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Contrato Con El Diablo

Contrato Con El Diablo

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor-odio / Amor prohibido
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Para salvar a su familia de la quiebra, Elena Moretti firma un contrato matrimonial de doce meses con Alessandro Rossi, el CEO más frío y despiadado de Milán.
Él es poder, oscuridad y venganza hecha hombre.
Ella solo es una pieza en un juego que comenzó hace cinco años.
Obligada a vivir bajo el mismo techo del hombre que odia, Elena descubrirá pronto que detrás de esos ojos grises se esconde un secreto devastador: Alessandro no la eligió por casualidad. Lo ha planeado todo para hacerle pagar.
Entre noches ardientes, malentendidos que rompen el alma y verdades que pueden destruirlo todo, el odio se convierte en una pasión peligrosa.
Pero cuando la venganza se mezcla con el deseo… ¿quién de los dos perderá el control primero?
Un matrimonio de conveniencia.
Un amor prohibido.
Una verdad que podría aniquilarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 – La primera noche

Elena sintió que las paredes del ático se cerraban sobre ella. La mano de Alessandro aún sostenía su barbilla con firmeza, pero sin lastimarla. Su toque era cálido, casi eléctrico, y eso la enfurecía más que cualquier insulto.

—Suéltame —exigió con voz baja pero cortante.

Alessandro la soltó lentamente, como si disfrutara cada segundo de su resistencia. Dio un paso atrás y la observó con esa mirada analítica que parecía desnudarla.

—No tienes idea de lo que está pasando, ¿verdad? —murmuró, casi para sí mismo—. Eso lo hace aún más interesante.

Elena se cruzó de brazos, tratando de controlar el temblor de sus manos.

—Explícate. Ahora.

Él negó con la cabeza y caminó hacia el enorme ventanal. La lluvia seguía cayendo con fuerza, convirtiendo la ciudad en un mar de luces borrosas. Alessandro se metió las manos en los bolsillos del pantalón, dándole la espalda.

—Hace cinco años, en una fiesta privada en una villa en las afueras de Milán, ocurrió algo que cambió el curso de mi vida. Tú estabas allí esa noche, Elena. Aunque tu memoria parece haberlo borrado convenientemente.

—Yo estudiaba en Londres —protestó ella—. Volví a Milán hace solo seis meses, cuando mi padre empezó a enfermar.

Alessandro giró la cabeza lo suficiente para mirarla de reojo.

—Mentira. O al menos… una verdad a medias. Estuviste aquí esa noche. Y fuiste parte de lo que pasó.

Elena sintió un nudo en el estómago. Fragmentos borrosos intentaron abrirse paso en su mente: luces tenues, música alta, una máscara negra, una discusión… pero nada concreto. Solo una sensación de peligro y culpa que nunca había logrado explicar.

—No sé de qué hablas —insistió—. Y aunque lo supiera, no tengo por qué contártelo. Este matrimonio es un contrato, no una confesión.

Alessandro soltó una risa seca.

—Todo en este matrimonio es mío, Elena. Incluida la verdad que escondes.

Se hizo un silencio pesado. Él se acercó al bar nuevamente y esta vez sirvió dos vasos de agua con gas y limón. Le ofreció uno. Elena lo aceptó solo para tener algo en las manos.

—Son las once de la noche —dijo él, consultando su reloj de lujo—. Mi chofer nos espera abajo. Nos mudamos a la mansión principal esta misma noche.

—¿Esta misma noche? —Elena casi dejó caer el vaso—. ¡Necesito ir a casa! Tengo ropa, mis cosas, mi madre…

—Todo ya está resuelto —la interrumpió él con frialdad—. Tus pertenencias más importantes fueron trasladadas esta tarde. Tu madre recibió una llamada explicándole que has aceptado un trabajo en el extranjero por un año. Le enviarán dinero suficiente para cubrir los gastos médicos de tu padre y mantener la casa. No tienes que preocuparte por nada… excepto por mí.

Elena sintió que le faltaba el aire.

—Eres un manipulador.

—Soy un hombre de resultados —corrigió él—. Y ahora eres mi esposa. Empezamos a actuar como tal desde este momento.

El ascensor privado del ático los bajó directamente al garaje subterráneo. Un Mercedes negro blindado los esperaba con el motor encendido. El chofer, un hombre de unos cincuenta años con cicatrices en el rostro, ni siquiera los miró.

Durante el trayecto hacia las afueras de Milán, Elena pegó la frente a la ventana. Las luces de la ciudad fueron quedando atrás mientras avanzaban por una carretera flanqueada de árboles altos. Alessandro no dijo una palabra. Solo revisaba su teléfono con el ceño fruncido, respondiendo mensajes con movimientos rápidos y precisos.

Cuarenta minutos después, las rejas de una mansión imponente se abrieron ante ellos. La propiedad era enorme: jardines perfectamente cuidados, fuentes iluminadas y una casa principal de tres pisos que parecía sacada de una revista de arquitectura. Pero había algo oscuro en ella. Como si las sombras fueran más densas allí.

—Bienvenida a casa, señora Rossi —dijo Alessandro cuando el auto se detuvo frente a la entrada principal.

Dos empleados uniformados abrieron las puertas. Elena bajó y sintió el frío de la noche en los brazos. Llevaba solo un vestido sencillo y una chaqueta ligera. Alessandro se quitó el saco y lo colocó sobre sus hombros sin pedir permiso. El gesto fue sorprendentemente caballeroso… y eso la desconcertó más que su crueldad.

—No necesito tu chaqueta —protestó.

—Vas a necesitar muchas cosas que no quieres —respondió él sin alterarse—. Empezando por aprender a callarte cuando sea necesario.

La llevó al interior. El vestíbulo era espectacular: pisos de mármol negro, una enorme escalera de caracol y obras de arte contemporáneo en las paredes. Todo gritaba riqueza y poder.

—Tu habitación está en el ala este —informó Alessandro mientras subían las escaleras—. La mía está al lado. Hay una puerta comunicante. Permanece cerrada si quieres… por ahora.

Elena se detuvo en seco.

—No voy a dormir contigo.

—Nunca dije que dormiríamos juntos esta noche —contestó él con una media sonrisa peligrosa—. Pero esa puerta se abrirá cuando yo lo decida. O cuando tú me lo ruegues.

Llegaron a la habitación de Elena. Era amplia, elegantemente decorada en tonos crema y dorado, con una cama king size, un vestidor ya lleno de ropa nueva y un baño de lujo. Sus pocas pertenencias personales estaban cuidadosamente colocadas sobre el tocador: un collar de su madre, algunos libros y su laptop.

—Todo lo demás llegará mañana —dijo Alessandro desde la puerta—. Cena en treinta minutos en el comedor principal. No llegues tarde.

—¿Y si no tengo hambre?

—Entonces te quedarás con hambre. Pero bajarás igual. Las reglas son simples, Elena: obediencia. A cambio, tu familia estará protegida.

Se fue sin esperar respuesta, cerrando la puerta tras de sí.

Elena se dejó caer en la cama. Las lágrimas que había contenido durante horas salieron por fin. Lloró en silencio, con rabia, miedo y una extraña sensación de atracción que la avergonzaba. Alessandro era todo lo que odiaba: arrogante, manipulador, peligroso. Pero también era el hombre más atractivo que había visto en su vida.

Treinta minutos después, bajó al comedor. Llevaba uno de los vestidos nuevos que encontró en el vestidor: negro, sencillo pero elegante, con un escote discreto. Alessandro ya estaba sentado a la cabecera de la larga mesa. La miró de arriba abajo con aprobación.

—Mucho mejor —comentó.

La cena fue tensa. Sirvieron platos exquisitos: risotto al tartufo, filete de ternera con reducción de vino y verduras frescas. Elena apenas probó bocado.

—¿Vas a decirme quién se supone que está viva? —preguntó finalmente.

Alessandro bebió un sorbo de vino tinto antes de responder.

—Alguien que traicionó a mi familia hace cinco años. Alguien que debería haber muerto en el incendio de aquella villa. Y las pruebas apuntan a que tú estabas involucrada, aunque fuera indirectamente.

Elena palideció.

—Yo no…

—No me interesa tu inocencia ahora —la cortó él—. Lo que me interesa es la verdad. Y tú vas a ayudarme a descubrirla. Sea como sea.

Después de la cena, Alessandro la acompañó hasta su habitación. Se detuvo frente a la puerta comunicante.

—Duerme bien, esposa —dijo con voz ronca—. Mañana empieza tu nueva vida.

Cuando se quedó sola, Elena corrió a cerrar la puerta con llave. Se cambió rápidamente y se metió en la cama. Pero el sueño no llegaba. Cada ruido de la casa le parecía una amenaza. Cada recuerdo borroso de cinco años atrás la atormentaba.

A eso de las dos de la mañana, escuchó pasos en la habitación contigua. La puerta comunicante se movió ligeramente, como si alguien probara el picaporte. Elena contuvo la respiración. La puerta estaba cerrada, pero sabía que Alessandro podía abrirla si realmente quería.

Pasaron varios minutos en silencio. Luego los pasos se alejaron.

Elena soltó el aire que retenía. Su corazón latía desbocado. No solo por miedo.

Por algo mucho más peligroso.

A la mañana siguiente, despertó con el sonido de la lluvia aún cayendo. Se levantó y se acercó a la ventana. El jardín era hermoso bajo la luz grisácea. Pero lo que llamó su atención fue Alessandro, de pie junto a la piscina cubierta, hablando por teléfono. Llevaba solo pantalones de chándal negros. Su torso desnudo, marcado por músculos definidos y una cicatriz larga en el costado izquierdo, brillaba por la lluvia.

Elena no pudo apartar la mirada. Ese hombre era su esposo. Su enemigo. Y, muy en el fondo, algo que aún no quería nombrar.

De repente, Alessandro levantó la vista y la miró directamente a través de la ventana. Como si supiera que ella estaba observándolo. Una sonrisa lenta y oscura apareció en sus labios.

Elena retrocedió rápidamente, con las mejillas ardiendo.

El diablo ya sabía que ella estaba mirando.

Y parecía encantado con ello.

Mientras tanto, en su teléfono, Alessandro acababa de recibir un mensaje con una foto adjunta. En la imagen se veía a una mujer de cabello rubio, herida pero viva, en una cama de hospital.

La misma mujer que, según sus informantes, había muerto cinco años atrás.

Y debajo de la foto, solo una frase:

«Ella recuerda todo. Y dice que Elena Moretti fue quien le dio el fuego.»

Alessandro apretó el teléfono con fuerza. Miró de nuevo hacia la ventana donde había visto a Elena.

—Parece que la caza acaba de empezar, principessa —murmuró para sí mismo—. Y tú eres la pieza clave.

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