Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.
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EL DESPERTAR Y LA ESTRATEGIA
La noche anterior había sido un cataclismo de emociones. El dolor del pasado, invocado por la llamada de Elena, había sido exorcizado por el antídoto más potente que Ariadna había conocido jamás: el amor salvaje, tierno y abrasador de Jonh. La sala de estar, y luego la habitación, habían sido testigos de una entrega total, donde los miedos se habían disipado en el fuego de la pasión.
Ariadna se despertó con los primeros rayos de sol, acurrucada en los brazos de Jonh. Su cuerpo, aunque dolorido por la intensidad de la noche anterior —las marcas en sus caderas y nalgas eran un testimonio mudo de la intensidad del Músculo de Oro—, se sentía ligero, liberado de una carga que había llevado durante una década. Observó el rostro de Jonh, sereno y profundamente dormido, y sintió una oleada de amor y gratitud que le llenó el pecho. Él no era solo su amante; era su protector, su compañero, su salvación.
Jonh se despertó poco después. Al abrir los ojos y ver a Ariadna, su sonrisa deslumbrante iluminó la habitación.
—Buenos días, mi reina —dijo Jonh, con su voz grave y ronca, besando su frente—. ¿Cómo amaneciste? ¿El cuerpo te duele mucho?
Ariadna soltó una risa contagiosa, una risa que nunca antes había emitido como CEO.
—Me duele todo, gorila —admitió Ariadna, con un guiño—. Pero mi corazón nunca ha estado tan ligero. Gracias. Por anoche, por la cena, por el baile… por estar aquí.
Jonh la abrazó con fuerza, enterrando su rostro en su cuello.
—Siempre estaré aquí, mi Glaciar. Nada ni nadie volverá a hacerte daño. Elena no sabe con quién se ha metido. Y hablando de Elena… tenemos que trazar un plan. No podemos dejar que nos pille por sorpresa. El pasado no tiene derecho a arruinar nuestro futuro.
Ariadna, con un suspiro, se separó de él y se sentó en la borde de la cama. La sombra de Elena, aunque atenuada por la noche anterior, seguía ahí.
—Tienes razón, Jonh. No puedo esconderme. Elena es astuta, manipuladora. La conozco bien. Intentará desacreditarme, atacarme donde más me duele. Y mi mayor debilidad ahora… eres tú. Temo que te utilice para hacerme daño.
Jonh, con una mirada de determinación feroz, se levantó de la cama y se puso unos pantalones cortos de deporte. Se veía imponente, un monumento a la fuerza y la protección.
—¡Que lo intente! —exclamó Jonh, con voz grave y firme—. Soy el Músculo de Oro, ¿recuerdas? Nadie toca a lo que es mío. Y tú eres mía, Ariadna. Completamente mía. Y yo soy completamente tuyo. Formamos un equipo invencible. El Glaciar y la Salsa. Juntos podemos con todo.
Ariadna, con el corazón lleno de amor y admiración, se levantó de la cama y se acercó a él. Se sentía protegida, amada, invencible.
—Está bien, mi amor —dijo Ariadna, con voz firme—. Trazaremos un plan. Pero primero… un buen desayuno. Necesitamos energía para la batalla. Y esta noche… tenemos una cita.
Jonh soltó una carcajada grave y contagiosa.
—¡Eso es! ¡Arepas de campeones para la batalla! Y esta noche… el Músculo de Oro tiene otra sorpresa para ti. El Glaciar necesita seguir derritiéndose.
Después de un desayuno contundente y lleno de risas, donde las arepas con perico y el plátano frito fueron los protagonistas, Ariadna y Jonh se dirigieron al Corporativo Riquelme. Llegaron juntos, en el viejo sedán americano de Jonh, que parecía un tanque de guerra aparcado junto a los Mercedes y BMW de los directivos.
La entrada al corporativo fue un espectáculo. Ariadna, con un traje sastre de color marfil, elegante y sobrio, caminaba con paso firme y radiante, con la cabeza alta y una sonrisa en los labios. Jonh, con su uniforme de mantenimiento, impecablemente limpio, la seguía a unos pasos, con una mirada de orgullo y adoración que no ocultaba. Los empleados, contagiados por la felicidad de su jefa y la historia de amor de película que se había gestado en la empresa, los saludaban con sonrisas cómplices y miradas de admiración. Elena, con su sombra oscura, parecía un mal recuerdo lejano.
Al llegar a la oficina, Ariadna se reunió con Daniela Padrón, su directora de Marketing y Celestina involuntaria. Daniela, con una taza de café en la mano y una sonrisa pícara, la observó con detenimiento.
—¡Vaya, Glaciar! —exclamó Daniela, con los ojos brillantes de diversión—. ¡Parece que el gorila te ha dejado marcas! ¡Y no solo en las caderas! Tienes una luz en los ojos que nunca antes había visto. El fin de semana ha sido intenso, ¿eh?
Ariadna, con el rostro sonrojado por la confesión implícita, se acercó a Daniela y le dio un abrazo.
—Gracias, Daniela —susurró Ariadna, con voz temblorosa—. Gracias por no rendirte conmigo. Gracias por Jonh.
Daniela, con una sonrisa de oreja a oreja, le guiñó un ojo.
—Siempre supe que el Glaciar necesitaba un poco de fuego, Ariadna. Y ese gigante tuyo es un volcán. ¡Haznos un favor a todos y no lo apagues! Pero ahora… tenemos un problema. O mejor dicho, una sombra del pasado que ha vuelto para intentar apagar tu volcán. Elena me ha llamado. Quiere reunirse conmigo. Dice que quiere "colaborar" con la empresa.
Ariadna, con el rostro serio, se sentó en su escritorio. La sombra de Elena había vuelto a oscurecer su despacho.
—Ya me lo temía, Daniela. Elena no da puntada sin hilo. Quiere algo. Y no es "colaborar". Quiere destruir. Quiere recuperar lo que cree que es suyo. Quiere verme de rodillas. Pero esta vez… no lo va a conseguir. Tengo un antídoto. Y un plan.
—¿Y cuál es el antídoto, jefa? —preguntó Daniela, con curiosidad.
Ariadna, con una sonrisa pícara, se levantó de su escritorio y se acercó a la ventana. Observó el skyline de la ciudad.
—El antídoto, Daniela… es el amor. Y un buen Músculo de Oro. Elena no sabe con quién se ha metido. Esta vez, el Glaciar no se va a derretir; va a entrar en erupción. Y la lava… la lava va a ser arrasadora. Prepara a tu equipo, Daniela. La batalla ha comenzado. Y la vamos a ganar. Con estilo. Y con mucha salsa.