reencarne en una Duquesa maltrata por el amor y antes era una agricultura 🚜 de vegetales y mas.
como voy a sobrevivir siendo tan salvaje como un hombre
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Episodio 9: No volveré a arrodillarme
Habían pasado cinco meses desde que Lucía dejó de ver a ese hombre como algo importante en su vida, cinco meses en los que su embarazo avanzaba con normalidad, su cuerpo más fuerte, su mente más clara y su corazón completamente indiferente hacia quien solo tenía el título de esposo, porque ya no significaba nada más que eso, un título vacío, sin peso en su vida, sin lugar en sus pensamientos, y lo curioso era que esa distancia no le dolía, al contrario, le daba paz, una paz que no había sentido ni siquiera en su vida anterior, porque ya no estaba esperando nada de él, ya no estaba pendiente de sus acciones, y eso la hacía libre dentro de una jaula que aún no podía abandonar.
Kilian había dejado de hablarle por completo, como si ignorarla fuera una forma de castigo, como si en algún momento ella fuera a romper y correr hacia él a pedir perdón, pero eso nunca pasó, y cada día que pasaba esa ausencia se volvía más normal, más cómoda, como si siempre hubiera sido así, mientras que Nieves, por otro lado, estaba demasiado tranquila, y eso no le gustaba en absoluto, porque alguien como ella no se quedaba quieta sin motivo, alguien como ella no dejaba pasar una humillación como la de la boutique sin hacer nada, y eso solo significaba que estaba esperando el momento correcto.
—Entre más calma… peor será después…
Pensó Lucía mientras revisaba las plantas que había sembrado en una pequeña área del ducado que poco a poco estaba convirtiendo en algo suyo, algo real, algo que la conectaba con su vida pasada, porque aunque ahora fuera una duquesa, su esencia no había cambiado, seguía siendo esa mujer que sabía de tierra, de semillas, de crecimiento, y en esos meses había vuelto a ensuciarse las manos, a sembrar, a cuidar, a observar, encontrando en eso una tranquilidad que nada más le daba.
No solo eso, también había ganado algo inesperado.
Una amiga.
La marquesa Laura.
Una mujer diferente, alguien que no juzgaba de inmediato, alguien que observaba primero y hablaba después, algo raro en ese mundo lleno de apariencias, y poco a poco, entre visitas, conversaciones y tardes enteras llenas de tierra y risas, esa relación se volvió real, sincera, incluso divertida, porque aunque terminaban cubiertas de barro, sin el mínimo rastro de elegancia, eso no importaba.
—Nunca pensé que terminaría enseñando a una marquesa a sembrar…
Había dicho Lucía una vez, riendo mientras limpiaba sus manos.
—Y yo nunca pensé que una duquesa preferiría esto a un salón de té…
Respondió Laura con la misma naturalidad.
Y en ese momento, por un instante, todo parecía normal.
Tranquilo.
Casi feliz.
Pero Lucía ya sabía algo.
Eso no duraba.
Ese día, cuando regresó al ducado después de una de esas visitas, lo sintió antes de verlo, el ambiente había cambiado, el aire era más pesado, más tenso, como si algo hubiera pasado en su ausencia, y apenas cruzó la entrada, lo confirmó.
—Ahí está.
La voz de Kilian no fue sorpresa, pero sí la forma en que sonaba, dura, cargada, y antes de que pudiera reaccionar, los guardias ya estaban sobre ella, sujetándola con fuerza, sin darle tiempo a entender, a hablar, a defenderse, la empujaron hacia abajo, obligándola a arrodillarse mientras una mano presionaba su cabeza para mantenerla baja.
—¿Qué…?
Intentó decir, pero no la dejaron.
—Discúlpate ahora, maldita mujer.
Su voz cayó como una orden incuestionable.
—¿Cómo se te ocurre empujar a Nieves al lago?
Por un segundo, Lucía no entendió.
No porque no supiera de qué hablaba.
Sino porque era absurdo.
—Yo no…
Quiso decirlo.
Explicar.
Pero no hubo espacio.
El golpe llegó primero.
Seco.
Directo.
Su cabeza se movió ligeramente por el impacto.
—Discúlpate, desgraciada.
Otro golpe.
Y otro.
Lucía apretó los dientes con fuerza, no por orgullo en ese momento, sino por algo más importante.
—No puedo alterarme…
Pensó con dificultad.
—No ahora…
Su cuerpo ya no era solo suyo, cada golpe no era solo dolor, era peligro, su respiración se volvió irregular, su visión comenzó a nublarse poco a poco, y aun así, lo que más le pesaba no era el dolor físico.
Era la impotencia.
No poder hablar.
No poder defenderse.
No ser escuchada.
—Maldito…
Pensó con rabia contenida.
—Ni siquiera pregunta…
Otro golpe.
La sangre empezó a correr.
—Tengo que parar esto…
Y lo entendió.
No iba a escucharla.
No ese hombre.
No en ese estado.
—…lo siento…
Las palabras salieron forzadas, entre dientes, sin significado real, sin arrepentimiento, solo como una forma de sobrevivir, de detener algo que podía ir más lejos de lo que podía soportar en ese momento.
Kilian se detuvo.
—Desde el principio debiste hacer eso.
Su tono seguía siendo frío, como si nada hubiera pasado.
—Deja de tenerle envidia a Nieves.
Lucía no respondió.
No porque no quisiera.
Sino porque no podía.
—Ella es mejor que tú.
Silencio.
—Y nunca tendrás mi amor.
Nada.
—Resígnate y vuelve a ser como antes.
Las palabras pasaban… pero ya no entraban.
Su mente estaba en otra cosa.
Resistir.
No perder.
No romperse.
—Duque…
La voz de una sirvienta tembló.
—Su esposa está sangrando, debería verla un médico…
—Cállate.
Respondió sin mirarla.
—Déjala.
—Pero señor…
—¡Que te calles o quieres que te corte la lengua!
El silencio volvió.
Pesado.
Asfixiante.
Entonces, pasos suaves se acercaron.
Nieves.
Lucía lo supo antes de verla.
Se inclinó cerca de su oído.
—¿Ves qué fácil es ponerte en tu lugar…?
Susurró con dulzura fingida.
—Con unas mentiras basta…
Una pequeña risa.
—Compórtate como antes…
Su voz se volvió aún más suave.
—Y nada de esto volverá a pasar.
Lucía no respondió.
Pero su mente…
Se quedó con cada palabra.
—Te lo voy a cobrar…
No hoy.
Pero sí.
—Amor…
La voz de Nieves cambió por completo al hablar en voz alta.
Débil.
Frágil.
—Está muy mal… creo que pude haberme equivocado…
Lucía casi quiso reír.
—Tal vez no fue ella…
Pero Kilian no dudó.
—No, mi amor.
Su respuesta fue inmediata.
—Tú no te equivocas.
Miró a Lucía con desprecio.
—Encérrenla.
El mundo se sintió más pesado.
—Que no salga hasta que tenga al bebé.
Lucía alzó apenas la cabeza.
—¿Por qué…?
Su voz fue débil.
—¿Por qué me quieres encerrar…?
—Cállate.
Frío.
—No tienes derecho a hablar.
Una pausa.
—Ese es tu castigo.
Lucía lo miró.
Con lo poco que le quedaba de fuerza.
Y en ese instante, algo dentro de ella cambió.
No fue dolor.
No fue tristeza.
Fue decisión.
—Te voy a enseñar quién soy…
Pensó.
Y su cuerpo no aguantó más.
Todo se volvió negro.
Cuando despertó, el tiempo había pasado, no sabía cuánto al inicio, pero su cuerpo se sentía pesado, adolorido, débil, y lo primero que hizo fue llevar su mano al vientre, casi por reflejo, casi con miedo.
—…
Estaba bien.
Eso fue lo primero que sintió.
Un alivio silencioso.
Un peso menos.
—Debe guardar reposo.
La voz del médico la sacó de sus pensamientos.
—Si no hubiera estado en buena condición…
Hizo una pequeña pausa.
—Habría perdido al bebé.
Lucía cerró los ojos un momento.
—Menos mal…
Pensó.
—No fui descuidada…
Todo lo que había hecho, su alimentación, su ejercicio, sus cuidados… la habían salvado.
No Kilian.
No nadie más.
Ella.
El médico se retiró poco después, dejándola sola en esa habitación cerrada, en ese silencio que antes podría haber sido desesperante, pero que ahora… se sentía diferente.
Porque no estaba derrotada.
Estaba pensando.
Planeando.
Su mirada se fijó en el techo mientras una mano descansaba sobre su vientre.
—Aguanta…
Susurró suavemente.
Luego sus ojos cambiaron.
Se endurecieron.
—Antes de irme…
Pensó.
—Voy a destruir este ducado.
Una pequeña pausa.
—Y a ese cucaracho…
Una leve sonrisa apareció en sus labios, fría, calculada.
—Lo voy a dejar en la ruina.
Aunque tuviera que hacerlo…
Encerrada.