A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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La puerta de al lado
Un silencio inquietante recorrió mi mente mientras masticaba la última fresa. Era raro, tan raro, querer saber si el vecino estaba ahí. ¿Por qué me importaba tanto? Era solo un extraño, alguien que había llegado hacía unos días y que apenas había cruzado dos palabras conmigo. Pero esa ausencia de ruido, ese vacío del otro lado de la pared, se había convertido en una espina clavada en mi curiosidad.
Recordé ese viejo refrán que mi abuela repetía cada vez que metía las narices donde no debía: "La curiosidad mató al gato." Sonreí para mis adentros. Pues entonces eso iba a hacer. Iba a matar al gato, o al menos, a saciar a la curiosidad.
Me vestí decente: unos jeans ajustados, una blusa blanca sencilla, el pelo recogido en una coleta baja. No quería parecer sospechosa, solo una vecina amable y aburrida. Salí al pasillo y caminé los pocos pasos que separaban mi puerta de la de él. Respiré hondo, y toqué suavemente con los nudillos.
Tap, tap.
Esperé. El silencio del pasillo se alargó unos segundos, y por un momento pensé que no habría respuesta. Pero entonces, la puerta se abrió.
Ahí estaba. Mateo, el nuevo vecino. Llevaba un delantal de cocina a rayas, salpicado con lo que parecía harina, y sostenía una espátula en la mano. Su sonrisa fue amable, aunque sus ojos se entrecerraron ligeramente al verme, como si mi visita lo hubiera tomado por sorpresa.
—¡Hola! —dije, forzando mi voz a un tono alegre y despreocupado—. Estaba algo aburrida y sola en mi casa, y pensé en pasar a ayudarte. Debes estar muy ocupado con la mudanza y todo eso.
Él parpadeó, claramente desconcertado. Su mirada recorrió mi rostro como si buscara algo, alguna pista de mis intenciones. Pero finalmente, su sonrisa se amplió y se apartó de la puerta.
—Pasa, no tengas pena —dijo, y su voz sonó tan normal como la primera vez—. Estaba haciendo pan, pero no es nada del otro mundo. Si quieres, podemos tomar un café.
Entré al departamento y lo recorrí con la mirada mientras él cerraba la puerta. Era idéntico al mío en distribución, pero la decoración era extrañamente... impersonal. Paredes blancas sin cuadros, muebles básicos, sin adornos, sin plantas, sin nada que indicara que alguien vivía realmente allí. Excepto la mesa del comedor, donde había un tazón con masa y un par de libros de cocina.
Me senté en el sofá, incómoda, mientras él se movía por la cocina con una soltura ensayada.
—Nunca siento tu voz —dije, tratando de sonar casual—. ¿No haces ruido? ¿O es para no molestar?
Él rió, un sonido corto y educado.
—No es eso —respondió, sin volverse—. La mayoría del tiempo trabajo y casi nunca estoy en casa. Salgo temprano, vuelvo tarde. Es una vida aburrida, la verdad.
La respuesta no era sospechosa, pensé. Mucha gente tiene horarios así. Pero algo en la forma en que lo dijo, en la rapidez con que desvió la mirada, me hizo fruncir el ceño.
—¿Y a qué te dedicas? —pregunté, inclinándome hacia adelante.
—Diseño gráfico —respondió, encogiendo los hombros—. Trabajo desde casa la mayoría del tiempo. Bueno, en casa, pero con horarios raros.
La explicación era coherente. Demasiado coherente, quizás. Pero no tenía pruebas de nada, solo esa sensación incómoda que se instalaba en mi estómago.
Entonces, mis ojos se posaron en la mesa de centro. Había una foto, enmarcada, que no había visto antes. Una chica, morena, pelo largo, sonriendo a la cámara. Mi corazón dio un vuelco.
La misma chica. La del cartel de desaparecida.
Antes de que pudiera procesarlo, Mateo se acercó rápido y tomó la foto, colocándola boca abajo sobre la mesa con un movimiento rápido y nervioso.
—Oh, eso es solo una foto vieja —dijo, y su sonrisa ahora parecía forzada—. Algo insignificante. No le des importancia.
"Algo insignificante". Nadie guarda una foto de una chica desaparecida y la llama insignificante. Mi mente comenzó a armar un rompecabezas que no quería completar.
—¿Es tu novia? —pregunté, tratando de sonar casual.
—No —respondió demasiado rápido—. Solo una amiga. Vive lejos, no la veo mucho.
Mintió. Lo supe por la forma en que sus dedos se aferraron al borde de la mesa, por el tic en su mandíbula. Pero no insistí. No quería levantar sospechas.
La conversación que siguió fue extraña. Hablamos del clima, de la ciudad, de cosas sin importancia. Pero cada vez que intentaba acercarme a temas personales —su familia, de dónde venía, cuánto tiempo llevaba en la ciudad— él desviaba el tema con una habilidad que parecía ensayada. Como si estuviera evitando decir algo. Como si supiera algo que yo no.
Después de media hora, me levanté.
—Bueno, mejor me voy —dije, sonriendo aunque por dentro sentía una opresión en el pecho—. Tengo que preparar mi transmisión. Ha sido agradable.
—Igualmente —respondió él, y esta vez su sonrisa era genuina, casi aliviada—. Pasa cuando quieras.
Salí de su departamento y cerré la puerta detrás de mí. Una vez en el pasillo, me apoyé contra la pared y exhalé el aire que no sabía que estaba conteniendo. Mi corazón latía fuerte, pero no de miedo. De sospecha.
¿Qué escondía ese tipo? ¿Por qué tenía una foto de Laura?
Entré a mi casa, cerré con llave, y me quedé un momento en la entrada, procesando todo. Algo no cuadraba. La forma en que había evitado mis preguntas, la foto que ocultó, el departamento vacío de personalidad. Era como si estuviera viviendo allí sin vivir realmente.
Pero no tenía pruebas. Solo mi intuición, que ahora estaba en alerta máxima.
Me preparé algo ligero para almorzar: un sándwich de pavo y queso, y un vaso de jugo. Comí de pie, mirando por la ventana, pensando. Luego fui al estudio, encendí la computadora y abrí la plataforma de transmisión.
Necesitaba distraerme. Necesitaba volver a lo que hacía bien, a lo que me hacía sentir viva. Y sobre todo, necesitaba alejar la imagen de esa foto boca abajo sobre la mesa.
Elegí un juego nuevo que había descargado hacía unos días, un indie de terror psicológico que prometía una historia profunda. Algo para sumergirme, para olvidar.
Inicié la transmisión con una sonrisa que esta vez fue más fácil de poner.
—¡Hola, chicos! —dije, ajustando el micrófono—. Hoy vamos a probar algo nuevo. ¿Listos para asustarnos un poco?
Los comentarios comenzaron a llegar como un río. "Val está de vuelta", "Qué bien verte", "Este juego se ve increíble". Por un momento, todo fue normal.
Pero entonces, mientras el juego cargaba, vi algo en la esquina de la pantalla. Una notificación de mi correo electrónico, con un remitente que no reconocía.
El asunto decía: "Para Valeria".
Abrí el correo con el corazón latiendo fuerte. Solo tenía un enlace y una frase:
"Juega este. Te gustará más que el anterior. – L."
Mi mano tembló sobre el mouse. Pero respiré hondo, cerré el correo y volví a la transmisión.
"No voy a dejar que me controlen", pensé.
Pero el enlace, el nombre de la chica, la foto en la mesa del vecino... todo comenzaba a encajar en un rompecabezas que no estaba segura de querer resolver.