Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Capitulo 15 — NUEVO CABALLERO
El regreso al castillo fue más lento que la ida.
No por el camino, ni por los caballos, ni por el terreno. Fue lento porque cada pocos minutos alguien recordaba la escena del niño y soltaba una risita ahogada que se contagiaba como pólvora. Lian era la peor. Se tapaba la boca con la mano, miraba al frente con expresión seria, y justo cuando parecía que se había controlado, le temblaban los hombros.
—Vas a hacer que nos mande a limpiar establos a todos —le susurró Elysia en un momento dado.
—Valdrá la pena.
—Para ti, que te gustan los caballos.
—Los caballos son mejores que algunas personas. No necesitan fingir.
Elysia no pudo discutirle eso.
Aster cabalgaba al frente, ajeno —o fingiendo estar ajeno— a las risas contenidas de su escolta. Su espalda era tan recta como siempre, sus hombros tan firmes, pero Elysia notó que de vez en cuando giraba ligeramente la cabeza, como comprobando que el coro de toses sospechosas seguía allí. No decía nada. Pero su silencio era más elocuente que cualquier regaño.
Llegaron al castillo cuando el sol ya se había ocultado tras las colinas y el cielo se teñía de un violeta profundo. Las antorchas de la entrada estaban encendidas, y los guardias de la puerta saludaron con el puño en el pecho al ver llegar a su señor.
Elysia desmontó con alivio. Le dolían las piernas, le dolía la espalda, y tenía la sensación de que el olor a caballo se le había metido hasta en el alma. Pero estaba de buen humor. Un humor extraño, ligero, que no sentía desde hacía semanas.
—Comandante.
Se giró. Lian le señalaba algo con la cabeza.
Junto a los establos, un muchacho forcejeaba con las riendas de un caballo. Era joven, muy joven, quizá dieciocho o diecinueve años. Tenía el cabello castaño claro, revuelto, y unos ojos verdes tan brillantes que parecían reflejar la luz de las antorchas. Llevaba el uniforme de los caballeros, pero se notaba nuevo: el cuero aún no estaba gastado, las botas no tenían una sola marca de barro, y la espada al cinto relucía como si nunca hubiera sido desenfundada.
Forcejeaba con las riendas porque el caballo, un alazán de aspecto nervioso, no cooperaba. El muchacho tiraba. El caballo resoplaba. El muchacho le hablaba en susurros. El caballo resoplaba más fuerte.
—¿Necesitas ayuda?
Elysia no sabía por qué se ofreció. Quizá porque recordó su primer día en ese mundo, cuando ni siquiera sabía montar y su cuerpo lo hacía por ella.
El muchacho se giró. Al verla, sus ojos verdes se abrieron como platos y sus mejillas se tiñeron de un rosa intenso.
—¡Comandante! —Soltó las riendas, hizo una reverencia torpe, tropezó con sus propios pies y se agarró al poste del establo para no caerse—. No la había visto. Quiero decir, sí la vi, pero no esperaba que... esto... ¿Necesita algo?
Elysia parpadeó. Llevaba semanas en ese castillo. Le habían hablado con respeto, con miedo, con desdén, incluso con curiosidad. Pero nunca con ese torrente de nerviosismo desbordado.
—No —respondió, conteniendo una sonrisa—. Te preguntaba si tú necesitabas ayuda. Parece que el caballo te está ganando la batalla.
El muchacho miró al alazán, que aprovechó su distracción para resoplarle directamente en la cara. Él parpadeó, salpicado, y soltó una risa avergonzada.
—Sí. Bueno. No. Quiero decir, sí, me está ganando, pero no, no necesito ayuda. O sea, necesito, pero no quiero molestarla. Es mi primer día y quiero demostrar que puedo.
—¿Tu primer día?
—Sí, comandante. Acabo de ascender. Era escudero del capitán Darian y ayer me dieron el uniforme. —Señaló su jubón con un orgullo que no podía disimular—. Mi nombre es Kael. Bueno, Kael de la casa Veren, pero aquí solo Kael. O eso me han dicho. Que aquí los títulos no importan.
Hablaba rápido. Muy rápido. Como si las palabras se le atropellaran en la boca y no pudiera decidir cuál soltar primero.
Elysia sonrió. No pudo evitarlo.
—Tranquilo, Kael. Respira.
Kael respiró. O lo intentó.
—Perdón, comandante. Es que... es usted. La comandante Elysia. He oído historias.
—¿Historias?
—Dicen que luchó contra diez hombres usted sola. Que puede partir una espada con las manos. Que una vez derrotó a un espía sin despertar a nadie.
Elysia arqueó una ceja.
—¿Eso dicen?
—Y que tiene ojos dorados que brillan en la oscuridad. —Kael se puso aún más rojo—. Eso... eso no debería haberlo dicho. Acabo de meter la pata. Es mi primer día y ya la he ofendido.
—No me has ofendido.
—¿No?
—No. Aunque lo de los ojos que brillan en la oscuridad es nuevo. Tendré que preguntarle a Lian si ella empezó ese rumor.
Kael pareció aliviado. Su sonrisa era amplia, sincera, de esas que iluminan el rostro entero.
—Entonces... ¿puedo ayudarla con algo, comandante? Quiero ser útil.
Útil. Otra vez esa palabra. Pero en boca de Kael sonaba distinta. No era una obligación. Era un deseo genuino.
—Puedes empezar por ganarle la batalla a ese caballo —dijo Elysia—. Y luego presentarte al capitán de guardia. Él te asignará un puesto.
—Sí, comandante. Gracias, comandante. Lo haré, comandante.
—Y Kael.
—¿Sí?
—Deja de llamarme comandante cada tres palabras. Con Elysia basta.
Kael abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir. Finalmente, asintió con una sonrisa tímida.
—Sí, com... Elysia.
Se giró hacia el caballo con renovada determinación. El animal lo miró con lo que Elysia habría jurado que era sarcasmo equino. Pero Kael no se amilanó. Le habló en voz baja, le acarició el hocico, y poco a poco, el alazán dejó de resoplar.
Elysia se quedó observando un momento más. El muchacho le recordaba a alguien. Quizá a ella misma, en su vida anterior, cuando entrenaba con chicos más grandes y no se rendía aunque el mundo le dijera que no podía. Había algo en su energía, en su torpeza entusiasta, que resultaba contagioso.
Una tos a su espalda la sacó de sus pensamientos.
—¿Haciendo amigos, comandante?
Se giró. Aster estaba a unos pasos, con las riendas de su caballo en la mano. Había desmontado sin hacer ruido, como siempre. Sus ojos grises iban de Elysia a Kael y de vuelta a Elysia.
—Saludando al nuevo —respondió ella—. Se llama Kael. Acaba de ascender.
—Lo sé. Yo aprobé su ascenso.
—¿Tú?
—Darian dijo que tenía potencial. —Aster hizo una pausa—. Demasiado blando, pero potencial.
Elysia miró a Kael, que ahora estaba abrazado al cuello del caballo como si fueran viejos amigos. Demasiado blando, sí. Pero quizá eso no era malo. Quizá el castillo necesitaba algo de blandura entre tanto hierro.
—Es... distinto —dijo Elysia.
—Distinto no es necesariamente bueno.
—Tampoco es necesariamente malo.
Aster la miró. Esos ojos grises que tanto la desconcertaban se detuvieron en ella un instante más de lo necesario.
—Ya veremos —dijo al fin—. Mañana entrena con el resto. Si sobrevive a Darian, quizá tengas razón.
Tiró de las riendas y se fue hacia los establos sin añadir nada más. Elysia se quedó en la entrada, con el frío de la noche rozándole las mejillas y una sensación extraña en el pecho.
Kael. El caballero nuevo. Tierno, tímido, energético. Una chispa de luz en un castillo de sombras.
Algo le decía que ese muchacho iba a darle más de una sorpresa.