Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
NovelToon tiene autorización de Juna C para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
Adalia estaba a punto de salir de la taberna.
El aire frío de la noche ya se colaba por la puerta abierta cuando, de repente
¡Pum!
Chocó contra algo duro.
Un pecho firme.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano fuerte la sujetó del brazo y la arrastró hacia un lado oscuro del edificio, lejos de la entrada.
—¡Suélteme! —susurró Adalia con rabia mientras forcejeaba.
Intentó soltarse, pero la persona que la sostenía era mucho más fuerte que ella.
—Señorita Adalia, tranquila.
La voz masculina habló en voz baja.
Pero Adalia, aún nerviosa por la persecución, siguió intentando liberarse.
—¡Déjeme!
El hombre suspiró suavemente.
Luego se quitó la capa que cubría su rostro.
—Tranquila, señorita Adalia. No intento hacerle daño.
La luz de la luna iluminó su rostro.
—Mi nombre es Tristán. Soy guardia del emperador.
Adalia parpadeó sorprendida.
—¿Un… guardia del emperador?
Lo miró con desconfianza.
—¿Qué hace un guardia del emperador en un lugar como este?
Tristán levantó una mano en gesto de calma.
—Disculpe por haberla agarrado así.
Se asomó ligeramente hacia la entrada de la taberna.
Sus ojos recorrieron el lugar con atención.
Los hombres que habían salido detrás de adalia ya no estaban.
Probablemente habían vuelto adentro.
Tristán volvió a mirar a Adalia.
—Solo intentaba ayudarla. Parecía que estaba huyendo de alguien.
Adalia lo observaba con cautela.
No confiaba en él.
No completamente.
—Eso no responde mi pregunta.
Tristán se rascó la mejilla con cierta incomodidad.
Miró hacia otro lado.
—Digamos que… estaba cumpliendo una misión.
Adalia entrecerró los ojos.
—¿En una taberna?
Tristán soltó una pequeña risa.
—Las misiones pueden llevar a lugares curiosos.
Luego añadió:
—Pero ya he terminado.
Guardó silencio un momento antes de decir:
—Señorita Adalia, es muy tarde para que ande sola por estos lugares.
Adalia se cruzó de brazos.
—Tenía cosas que hacer.
Tristán alzó una ceja, claramente dudando.
Pero no insistió.
En cambio dijo:
—Permítame acompañarla de regreso a la mansión.
Adalia lo miró de reojo.
No le gustaba la idea.
Pero después de lo que había pasado dentro de la taberna… tampoco era buena idea quedarse sola en ese lugar.
Finalmente suspiró.
—Bien.
El camino de regreso fue silencioso.
Solo se escuchaban los cascos de los caballos golpeando el suelo bajo la luz de la luna.
Adalia iba perdida en sus pensamientos.
Las armas.
La conspiración.
La traición.
Y esa voz.
Esa maldita voz que conocía tan bien.
Cuando llegaron a la mansión, Tristán detuvo su caballo.
—Hemos llegado.
Adalia bajó del suyo.
—Gracias.
Tristán inclinó ligeramente la cabeza.
—Buenas noches, señorita Adalia.
Pero mientras ella caminaba hacia la mansión…
Tristán la observó en silencio.
En su mente solo había un pensamiento.
Debo informarle al emperador.
Después de todo, esa había sido su orden.
Vigilarla.
Desde el momento en que Azrael se lo pidió, Tristán no había dejado de observar los movimientos de la joven.
Cuando la vio salir de la mansión esa noche, la siguió.
Había permanecido fuera de la taberna vigilando.
Pensando que tal vez ella saldría pronto.
Pero al ver que tardaba tanto… estaba a punto de entrar cuando chocaron en la puerta.
Tristán suspiró.
Aquella noche definitivamente tenía mucho que contar.
Mientras tanto, Adalia entró a la mansión lo más silenciosamente posible.
Los pasillos estaban oscuros y tranquilos.
Subió las escaleras con cuidado.
Y finalmente llegó a su habitación.
Cerró la puerta.
Se sentó lentamente en la cama.
Su mente seguía dando vueltas.
Las palabras que había escuchado en la taberna repetían una y otra vez en su cabeza.
Las armas.
La boda.
Las minas.
La caída del emperador.
Adalia apretó las manos sobre la falda.
—Esto es peor de lo que pensé…
Levantó la mirada hacia la ventana.
La luna llena brillaba en el cielo.
Y algo dentro de ella le decía que acababa de descubrir algo que podría cambiar el destino del reino.
Pero también sabía algo más.
Aún no entendía todo el plan.
Y lo que más la inquietaba…
Era esa voz.
Esa era la voz de Godric.
—Maldito… —murmuró.
Adalia estaba sentada en la cama, todavía vestida con la misma ropa, pensando una y otra vez en todo lo que había escuchado en la taberna.
Apoyó la espalda contra el respaldo de la cama, mirando el techo mientras intentaba ordenar sus pensamientos.
—Esto es un desastre… —murmuró en voz baja.
En algún momento, sin darse cuenta, el cansancio terminó ganándole.
Sus ojos se cerraron.
Y el sueño la venció.
A la mañana siguiente…
—Señorita.
Una voz suave la sacó del sueño.
—Señorita Adalia.
Adalia frunció ligeramente el ceño, moviéndose entre las sábanas.
—Mmm…
Abrió los ojos lentamente.
La luz del sol ya entraba por la ventana.
Frente a ella estaba Nina.
La doncella sostenía una bandeja… y un sobre elegante.
—Le ha llegado una carta.
Adalia se sentó en la cama, aún medio dormida.
—¿Una carta?
Se pasó una mano por el cabello, todavía desordenado.
—¿De quién?
Nina extendió el sobre.
—No lo sé, señorita… pero el sello es del palacio.
Eso hizo que Adalia despertara un poco más.
Tomó el sobre con curiosidad.
El papel era fino.
Elegante.
Y el sello de cera roja tenía grabado el símbolo imperial.
Adalia rompió el sello con pereza.
Pero en cuanto desplegó la carta…
El sueño desapareció por completo.
Sus ojos se abrieron.
—…
Sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies.
—¿Qué ocurre, señorita? —preguntó Nina con curiosidad.
Adalia bajó lentamente la carta.
—Es…
Miró el sello otra vez.
—Del emperador.
Nina abrió ligeramente los ojos.
—¿Del emperador?
Adalia volvió a mirar la carta.
El mensaje era breve.
Directo.
El emperador solicitaba su presencia en el palacio.
Adalia soltó un largo suspiro.
Se dejó caer hacia atrás sobre la cama.
—Ah…
Miró el techo con expresión resignada.
—Al parecer el cielo me mandó una señal.
Nina ladeó la cabeza.
—¿Señal?
Adalia levantó la carta otra vez.
—Sí.
Luego murmuró para sí misma:
—Supongo que tendré que ir al palacio…
Giró la cabeza hacia la ventana.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Y contarle todo lo que escuché al emperador.
Después de todo…
Aquella conspiración no era algo que pudiera guardar para sí sola.
Especialmente cuando la vida del emperador estaba en juego.
Y por alguna razón…
Adalia tenía la extraña sensación de que esa reunión con el emperador sería muy interesante.
•
•
•
•