Tania lo tenía todo: un matrimonio envidiable, una casa perfecta y un amor que creía eterno. Hasta la noche en que descubrió a su esposo cenando con otra mujer.
Cualquiera habría gritado, llorado o suplicado. Tania no hizo ninguna de las tres cosas. Sonrió, guardó silencio y empezó a planear.
Lo que nadie sabía —ni su esposo infiel, ni la amante ambiciosa, ni la familia que la subestimó— era que detrás de la esposa sumisa se escondía una mente brillante capaz de construir un imperio desde las cenizas de su propio matrimonio. Con la ayuda de su mejor amiga y de un hombre misterioso que la admiraba desde las sombras, Tania inicia una transformación silenciosa que la llevará de ama de casa humillada a la mujer más poderosa de la industria.
Pero la venganza es solo el comienzo. Secretos de familia, traiciones corporativas, enemigos implacables y un amor inesperado pondrán a prueba su frialdad legendaria a lo largo de cinco temporadas de intriga, pasión y poder.
Porque la venganza más letal no es la que se grita. Es la que se sirve en silencio.
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Capítulo 21
En su despacho amplio, silencioso y vacío, Rey permanecía de pie como una estatua de mármol oculta entre sombras. La habitación había sido diseñada con cristal espejado de una sola vía, un escudo visual que le permitía ser testigo mudo sin ser visto.
Su mirada se concentró, atravesó la barrera del cristal y aterrizó sobre la figura de Tania. Rey había preparado una oficina especial para ella justo enfrente de la suya, un espacio protegido por vidrio unidireccional: una fortaleza transparente que la resguardaba de las miradas curiosas del resto de los empleados, sobre todo de los hombres.
Tania, ajena a la observación intensa de Rey, era el centro de su universo en ese instante. Sumergida en un océano de bocetos y diamantes imaginarios, el lápiz en su mano no era un simple instrumento de escritura, sino una varita mágica que danzaba con agilidad sobre el papel blanco, creando vida a partir de trazos delicados. Su concentración era tan pura, tan absoluta, que el mundo a su alrededor había dejado de existir.
Rey la contempló y sintió una oleada de nostalgia abrasadora. La mujer a la que había admirado desde los tiempos de la universidad, la que un día desapareció engullida por el destino del matrimonio, había regresado. Pero algo era distinto. Detrás de aquel rostro serio se entreveía una dureza interior, una determinación de acero escondida bajo un profesionalismo gélido.
Ha vuelto, susurró su corazón, los ojos encendidos de admiración. No veía únicamente a una diseñadora excepcional, sino a una mujer que renacía de las cenizas, lista para conquistar el mundo que alguna vez la abandonó. Rey, desde el otro lado de su espejo, se convertía en testigo silencioso del resurgimiento de aquella mujer que, estaba convencido, cargaba heridas profundas.
Su mirada seguía clavada en Tania cuando unos golpes en la puerta quebraron su concentración.
—Disculpe, señor Rey, llegué un poco tarde —dijo Renzo al entrar, con la respiración ligeramente agitada.
Rey se volvió. La máscara de profesionalismo encajó a la perfección en su rostro atractivo, borrando de un plumazo cualquier rastro de la inquietud que había dejado asomar. Frío y eficiente, como siempre.
—Es la primera vez que llegas tarde, Renzo —lo reprendió, la voz cortante, cargada de exigencia—. ¿Pasó algo en el camino que te hizo perder la eficiencia?
Rey caminó con elegancia hacia su sillón y tomó asiento.
—Nada grave, señor Rey —respondió Renzo—. Lo que pasa es que estuve hablando con la amiga de la señora Tania.
Al escuchar el nombre de Tania, la rigidez en el rostro de Rey se suavizó levemente; una arruga sutil le cruzó la frente.
—¿La amiga de Tania? ¿Cómo se llama?
—Luna, señor Rey.
Al oír ese nombre, la memoria de Rey voló a sus años universitarios. Luna era, en efecto, la amiga inseparable de Tania; según los rumores del campus, las dos eran amigas desde la preparatoria. Después de graduarse, Luna se mudó al extranjero con sus padres, y desde entonces Rey no volvió a tener noticias de Tania.
—¿Y qué información conseguiste? —preguntó Rey, impaciente, de vuelta en modo jefe.
—Todavía no tengo detalles concretos, señor Rey. Solo que Luna mencionó que no quiere que ningún otro hombre lastime a su amiga. Mi conclusión es que el matrimonio de la señora Tania no va bien —explicó Renzo con cautela—. Luna dice que contará todo, pero solo si usted se reúne con ella en persona. Dice que es una precaución para asegurarse de que la información caiga en las manos correctas.
Rey guardó silencio, procesando aquello. Su presentimiento era acertado. Tania, la mujer más admirada de la universidad, estaba herida.
—Entonces agenda una reunión con Luna, hoy al mediodía —ordenó Rey, el tono firme, definitivo, sin espacio para réplica.
—Entendido, señor Rey. La contacto ahora mismo —Renzo se despidió y salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí.
En cuanto la puerta se cerró, la atmósfera en la oficina de Rey volvió a tornarse fría, silenciosa, cargada de una tensión que no encontraba palabras.
Su presentimiento era acertado. Tania tenía que estar enfrentando algo grave. Rey se levantó del sillón. Caminó con paso firme hasta su posición junto al cristal unidireccional. La observó desde su oficina, erguido, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, convertido en testigo silencioso del resurgimiento de aquella mujer herida.
* * *
Mientras tanto, en su propia oficina, Renzo llamó a Luna de inmediato. Lo intentó varias veces, pero la llamada se hundía una y otra vez en el ajetreo de la mañana. Tras incontables intentos, Luna finalmente contestó, y el oído de Renzo fue recibido por una voz chillona que perforaba el tímpano.
—¿Quién es? ¿Por qué insiste tanto con las llamadas? ¡Si no contesto a la primera es porque estoy ocupada!
Renzo apartó el teléfono de la oreja un instante y se frotó el tímpano, que le zumbaba. Su expresión era una mezcla de gracia y fastidio.
—Disculpe, seño... digo, Luna.
—¡Ah, eres tú! ¿Qué quieres ahora? —lo cortó Luna con aspereza, la voz afilada como un cuchillo—. ¡Ya te dije que no soy ninguna señora!
—Sí, sí, mira, Luna —dijo Renzo, armándose de paciencia, la mirada desviada hacia la ventana en busca de algo de calma—. Ya hablé con el señor Rey. Quiere reunirse contigo hoy al mediodía, ¿qué te parece?
—Mmm, ¿hoy al mediodía? Bueno, está bien —respondió Luna, el tono un poco más blando, con una chispa de entusiasmo que no lograba disimular—. Justo me da curiosidad saber qué tan guapo es tu jefe.
Renzo escuchó la risita ligera de Luna al otro lado de la línea, y una sonrisa fina se le dibujó en los labios. Al notar que él la había oído, Luna carraspeó con fuerza, intentando recuperar su actitud hosca de costumbre.
—Voy a colgar si no tienes nada más que decirme —dijo Luna.
—De acuerdo. Los detalles del lugar y la hora te los mando por mensaje en un rato, Luna. Nos vemos —cerró Renzo, satisfecho con el éxito de su misión. La llamada terminó.
Renzo dejó el celular sobre el escritorio y retomó su trabajo, pero la sonrisa fina seguía ahí, pensando en la extraña interacción con la amiga de Tania. Mientras tanto, al otro lado de la línea, Luna no dejaba de preguntarse quién era realmente Rey y qué relación tenía con Tania. Su instinto le decía que esa reunión sería una pieza clave en el drama que enfrentaba su amiga, y se moría de ganas por averiguarlo.
* * *
Esa tarde, un café exclusivo en el corazón de la ciudad se convirtió en el escenario de una reunión secreta. Luna ya estaba sentada esperando; su celular vibraba con la notificación de Renzo, pero su atención apuntaba a la puerta de entrada. Al poco rato llegó Rey, cruzando el umbral con el aura fría y profesional que siempre lo envolvía, seguido por Renzo.
Luna lo examinó de pies a cabeza, evaluando la apariencia del hombre que ahora era una pieza clave para Tania. Vio una belleza fría, el polo opuesto de Diego y su lengua de miel.
Rey tomó asiento frente a Luna, la mirada aguda y enfocada. Sin rodeos.
—Gracias por venir, Luna —dijo Rey, la voz serena y con autoridad natural.
—Vamos directo al grano, no tengo mucho tiempo —replicó Luna, cortante como de costumbre, cruzándose de brazos.
Rey esbozó una sonrisa leve, cargada de significado, recordando los años de universidad. Luna no había cambiado nada desde entonces: seguía siendo brava y protectora. Había sido ella la que siempre blindaba a Tania de las miradas atrevidas de los compañeros en el campus. Rey admiraba esa lealtad.
—Quiero saber sobre Tania. Todo —dijo Rey, volviendo a ponerse serio.
Luna lo miró un momento con extrañeza.
—¿Por qué tiene que ser Tania? No me va a decir que no sabe que está casada, ¿verdad? —su voz destilaba sospecha.
—¿O acaso tiene algún problema? ¿Le gustan más las esposas ajenas que las mujeres solteras? Qué raro... el jefe y el empleado son iguales —Luna alternó la mirada entre Renzo y Rey con expresión de desprecio.
Renzo se sobresaltó y contuvo el aliento. Pero Rey permaneció imperturbable.
—¿De verdad no te acuerdas de mí, Luna? —preguntó Rey al fin, el tono neutro pero lleno de intención.
Luna lo escrutó, intentando reconocer aquel rostro, sus gestos, pero fue en vano. No lograba recordar quién era el hombre que tenía enfrente.
Rey volvió a sonreír apenas. Sacó la billetera del bolsillo interior de su saco y extrajo una fotografía antigua de la época universitaria que siempre guardaba en secreto. Se la entregó a Luna.
Luna tomó la foto y alternó la mirada entre la imagen en sus manos y el Rey sentado frente a ella. Su expresión pasó de la confusión al asombro y luego a la incredulidad.
—¿Ya te acordaste?
—¿Entonces tú eres el Rey ratón de biblioteca? —Luna por fin reconoció a aquel estudiante callado que siempre usaba lentes de fondo de botella—. ¿Cómo es posible? —preguntó, todavía con el desconcierto pintado en la cara.
Rey soltó una risa breve, genuina y poco frecuente en él, disfrutando la expresión de sorpresa de Luna, algo que rara vez se le veía.
Un silencio se instaló entre ambos antes de que Luna regresara a su modo serio.
—¿Qué quieres saber de Tania, Rey? —preguntó Luna al fin, el tono más suave, con un respeto nuevo en la voz—. Mi instinto me dice que eres sincero.
Rey asintió, la mirada fija, llena de determinación.
—Quiero saber si está bien. Quiero conocer su situación.
—Te voy a contar todo —aceptó Luna, pero enseguida un destello astuto le cruzó los ojos. Sonrió con malicia, esa sonrisa típica de Luna que siempre anunciaba un plan—. Pero antes... tengo una condición. Sé que quieres averiguar todo sobre Tania, porque en el fondo eras igual que los demás compañeros del campus, ¿no? También estabas enamorado de ella.
Rey y Renzo se miraron entre sí, desconcertados por la condición que Luna estaba a punto de plantear. En la quietud de aquel café, un nuevo enigma acababa de comenzar.
Continuará...