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Robaste a mi prometido, seduje a tu amor

Robaste a mi prometido, seduje a tu amor

Status: Terminada
Genre:Juego de roles / Venganza de la protagonista / Amor platónico / Completas
Popularitas:17.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Mama Mia

El día de su boda, frente a cientos de invitados, el novio de Alena Balcázar no aparece: prefiere quedarse junto a su hermana, que "se desmayó" en el momento más oportuno. Otra vez. Pero esta vez Alena no llora ni suplica. Toma el micrófono, cancela ella misma la boda ante todos y se marcha con la cabeza en alto... dispuesta a no volver a mendigar amor nunca más.

Repudiada por su familia y sin un centavo, su caída dura poco. Un encuentro inesperado la lleva al lado de Nathan Villanueva, el heredero más frío, poderoso y codiciado del país, justo el hombre que su hermana siempre soñó con conquistar. Un contrato de cinco años, un jefe imposible y una regla no escrita: hacerla suya. Si ellos le robaron al prometido, ella seducirá a quien más desean.

Lo que empieza como una venganza perfecta se convierte en un juego de tensión, orgullo y deseo contenido. Y mientras Alena reconstruye su vida y devuelve cada golpe con elegancia letal, un secreto enterrado sobre su verdadero origen amenaza con cambiarlo todo: hay quienes destruyeron a su familia para robarle lo que le pertenece, y ahora tendrán que rendir cuentas.

NovelToon tiene autorización de Mama Mia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

18

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Nathan se recostó con tranquilidad en su silla mientras miraba a Alena sin parpadear.

—Espera ahí no más —dijo con voz plana.

Alena frunció el ceño. Por dentro se preguntaba por qué tenía que esperar. ¿Y qué era lo que debía esperar? Si no había ninguna orden, ¿para qué la llamaba? Ella también tenía trabajo que atender. Pero, como no quería alargar el asunto, al final se limitó a asentir brevemente con la cabeza, todavía de pie frente al escritorio de Nathan. ESPERANDO.

Unos minutos después se oyó un golpe en la puerta. Luego entró un empleado de limpieza con una taza de café sobre una bandeja.

—Con permiso, señor. Aquí tiene su café.

Nathan solo asintió sin decir nada. Alena, por su parte, comprendió al fin: como no había quedado conforme con su café, su jefe le había pedido uno al empleado de limpieza. Por dentro se sintió mal, porque no había sido capaz ni siquiera de algo tan trivial como eso. Por eso se prometió a sí misma que aprendería a preparar un café rico.

Mientras tanto, el empleado de limpieza, ya acostumbrado a la actitud inexpresiva de Nathan, dejó enseguida la taza sobre la mesa, hizo una leve inclinación y salió de la oficina.

En cuanto la puerta volvió a cerrarse, Nathan dirigió la mirada hacia Alena. Luego señaló con el mentón la taza de café que había sobre la mesa.

Alena, que no entendía en absoluto qué quería decir Nathan, solo miró la taza, después volvió a mirarlo a él y de nuevo a la taza, alternando entre una cosa y otra.

Al ver que Nathan seguía callado, Alena por fin se animó a preguntar.

—¿Qué pasa, señor?

Nathan abrió los ojos y soltó un largo suspiro. —Pruébalo —ordenó, cortante.

—¿Eh? —Alena abrió los ojos de golpe y se señaló la nariz con la punta del dedo—. ¿Que lo pruebe? —¿No habría oído mal?, pensó.

—Sí. Prueba el café.

—Digo, pero... ¿no es su café? ¿Por qué tengo que probarlo yo?

—Porque eres mi asistente personal —respondió Nathan con su voz plana—. Y, como asistente, una de tus tareas es asegurarte de que yo esté bien.

Alena se rascó la sien, cada vez más confundida con lo que quería decir su jefe.

—Por eso, antes de que yo tome ese café, tú tienes que probarlo primero. Así, si hay veneno en el café, tú serás la que muera antes —dijo Nathan, hablando como un jefe sin un gramo de corazón.

Alena tragó saliva con dificultad, con ambos ojos clavados en Nathan casi sin parpadear. ¿Había oído bien? ¿No significaba eso que la estaban usando de conejillo de Indias? Aunque, a primera vista, la orden sonara razonable. Pero... ¿acaso esto era la época de los emperadores? ¿Qué empleado de limpieza iba a envenenar a su jefe a plena luz del día, así, descaradamente? ¿No era demasiado disparatada la excusa del señor Nathan?

Alena apretó ambos puños a los costados del cuerpo. La mandíbula se le tensó aguantando el fastidio. Pero ¿qué podía hacer? No era más que una asistente que debía cumplir con todo lo que le ordenara su jefe.

—Está bien.

Con ganas de soltar toda clase de insultos, la muchacha se acercó al escritorio de Nathan y tomó la taza con la mano derecha, mientras la izquierda seguía cerrada en un puño a un costado, y lo miró a la cara con los ojos entornados de rabia.

—Si muero, la empresa tendrá que pagar una indemnización de diez millones de dólares que se entierren conmigo —masculló por lo bajo.

Nathan estuvo a punto de reírse ante la ocurrencia de Alena. Pero se apuró a contenerse mordiéndose el labio inferior.

—Tú tómalo y no protestes.

Alena lo fulminó con la mirada antes de acercarse por fin la taza a los labios. Se vio obligada a probar un poco de aquel café aunque no le gustara. Solo un poco, ni siquiera un sorbo entero, y enseguida bajó la taza.

—¿Y? —preguntó Nathan, observándola con calma.

Alena se limpió los labios con el dorso de la mano antes de responder con tono molesto. —Ya ve que sigo perfectamente bien. Eso quiere decir que no hay veneno en el café.

Nathan se quedó callado, con la comisura de los labios curvada hacia arriba. —Bien —dijo, y tomó la taza para beber un sorbo, despacio.

Lo que dejó a Alena boquiabierta fue que Nathan bebió del mismo borde de la taza que ella había usado. Justo sobre la marca de sus labios. Alena tragó saliva con dificultad. ¿No significaba eso que se habían besado de manera indirecta?

—¿Qué pasa? ¿Tú también quieres café? —preguntó Nathan, como si lo que acababa de hacer no tuviera nada de malo—. Toma. ¡Agárralo si quieres! —dijo, tendiéndole la taza que sostenía.

—¡Ah, no... no! —Alena agitó de inmediato ambas manos frente al pecho una y otra vez—. No me gusta el café —dijo, como excusa. Y para sus adentros añadió que, aunque le gustara el café, tampoco querría tomarlo de la misma taza que un hombre con el que no tenía ninguna relación.

—¿Hay alguna otra orden, señor? —preguntó Alena entonces—. Si no, voy a volver a mi oficina.

Antes de que Nathan alcanzara a responder, el celular que tenía en el bolsillo del blazer empezó a sonar. Alena se apresuró a sacarlo con la intención de silenciarlo, pero Nathan le ordenó que atendiera la llamada ahí, delante de él.

—Así sé que no estás traicionando a la empresa. Vaya a saber si quien te llama es un rival de Villanueva.

La excusa que soltó Nathan la dejó boquiabierta, incrédula y furiosa a la vez. ¿Acaso tenía cara de traidora? Pero, una vez más, no era más que una asistente que debía obedecer todo lo que dijera su jefe.

Alena miró la pantalla del celular. Un número nuevo, sin nombre. Y sabía perfectamente quién la llamaba. ¿Quién iba a ser, sino Renzo?

—¡Pon el altavoz!

La orden de Nathan volvió a oírse justo cuando ella acababa de tocar el ícono verde, lo que hizo que la muchacha resoplara de fastidio, sin fuerzas para negarse.

—Alena, soy yo.

La voz de Renzo llegó también a oídos de Nathan e hizo que, sin darse cuenta, apretara el puño con fuerza. Su mirada se clavó en el celular que Alena tenía en la mano, como si quisiera tragárselo entero.

—¿Qué pasa? —preguntó Alena con voz plana.

—¿Dónde estás? El tío Gustavo y la tía Miranda me dijeron que te fuiste de la casa. Dame tu dirección, voy a buscarte ahora mismo.

—Ya te dije: lo nuestro se terminó desde el momento en que elegiste quedarte al lado de Selena y me dejaste sola el día de mi boda. De ahora en adelante, no me vuelvas a llamar.

—Alena... yo... dame la oportunidad de hablar. Hay algo que tengo que explicarte sobre este malentendido.

—Esto no es un malentendido. Es una decisión que ya tomaste. Así que yo también ya tomé la mía.

—No. Eso no es verdad. Alena...

¡Tuu!

Alena cortó la llamada de forma unilateral. Cerró los ojos con fuerza, aguantando el pecho que todavía le seguía oprimido. Volvió a mirar el número desde el que Renzo la había llamado y luego tocó el ícono de bloqueo. Quién sabe cuántos números llevaba ya bloqueados. No le importaba.

—¿Por qué no cambias de chip? Así ese perdedor no podría molestarte más.

La voz de Nathan se oyó justo cuando ella acababa de guardar de nuevo el celular en el bolsillo del blazer. La muchacha lo miró con los ojos vacíos.

—¿De qué serviría? —preguntó Alena—. Seguimos viviendo en la misma ciudad. Tarde o temprano nos volveremos a cruzar. Además, solo me da pereza hablar con él. No es que quiera esconderme de ellos.

Había una razón que Alena guardaba para sí misma. Quería ver qué cara pondría Selena cuando se enterara de que ahora estaba al lado de Nathan.

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Mirla Loyo
y que fue de la vida del ex de Alena y sus papás?🤔
Mirla Loyo
ósea que hasta la casa dónde vivían no les pertenecía?😱
Mirla Loyo
ósea que todo lo que tienen es de Alena?😱
Mirla Loyo
y cuando es que nos vamos a enterar quiénes son los padres o madre se Alena?.. porque el interes de Sebastián por qué se case Renzo?🤷‍♀️
Mirla Loyo
que guerra tan estúpida la de ésta zorra y los idiotas arrastrados por ésas estupideces 🤭
Mirla Loyo
y porque éste idiota tiene que contarle a la zorra?🤷‍♀️
Mirla Loyo
gracias por el consejo Rubén 🤣🤣 éso es lo que sucederá 🤭
Mirla Loyo
interesante el inicio, espero la autora no me decepcione.. acabo de dejar una a la mitad, por las múltiples incoherencias 😏
Lily
El destino te lo pone en bandeja de plata 🤗🤗
Lily
Es que ya no es la misma pende....ja y que crees? Te vas arrepentir 🤭🤭
Leticia Baeza Vazquez
y q la criada nunca pudo decir q ella no era solo la sobrina osea no mames la vieja
Leticia Baeza Vazquez
cómo hay padres alcahuetes y si vergüenzas q son tapaderas de hijas inutiles dan asco
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