Todo comienza con una amistad entre un chico y una chica que son mejores amigos. Ella guarda un secreto: está profundamente enamorada de él, pero él tiene novia. Cada vez que habla de ella, la chica siente celos, aunque intenta disimularlos para no perder su amistad. Él asegura amar a su novia y jamás imagina lo que ocurre en el corazón de su mejor amiga. Sin embargo, pasan cuatro años y sus sentimientos comienzan a cambiar. Poco a poco, descubre que siente algo especial por ella. Cuando finalmente comprende que está enamorado de su mejor amiga, quizá sea demasiado tarde.
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Capítulo 21 Una vida nueva en México
El avión aterrizó en México por la tarde. Habían sido varias horas de viaje y, cuando finalmente bajé con mi maleta, sentí un cansancio tremendo.
Miré la hora en mi celular.
Eran aproximadamente las 4:30 de la tarde.
—Por fin llegué…
Caminé por el aeropuerto buscando la salida. Todo me parecía diferente: las personas, las voces, los lugares y hasta la forma en que hablaban.
Yo venía de Cali, así que escuchar el acento mexicano a cada rato me hacía sentir que de verdad estaba lejos de casa.
Tomé un taxi y me fui hasta el lugar donde había conseguido un pequeño apartamento alquilado.
Cuando llegué, saqué las llaves y abrí la puerta.
—Bueno…
Miré alrededor.
Era un apartamento muy pequeño. Tenía una habitación, una sala pequeña, una cocina sencilla y un baño.
No era lujoso ni mucho menos.
Pero era mío.
Bueno, mío por ahora, porque estaba alquilado.
Dejé la maleta junto a la cama y me senté.
—Aquí empieza todo.
Saqué mi celular.
La primera persona a la que llamé fue Dailyn.
Contestó rápidamente.
—¿Aló?
—Hola, hermanita.
—¡Steven! ¿Ya llegaste?
—Sí.
—¡Ay, gracias a Dios! Estaba esperando que me llamaras.
—Te dije que apenas llegara te llamaba.
—¿Cómo estás?
—Cansado. El viaje estuvo largo.
—¿Y cómo es México?
Miré alrededor.
—Pues… diferente.
—¿Y el apartamento?
—Pequeñito.
—¿Pequeñito cuánto?
—Pequeñito de verdad.
Ella se rio.
—Bueno, por lo menos tenés dónde dormir.
—Sí.
—¿Ya comiste?
—Todavía no.
—Steven…
—Ya sé, ya sé. Voy a comer.
—Más te vale.
Nos quedamos hablando durante horas.
Le conté cómo había sido el viaje, lo que había visto al llegar y hasta le describí mi pequeño apartamento.
Ella me contó algunas cosas que habían pasado en Cali.
Hablamos de todo.
De nuestros papás.
Del colegio.
De cómo me sentía.
Y también hablamos de Valeria.
Pero esa vez pude hacerlo sin sentir que me estaba destruyendo.
—Daily…
—¿Sí?
—Todavía me hace falta.
—Eso no va a cambiar de un día para otro.
—Ya lo sé.
—Pero estás avanzando.
—Eso espero.
Seguimos hablando hasta que el sueño comenzó a ganarme.
—Creo que me estoy quedando dormido.
—Andá a dormir, pues.
—Sí.
—Descansá.
—Buenas noches, hermanita.
—Buenas noches, Steven. Te quiero.
—Yo también.
Colgué.
Dejé el celular sobre la mesa y me acosté.
En cuestión de minutos me quedé profundamente dormido.
El viaje me había dejado completamente agotado.
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Al día siguiente desperté temprano.
Miré la hora.
—Las siete.
Me levanté, me bañé y me puse ropa sencilla.
Sabía que no podía quedarme encerrado.
Había decidido empezar de nuevo y necesitaba conseguir trabajo.
Salí a caminar por la zona y después de preguntar en varios lugares, finalmente encontré una oportunidad.
Era un trabajo de albañil en una obra.
El jefe, un hombre mexicano de unos cincuenta años, me miró de arriba abajo.
—¿Tú tienes experiencia?
—Sí, señor. He ayudado en construcción.
—¿Y eres de aquí?
—No. Soy de Cali, Colombia.
—Ah, con razón el acento.
Sonreí.
—Sí, señor.
—¿Cuántos años tienes?
—Diecinueve.
—¿Y puedes trabajar duro?
—Sí.
El hombre asintió.
—Bueno, pues. Puedes empezar mañana.
—Muchas gracias.
Ese día trabajé varias horas.
Terminé cansado, con las manos llenas de polvo y la ropa sucia, pero me sentía diferente.
Por primera vez en mucho tiempo estaba haciendo algo por mí.
Al finalizar la jornada me acerqué al jefe.
—Jefe, ¿puedo pedirle un favor?
—A ver, dime.
—Quiero trabajar medio tiempo.
El hombre frunció el ceño.
—¿Medio tiempo? ¿Por qué?
—Quiero estudiar.
—¿Estudiar?
—Sí. Me quedé en segundo de bachillerato y quiero terminar el colegio.
El jefe se quedó pensativo.
—¿Te quedaste porque no quisiste estudiar?
Bajé la mirada.
—Pasaron algunas cosas personales y dejé de ir.
—Ya veo.
El hombre se cruzó de brazos.
—Mira, muchacho, aquí necesitamos gente responsable.
—Lo sé.
—Si vas a estudiar, no puedes descuidar el trabajo.
—No lo voy a descuidar.
—¿Estás seguro?
—Sí, señor.
El jefe suspiró.
—Está bien.
Levanté la mirada.
—¿De verdad?
—Sí. Podemos acomodarte el horario. Trabajas medio tiempo y estudias el resto del día.
—Muchas gracias, jefe.
—Pero una condición.
—¿Cuál?
—Puntualidad. Si dices que vas a venir, vienes.
—Se lo prometo.
El hombre sonrió.
—Entonces estamos de acuerdo.
Salí de la obra con una sonrisa.
Caminé de regreso al apartamento pensando en todo lo que había pasado.
Había perdido a Valeria.
Había perdido un año.
Había dejado Cali.
Pero ahora estaba en México, trabajando y dispuesto a terminar mis estudios.
Quizá todavía me faltaba mucho para estar bien.
Pero por primera vez sentía que estaba construyendo nuevamente mi vida.
Y eso ya era un comienzo.