Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.
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Capítulo 10
Capítulo 10
Santiago miró un segundo a mi mamá dormida y luego volvió a tomarme de la mano.
—Justo. Vamos a cenar.
Mi estómago reaccionó antes que mi dignidad.
No había comido bien en todo el día. Entre el hospital, las discusiones y la espera, el cuerpo se me había quedado hueco.
Estábamos saliendo de la habitación cuando el celular de Santiago sonó.
Él vio la pantalla.
Su expresión cambió apenas.
No era molestia exactamente. Era esa seriedad de adulto ocupado que yo todavía estaba aprendiendo a leer.
—Contesto esto y nos vamos —me dijo.
Salió al pasillo, pero no se alejó demasiado.
Yo no quería escuchar. De verdad no.
Pero el pasillo del hospital era silencioso y la voz del hombre al teléfono sonaba muy animada.
—Señor Fuentes, lo esperamos en Luna Clara. Los de siempre ya están aquí. También vino Javier Ventura; dice que quiere hablar bien con usted sobre el desarrollo de La Campana.
Santiago frunció el ceño.
No contestó de inmediato.
Después habló con calma:
—Empiecen ustedes. Yo tardo en llegar.
La persona del otro lado soltó una risa complacida.
—Mientras usted nos honre con su presencia, podemos esperar lo que sea.
Santiago colgó.
Yo apreté el borde de mi bolsa.
—Señor... ¿tiene una cena de trabajo?
Él volvió a guardar el celular y me tomó la mano otra vez.
—¿Se te antoja pollo rostizado?
Parpadeé.
¿Eso qué tenía que ver?
Pero la respuesta me salió honesta.
—Sí.
Me gustaba muchísimo el pollo rostizado, sobre todo cuando la piel quedaba dorada, crujiente, con ese olor a grasa caliente y especias. Hacía mucho que no comía algo así. La última vez había sido en mi cumpleaños del año pasado, cuando una excompañera de la universidad me invitó a cenar porque supo que yo no iba a hacer nada.
Santiago sonrió apenas.
—Entonces ven conmigo. Te voy a llevar a un lugar rico.
Mientras caminábamos, llamó a Andrés.
Yo ni sabía que Andrés estaba en el hospital.
El pobre apareció unos minutos después con cara de recién despertado. Al parecer se había quedado en el coche, vigilando desde lejos mientras mi mamá y yo estábamos en el jardín.
Cuando subimos al auto, no pude aguantar la pregunta.
—Señor... ¿mandó a Andrés al hospital para protegerme?
Santiago no lo negó.
—Sí.
Una sola palabra.
Y aun así me llenó el pecho de una dulzura peligrosa.
Miré a Andrés por el espejo. Era corpulento, de hombros anchos, con esa calma de los hombres que saben pelear y por eso no necesitan presumirlo. Si Jimena y Fabiola volvían a abrir la boca de más, tal vez yo sólo tendría que señalar.
La idea me dio risa.
Pero enseguida recordé lo que mi mamá me había dicho.
No perderme.
No confundirme.
Santiago me protegía, sí. Me cuidaba, sí. Pero nuestra relación había empezado por un trato. Tal vez sólo quería asegurarse de que yo estuviera bien, de que no pasara nada que afectara la posibilidad de tener un hijo.
No debía imaginar demasiado.
No debía.
Aun así, mi mano seguía dentro de la suya.
Y era difícil razonar cuando una mano así te sostenía como si fueras importante.
El restaurante Luna Clara estaba en una zona cara de Ciudad de México.
No era un lugar moderno de luces frías y platos diminutos. Era un restaurante viejo, famoso entre empresarios, con puertas de madera oscura, lámparas de latón, azulejos antiguos y un aire de otro tiempo. Desde la entrada se mezclaban olores a pollo rostizado, chile tatemado, ajo, caldo caliente y mariscos.
La planta baja estaba llena.
Familias, hombres de traje, parejas mayores, gente que parecía conocer a los meseros por su nombre. Los carritos pasaban entre mesas, las conversaciones se cruzaban, los platos chocaban, y yo, apenas bajé del coche, ya quería comer.
Yo miraba todo con hambre, y no hizo falta que lo dijera.
—Este lugar abrió hace más de sesenta años —me explicó—. Mi abuelo llegó a la ciudad por esa época. Cuando empezó a tener un poco de dinero, venía aquí con socios y después nos trajo a nosotros. El dueño original era amigo suyo.
Asentí.
Si un restaurante sobrevivía tantos años y seguía lleno, tenía que ser bueno.
—Vamos a ver si te gusta.
Al ver tanta gente, Santiago no me tomó de la mano de inmediato.
Creo que pensó que podía ponerme nerviosa.
Y sí.
Me ponía nerviosa.
El restaurante parecía sacado de una película antigua. Todo era elegante, pero no de esa elegancia fría que expulsa a los pobres. Era más bien una elegancia con historia, con madera brillante, porcelana, manteles blancos y familias que llevaban décadas reservando las mismas mesas.
Aun así, yo sentía que todos podían notar que mi vestido era barato.
Que mis zapatos no pertenecían ahí.
Que yo tampoco.
El gerente ya había recibido aviso. Apenas vio a Santiago, salió de detrás de la caja con una sonrisa enorme.
—Señor Fuentes, buenas noches. Lo están esperando en el reservado grande.
Luego me miró.
Fue una mirada rápida, curiosa, con chisme incluido.
Yo bajé un poco la cabeza.
Subimos al segundo piso.
El gerente tocó una puerta privada.
Quien abrió fue Gabriel Lira.
Era un hombre de unos cuarenta y tantos, traje caro, sonrisa de negocio y ojos que parecían medirlo todo. Al verme junto a Santiago, se le iluminó la cara de una forma demasiado obvia.
—Señor Fuentes, por fin.
Después bajó la mirada a nuestras manos.
Santiago me había tomado de la mano otra vez.
Yo ni siquiera me di cuenta de cuándo.
Dentro del reservado había una mesa enorme con platones al centro. Sentados alrededor había más de diez hombres y un par de mujeres, todos vestidos como si el dinero fuera parte natural de su piel. Relojes brillantes, anillos, mancuernillas, bolsas de marca sobre sillas vacías.
De pronto no quise entrar.
Ese tipo de lugar no era para mí.
Me sentí pequeña.
Ridícula.
Como si alguien pudiera preguntarme en cualquier momento quién me había dejado pasar.
El calor de Santiago me envolvió la mano.
Levanté la mirada.
Él me observaba con una tranquilidad firme.
No dijo nada, pero sus ojos sí:
No tengas miedo.
Qué extraño.
Sólo con eso, mi espalda dejó de encogerse.
Gabriel Lira miró de Santiago a mí, y luego otra vez a nuestras manos.
Sonrió con malicia amable.
—Ahora entiendo. No tenía tiempo para nosotros porque estaba con su novia.
La palabra me golpeó en la cara.
Novia.
Santiago no corrigió nada.
Me llevó adentro.
—¿Desde cuándo tiene novia, señor Fuentes? —preguntó Gabriel, divertido.
Todas las miradas cayeron sobre mí.
Yo sonreí por educación.
Una sonrisa chiquita, controlada.
Por dentro quería esconderme detrás de Santiago.
Ellos me observaban con curiosidad. Yo sabía lo que veían: una mujer joven, demasiado simple para estar junto a Santiago Fuentes. Sin joyas, sin maquillaje pesado, sin vestido provocativo. No era una modelo, no era una heredera, no parecía salida de ninguna portada.
Tal vez por eso les interesaba más.
Santiago jaló una silla para mí.
—Mi Dulce es un poco tímida.
La mesa quedó en silencio medio segundo.
Luego varios rieron.
No por burla.
Por sorpresa.
Como si acabaran de ver a un hombre durísimo tener un gesto romántico sin despeinarse.
Mi Dulce.
Sentí que las orejas se me prendían.
Me senté rápido para no hacer el ridículo.
Gabriel Lira se llevó una mano al pecho.
—Vaya, vaya. Esto sí es noticia. El señor Fuentes también sabe decir cosas dulces.
—Cuando hay motivo —respondió Santiago.
Lo dijo tan natural que casi me atraganté con mi propia saliva.
Yo apreté los labios.
Si no lo hacía, me iba a reír.
Mi Dulce.
Ese hombre decía esas cosas como si no supiera el desastre que podía hacer dentro de una mujer.
Gabriel le sirvió vino a Santiago.
—Brindemos entonces por el fin de su soltería.
Después levantó la botella hacia mí.
—¿Su Dulce toma?
Antes de que Santiago respondiera, yo hablé.
—Muy poquito. No soy buena para el alcohol.
No quería parecer una niña incapaz de socializar.
Gabriel me sirvió menos de media copa.
Todos levantaron las suyas.
Yo imité el gesto.
El vino me ardió un poco en la garganta, pero aguanté.
Santiago me miró de reojo.
Sonrió apenas.
No sé por qué, esa sonrisita me hizo sentir que había pasado una prueba pequeña.
La comida empezó a llegar.
Pollo rostizado de piel dorada, costillitas adobadas, arroz rojo con camarón, calabacitas con elote, pescado a la talla, ensaladas frescas, salsas brillantes. El olor me atacó sin piedad.
Santiago tomó un muslo de pollo con los cubiertos de servir y lo puso en mi plato.
—Prueba éste. Es la especialidad.
Yo quería agarrarlo con la mano.
Con cuchillo y tenedor era imposible disfrutar esa piel.
Miré alrededor.
Todos estaban ocupados hablando.
Así que lo tomé con los dedos, con mucho cuidado, tratando de comer bonito.
La piel crujió entre mis dientes.
Se me cerraron los ojos un segundo.
Riquísimo.
No pude evitar una sonrisa.
Santiago la vio.
La mesa también.
Gabriel Lira soltó una risa.
—Señor Fuentes, llegó y ya nos está dando diabetes.
Me puse roja.
Enterré la cara en el plato y seguí comiendo mi pollo como si ese muslo pudiera salvarme.
Santiago no parecía incómodo.
Al contrario.
Con una calma terrible, miró a Javier Ventura, que estaba sentado frente a él.
—Señor Ventura, hablemos del plan para La Campana.
El ambiente cambió.
Los chistes quedaron a un lado y empezó el verdadero propósito de la cena.
Mientras ellos hablaban, yo fui entendiendo algunas cosas.
La Campana era la zona donde yo había rentado antes.
Casitas viejas, cuartos baratos, vecindades apretadas, calles quebradas en la periferia. No era bonito. Nadie con dinero iría ahí por gusto. Pero para muchas personas era lo único posible.
Doña Rosa vivía cerca.
Varias mujeres que conocía también.
La mayoría no era propietaria. Rentaban. Si compraban el terreno para construir torres, oficinas o departamentos caros, los dueños de los inmuebles tal vez recibirían dinero, pero los inquilinos simplemente tendrían que irse.
¿A dónde?
La ciudad ya era demasiado cara para la gente pobre.
Yo ahora tenía la ayuda de Santiago.
Pero doña Rosa no.
Ni tantas otras personas.
Miré a Santiago mientras él respondía con frases medidas. No decía sí. Tampoco decía no. Escuchaba, hacía preguntas, dejaba que Javier Ventura hablara más de la cuenta.
No entendía de negocios.
Pero tenía una certeza tonta:
Santiago no se iba a ensuciar con un negocio que dejara gente en la calle sólo para que unos cuantos ganaran más.
En eso, mi atención se desvió.
En el centro venía un platón de aguachile de pescado, láminas delgadas y brillantes acomodadas sobre hielo, con pepino, cebolla morada y chile. Nunca lo había probado.
Se veía fresco.
Se veía caro.
Y se veía delicioso.
Justo cuando iba a servirme un poco, alguien acercó el platón hacia su lado.
El platón se fue.
Me quedé con las pinzas en el aire.
Qué vergüenza.
Esperé.
Esperé a que lo dejaran de nuevo en el centro.
Cuando volvió a quedarme cerca, otro empresario lo jaló para alcanzar las costillitas.
Me mordí la parte interna de la mejilla.
Quería probarlo.
Pero no me atrevía a pedir que lo dejaran frente a mí.
El platón llegó frente a Santiago.
Él seguía hablando con Javier Ventura.
—El margen que propone no contempla el impacto social —dijo.
Al mismo tiempo, su mano bajó y acercó el platón con dos dedos.
Yo contuve la respiración.
Santiago tomó una porción generosa del pescado y la puso en mi plato.
—Dulce, prueba.
Lo dijo sin interrumpir del todo la conversación.
Como si cuidar de mí le saliera igual de natural que negociar millones.
Probé un pedacito.
La textura era firme, fresca, con un toque ácido.
No era lo que esperaba.
Pero me gustó.
Sonreí.
Santiago me sirvió un poco más.
El plato se me llenó.
Sentí una dulzura que no tenía nada que ver con la comida.
Eso era lo peligroso de él.
Podía estar rodeado de empresarios, hablando de terrenos, porcentajes y proyectos enormes, y aun así notar que yo quería probar un plato pero no me atrevía a alcanzarlo.
Esa atención pequeña me tocó más hondo que cualquier frase grande.
Gabriel Lira y Javier Ventura intercambiaron una mirada.
Lo habían visto.
Santiago Fuentes no estaba fingiendo indiferencia.
A esa mujer la estaba consintiendo de verdad.
Alguien tocó la puerta.
Entró una mesera con un plato caliente.
Era muy joven, quizá recién mayor de edad. Llevaba el uniforme del restaurante: vestido ajustado estilo qipao, con abertura lateral hasta el muslo, elegante en teoría, pero hecho para que los clientes miraran más de la cuenta. Tenía el cabello recogido y una sonrisa profesional demasiado frágil.
Cuando se inclinó para poner el plato en la mesa, Javier Ventura dejó de mirar a Santiago.
Sus ojos bajaron.
Y su mano también.
Le tocó el trasero.
La mesera se quedó helada.
Vi cómo se le tensaron los hombros. La bandeja casi le tembló en las manos.
Mi apetito desapareció.
Javier sonrió como si aquello fuera parte de la cena.
—Qué servicio tan amable tienen aquí —dijo con una voz pesada.
La mesera intentó apartarse sin hacer escándalo. Se notaba que tenía miedo. No quería ofender a un cliente poderoso, no quería perder el trabajo, no sabía cómo salir sin provocar algo peor.
Javier no la soltó.
Su mano subió a la cintura de la chica y la atrajo hacia él, obligándola a quedar demasiado cerca.
Me ardió la cara.
No de vergüenza.
De coraje.
Quise hacer algo.
Pero yo era nadie en esa mesa.
Si hablaba, tal vez sólo empeoraba las cosas. Tal vez afectaba a Santiago. Tal vez todos esos hombres se reían de mí.
La mesera parecía más joven que yo.
En su rostro estaba escrito el rechazo.
Y aun así nadie decía nada.
Hasta que Santiago dejó la copa sobre la mesa.
El sonido fue suave.
Pero todos lo escucharon.
—Señor Ventura.
No levantó la voz.
No hizo drama.
Su expresión seguía tranquila, casi fría.
Pero el aire del reservado cambió.
Javier Ventura se sobresaltó apenas.
La sonrisa vulgar se le transformó en una mueca torpe.
—Dígame, señor Fuentes.
Santiago tomó la taza de té, bebió un sorbo y luego dijo:
—Parece que no tiene mucho interés en hablar conmigo sobre La Campana. Si es así, no veo razón para quedarme.
Se puso de pie.
De verdad.
No amenazó.
Se levantó.
Javier soltó a la mesera de inmediato.
Ella retrocedió medio paso, pálida.
—No, no, señor Fuentes. Por favor, no se moleste. Claro que quiero hablar. La cooperación es importante, hay que conversarla con calma.
Javier se levantó también y trató de sujetarle el brazo.
Santiago lo miró.
No hizo falta apartarlo.
Javier bajó la mano solo.
—Yo había planeado ir al hospital a ver a mi suegra —dijo Santiago—. Vine porque usted insistió mucho en que esta conversación era seria.
Mi suegra.
Otra vez me dio un golpe dulce en el pecho, aunque el momento no era para eso.
Javier se apresuró a sonreír, intentando cubrir la vergüenza.
—Fue mi culpa. Me distraje un momento por la belleza. Ya sabe cómo es uno.
Lo dijo como broma.
No me dio risa.
A la mesera tampoco.
Santiago no aceptó la broma.
Sus ojos se afilaron apenas.
—La cooperación no puedo prometerla. Mi abuelo juró hace años que Grupo Fuentes no volvería a tocar desarrollos inmobiliarios que destruyeran comunidades.
La mesa quedó más silenciosa.
Javier Ventura dejó de sonreír tanto.
En los negocios, aunque se odiaran, todos fingían cortesía. Pero esa frase marcaba una línea.
—Entiendo que don Ernesto tiene principios muy firmes —dijo Javier, midiendo cada palabra—. Y los respeto. Si él se retiró de ciertos sectores, fue porque pensaba en grande. Gracias a eso crecieron otros grupos, incluso Grupo Lozano. Muchos en el ramo deberíamos estarle agradecidos.
Hizo una pausa.
Luego cambió el tono:
—Pero los tiempos son distintos. El mercado también. Una alianza donde todos ganen no tiene nada de malo.
Santiago no lo contradijo de inmediato.
Eso era cierto.
Los tiempos cambiaban.
Pero, por la forma en que su mirada volvió fría, entendí que para él había algo que no debía cambiar:
La forma de hacer dinero.
Javier sonrió otra vez, aunque sus ojos ya no parecían tan amables.
—Podría trabajar con Grupo Lozano, claro. Pero para ser honesto, me interesa más trabajar con usted. Admiro su manera de manejar los negocios.
Todos en esa mesa sabían que Grupo Fuentes y Grupo Lozano eran rivales.
Santiago y Leonardo Lozano no se llevaban bien.
Javier estaba tentando.
Quería ver si la competencia podía empujar a Santiago a aceptar.
Santiago también sonrió.
Una sonrisa leve, floja, casi perezosa.
—Señor Ventura, con esa lealtad tan intensa, casi me da pena rechazarlo.
Gabriel Lira soltó una carcajada.
—Cuidado, señor Fuentes. Su Dulce se va a poner celosa.
Javier entendió el juego y rió también.
—No se preocupe, señorita Dulce. No pienso competir por su lugar favorito.
Me miró.
Yo le devolví una sonrisa falsa.
Después de ver cómo había tocado a la mesera, no podía tenerle simpatía.
Pero en esa mesa todos sabían actuar.
Tú finges.
Yo finjo.
Todos fingimos.
Eso era la llamada habilidad social de los ricos.
La mesera aprovechó el momento para salir.
Antes de cerrar la puerta, miró a Santiago.
Fue una mirada breve, agradecida.
Santiago no la siguió con los ojos ni buscó crédito por lo que acababa de hacer.
Eso me gustó todavía más.
Javier, en cambio, miró la puerta cerrada con una mezcla de fastidio y deseo frustrado.
Lo vi.
Y mi impresión de él cayó al piso.
No había comparación.
Mi señor era mucho mejor.
Volví a mirar a Santiago con una admiración que no pude esconder.
Él no sólo era bueno conmigo.
También sabía proteger a otra persona sin humillarla más.
Y era inteligente.
Muy inteligente.
Después de ese episodio, volvió a sentarse y siguió conversando como si nada. Javier bebió más de la cuenta, habló más de la cuenta y trató de empujar el tema por todos lados. Santiago no aceptó nada.
Nunca dijo un no definitivo.
Nunca dijo un sí.
Sólo sostuvo la conversación contra la promesa de su abuelo, contra los principios de Grupo Fuentes, contra el impacto social de La Campana.
Y, al final, Javier Ventura casi estaba borracho.
Santiago seguía limpio.
Tranquilo.
Imposible de atrapar.
Yo lo miré desde mi asiento, con el plato medio lleno y el corazón demasiado lleno.
Pensé que ese hombre era realmente terrible.
No terrible por malo.
Terrible porque una podía jurarse mil veces que no iba a enamorarse, y él encontraba la forma de ser atento, fuerte, justo, elegante y peligroso en la misma noche.
Así cualquiera perdía.
Y yo, por desgracia, ya estaba perdiendo.