con las manos abiertas y vacías:

—Emma...

Marcus dio un paso al frente para interceptarlo, pero Emma levantó un dedo enguantado, deteniendo a su oficial con una quietud letal:

—Descanso, Marcus.

Emma clavó sus ojos castaños en Logan. No había furia en su rostro; solo una distancia cósmica, la severidad absoluta de un comandante militar frente a un civil que ha cruzado una línea de fuego:

—Está en una instalación militar restringida bajo la jurisdicción del Comando de Operaciones Especiales, capitán Rhodes. Le quedan sesenta segundos antes de que la policía militar lo deporte a territorio civil con cargos federales.

Logan no retrocedió. Dio un paso más, quedando a un metro exacto de ella. Tenía los ojos inyectados en sangre, el pulso desbocado y la voz quebrada por el insomnio y la verdad más demoledora de su vida:

—No vine a pedirte explicaciones, Emma. Ni vine a decirte qué tienes que hacer con tu vida.

Miró el C-130 Hércules con sus turbinas listas para el encendido, miró a Marcus armado hasta los dientes y luego volvió a clavar sus ojos grises en los de ella, bajando el tono a un susurro desesperado que le temblaba en los labios:

—Tu padre me entregó el Gulfstream. Richard está destruido, Emma... tu madre les dejó en claro a él y a tu abuelo que si te pasa algo, los va a quemar vivos ante la prensa mundial. Tu padre entendió por fin que tú eres el único verdadero gigante de esa familia.

Emma ni pestañeó:

—Mi padre y su culpa me tienen sin cuidado. Esta misión no es un asunto familiar.

—¡Lo sé! —soltó Logan, y por primera vez en su vida, el capitán estrella de la aviación comercial se cuadró. Juntó los talones con un golpe seco, bajó los brazos pegados a los costados y la miró desde la más absoluta y desgarradora sumisión profesional—. Sé que tienes cinco camaradas atrapados en un valle sin salida. Sé que el Pentágono les cerró la puerta y que vas a meter este monstruo de cuatro motores en un desfiladero a oscuras para sacarlos de ahí. Y sé... sé que necesitas un piloto en el asiento derecho que conozca los sistemas de combustible y no le tiemblen los dedos cuando el terreno se acerque a trescientos nudos.

Emma lo miró de arriba abajo con una frialdad que congelaba el aliento:

—Usted se congeló en un simulador de cabina civil con turbulencia moderada, Rhodes. Esto es un valle cerrado con fuego de ametralladora antiaérea pesada y un aterrizaje en barro congelado sin luces de pista. Si titubea medio segundo, nos matamos todos.

Logan dio medio paso al frente, recortando la distancia hasta que su pecho casi rozó el chaleco táctico de ella. Sus ojos grises ardían con una determinación limpia, libre de vanidad, dispuesta a la inmolación:

—Me congelé porque estaba ciego de soberbia, Emma. Porque era un imbécil domesticado que creía que mandar era hablar fuerte y sonreír en las revistas. Pero crucé el Atlántico en siete horas sin dormir porque no puedo vivir en un mundo donde tú vueles hacia la muerte y yo me quede en tierra mirando el cielo vacío.

Logan tragó saliva, sosteniéndole la mirada con una devoción que no admitía vuelta atrás:

—No me des el mando. No me trates como a tu igual. Trátame como a tu copiloto novato, como a tu mecánico de vuelo o como al perro que vigila las presiones de tus turbinas. Pégame un tiro si dudo un milímetro frente a los controles. Pero déjame sentarme a tu derecha, Emma. Déjame mantener esas cuatro turbinas encendidas mientras tú salvas a tus muchachos.

El silencio en el hangar se volvió tan denso que solo se escuchaba el siseo del viento filtrándose por las rendijas de la chapa metálica.

Marcus Gallagher miró a Logan con los ojos muy abiertos, pasando la vista de los músculos tensos del capitán a la figura imperturbable de su General.

Emma sostuvo la mirada de Logan durante diez segundos interminables. Leyó cada surco de cansancio en su rostro, cada grieta en su alma y vio, sepultado para siempre bajo el fuego de esa madrugada turca, al protegido machista de Richard Vance. Delante de ella solo quedaba un aviador despojado de armaduras, dispuesto a arder a su lado en el infierno con tal de no soltarle la mano.

Emma bajó la vista hacia el mapa táctico y luego volvió a clavarla en los ojos grises del hombre:

—¿Recuerda cómo se modulan los reversores mecánicos en un C-130 con pista contaminada, señor Rhodes?

A Logan se le detuvo el corazón en un vuelco violento:

—Sesenta por ciento de paso inverso simétrico en motores internos y compensación manual de guiñada con los externos en cuanto el tren principal toque el barro. De memoria, General.

Emma tomó un casco de vuelo con visor táctico de la caja de municiones y se lo arrojó contra el pecho con un golpe seco que Logan atrapó en el aire:

—Póngase el mono ignífugo que está en la taquilla cuatro, Rhodes. Y más le vale que sus manos en esos cuatro cuadrantes de gases no duden ni una milésima de segundo cuando los proyectiles empiecen a rebotar contra el fuselaje.

Logan apretó el casco contra su pecho, con los ojos empañados por una emoción tan violenta que apenas pudo articular la orden:

—A sus órdenes, mi General.

Emma se colocó su propio casco, bajó la visera de visión nocturna y se giró hacia la rampa del Hércules con paso marcial:

—¡Tripulación, a los puestos de combate! —bramó con una voz que hizo vibrar las paredes de hormigón—. Encendido de turbinas en cinco minutos. Vamos a traer a nuestros hombres a casa.

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Cliente anónimo
Siento la adrenalina al limite
Cliente anónimo
Muy buena novela la recomiendo 👏✈️
Cliente anónimo
Por machista cobarde
Cliente anónimo
Miners albpoder
Cliente anónimo
Enseñemoles Emma quien manda
Cliente anónimo
Vamos Emma tomemos el control de todo😎
Cliente anónimo
Hoy me aventuro en vuelo de primera ✈️ que emocion a collar 😎
Cliente anónimo
Interesante 😎
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