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Sangre De Dos Imperios : Bisturí Y Plomo

Sangre De Dos Imperios : Bisturí Y Plomo

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Mafia / Completas
Popularitas:8k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: El cerco del cazador

El trayecto de regreso al complejo residencial fue una cuenta regresiva que Aleksandra midió en latidos acelerados.

No tomó la autopista principal. Cortó por las calles interiores del distrito médico, esquivando el tráfico matutino con maniobras precisas. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que el tiempo se había terminado. El destello del teleobjetivo en la puerta del colegio no había sido una casualidad: sabían de Dimitri. Sabían de su existencia.

Subió por el ascensor de servicio en lugar del panorámico, manteniendo la mano derecha hundida dentro del bolso, con los dedos acariciando la culata rugosa de la Glock 43. Al llegar al piso cuarenta y dos, el pasillo alfombrado estaba sumido en un silencio denso, anormal.

Aleksandra se detuvo a dos metros de su propia puerta.

No había cerraduras forzadas ni señales visibles de intrusión, pero el aire olía distinto. El sutil aroma a lavanda que siempre impregnaba su hogar había sido desplazado por una nota seca y profunda: madera de cedro, tabaco curado y cuero templado por el sol.

Deslizó el arma fuera del bolso con un movimiento mudo. Quitó el seguro con el pulgar. Apoyó la espalda contra la pared, giró el picaporte con la mano izquierda y abrió la puerta de golpe, entrando en ángulo bajo con el cañón alineado a la altura del pecho de cualquier amenaza.

—Si aprietas ese gatillo, dottoressa, asegúrate de atravesar el centro del esternón —dijo una voz grave desde la penumbra de la sala—. De lo contrario, no tendrás tiempo para un segundo disparo.

Aleksandra no bajó el arma ni un milímetro.

Dante Moretti estaba sentado en el sillón de cuero individual junto al ventanal panorámico, con las piernas cruzadas y una serenidad que helaba la sangre. Había dejado su saco sobre el respaldo; la camisa blanca, impecable y tensa sobre sus hombros anchos, contrastaba con la sombra que cubría la mitad de su rostro. En la mesa de centro de cristal descansaban dos cosas: el vaso bajo con agua mineral sin tocar y una fotografía ampliada en papel satinado.

La fotografía de Dimitri en el patio de juegos.

Aleksandra sintió una descarga de adrenalina helada recorrerle el espinazo, pero su pulso se mantuvo inquebrantable. Apuntaba directo al puente nasal del Don.

—Te di diez segundos para salir de mi casa —soltó ella en un susurro gélido, con los ojos verdes brillando como dos cuchillas—. Y no suelo repetir una incisión.

Dante bajó la vista hacia el cañón de la Glock. No había desprecio en sus ojos grises; había una fascinación oscura, voraz y peligrosa. Se puso de pie con una lentitud deliberada, elevándose en toda su estatura hasta imponerse sobre el espacio como una cordillera de piedra.

—Tienes una postura impecable —observó él, dando un paso medido hacia ella, acortando la distancia a menos de tres metros sin mostrar el menor reparo por el arma—. Rodillas semiflexionadas, distribución del peso en los metatarsos, agarre isósceles modificado. Eso no te lo enseñaron en la facultad de medicina de Milán, Aleksandra.

—Muévete un paso más y lo comprobarás en tu propia carne —advirtió ella, tensando el dedo sobre la cola del disparador.

Dante no se detuvo. Dio otro paso, y luego otro, hasta que la boca de fuego de la pistola quedó presionada firmemente contra el centro de su pecho, justo sobre la tela de su camisa blanca, a la altura exacta de su corazón.

El calor del cuerpo de Dante irradiaba a través del metal frío del arma. Aleksandra pudo sentir el ritmo pesado y constante de sus latidos bajo el cañón. El hombre la miraba desde arriba, con una intensidad tan aplastante que el aire en la sala pareció enrarecerse.

—Dispara —le exigió él en un susurro ronco, desafiante—. Mátame aquí mismo. Tienes las manos de una cirujana y el pulso de un verdugo. Hazlo.

Aleksandra apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió la cabeza.

—¿Qué quieres, Dante?

—Quiero a mi hijo.

La palabra cayó entre ambos con el peso demoledor de una guillotina.

—No es tu hijo —mintió ella sin pestañear, obligándose a sostenerle la mirada con una frialdad absoluta—. Es mío. Solo mío. Yo lo traje al mundo, yo lo alimenté, yo lo cuidé sola en este desierto mientras tú te dedicabas a matar hombres en Italia.

Dante soltó una risa seca, desprovista de humor, cargada de una posesividad salvaje que le crispó los músculos del cuello.

—No me insultes la inteligencia, Aleksandra —bramó él, y por primera vez el barniz de autocontrol del Don se resquebrajó, dejando salir a la bestia herida—. Nació a las treinta y nueve semanas de nuestra noche en Milán. Tiene mi mandíbula. Tiene la forma de mis manos. Y esos ojos... —Dante dio un paso más, obligando al cañón de la pistola a clavarse más hondo en sus costillas—. Esos malditos ojos grises son la sangre de mi padre, de mi abuelo y de cada Moretti que gobernó el norte antes que yo. ¿Creíste que podías cruzar el océano, esconderte detrás de una bata blanca y borrarme de su vida?

—¡Te salvé la vida! —estalló ella por fin, rompiendo su muralla de contención en un susurro furioso, ardiente—. ¡Te recogí de un charco de barro cuando te estabas muriendo como un perro! ¡Te cosí las tripas en mi mesa de cocina! ¿Y qué hiciste tú? Te marchaste antes de que saliera el sol, dejándome un billete miserable como si fuera una ramera barata.

Dante cerró los ojos una fracción de segundo ante el reproche, sintiendo el impacto de aquellas palabras más que si la bala le hubiera atravesado el pulmón.

—No te dejé dinero para pagarte, Aleksandra —dijo él, abriendo de nuevo sus ojos de tormenta, que ardían con una sinceridad visceral—. Te dejé mi encendedor para que supieras que volvería. Y te busqué. ¡Maldita sea, te busqué durante tres años! Puse a toda Lombardía de rodillas intentando encontrar a la mujer que me devolvió el pulso. Pero te borraste del mapa. Huiste como si el criminal fuera yo por querer encontrarte.

—¡Porque eres un criminal! —escupió ella, y sus dedos temblaron apenas sobre el gatillo—. ¿Qué futuro le esperaba a Dimitri a tu lado? ¿Vivir detrás de ventanas blindadas? ¿Aprender a revisar los bajos de un auto antes de subir para no volar en pedazos? ¿Ver cómo matan a su padre en un restaurante o terminar con dos tiros en un callejón como terminaste tú? Yo elegí una vida limpia para él. ¡Una vida donde la sangre se cura, no se derrama!

Dante la observó en silencio durante varios segundos. La furia en el rostro de la cirujana no nacía del pánico; nacía del instinto feroz de una leona dispuesta a quemar el mundo entero con tal de resguardar a su cachorro.

Con un movimiento relampagueante, que desafió cualquier tiempo de reacción humano, Dante no golpeó el arma: la envolvió con su palma entera, empujando la corredera hacia atrás para trabar el mecanismo antes de deslizar sus dedos entre los de ella y arrancársela de las manos sin violencia, depositándola sobre el aparador cercano.

Aleksandra reaccionó por instinto: lanzó un golpe seco con el canto de la mano dirigido a la carótida de Dante.

El Don vio venir el impacto y levantó el antebrazo izquierdo en un bloqueo marcial limpio, absorbiendo la fuerza del golpe con un chasquido sordo. La potencia del impacto de Aleksandra lo sorprendió de verdad; no era el manotazo desesperado de una civil, era un golpe de penetración con intención de fracturar cartílago.

Antes de que ella pudiera encadenar una patada baja a su rodilla, Dante acortó el espacio, rodeó su cintura con su brazo derecho y la levantó en vilo, empujándola contra la pared de mármol del pasillo y sujetándole ambas muñecas por encima de la cabeza con una sola mano de hierro.

—¡Suéltame! —forcejeó ella, respirando con violencia contra su cuello.

—No te voy a soltar nunca más —sentenció Dante, pegando su frente a la de ella, atrapándola en la jaula de su cuerpo—. Puedes odiarme todo lo que quieras, Aleksandra. Puedes escupirme, puedes intentar romperme los huesos como acabas de hacer... pero Dimitri es mi sangre. Y tú eres la madre de mi heredero.

—No te lo vas a llevar —jadeó ella, clavándole una mirada cargada de un veneno mortal—. Prefiero matarte y pudrirme en una prisión emiratí antes de dejar que conviertas a mi hijo en un monstruo como tú.

Dante clavó sus ojos en los labios temblorosos de ella, sintiendo la misma corriente eléctrica y demoledora que lo había consumido en aquella noche de fiebre en Milán. Estaba tan hermosa con el fuego de la guerra ardiéndole en las mejillas que el corazón le latía con un compás salvaje.

—No me lo voy a llevar solo a él —murmuró Dante, bajando la voz hasta convertirla en una promesa oscura que le rozó la boca—. Vienen los dos conmigo. A Italia. A mi casa.

—El colegio... —Aleksandra palideció de golpe, recordando la fotografía sobre la mesa—. ¿Qué le hiciste a mi hijo?

Dante suavizó la presión sobre sus muñecas, deslizando la mano hacia su mejilla para acariciarle la piel suave con el dorso de los nudillos, un gesto de una ternura tan imprevista que desconcertó a la cirujana.

—Nadie ha tocado al niño —dijo él con solemnidad—. Lorenzo y seis de mis mejores hombres tienen un cerco de tres manzanas alrededor del colegio. Ni una mosca se acerca a Dimitri sin mi autorización. Pero a las dos de la tarde, cuando suene la campana de salida, subirá a mi auto. Con o sin ti, Aleksandra.

La miró fijamente, sellando el destino de ambos en una sola frase.

—Y sé muy bien que tú jamás dejarías que tu hijo cruce el océano sin ti. Empaca tus cosas, dottoressa. Volvemos a casa.

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Marta Luisa Nebreda Escalante
no sólo que lo abrió sino que ella se abrió de piernas a él 🤣
Marta Luisa Nebreda Escalante
ella es más mafiosa que él, porque viene de la mafia rusa 🤔🤦
Marta Luisa Nebreda Escalante
no quiere llevarlo hacia la mafia de su padre y qué lindo ejemplo le está dando al hijo con un arma en la mano.....va va vs🤔
Ana Cortes
felicidades me encantó tu novela fue fluida y no monótona lo único que al final las edades de los hermanos no coincidían ya que de principio se llevaban por tres años al final fueron por seis años todo lo demás lo disfrute al máximo éxito y bendiciones♥️♥️♥️
Marta Luisa Nebreda Escalante
jajaja jajaja 🤣, idiota e inconsciente dijo porque se fué y no pensó lo mismo cuando se encamo 😂😂😂😂😂😂
Ana Cortes
dios los libre
Mayra C Velez V
cuándo le dirá papá ☺️
Mayra C Velez V
madre mía 🤭
Ana Cortes
como dra puede irse sin pensar en sus pacientes de Dubai irse sin dar ninguna explicacion
Mayra C Velez V
mas de cuatro años... tres años y medio de Dimitri más el embarazo
Mayra C Velez V
/Toasted//Shy//Gosh/
Maria Gudiño
y el trabajo en Dubai 🤔🤔🤔?????
Mayra C Velez V
"en tú cama"
Mayra C Velez V
"en tu cocina" creo
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