Divierte
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Se pierden en el bosque
El sol apenas asomaba detrás de las montañas cuando Don Pancracio golpeó la puerta de Don Filemón, su mejor amigo y compañero de aventuras (y de desastres). Don Filemón abrió medio dormido, frotándose los ojos, y vio a Don Pancracio con sombrero ladeado, bastón en mano y una sonrisa que prometía problemas.
—¡Arriba, Filemón! —exclamó Pancracio—. Hoy vamos a explorar el bosque de la montaña. Dicen que allá arriba hay árboles de frutas dulces y hasta una cascada de agua cristalina. ¡Volvemos antes del mediodía!
—¿Y le avisamos a nuestras esposas? —preguntó Filemón con cautela.
—¡Para qué! —dijo Pancracio restándole importancia—. Regresaremos tan pronto que ni se darán cuenta. ¡Vamos!
Y así, sin decir palabra a nadie, los dos amigos se adentraron en el espeso bosque. Al principio todo era maravilloso: caminaban charlando, señalaban aves y recogían frutas silvestres. Pero entre risas y distracciones, se alejaron demasiado. Cuando quisieron regresar, los senderos se veían todos iguales. Árboles por aquí, arbustos por allá... y ni una sola señal que reconocieran.
—Creo que nos hemos perdido —dijo Don Filemón, mirando a todos lados con inquietud.
—¡No digas eso, hombre! —lo tranquilizó Pancracio, aunque a él también le temblaba un poco la voz—. Yo tengo un plan. ¡Haremos señales de humo! Así nos encontrarán fácilmente. ¡Es cosa de genios!
Juntaron ramas secas, hojas y todo lo que encontraron. Don Pancracio encendió fuego... y como quería que el humo se viera muy alto, le echó encima ramas verdes y hojas húmedas. De inmediato se formó una columna de humo espeso, oscuro y gigantesco que se elevaba hacia el cielo. Tan grande, que parecía que todo el bosque ardía en llamas.
Mientras tanto, en el pueblo, Doña Candelaria, esposa de Don Pancracio, caminaba de un lado a otro inquieta. Había pasado el mediodía, luego la tarde, y su esposo no aparecía. Su corazón se le encogía de tristeza y temor.
—¡Ay, Dios mío! —decía en voz alta, secándose las lágrimas—. ¿Dónde estará Pancracio? Seguro se le ocurrió alguna locura y ahora está perdido, o herido, o... ¡ay, no quiero ni pensarlo!
Corrió a casa de Doña Filemona, esposa de Don Filemón, y la encontró mirando hacia el camino con la misma cara de preocupación.
—No han vuelto, Candelaria —dijo Doña Filemona con voz temblorosa—. Ninguno de los dos.
—Entonces no perdemos tiempo —decidió Candelaria, secándose los ojos—. Vamos a la delegación. Pondremos denuncia por desaparición. ¡Que salgan a buscarlos de inmediato!
Las dos mujeres caminaron apresuradas hasta la oficina del alcalde y presentaron la denuncia. Se organizaron grupos de búsqueda, pero justo en ese momento alguien gritó:
—¡Miren allá arriba! ¡Humo! ¡El bosque está ardiendo!
Todos alzaron la vista y vieron aquella columna gigante de humo negro. Alguien alertó a los bomberos, que salieron corriendo con sus mangueras y camiones, convencidos de que se trataba de un gran incendio forestal. Subieron a toda prisa, con sirenas a todo volumen, listos para apagar llamas de metros de altura.
Cuando llegaron al lugar, entre el humo y las ramas, encontraron algo que no esperaban: a Don Pancracio y a Don Filemón, sentados tranquilamente junto al fuego, saludando con las manos.
—¡Por aquí! —gritaba Pancracio entusiasmado—. ¡Vieron qué buena señal se nos ocurrió! ¡Gracias por venir a buscarnos!
El jefe de los bomberos se quedó con la boca abierta, señalando el fuego y luego a los dos señores.
—¿Ustedes... hicieron esto? ¿Para que los encontraran?
—¡Exactamente! —respondió Pancracio muy orgulloso—. ¡Se nos ocurrió solitos! ¿Muy inteligente, verdad?
Los bomberos soltaron una risa entre el alivio y el fastidio. Apagaron el fuego de inmediato y los acompañaron de regreso al pueblo, donde Candelaria y Filemona los esperaban con los brazos cruzados y las caras más serias del mundo. Aquel día, Don Pancracio recibió el regaño más largo de su vida... y prometió que nunca más haría señales de humo. Al menos no hasta que se le olvidara el regaño.
Mientras todo esto ocurría, Doña Loli, vecina y amiga de Candelaria, había escuchado los rumores de la desaparición. Pero en lugar de quedarse a ayudar o acompañar a su amiga en la tristeza, miró hacia la otra acera y vio a Don Basilio, su enamorado y enemigo declarado de Don Pancracio, esperándola con caballo listo y sonrisa pícara.
Doña Loli dudó un instante. Miró a Doña Candelaria, que caminaba angustiada de un lado a otro preguntando por noticias, y luego miró a Don Basilio. El corazón le dio un vuelco. Se alejó discretamente de su amiga, sin decir palabra, y se acercó deprisa a su enamorado.
—¿Vamos? —le susurró él.
—Vamos —respondió ella, mirando una última vez hacia donde estaba Candelaria antes de subir al caballo—. Ya otros se ocuparán de buscar a Pancracio... hoy tengo cosas más importantes que hacer.
Y así, mientras en el pueblo todos se afanaban por buscar a los dos amigos perdidos, Doña Loli se alejaba del pueblo montada junto a Don Basilio, dejando atrás a su amiga en medio de la mayor angustia que había vivido hasta entonces.