Mateo Rinaldi es el titán tecnológico: frío, metódico y controlador, con un secreto que desentona con su fachada de piedra: unos celos posesivos e invisibles que lo consumen cada vez que alguien osa mirar de más a su esposa.
Valeria Cienfuegos es la reina de la moda y los bienes raíces: brillante, desinhibida y dueña de un humor ácido capaz de dinamitar la seriedad de Mateo en segundos.
Con dos décadas de matrimonio, tres hijos caóticos y las dos empresas más poderosas del país sobre sus hombros, su vida es una guerra constante entre las altas finanzas y la convivencia indomable. Cuando las presiones del mercado amenacen con destruirlos, descubrirán que tras veinte años de rivalidad y pasión, los polos opuestos no solo se atraen: se vuelven indispensables.
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IMPERIOS INQUEBRANTABLES
La campana de cierre de la Bolsa de Valores de Nueva York aquel viernes resonó como un martillo sentenciando una era. Los índices cayeron en picada, arrastrando fortunas y destruyendo reputaciones con una velocidad vertiginosa. Las cifras récord en rojo parpadeaban en los monitores de todo el mundo, sembrando el pánico. Pero en la cima de la torre de cristal de Rinaldi Tech, el epicentro de la crisis, los índices económicos habían pasado a ser, oficialmente, la última prioridad del universo.
La videoconferencia de emergencia con los socios de Frankfurt, convocada para salvar los muebles de la fusión, jamás se retomó. La enorme pantalla de plasma que ocupaba una pared entera mostraba una sala de juntas en silencio, con rostros pálidos y sudorosos aguardando una respuesta que nunca llegaría.
En su lugar, la imponente oficina principal —un espacio minimalista de acero, cristal y ébano con vistas panorámicas de 270 grados a toda la metrópoli neoyorquina— se convirtió en el escenario privado donde todas las reglas corporativas, los protocolos de seguridad y el decoro ejecutivo se rompieron, una a una, con una violencia deliciosa.
Mateo Rinaldi, el CEO de acero, el hombre al que los analistas temían y los competidores odiaban, tenía la mandíbula tensa. El caos financiero afuera era insignificante comparado con la tormenta que Valeria, su esposa, había desatado en su interior desde que cruzó esa puerta.
Con un movimiento rápido y preciso de su tableta, Mateo cerró las persianas inteligentes del ventanal. El zumbido mecánico del mecanismo oscureció la sala, sumiendo el despacho en una penumbra íntima y sensual que contrastaba violentamente con las luces parpadeantes y frías de la ciudad que se preparaba para un fin de semana de pesadilla. El único testigo de lo que estaba por ocurrir era la luz ámbar de una lámpara de diseño.
Cuando se giró, el aire de la habitación cambió. Valeria ya se había despojado del impecable saco fucsia, que yacía abandonado en una silla de cuero Eames. Estaba recostada con elegancia felina sobre el amplio escritorio de caoba pulida, un altar de acuerdos multimillonarios y documentos clasificados. Sus piernas, enfundadas en los pantalones de vestir, estaban cruzadas con desenfado, y su mirada —una mezcla de inteligencia fría y deseo abrasador— sostenía la de Mateo con una sonrisa desafiante y provocadora que desarmaba por completo al hombre más temido de Wall Street.
—Así que... —susurró Valeria, con la voz cargada de una picardía peligrosa, arqueando una ceja perfectamente definida mientras lo invitaba a acercarse con un leve movimiento de sus dedos índice y corazón—. ¿Una OPA hostil para proteger los activos sentimentales? Mateo, cariño, tu estrategia de defensa es fascinante. Pero espero que tu plan de negocios para este fin de semana incluya una rendición incondicional, mi querido CEO.
Mateo soltó un gruñido bajo, gutural, un sonido puramente animal despojado de toda la etiqueta ejecutiva, la diplomacia y la frialdad que solía portar como una segunda piel. La fachada del magnate se derritió. Acortó la distancia entre ambos en apenas dos zancadas largas e intimidantes. Sus ojos oscuros, casi negros, ardían con una intensidad febril que le quitó la sonrisa burlona de los labios a Valeria para reemplazarla por un suspiro de anticipación.
No hubo preámbulos suaves. Mateo le arrebató el resto de la ropa con una urgencia casi desesperada, como si el mundo fuera a acabarse en los próximos cinco minutos y ella fuera el único aire disponible. Sus manos grandes, ásperas por años de cerrar tratos y apretar puños, se aferraron a sus caderas con posesividad, levantándola con una facilidad pasmosa para acomodarla de nuevo sobre el borde del escritorio, justo en el centro.
El movimiento barrió una pila de contratos de fusión, un teclado de ordenador de alta gama y un pisapapeles de cristal que cayeron al suelo de parqué con un estrépito sordo, silenciado por la pasión del momento. Pantallas apagadas, papeles firmados y millones de dólares en transacciones quedaron relegados a ser simples almohadas improvisadas para sus cuerpos entrelazados.
—No necesito planes de negocios ni análisis de riesgos cuando te tengo a ti aquí, Valeria —murmuró él con la voz ronca, grave, su aliento caliente rozando la piel sensible de su cuello y hombros con una intensidad desbocada—. Eres mía. Y cualquier maldito competidor, socio o periodista que se atreva a olvidarlo, aunque sea por un segundo, va a comprobar en carne propia lo rápido que puedo liquidar su imperio entero si amenaza lo que es mío.
Valeria soltó un gemido ahogado, una mezcla de sorpresa por su ferocidad y éxtasis puro. Envolvió sus piernas desnudas alrededor de su cintura, atrayéndolo hacia ella con una fuerza sorprendente, y tiró de su cabello oscuro con fuerza, adorando el fuego, la obsesión y los celos primitivos y posesivos que devoraban a su esposo. No le asustaba; le excitaba ser la única capaz de romper su control.
—Demuéstramelo, idiota... —exclamó ella entre risas ahogadas, respiraciones entrecortadas y suspiros profundos de placer que llenaron la oficina oscurecida.
Las embestidas de Mateo se volvieron profundas, salvajes, desatadas y sin restricciones, un ritmo frenético que borró por completo la línea divisoria entre el amor profundo que se profesaban y la locura corporativa y competitiva que los unía desde hacía dos décadas.
En medio de un lecho improvisado formado por sábanas imaginarias tejidas con trajes de alta costura y la adrenalina cruda del poder absoluto, los dos titanes de la economía nacional, los amos del universo financiero, demostraron al mundo y a sí mismos que, por más ceros que acumularan en sus cuentas bancarias offshore, su mayor, más valioso y más inquebrantable monopolio siempre sería el uno del otro. El imperio Rinaldi-Cienfuegos, esa noche, cerró con ganancias récord imposibles de cuantificar.
pensé que iba hacer una novela aburrida, Pero me callo la boca Escritora🫥...
Buena redacción.
Buenas ortografía.
Buen balance.
50 y 50 de cada uno.
mismo poder, mismo liderazgo y mismo Lealtismo..
10/10.
es como el vino, estre más viejo, más bueno sabe.