El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
NovelToon tiene autorización de Tiinii_1605 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: La nueva dueña del tablero
La comitiva imperial regresó a la capital bajo una atmósfera asfixiante. Lo que debía ser una semana de celebración y cacería para los nobles terminó convertida en una purga fulminante que sacudió los cimientos de la corte.
Antes del anochecer, las puertas del Palacio de los Ciruelos fueron selladas con cadenas de hierro y cera roja. Los bienes de la Consorte Evelyn pasaron a manos del tribunal, y su hijo, el pequeño Julian de ocho años, fue trasladado bajo escolta al monasterio imperial, apartado para siempre de la línea sucesoria.
En el Palacio Zafiro, en cambio, se respiraba una paz que jamás creí volver a experimentar.
En el salón de estar, frente a la chimenea encendida, Cassian y Cedric compartían una mesa baja llena de pergaminos de dibujo. Mi hijo reía señalándole con el dedo una ilustración torpe de un dragón, mientras Cedric le explicaba con paciencia cómo sostener el carboncillo sin mancharse los puños de la camisa.
Rosalind, sentada junto a mi madre, escuchaba con ojos muy abiertos las explicaciones de la Princesa Seraphina sobre las rutas comerciales marítimas y el valor de las especias de Valoria. Mi niña absorbía cada dato como una esponja, demostrando una agudeza brillante que en mi vida anterior yo misma me encargué de apagar a fuerza de reproches.
«Míralos. Esto es lo que debió ser siempre».
Una calidez inmensa me llenó el pecho. En mi vida pasada, a esta misma hora, el cuerpo destrozado de Cedric yacía en una tienda de campaña improvisada y Cassian se ahogaba en lágrimas en un rincón oscuro, odiándome con cada fibra de su ser por haberle cerrado las puertas al auxilio. Hoy, en cambio, los dos hermanos estaban vivos, sonriendo y forjando un lazo que nadie podría quebrar.
—Noble Consorte —la voz tímida de Cedric me sacó de mis pensamientos.
El joven príncipe se puso de pie, cruzó el salón y se detuvo frente a mí con una reverencia impecable.
—Dime, Cedric. ¿Pasa algo? —le pregunté con una sonrisa suave.
—Mi madre... la Emperatriz Eleanor, me envió un mensaje hace unos minutos —dijo el muchacho, bajando un poco la mirada por la incomodidad protocolaria—. Solicita una audiencia privada con usted mañana por la mañana en el jardín de invierno del Palacio Solar. Me pidió que le asegurara que no habrá guardias ni damas presentes. Solo ella.
Mi padre, que limpiaba el acero de su daga corta cerca de la ventana, soltó un bufido sarcástico.
—La gran Emperatriz por fin baja de su pedestal para hablar con los mortales —masculló el Gran Duque—. No vayas sola, Valeria. Las víboras heridas son las que muerden con más rabia.
—Iré sola, padre —respondí con absoluta tranquilidad—. Eleanor no es como Evelyn; ella no usa veneno de contrabando. Es orgullosa, pero es madre antes que emperatriz. Si me pide una audiencia a solas, es porque sabe que le salvé la vida a lo único que realmente le importa en este mundo.
Cedric asintió con fervor, confirmando mis palabras con la mirada.
—Mi madre no le hará daño, se lo juro por mi honor de caballero, Noble Consorte. Solo... quiere hablar de verdad.
Despedí a Cedric con un abrazo cálido que ya no le causó sorpresa ni incomodidad. Cuando el muchacho se marchó hacia su palacio escoltado por una guardia mixta, Cassian corrió hacia mí y me rodeó la cintura con sus bracitos.
—Madre —susurró, alzando sus ojitos amatista llenos de devoción pura—. Gracias por salvar al hermano Cedric. Tenía mucho miedo de que le pasara algo malo en el bosque.
Me agaché de inmediato y le di un beso sonoro en la frente, apretándolo contra mi pecho.
—Nunca más tendrás que tener miedo, mi amor —le prometí en un susurro cargado de verdad—. Mientras yo respire, nadie volverá a tocar a las personas que amas.
A la mañana siguiente, el jardín de invierno del Palacio Solar lucía cubierto por una fina capa de rocío matutino. Caminé bajo las arcadas de cristal flanqueada solo por el trinar de las aves de invierno.
Allí estaba la Emperatriz Eleanor.
No llevaba su pesada corona de oro ni las capas solemnes de estado. Lucía un vestido sobrio de terciopelo verde oscuro y el cabello recogido de forma sencilla. Al escuchar mis pasos, se giró despacio. Tenía sombras oscuras bajo los ojos y una expresión de fatiga profunda que jamás permitía que la corte viera.
Nos quedamos en silencio durante varios segundos, mirándonos fijamente. Eran trece años de rencor, intrigas y competencia silenciosa puestos en una balanza.
—¿Tu té favorito sigue siendo el de jazmín con miel de flores silvestres? —preguntó Eleanor al fin, con una voz desprovista de la altanería habitual.
—Sí —respondí con calma, tomando asiento en la silla de hierro forjado frente a ella.
Eleanor sirvió las dos tazas de porcelana con manos firmes, aunque la leve vacilación en sus dedos delató el peso que cargaba. Dejó la tetera sobre la bandeja y me miró directo a los ojos.
—Te odié durante trece años, Valeria —soltó la Emperatriz con una franqueza brutal—. Odié tu linaje, odié que tu padre fuera el comandante del ejército y odié que Kaelen te trajera al palacio para contrarrestar la influencia de mi familia. Creí que eras una muñeca caprichosa que en cualquier momento intentaría envenenar a mi hijo para poner al tuyo en el trono.
Tomé un sorbo de té antes de responder, sosteniendo su mirada sin titubear.
—Yo también te odié, Eleanor. Pensé que tu arrogancia terminaría por aplastarnos a Cassian y a mí si mostrábamos la más mínima debilidad. Por eso me aislé y cometí errores imperdonables.
La Emperatriz respiró hondo. Sus ojos celestes se empañaron por una fracción de segundo antes de recuperar la compostura imperial.
—Ayer... si no hubieras intervenido, Cedric estaría muerto o lisiado en el fondo de ese barranco. Ninguna de mis damas ni mis espías vio venir la trampa de Evelyn. Tú lo viste, detuviste el golpe y no dudaste en exponer a los culpables frente a todo el imperio.
Eleanor apoyó las palmas de sus manos sobre la mesa y bajó la cabeza un centímetro. Para la Emperatriz consorte de Carlisle, ese mínimo gesto equivalía a una reverencia completa.
—La Casa Halstead tiene una deuda de sangre contigo y con la Casa Rosental —declaró con solemnidad—. Dime qué quieres a cambio. ¿Títulos? ¿Comercio en el norte? ¿El presupuesto del palacio interior?
Sonreí de lado. Era la misma lógica transaccional que yo solía usar en mi vida pasada.
—No quiero tu oro ni tus títulos, Eleanor —le respondí con voz serena y tajante—. Solo quiero una cosa: que este nido de víboras deje de consumir a nuestros hijos.
La Emperatriz parpadeó desconcertada, sin entender mi respuesta.
—¿De qué estás hablando?
—Kaelen no busca un heredero; busca que los príncipes se destrocen entre sí para gobernar sobre las cenizas —le expliqué con frialdad—. Cedric tiene el derecho y el temple para ser el próximo emperador. Es un buen muchacho, es sabio y trata a Cassian como a un hermano real. Yo no voy a empujar a Cassian a disputarle la corona.
Eleanor abrió los ojos de par en par, incapaz de asimilar lo que oía. En el harén imperial, ninguna consorte renunciaba jamás a la ambición del trono para su propio hijo.
—¿Cassian no competirá contra Cedric? —preguntó en un susurro incrédulo.
—Cassian solo tiene diez años, y quiero que viva en paz, con la mente sana y el corazón a salvo —le aseguré mirándola a los ojos—. Mi propuesta es simple: sellaremos una alianza inquebrantable entre el Palacio Solar y el Palacio Zafiro. Tú tienes el linaje religioso y noble del imperio; yo tengo las espadas del Escudo de Hierro y las flotas de Valoria. Si nosotras dos nos unimos, nadie en esta corte, ni las consortes restantes ni el propio Kaelen, podrá volver a tocar a nuestros hijos.
Un silencio denso cayó sobre el jardín de invierno.
Eleanor procesó mis palabras con la mente rápida y calculadora de una estratega. La caída de Evelyn dejaba un vacío inmenso en el harén, y una coalición entre las dos consortes de mayor rango convertía nuestra posición en una fortaleza inexpugnable. Kaelen ya no podría jugar a dividirnos para reinar.
La Emperatriz levantó su taza de porcelana y me dedicó la primera sonrisa sincera que le había visto en trece años.
—Por Cedric y por Cassian —dijo Eleanor con voz firme.
Choqué mi taza suavemente contra la suya con un tintineo claro.
—Por nuestros hijos —respondí.
El pacto estaba sellado. Había evitado la muerte de Cedric, purgado a Evelyn y convertido a mi peor enemiga en mi aliada más leal. El destino de sangre que en mi otra vida nos arrastró a todos al abismo acababa de ser reescrito para siempre.
Kaelen aún creía que gobernaba sobre un imperio de peones dóciles, pero no tenía idea de que, a partir de hoy, las dos reinas del tablero jugaban bajo sus propias reglas.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre