En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 10: Susurros que ordenan.
El regreso a la posada se hizo eterno para Lyssa. Caminaba por las calles estrechas de Mar Azul con la mano apretada fuertemente sobre su muñeca, como si al presionar pudiera borrar la marca que ahora sabía compartía con Christhian, o como si quisiera silenciar el calor que esa señal irradiaba bajo su piel. Cada paso que daba, cada metro que la alejaba del viejo embarcadero, traía consigo una guerra silenciosa que libraba dentro de su propia cabeza.
Desde que se separó de él, las voces, esos susurros constantes que siempre la acompañaban, habían cambiado de tono. Ya no eran solo comentarios, advertencias o relatos del pasado. Ahora eran órdenes, claras, insistentes, cortantes, que se clavaban en su mente como agujas.
«Aléjate… Aléjate de él… No lo toques… No lo mires… Es veneno… Es cadena… Si te acercas, estás perdida…»
Las palabras se repetían una y otra vez, formando un coro confuso y aterrador que parecía venir de todas partes: del viento que soplaba entre las casas, del mar que rugía a lo lejos, de las sombras que se alargaban por el suelo. Lyssa bajó la cabeza, intentando ignorarlas, pero era imposible. Eran demasiado fuertes, demasiado persuasivas. Y lo peor de todo era que tenía sentido lo que decían. Su lógica, su razón, todo lo que había descubierto sobre la maldición le gritaba exactamente lo mismo: Christhian era parte del problema. Estaba atado a la sirena, era su prisionero, su posesión, y acercarse a él era caminar directo hacia la boca del lobo.
«Él le pertenece… Ella lo mira todo el tiempo… Si estás cerca, ella te ve a ti también… Aléjate y podrás sobrevivir… Aléjate y quizás puedas irte de aquí…»
Llegó a su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra la madera, respirando con dificultad. Las voces no cesaban. Se hacían más intensas, casi furiosas, como si estuvieran enojadas porque ella no obedecía al instante. Lyssa se dejó deslizar hasta el suelo, abrazando sus rodillas, luchando contra la confusión que la invadía.
Su mente le decía: «Huye. Olvídate de él. Sigue buscando a tu madre por otro lado, lejos de esa cadena viviente que es Christhian». Era lo más sensato, lo más seguro. Cualquiera en su lugar habría corrido lejos, habría tratado de no volver a cruzar su camino nunca más.
Pero entonces, algo más despertó en su interior. Algo que no era una voz externa, sino un sentimiento profundo, nacido en su propio pecho, que crecía con tanta fuerza o más que las propias advertencias. Era algo cálido, y a la vez doloroso, una necesidad que le apretaba el corazón y le hacía doler el cuerpo entero.
Porque mientras las voces le ordenaban alejarse, su sangre, su piel, su propia alma le pedían exactamente lo contrario.
Recordó el roce de su mano sobre la marca. Esa descarga que la había recorrido, esa sensación de no estar sola, de encontrar en él algo que le faltaba a ella misma. Recordó sus ojos oscuros, llenos de tristeza infinita pero también de una fuerza que se negaba a morir. Recordó cómo la miraba, con esa mezcla de rechazo y deseo, de miedo y protección, demostrando que, aunque quisiera odiarla, no podía.
Y en el fondo de su corazón, una voz más suave, más verdadera, susurraba con una ternura que la hacía temblar: «Acércate… No lo dejes solo… Él también sufre… Él también está atrapado igual que tú… Es parte de ti… Como tú eres parte de él… Sin ti, está perdido… Sin él, tú no tienes camino…».
Lyssa apretó los puños contra sus rodillas, sintiéndose desgarrada por dos fuerzas opuestas que tiraban de ella en direcciones contrarias. Las voces externas, frías y duras, le gritaban que era un peligro, que era la trampa perfecta de la sirena. Pero ese sentimiento interno, cálido y obstinado, le decía que acercarse a él no era caer en una trampa, sino encontrar la única salida posible.
—¿Por qué sois tan distintas? —susurró al aire, mirando fijamente la pared oscura—. ¿Por qué una parte de mí me odia por querer estar con él, y la otra parte me odia si me alejo?
Las voces se alzaron más fuerte, furiosas y amenazantes:
«Porque somos la verdad… Porque sabemos lo que pasa… Si te acercas, ella gana… Ella quiere eso… Ella quiere que estés con él para destruirlos a los dos… ¡Es su juego! ¡No lo entiendes? ¡Acércate y te condenas para siempre!»
Pero el sentimiento en su interior creció hasta convertirse en una necesidad dolorosa. Lyssa cerró los ojos, y al hacerlo, lo vio claramente a él: sentado en algún lugar oscuro, junto al agua, con la cabeza baja, solo, cargando con siglos de dolor que no eran suyos, esperando algo que ni siquiera sabía qué era. Y sintió un dolor agudo en el pecho, como si ella misma estuviera sufriendo su soledad.
«Mienten…», le respondió esa voz interna, firme y valiente, «Mienten porque tienen miedo de lo que podéis hacer juntos… Ella os separa porque si estáis unidos, su poder se rompe… Él no es la trampa… Él es la llave, igual que tú… Aléjate y ambos estáis perdidos… Acércate y quizás podáis ser libres».
Se llevó la mano de nuevo a la muñeca, a la marca que ahora ardía con fuerza, latiendo al mismo ritmo que su corazón. Comprendió entonces que esa guerra dentro de ella no era casualidad. Era exactamente lo que la sirena quería. Serena se alimentaba de esa confusión. Disfrutaba viendo cómo Lyssa dudaba, cómo luchaba contra sí misma, cómo el amor y el miedo peleaban por el control. Porque cuanto más fuerte era la lucha, más energía le daban a ella.
Las voces seguían gritando, ordenando, prohibiendo: «¡Aléjate! ¡Aléjate! ¡Aléjate!».
Pero la atracción, el lazo, la necesidad, le respondían con la misma intensidad: «¡Ve a él! ¡No lo dejes! ¡Es tuyo, como tú eres suyo!».
Lyssa se puso de pie, temblando entera, sudando frío por el esfuerzo de resistir a ambas fuerzas. Miró hacia la ventana, hacia la oscuridad que caía sobre Mar Azul, hacia el sonido del mar que ya no parecía un rugido, sino un llamado profundo que pasaba por Christhian para llegar hasta ella.
—No sé quién tiene razón —dijo en voz alta, desafiando tanto a las voces como a su propio corazón—. No sé si es la condena o la salvación. Pero sé una cosa…
Respiró hondo, reunió toda su determinación y miró fijamente hacia la dirección donde sabía que él estaría, junto al agua, esperando, sufriendo.
—Sé que no puedo quedarme aquí sentada obedeciendo órdenes que no entiendo. Si acercarme a él es un error… será mi error. Y si es la única forma de saber la verdad… entonces iré.
Las voces estallaron en un grito furioso y aterrador, lleno de advertencias de muerte y destrucción, mientras que, en su interior, ese sentimiento cálido se expandió por todo su ser, llenándola de valentía y una paz extraña.
Lyssa abrió la puerta de golpe y salió de nuevo a la noche. Sabía que cada paso que daba hacia él era un desafío directo a la sirena. Sabía que, al ir hacia él, estaba aceptando el lazo, la marca y todo lo que eso implicaba. Pero también sabía que, alejándose, estaría traicionando la única parte de ella que sentía que era real.
Mientras caminaba deprisa hacia la orilla, escuchó claramente, entre el caos de susurros, una sola frase que se destacó por encima de todas, dicha con una alegría malévola y triunfal que heló su sangre, pero que ya no pudo detenerla:
«Bien… Ya has elegido… Ahora el juego empieza de verdad… Acércate a él… Y ahora verás lo que es el infierno… y lo que es el amor bajo mi maldición.»