Tras la muerte de su padre, Haruto Saitō hereda una montaña de deudas que parecen imposibles de pagar. Desesperado por proteger a su madre, a su hermana y a la mujer que ama, acepta trabajar para una organización criminal creyendo que solo será por un tiempo. Pero cada deuda saldada exige un precio mayor, y cada decisión lo aleja un poco más del hombre que alguna vez fue.
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La Elección Correcta
Haruto llegó a la oficina quince minutos antes de la hora acordada.
Era la tercera vez en una semana.
Antes solía llegar justo a tiempo.
Ahora siempre llegaba antes.
No porque alguien se lo hubiera pedido.
Porque había empezado a pensar que esa era la forma correcta de trabajar.
Cuando la idea cruzó por su cabeza, sintió una incomodidad difícil de explicar.
No recordaba en qué momento había empezado a preocuparse tanto por causar una buena impresión.
Shinji estaba regando una pequeña planta junto a la ventana.
No levantó la vista cuando Haruto entró.
—Llegaste temprano.
—Sí.
—¿Por qué?
Haruto dudó.
—No lo sé.
Shinji sonrió.
—Esa es una respuesta interesante.
Terminó de regar la planta.
Apoyó la regadera sobre el piso.
—Las costumbres son peligrosas.
Al principio las elegimos.
Después ellas nos eligen a nosotros.
Haruto guardó silencio.
Últimamente sentía que todas las conversaciones con Shinji terminaban varios días después de haber ocurrido.
Las entendía demasiado tarde.
Aquella mañana no recibió sobres.
Ni llaves.
Ni direcciones.
Shinji simplemente le entregó una carpeta.
Dentro había tres nombres.
Tres fotografías.
Tres direcciones distintas.
—Uno de ellos nos está robando.
Haruto levantó la vista.
—¿Quién?
—No lo sabemos.
Por eso necesito que los observes.
Nada más.
Sin preguntas.
Sin amenazas.
Solo mira.
Haruto asintió.
Era la primera vez que le daban un trabajo donde no existía una respuesta clara.
El primero era un hombre mayor.
Vivía solo.
Llevaba una rutina casi perfecta.
Salía a las ocho.
Volvía a las seis.
Compraba siempre en la misma tienda.
Nada llamaba la atención.
El segundo era un joven que apenas superaba los veinte años.
Fumaba demasiado.
Hablaba por teléfono constantemente.
Pero no hacía nada extraño.
Haruto empezó a preguntarse cómo era posible descubrir a un traidor simplemente observando.
Llegó la tarde.
Solo quedaba la tercera dirección.
Era una cafetería pequeña.
El tercer hombre esperaba sentado junto a la ventana.
Vestía traje.
Leía un libro.
Durante casi cuarenta minutos no ocurrió absolutamente nada.
Entonces una niña de unos seis años entró corriendo.
—¡Papá!
El hombre cerró el libro.
La levantó en brazos.
Le acomodó el flequillo.
Después sacó de su bolsillo un pequeño caramelo.
La niña sonrió.
Haruto no pudo evitar sonreír también.
Aquella escena le recordó a Yui cuando era pequeña.
Cinco minutos después apareció una mujer.
Los tres salieron caminando juntos.
La niña iba en el medio, sosteniendo las manos de sus padres.
Haruto los observó alejarse.
Y, por primera vez desde que empezó a trabajar con Shinji, deseó profundamente que aquel hombre fuera inocente.
Al regresar entregó la carpeta.
Shinji ni siquiera la abrió.
—¿Qué piensas?
Haruto respiró hondo.
—Creo que el tercero no fue.
Shinji levantó una ceja
.
—¿Por qué?
—Porque...
Haruto dudó.
No quería responder aquello.
—Porque ama a su familia.
Shinji permaneció varios segundos en silencio.
Después caminó lentamente hasta la ventana.
—¿Sabés cuál fue el mayor error de tu respuesta?
Haruto bajó la mirada.
—Confundiste dos cosas.
Silencio.
—Ser un buen padre...
No convierte a nadie en un hombre honesto.
Haruto sintió un leve golpe en el pecho.
Shinji continuó.
—Las personas son mucho más complejas que eso.
Puedes besar a tu hija antes de irte a trabajar...
Y una hora después destruir la vida de otra familia.
Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
No existe contradicción.
Haruto recordó a su propio padre.
Lo recordó riendo con Yui.
Ayudándolo con las tareas.
Llevándolo a pescar.
Y también recordó las montañas de papeles.
Las deudas.
Las llamadas.
Las noches sin dormir.
Su padre había sido un buen hombre.
Pero también había tomado decisiones que arrastraron a toda la familia.
Nunca lo había pensado de esa manera.
Shinji abrió finalmente la carpeta.
Sacó una única fotografía.
Era el primer hombre.
El anciano.
La dejó sobre la mesa.
—Era él.
Haruto abrió los ojos.
—¿Cómo...?
—Porque ya lo sabíamos.
Silencio.
Haruto levantó lentamente la vista.
—Entonces...
¿Por qué me hizo seguirlos?
Shinji sonrió apenas.
—Porque no quería saber quién era el traidor.
Quería saber cómo pensabas tu.
Aquella respuesta cayó sobre Haruto como un balde de agua helada.
Todo el día.
Todas las horas caminando por Tokio.
Todas las observaciones.
Nunca habían sido para descubrir a un culpable.
Habían sido para observarlo a él.
Shinji tomó su taza de té.
—Las personas siempre creen que están siendo evaluadas por lo que hacen.
Se equivocan.
Siempre están siendo evaluadas por cómo piensan.
Antes de irse, Haruto llegó hasta la puerta.
Entonces escuchó la voz de Shinji.
—Haruto.
Él se detuvo.
—La próxima vez...
No busques al hombre que más te guste.
Buscá al que tenga más motivos para traicionar.
Son cosas muy distintas.
Haruto salió de la oficina con la carpeta bajo el brazo.
La calle estaba llena de gente.
Miles de personas caminaban de un lado a otro.
Durante unos segundos observó cada rostro.
Todos parecían normales.
Todos parecían tener una vida.
Y, sin embargo, por primera vez comenzó a preguntarse qué secretos escondería cada uno.
Siguió caminando.
Sin darse cuenta de que acababa de mirar el mundo con los ojos de la organización.
Y ese cambio...
Era mucho más profundo de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir.