Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.
Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.
Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.
Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.
Hasta que Dante Varela aparece.
Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.
Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.
Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.
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La cena de los lobos
—Hermosa. Exactamente como lo imaginé.
Me miré en el espejo grande de la tienda y apenas me reconocí. El vestido azul, profundo y brillante como el cielo nocturno, caía sobre mí con una elegancia que yo no sabía que poseía. Parecía una princesa. Parecía Cenicienta camino al baile… pero no había príncipe esperándome. Había un hombre que me había comprado como si fuera un objeto, y yo no tenía opción. Era una idol con sueños propios, y ahora estaba a merced del mafioso más peligroso del país.
—¿Por qué este vestido? —pregunté, sin atreverme a apartar la vista de mi reflejo.
Dante se acercó, ajustando un detalle del escote con dedos que eran suaves pero firmes, posesivos.
—Me acompañarás a una cena de negocios. Entiende, Lía: no puedo llegar sin una mujer a mi lado. Si llego solo, esos hombres me rodearán de siete mujeres distintas antes de cruzar la puerta. Prefiero llevar a la mía propia. Así me evito contratiempos y miradas sucias. Tú eres mi mejor opción.
Me tomó de la mano y me llevó fuera de la tienda, hacia un lugar que parecía un salón de belleza de reyes.
—Quiero que se vea más hermosa de lo que ya es —le dijo al encargado, con voz que no admitía negativas—. Tengo diez minutos.
Sacó un billete de doscientos dólares y lo dejó sobre la mesa.
—Esto es solo la propina. El resto lo pago al salir.
—¡Por supuesto, señor! ¡De inmediato! —respondió el hombre, y en un segundo todo el personal se movió alrededor de mí.
—Qué cutis tan hermoso…
—Tiene el cabello más divino que he visto…
—Y esos ojos… ¡esos ojos! Brillan como estrellas…
Me peinaron, me maquillaron, me arreglaron las manos, y mientras trabajaban no dejaban de elogiarme, de decirme qué suerte tenía, qué hermosa era. Yo me quedé quieta, dejándome hacer, sin decir una palabra. Cuando terminaron y me volvieron a poner frente al espejo, contuve el aliento. Era yo, pero mejorada, transformada. Casi lloré, pero me mordí el labio con fuerza. No podía llorar. Habían puesto tanto esmero, tanto tiempo… llorar habría arruinado todo su trabajo. Y también habría delatado lo rota que estaba por dentro.
Dante se acercó, me miró de arriba abajo, y sonrió satisfecho.
—Perfecta.
Le entregó quinientos dólares al encargado.
—Por la eficiencia. Vamos, Lía.
Me ofreció el brazo. Lo tomé, agradecí con un gesto de cabeza a todas las chicas del salón, y salimos juntas. Detrás de nosotras, escuché susurros:
—Ay, qué hombre tan guapo y con tanto dinero…
—Sí, pero mira a ella… es un ángel, literalmente un ángel…
—Qué suerte tiene. Ojalá a mí me mirara así…
—Esos hombres solo se fijan en mujeres como ella. A nosotras solo nos queda soñar y ver de lejos.
Asintieron todas, suspirando. Y yo, caminando del brazo de él, sentí que me ahogaba. Si supieran la verdad… si supieran que no soy su novia, ni su esposa, ni su reina… si supieran que soy su amante, su juguete, su secreto… ¿dirían lo mismo?
Llegamos al restaurante. Era un lugar de lujo absoluto, con luces tenues, manteles de seda, y un silencio pesado y elegante que solo se rompía por el sonido de copas y cubiertos. Dante me apretó levemente el brazo y me miró a los ojos antes de entrar.
—No estés nerviosa —me dijo con voz baja, tranquila—. Ellos no te harán nada. Al contrario, te tratarán como a una reina. Porque nadie se atreve a molestar a lo que es mío. Serán amables, te halagarán, te sonreirán… pero no te confíes.
Hizo una pausa, y su tono se volvió más serio, una advertencia clara.
—Si te ofrecen algo de beber, no aceptes. Si insisten, diles que a mí me molesta que bebas alcohol. En cuanto digas eso, dejarán de insistir de inmediato. No bebas nada que no te sirvas tú misma, ¿entendido? Esta gente es muy peligrosa, Lía. Y no todos juegan limpio.
—Entiendo —susurré, sintiendo cómo el miedo regresaba a mi estómago.
Entramos. Y en cuanto cruzamos el umbral, todos los ojos se posaron en nosotros. En él, primero, y luego en mí. Cientos de miradas, evaluándome, pesándome, juzgándome. Sentí exactamente lo que él había dicho: me sentí como un cordero rodeado de lobos. Hombres trajeados, con anillos de oro y miradas frías, que me recorrían de arriba abajo sin disimulo. Mierda, pensé. Estoy jodida.
Pero entonces, él apretó mi mano contra su brazo, y caminó con la cabeza alta, como si fuera el dueño de todo ese lugar. Y de pronto, las miradas cambiaron. No era curiosidad. Era respeto. Era miedo. Nadie se atrevió a decir nada. Nadie se atrevió a acercarse sin que él lo permitiera. Me guió hacia una mesa grande en el centro de la sala, donde ya había otros hombres esperando, y cuando me sentó a su lado, supe que esa noche no era una cena. Era una exhibición. Yo era la pieza más valiosa de su colección, y él me estaba mostrando al mundo.