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Mi Nueva Versión

Mi Nueva Versión

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Brujas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Jaqueline Nicole

Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.

NovelToon tiene autorización de Jaqueline Nicole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 1

La tarde había caído lentamente sobre la ciudad, dejando detrás de sí un cielo teñido de naranja y violeta. El calor del día todavía permanecía atrapado entre las paredes de las casas y el asfalto, y una brisa tibia movía apenas las hojas de los árboles que bordeaban la calle.

​Lucía caminaba sin demasiadas ganas.

​Había salido de su casa con la intención de hacer unas compras rápidas y regresar antes de que oscureciera. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y una pequeña bolsa colgando de una de sus manos. No estaba especialmente arreglada. De hecho, si alguien le hubiera preguntado qué esperaba de aquella tarde, probablemente habría respondido que nada.

​Tenía veintisiete años y últimamente sentía que los días se parecían demasiado entre sí.

​Trabajo, casa, algunas conversaciones que no llegaban a ninguna parte y noches en las que se acostaba mirando el techo, preguntándose cuándo había comenzado a sentirse tan sola.

​Aquella tarde, sin embargo, algo iba a cambiar.

​Todavía no lo sabía.

​Al doblar la esquina, Lucía se detuvo frente a una pequeña tienda. Había olvidado comprar una botella de agua y decidió entrar.

​—Buenas tardes —dijo una voz masculina detrás de ella.

​Lucía se hizo a un lado para dejar pasar a quien venía detrás.

​—Buenas tardes.

​El hombre entró primero. Ella lo siguió unos segundos después.

​No le prestó demasiada atención al principio.

​Hasta que, mientras esperaba a que la atendieran, escuchó:

​—¿Siempre tardan tanto aquí?

​Lucía levantó la mirada.

​Era él.

​No era exactamente el tipo de hombre que ella solía mirar. Tenía el cabello oscuro, ligeramente despeinado, barba de algunos días y una sonrisa tranquila que parecía aparecer con facilidad. Vestía una camiseta negra y unos vaqueros, nada demasiado llamativo.

​—Depende —respondió ella—. Tal vez hoy están teniendo un día difícil.

​Él soltó una pequeña carcajada.

​—Entonces justo vine el día equivocado.

​Lucía sonrió.

​—Eso parece.

​El hombre la miró durante unos segundos.

​—¿Tú vienes seguido?

​—A veces.

​—Entonces tendré que confiar en tu experiencia.

​—¿Mi experiencia?

​—Sí. Si dices que normalmente son rápidos, vuelvo.

​Lucía negó con la cabeza, divertida.

​—No te prometo nada.

​Cuando finalmente salió de la tienda, pensó que aquella conversación no había significado nada.

​Fue solamente una conversación.

​Una de esas pequeñas interacciones que ocurren todos los días entre personas que probablemente nunca vuelvan a verse.

​Pero cuando caminó unos metros escuchó una voz detrás de ella.

​—¡Espera!

​Se dio la vuelta.

​Era él.

​—¿Sí?

​El hombre se acercó.

​—Perdona. No quería asustarte.

​—No, está bien.

​Parecía un poco nervioso ahora.

​—Quería preguntarte algo.

​Lucía arqueó una ceja.

​—¿Qué cosa?

​Él sonrió.

​—¿Te puedo pedir tu número?

​Ella quedó en silencio durante unos segundos.

​No porque estuviera ofendida. Simplemente no esperaba que se lo pidiera tan directamente.

​—¿Mi número?

​—Sí.

​—¿Para qué?

​—Para hablar.

​Lucía soltó una pequeña risa.

​—Eso es bastante obvio.

​—Bueno, entonces... para conocerte.

​Ella lo observó.

​Había algo en su manera de mirarla que le resultaba agradable. No parecía apresurado ni insistente. Simplemente esperaba su respuesta.

​—¿Y si después no me hablas?

​—Te prometo que sí.

​—¿Promesas a alguien que acabas de conocer?

​—Bueno —dijo él—. Entonces no te prometo nada. Pero me gustaría hablar contigo.

​Lucía bajó la mirada hacia su teléfono.

​Por alguna razón, sintió una pequeña emoción en el pecho.

​Hacía mucho tiempo que nadie se acercaba a ella de aquella manera.

​—Está bien.

​Le dictó su número.

​Él lo guardó inmediatamente.

​—Listo.

​—¿Listo?

​—Sí. Ahora ya no puedes arrepentirte.

​Lucía se rio.

​—¿Ah, no?

​—No.

​—Qué confiado.

​—Un poco.

​Él guardó el teléfono en el bolsillo y comenzó a caminar hacia atrás.

​—Entonces espero que atiendas cuando te llame.

​—¿Y si no quiero?

​—Voy a insistir.

​Lucía sonrió.

​—Eso lo veremos.

​Él se dio la vuelta y comenzó a alejarse.

​—¡Ah! —gritó de repente.

​Lucía volvió a mirarlo.

​—¿Qué?

​—Me llamo Mateo.

​Ella sonrió.

​—Lucía.

​—Ya lo sé.

​—¿Cómo que ya lo sabes?

​Mateo levantó el teléfono.

​—Lo vi cuando guardé tu número.

​—Ah...

​—Nos hablamos, Lucía.

​—Nos hablamos.

​Lo vio alejarse por la calle hasta que desapareció detrás de la esquina.

​Lucía permaneció quieta unos segundos.

​Después miró su teléfono.

​No había ninguna llamada.

​Ningún mensaje.

​Nada.

​Y, sin embargo, mientras retomaba el camino hacia su casa, no pudo evitar sonreír.

​Esa noche, cerca de las diez, el teléfono vibró sobre la mesa de noche.

​Lucía estaba acostada, mirando una serie sin prestarle demasiada atención.

​Tomó el celular.

​Número desconocido.

​Contestó.

​—¿Hola?

​Hubo un breve silencio.

​Después escuchó aquella voz que ya reconocía.

​—Hola, Lucía.

​Ella sonrió inmediatamente.

​—Mateo.

​—¿Te molesté?

​—No.

​—¿Segura?

​—Sí.

​—Bien. Porque tenía ganas de escucharte.

​Lucía se acomodó entre las sábanas.

​—¿Y por qué?

​—No lo sé.

​—¿No lo sabes?

​—No. Supongo que me caíste bien.

​Ella soltó una risa suave.

​—Tú también me caíste bien.

​—Entonces estamos empatados.

​La conversación que comenzó aquella noche debía durar apenas unos minutos.

​Terminó durando casi cuatro horas.

​Hablaron de cosas pequeñas. De música. De películas. De sus familias. De los lugares que querían conocer. De relaciones pasadas. De sueños que nunca le habían contado a nadie.

​Cuando Lucía miró la hora, eran casi las dos de la mañana.

​—No puede ser —murmuró.

​—¿Qué pasa?

​—Son casi las dos.

​—¿Ya quieres colgar?

​—Tengo que dormir.

​—Bueno...

​Por primera vez, la voz de Mateo sonó ligeramente decepcionada.

​—Mañana te llamo.

​Lucía sonrió.

​—¿Mañana?

​—Sí.

​—¿Seguro?

​—Te dije que iba a hablarte.

​Ella se quedó callada unos segundos.

​—Bueno.

​—Buenas noches, Lucía.

​—Buenas noches, Mateo.

​La llamada terminó.

​Lucía dejó el teléfono sobre la almohada y cerró los ojos.

​No sabía que aquella voz iba a convertirse poco a poco en una necesidad.

​No sabía que comenzaría a esperar cada llamada como quien espera algo indispensable.

​No sabía que llegaría un día en que mirar la pantalla de su teléfono sin encontrar su nombre le provocaría una angustia que no podría explicar.

​Todavía no sabía nada de eso.

​Por ahora, simplemente sonreía en la oscuridad.

​Y pensaba en él.

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