Sinopsis:
Emma Vance, condecorada piloto militar e ingeniera aeroespacial, es obligada a asumir el control del mayor imperio aéreo familiar de Estados Unidos. Negándose a mandar desde un despacho sin conocer la realidad de sus hangares, se infiltra como copiloto anónima bajo el apellido Ross para desmantelar desde adentro la cultura machista que corroe la empresa.
Su misión entra en turbulencia cuando descubre que el capitán estrella de la aerolínea es Logan Rhodes, el pupilo mimado de su padre y el hombre con quien compartió noches ardientes en escalas internacionales bajo la falsa creencia de que ella era solo una azafata. Entre cabinas hostiles, orgullos heridos y mandos compartidos al límite, ambos librarán su batalla más peligrosa a diez mil metros de altura, donde ceder el control puede ser la única forma de no estrellarse.
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Capítulo 19: Vector de contacto
El parabrisas del C-130 se convirtió en una pantalla de fuego.
A cincuenta metros del lecho rocoso, las trazadoras de catorce milímetros pasaban como lanzas incandescentes rozando los capós de los motores. El fuselaje crujía bajo la sobrecarga aerodinámica de los cuarenta grados de flaps y el viento helado que entraba aullando por la rampa trasera entreabierta.
—¡Cien pies! ¡Cincuenta! —cantó Logan con la voz ronca, la vista clavada en el radioaltímetro y las dos manos aferradas a las palancas secundarias—. ¡Terreno no nivelado! ¡Desvío de deriva tres grados a estribor!
Emma no respondió con palabras. Con un golpe seco de pedal izquierdo corrigió la guiñada, tiró suavemente del mando hacia su pecho para frenar el descenso y dejó caer las sesenta toneladas del Hércules contra el suelo del valle.
¡KRAAAASH!
El impacto del tren principal contra el lodo congelado y los cantos rodados sacudió la cabina con una violencia que casi arranca los arneses de sus anclajes. El morro bajó de golpe, la rueda delantera rebotó sobre una placa de hielo y el avión comenzó a deslizarse a ciento diez nudos en una pista de patinaje rodeada de farallones de piedra.
—¡Reversos a fondo! ¡Frenos de emergencia! —rugió Emma, metiendo los pies a fondo sobre los pedales de freno mientras la vibración amenazaba con reventar los neumáticos.
Logan no dudó una décima de segundo. Jaló los cuatro pestillos de paso inverso hacia atrás hasta el tope mecánico y golpeó con el puño cerrado la botonera de los cohetes JATO de frenado:
—¡Reversores trabados en sobrepresión! ¡Fuegos JATO disparados!
Bajo las alas, los cohetes de combustible sólido montados en sentido inverso detonaron con un estruendo ensordecedor.
Una llamarada cegadora iluminó el fondo del desfiladero mientras una fuerza g negativa descomunal aplastaba a ambos pilotos hacia adelante contra los cinturones. El fuselaje entero gimió, los paneles crujieron y el transporte se detuvo en seco en medio de una nube de vapor, lodo y pólvora quemada.
A escasos doce metros del radomo de proa se alzaba una pared vertical de roca caliza.
Silencio absoluto en el puente de mando durante dos segundos, roto únicamente por el aullido de las cuatro hélices girando en ralentí de combate y la respiración rota de Logan.
Logan levantó la visera de su casco, con la frente perlada de sudor frío y los ojos inyectados en sangre. Miró la roca a través del cristal y luego miró a Emma:
—Cuatrocientos metros exactos, General. Estamos en tierra.
Emma ni sonrió. Sus pupilas castañas reflejaban el resplandor de los disparos afuera:
—Mantén el motor tres y cuatro al sesenta por ciento de revoluciones para conservar presión en el sistema hidráulico de rampa, Logan. Si una turbina tose, purga el combustible y reenciende de inmediato. El avión es tuyo.
—Copiado —respondió él, cuadrando los hombros sobre la consola central con una disciplina de hierro—. Te cubro los motores con mi vida.
Emma se soltó los arneses de un tirón, desenfundó su fusil táctico compacto del soporte lateral y corrió hacia la bodega de carga.
En la parte trasera del Hércules, el infierno tenía sonido propio.
La rampa inferior descansaba sobre el barro helado. Marcus Gallagher, parapetado tras el escudo balístico de la ametralladora pesada Browning calibre cincuenta montada en el afuste lateral, vaciaba ráfagas continuas de proyectiles perforantes contra una loma a ciento cincuenta metros, donde un pelotón hostil intentaba montar un lanzagranadas:
¡DUM-DUM-DUM-DUM-DUM!
El tableteo metálico era un martillazo que retumbaba en las costillas. Los casquillos dorados caían al piso de la bodega como una lluvia hirviente.
—¡Fuego de supresión en las once en punto! —bramó Marcus por el intercomunicador—. ¡Miller, muévanse! ¡Ahora o nunca!
Desde una hendidura rocosa al pie del acantilado, tres figuras con uniformes desgarrados y rostros ennegrecidos por el hollín emergieron a la carrera.
En el centro, el sargento Miller —un gigante de barba enmarañada con un vendaje ensangrentado en la cabeza— arrastraba a hombros a uno de sus camaradas inconsciente, mientras otro soldado con el brazo vendado en cabestrillo disparaba su fusil a ráfagas cortas para cubrir la retirada. Detrás de ellos, un quinto operador avanzaba cojeando, apoyándose en una rama seca.
Emma llegó a la rampa de un salto, rodilla en tierra, y abrió fuego certero con su rifle contra dos tiradores que asomaban sobre una roca elevada, neutralizándolos en dos disparos secos:
—¡Rápido! ¡A la bodega! —la voz de Emma atravesó el estruendo con una fuerza que hizo que Miller levantara la vista.
El sargento vio la figura de su comandante recortada contra la luz roja de la bodega, con las dos estrellas brillando en el pecho y el arma humeante:
—¡Mi General! —rugió Miller con un nudo en la garganta y las lágrimas congelándosele en las mejillas—. ¡Sabía que vendría por nosotros, maldita sea!
Emma ayudó a cargar al herido inconsciente sobre el piso metálico de la aeronave, mientras Marcus aseguraba a los otros tres con mantas térmicas y cinturones de sujeción rápida:
—¡Adentro todos! ¡Miller, asegura los arneses de carga!
En ese instante, un silbido agudo y lacerante cruzó el aire de la noche.
¡RPG!
Un cohete antitanque disparado desde la cresta este cruzó el cielo en una parábola de humo blanco.
Emma se lanzó sobre Miller y el herido, cubriéndolos con su propio cuerpo cuando el proyectil impactó contra el borde del plano exterior del ala derecha, a dos metros del motor número cuatro.
La explosión sacudió las sesenta toneladas del avión como un martillazo. Fragmentos de aluminio y esquirlas perforaron el borde de ataque, desatando una llamarada momentánea en la toma de aire de la turbina exterior.
En la cabina, las alarmas de incendio estallaron en un pitido histérico:
¡FIRE ENGINE 4! ¡FIRE ENGINE 4!
Logan no esperó órdenes.
Sus manos se movieron con la velocidad que Emma le había exigido en el simulador de Boston. Cortó la válvula de paso de combustible del motor cuatro en una fracción de segundo, activó la primera botella de agente extintor con un golpe de pulgar y ajustó el compensador del timón para contrarrestar la asimetría de empuje:
—¡Motor cuatro aislado y extintor descargado! —cantó Logan por el intercomunicador, con la voz templada por un acero que jamás había poseído en su vida civil—. ¡Fuego extinguido en góndola cuatro! ¡Tengo tres motores con noventa y cinco por ciento de empuje disponible! ¡Emma, nos están cayendo morteros en la cola, tenemos que despegar ya!
Emma se puso de pie en la rampa, con el rostro manchado de tizne pero los ojos encendidos en una determinación salvaje. Miró hacia la cabina a través del pasillo central de la bodega y vio a Logan Rhodes operando los controles con una destreza impecable, defendiendo la vida de sus hombres sin un solo titubeo:
—¡Marcus, cierra la rampa! —ordenó Emma.
El portón de acero comenzó a elevarse hidráulicamente, sellando el habitáculo mientras las balas de fusil rebotaban contra el blindaje exterior con un repiqueteo seco.
Emma corrió hacia la cabina, deslizándose en el asiento izquierdo y ajustándose los arneses en tres movimientos mecánicos. Clavó los ojos en Logan, quien la miraba con el rostro tenso pero los ojos grises limpios de pavor:
—¿Todos a bordo? —preguntó él.
—Los cinco están vivos —respondió Emma, y por primera vez en todo el viaje, una chispa de calor puro y agradecimiento cruzó su mirada al sostenerle la mano sobre el pedestal central—. Buen trabajo con el motor cuatro, Rhodes.
Logan apretó los dedos enguantados de ella durante una milésima de segundo, con el corazón golpeándole el pecho con una devoción absoluta:
—Te dije que no iba a pestañear, Emma.
—Ahora sácanos de este pozo —decretó ella, llevando las tres palancas de gases restantes hacia adelante con un empuje brutal.
El Hércules rugió con sus tres turbohélices supervivientes devorando aire helado. Emma soltó los frenos. El avión rodó pesadamente sobre el fango, acelerando hacia la pared de roca en una carrera suicida contra la distancia y la gravedad.
—¡Ochenta nudos! —cantó Logan—. ¡Cien nudos! ¡Se acaba el valle!
—¡Cohetes JATO de despegue... fuego! —gritó Emma.
Logan activó la segunda bancada de cohetes auxiliares montados en el fuselaje. Ocho propulsores traseros rugieron con una fuerza de diez mil libras de empuje adicional, catapultando el gigante metálico hacia el cielo oscuro en un ángulo de ascenso casi vertical.
El C-130 saltó sobre la cresta de la montaña a escasos quince metros de las rocas, dejando atrás el fuego enemigo y perdiéndose en el manto protector de las nubes de tormenta hacia la seguridad del espacio aéreo internacional.