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Dejarte ir no fue olvidarte

Dejarte ir no fue olvidarte

Status: Terminada
Genre:Madre soltera / Doctor / Casarse por embarazo / Completas
Popularitas:3
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.

Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.

Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.

Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.

Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.

Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.

NovelToon tiene autorización de Aisyah Alfatih para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Bab 24

Capítulo 24

Frente a la modesta casa rentada donde ahora vivía Sara, se alzaba una pequeña tienda con un letrero de madera que decía: "Florería Sara". La florería no era tan grande como la que tenía antes en la ciudad, pero el lugar se veía cálido y acogedor.

Esa mañana, Lina y Raquel estaban ocupadas arreglando las flores nuevas que acababan de llegar del proveedor. El aroma de rosas, lirios y lavanda llenaba el aire alrededor de la pequeña tienda.

Raquel estaba de pie sobre un banquito colgando un arreglo de flores secas cerca del estante delantero, mientras Lina acomodaba girasoles en una cubeta grande llena de agua.

—Si se llena de gente así, nuestra tienda va a quedar preciosa —murmuró Raquel con entusiasmo.

Lina soltó una risita.

—Lo importante es que Sara esté contenta primero.

Antes de que pudieran seguir conversando, un taxi se detuvo justo frente a la tienda. Ambas voltearon por reflejo. La puerta del taxi se abrió despacio. Y un hombre alto salió de ahí. La camisa negra que llevaba estaba algo arrugada. Su rostro se veía agotado, como si no hubiera dormido en toda la noche.

Sin embargo, aun así, aquel hombre resultaba imponente. Su mirada se dirigió de inmediato a la pequeña florería que tenía delante. Como si ese lugar fuera el destino que llevaba mucho tiempo buscando. Después de pagar el taxi, el hombre se quedó parado unos segundos contemplando la tienda en silencio.

Había una mezcla de alivio y nerviosismo en su rostro. La campanita de la puerta de la tienda tintineó suavemente.

—Bienvenido... —El saludo de Raquel se cortó de golpe; sus ojos se abrieron enormes. Lo mismo le pasó a Lina, que estaba de pie junto a la mesa de arreglos.

—¿Doc... Doctor Santiago?

Santiago miró a las dos mujeres con calma y asintió levemente.

—Hola. —La voz del hombre sonó ronca y agotada.

Lina y Raquel se miraron entre sí, presas del pánico. Sabían quién era ese hombre para Sara. También sabían que la llegada de Santiago iba a cambiarlo todo. Sin pensarlo dos veces, Lina dio media vuelta y corrió hacia el interior de la casa.

—¡Sara! —La voz de la chica se escuchó desde adentro, llena de pánico.

Mientras tanto, afuera, Santiago permanecía de pie e inmóvil en medio de la pequeña florería. Su mirada fue recorriendo lentamente cada rincón del lugar.

Aquel hombre por fin había encontrado el sitio donde Sara y su hijo vivían. Lina entró corriendo a la casa a tal velocidad que casi chocó con la mesa del comedor.

—¡Sara! —exclamó con la respiración agitada—. ¡El doctor Santiago está aquí!

Sara, que estaba de pie junto a la mesa, se quedó petrificada. La taza de té en su mano estuvo a punto de caérsele.

—¿Qué? —Su voz fue apenas un hilo, casi inaudible.

Raquel entró unos segundos después asintiendo rápidamente para confirmar lo que había dicho Lina.

—Está en la tienda ahora mismo.

El corazón de Sara empezó a latir descontrolado. Sus manos se fueron enfriando poco a poco.

Mientras tanto, Renato, que desde hacía rato estaba de pie junto a la ventana, volteó de golpe hacia la puerta principal.

—¿Santiago vino? —preguntó incrédulo.

Raquel asintió de nuevo.

—Sí, parece que acaba de llegar. Se ve agotadísimo.

El ambiente de la casa cambió de pronto, cargado de tensión. Rocío se levantó despacio de su silla, observando a Sara, que seguía ahí paralizada. Y Sara misma sentía la mente completamente en blanco. Santiago de verdad había venido. Aquel hombre de verdad la había seguido hasta la costa.

Antes de que Sara pudiera calmarse, se escucharon unos pasitos desde la sala.

—¿Doctol Santiago vino? —Sergio apareció abrazando un carrito de juguete, con la cara llena de emoción.

Los ojos del niño se iluminaron al instante.

—¿De veldad vino el doctol guapo?

Nadie respondió de inmediato. Porque todos en aquella habitación estaban igual de tensos. El único que parecía feliz de verdad era Sergio.

—¡Quielo vel al doctol Santiago! —El niño salió corriendo hacia la puerta principal.

—¡Sergio! —Sara fue detrás de su hijo por instinto. Pero los pasitos de Sergio eran mucho más rápidos.

La puerta de la casa se abrió.

Y en ese momento, la mirada de Santiago se encontró con la del pequeño que estaba parado en el umbral. Durante unos segundos, nadie se movió. Santiago se quedó petrificado en su lugar.

Mientras, Sergio sonreía de oreja a oreja, radiante de alegría.

—¡Doctol guapo!

El niño corrió a abrazar las piernas de Santiago sin dudarlo ni un instante.

El cuerpo de Santiago se tensó. Su mirada bajó lentamente hasta posarse en el niño que se aferraba con fuerza a sus piernas.

Sergio lo recibió con una sonrisa inocente, como si jamás hubiera existido distancia alguna entre ellos.

—¿Viniste, doctol guapo? —Aquella frase tan simple le cortó la respiración a Santiago. Mientras tanto, detrás de la puerta, Sara permanecía inmóvil, con los ojos empañados de lágrimas.

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