Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 6
Izan regresó a la hacienda cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas, todavía no podía creer que aquella mujer hubiera tenido el atrevimiento de lanzarle una piedra y marcharse sin siquiera comprobar si lo había dejado inconsciente.
Lo peor era que, a pesar de su enojo, no conseguía apartar de su mente la imagen de su rostro.
—Cuando te encuentre, me las cobraré.
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Al llegar al patio principal, desmontó y entregó las riendas de Relámpago a uno de los empleados. Después se dirigió hacia la casa, convencido de que podría entrar sin que nadie reparara demasiado en su aspecto.
Sin embargo, apenas cruzó la puerta, se encontró con su madre, su padre y Adriel, quienes conversaban en la sala.
—¡Izan! —exclamó Leticia al verlo—. ¿Qué te pasó en la frente?
La mujer se levantó de inmediato y se acercó a él. Su mirada se fijó en el parche que cubría parte de su frente, y la preocupación se reflejó enseguida en su rostro.
Sael dejó a un lado los documentos que estaba revisando y también se puso de pie.
—¿Qué significa esto? —preguntó con seriedad—. ¿Te lastimaste?
Adriel, que hasta ese momento había permanecido sentado, se incorporó lentamente. Primero observó el parche y después miró a su primo, tratando de descubrir qué había sucedido.
Izan suspiró. Debió imaginar que no podría ocultar la herida.
—No es nada, mamá. Solo me golpeé con una rama que no pude ver mientras cabalgaba.
Leticia frunció el ceño.
—¿Una rama? ¿Y te abrió la frente de esa manera?
—Fue un golpe tonto —respondió él con tranquilidad—. Me limpiaron la herida y me pusieron el parche. No hay de qué preocuparse.
—Deberías tener más cuidado —intervino Sael—. Acabas de regresar y los senderos han cambiado.
—Conozco estás tierras.
—Conocerlas no significa que debas arriesgarte innecesariamente —replicó su madre, acomodándole con delicadeza el borde del parche—. ¿Te duele?
—Un poco, pero estaré bien.
Leticia no pareció del todo convencida, aunque terminó apartándose.
—Si comienzas a sentirte mal, me lo dices. No quiero que por hacerte el fuerte termines empeorando esa herida.
—Te lo prometo.
Adriel soltó una pequeña risa.
—Hay que admitir que tienes una habilidad especial para meterte en problemas incluso cuando sales a dar un simple paseo.
Izan le lanzó una mirada de advertencia.
—No empieces, Adriel.
—¿Qué? Solo digo que, si vas a recorrer la hacienda, quizá deberías llevar un casco.
—Y tú podrías aprender a cerrar la boca.
Adriel sonrió, divertido.
—Ahí está mi primo. Ya me estaba preocupando que el golpe te hubiera cambiado el carácter.
Sael negó con la cabeza, aunque una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Déjenlo tranquilo. Izan necesita descansar. Mañana tendrá tiempo suficiente para continuar con sus recorridos y empezar a ocuparse de los asuntos de la hacienda.
—No necesito descansar —protestó Izan.
—Eso no está a discusión —sentenció Leticia—. No quiero que se infecte esa herida.
Izan prefirió no discutir. Sabía que, cuando su madre se ponía en ese tono, insistir solo conseguiría prolongar la conversación.
—Está bien. Haré lo que dices.
Poco después, la familia continuó con sus asuntos y él aprovechó para retirarse junto a Adriel.
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En la hacienda Dávila...
Lara miró hacia el pasillo, donde había dejado su carpeta de documentos. Podía quedarse en casa trabajando hasta la hora de la cena, o podía salir un rato con su hermana y disfrutar de una noche diferente.
Quizá Selina tenía razón en algo: necesitaba distraerse.
Y, si volvía a pensar en el desconocido del arroyo, terminaría lanzándole piedras también en sus pensamientos.
—Está bien —aceptó finalmente.
Selina dio un pequeño salto de alegría.
—¡Lo sabía!
—Pero que conste que vamos solo un rato.
—¡Sí, sí! Un ratito.
—Y mañana me ayudarás con el trabajo.
—Te lo prometo.
—No quiero excusas.
—Ninguna.
Lara señaló a Selina con un dedo.
—Y no vuelvas a mencionar al hombre del arroyo.
Su hermana se llevó una mano al pecho, fingiendo solemnidad.
—Juro por mi vida que no volveré a hablar de ese misterioso desconocido por hoy.
—¡Selina!
Las carcajadas de su hermana llenaron la cocina mientras Lara negaba con la cabeza.
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Hacienda Orellana...
Un rato después, Izan y Adriel se encontraban solos en una de las habitaciones. Adriel estaba sentado en un sillón, con los brazos cruzados y una sonrisa sospechosa en el rostro, mientras Izan caminaba de un lado a otro.
—Bueno, ¿piensas contarme la verdad o vas a seguir insistiendo en que una rama te atacó? —preguntó Adriel.
Izan se detuvo y lo miró.
—¿No tienes nada mejor que hacer?
—No. Y después de verte entrar con ese parche en la frente, mucho menos. Así que habla.
Izan soltó el aire por la nariz y se pasó una mano por el cabello.
—Salí a cabalgar. Quería recorrer los senderos y recordar un poco lo que es montar sin tener que pensar en documentos, cuentas y problemas de la hacienda.
—Hasta ahí, todo parece normal.
—Llegué al arroyo que divide nuestras tierras y me encontré con una mujer.
Adriel alzó las cejas.
—Esto empieza a ponerse interesante.
Izan lo ignoró y siguió hablando.
—Estaba bañándose en el arroyo. Me detuve un momento y… —Hizo una pausa, recordando aquella imagen que se había quedado grabada en su memoria—. No me di cuenta de que me había visto.
La sonrisa de Adriel se ensanchó.
—Espera. ¿Quieres decir que te quedaste mirándola mientras se bañaba?
—No fue así.
—¿Ah, no? ¿Y cómo fue?
—Me sorprendió encontrar a alguien allí. Eso es todo.
—Claro. Y seguramente la rama que te golpeó también se sorprendió de encontrarte.
Izan le lanzó una mirada fulminante.
—¿Quieres escuchar la historia o prefieres seguir diciendo tonterías?
Adriel levantó ambas manos, fingiendo rendirse.
—Te escucho. No quiero perderme ningún detalle.
Izan continuó, cada vez más irritado al recordar lo ocurrido.
—Cuando se dio cuenta de que estaba allí, salió del agua y se escondió detrás de un árbol para vestirse. Después comenzó a gritarme, llamándome descarado y otras cosas que prefiero no repetir.
—Vaya recibimiento.
—Intenté explicarle que no tenía intención de incomodarla, pero no quiso escucharme. Tomó una piedra y me la lanzó directamente a la frente.
Adriel se quedó mirándolo durante unos segundos.
Luego soltó una carcajada.
—¡No puede ser!
—¿Te parece gracioso?
—¡Te lanzó una piedra! —consiguió decir entre risas—. ¡A ti, Izan Orellana! El hombre que siempre tiene una respuesta para todo.
—Cuando termines de reírte, quizá podamos continuar con una conversación normal.
Adriel se secó una lágrima imaginaria y trató de recuperar la compostura.
—Perdona, primo, pero es que no todos los días aparece una mujer capaz de dejarte una marca en la frente.
—Y lo peor es que se marchó antes de que pudiera detenerla.
—¿La perseguiste?
—No. Se montó en su yegua y salió disparada por el sendero. Cuando intenté llamarla, ya se había alejado demasiado.
—Entonces, ¿ni siquiera sabes cómo se llama?
Izan apretó la mandíbula.
—No.
—¿Y ella sabe quién eres?
—Tampoco, eso creo.
Adriel se recostó en el sillón, observándolo con una mezcla de diversión y curiosidad.
—Déjame adivinar. Estás furioso porque te golpeó y se marchó sin disculparse.
—Exactamente.
—¿Y por eso tienes esa cara?
—¿Qué otra razón tendría?
Adriel ladeó la cabeza, estudiándolo.
—No lo sé. Quizá porque, además de lanzarte una piedra, la muchacha consiguió impresionarte.
Izan se quedó en silencio.
La seguridad de su primo le molestó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—No me impresionó —respondió finalmente—. Es una maleducada, impulsiva y demasiado atrevida.
—Pero la recuerdas con bastante claridad.
—Porque me abrió la frente.
—Por supuesto.
Izan tomó una almohada del sillón y se la lanzó. Adriel la esquivó entre risas.
—Eres insoportable.
—Y tú estás demasiado interesante desde que regresamos.
Izan volvió a sentarse, apoyando los codos sobre las rodillas.
—No pienso quedarme con esto. Voy a encontrarla.
Adriel dejó de reírse y lo observó con atención.
—¿Para qué? ¿Para pedirle que te lance otra piedra?
—Para exigirle una explicación.
—Claro. Una explicación.
Izan lo señaló con un dedo.
—Ni una palabra más.
Adriel sonrió, pero, después de unos segundos, pareció recordar algo.