Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.
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LA FIRMA DE LA ESTIRPE Y LA JUSTICIA DE LA SANGRE
La luz matutina se filtraba a través de las persianas de madera de la oficina de la dirección legal del hospital, proyectando sombras alargadas sobre la amplia mesa de conferencias. Sobre la superficie de caoba descansaban varias carpetas de cuero con el sello del Registro Civil y una serie de documentos notariales recién impresos.
Frente a la mesa se encontraba el doctor Fernando Alarcón, el abogado de cabecera de la familia Valenzuela, revisando minuciosamente cada cláusula junto a dos notarios públicos de la República. A un lado del recinto, Anastasia permanecía sentada con elegancia sobria, manteniendo su mano entrelazada con la de su madre, doña Natalia. Adriel Valenzuela observaba la escena de pie desde la ventana con los brazos cruzados, mientras Carmelo Victorino guardaba distancia al otro extremo de la mesa, vistiendo un traje oscuro y manteniendo una postura pulcra, aunque las ojeras en su rostro delataban que no había pegado un ojo en toda la noche.
—Bien, señores —rompió el silencio el doctor Alarcón, quitándose los anteojos de lectura y acomodando los pliegos oficiales—. Todo está formalmente preparado según las instrucciones del señor Adriel Valenzuela y la voluntad expresa del señor Carmelo Victorino.
El abogado desglosó el primer paquete de documentos, deslizándolo hacia el centro de la mesa.
—Este primer folio corresponde al Reconocimiento Voluntario de Paternidad y Corrección de Filiación. Con este acto notarial y la prueba biológica de ADN anexa, el menor Ariel pasa a ser legalmente inscrito bajo el nombre de Ariel Victorino Valenzuela. El señor Carmelo asume formal e irrevocablemente todos los derechos y obligaciones de la patria potestad compartida con la señora Anastasia.
Carmelo tragó saliva con dificultad. Escuchar el nombre de su hijo completo por primera vez en boca de un representante de la ley le provocó un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.
El abogado Alarcón tomó el segundo juego de folios, visiblemente más denso, y miró a Anastasia.
—El segundo documento, señora Anastasia, es el Fideicomiso de Traspaso Patrimonial Absoluto. Tal como lo exigió el señor Victorino, el cien por cien de sus acciones en la Corporación Victorino, así como la totalidad de sus bienes inmuebles, cuentas bancarias internacionales y fondos de inversión, pasan desde este preciso momento a ser propiedad exclusiva del menor Ariel Victorino Valenzuela. El señor Carmelo renuncia voluntariamente a cualquier derecho de usufructo o administración personal sobre dicha fortuna, la cual quedará bajo un comité fiduciario mancomunado integrado por usted y el señor Adriel Valenzuela hasta que el niño cumpla la mayoría de edad.
Doña Natalia dejó escapar un suave ahogo de sorpresa, mientras Adriel inclinaba levemente la cabeza, reconociendo en silencio la magnitud del gesto de Carmelo.
—No me he dejado un solo centavo para mí, Anastasia —expresó Carmelo con voz firme pero humilde, rompiendo su silencio—. A partir de este segundo, mi hijo es el único dueño de todo lo que construí en mi vida. Si he de empezar de cero o si mi destino es una celda, me iré con la tranquilidad de que nadie en este mundo podrá jamás despojarlo de lo que le pertenece por derecho de sangre.
Anastasia observó los folios oficiales. Aceptarlo no borraba las cicatrices de su alma, pero darle a su hijo el apellido de su verdadero padre y la protección absoluta de su legado era el escudo que Ariel necesitaba para no volver a ser víctima de miserables como Patricio.
—Procedamos con la firma, doctor Alarcón —sentenció Anastasia con serenidad.
El notario principal le extendió la pluma estilográfica a Carmelo. El magnate dio un paso al frente con la mano levemente temblorosa, estampó su firma en los casilleros de filiación paterna y selló con su huella dactilar cada una de las páginas del traspaso patrimonial. Cuando terminó, se hizo a un lado y le cedió el turno a Anastasia, quien estampó su rúbrica al lado de la de él.
—Con las firmas de ambos progenitores y la homologación notarial, el procedimiento queda concluido —declaró el doctor Alarcón, timbrando los folios con el sello seco de la República—. A partir de este momento, el menor es legalmente Ariel Victorino Valenzuela.
Carmelo se llevó una mano al pecho, apretando el tejido de su saco mientras los ojos se le llenaban de lágrimas de gratitud. Se giró hacia Adriel y Anastasia, haciendo una profunda inclinación de cabeza.
—Gracias... Gracias por permitirme devolverle la identidad a mi hijo —murmuró Carmelo conmovido—. Ahora que Ariel está protegido y lleva mi apellido, la primera parte de mi promesa está cumplida. Sandro me espera afuera con los datos del satélite; es hora de ir a cazar a Patricio Zapata y a Petra.