Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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Deseo sensorial activado y un vecino de infarto
Hablemos claro señores, señoras y señoritas...si alguien me hubiera dicho que un mes después de conocer a Trébol Armstrong yo seguiría yendo a su gimnasio como un imbécil funcional, habría dicho que exageraba.
Si me hubieran dicho que además seguiría fracasando miserablemente en mi intento de conquistarlo, habría pedido pruebas.
Y si me hubieran dicho que ese mismo omega terminaría viéndome con el brazo roto, despeinado, de mal humor y emocionalmente desnudo en la sala de su casa, directamente habría cambiado de abogado porque claramente el universo estaba preparando una humillación demasiado específica.
Pero, como ya había quedado bastante claro en mi vida, el universo tenía un sentido del humor deplorable.
El problema con Trébol no era solo que me gustara. (Y si soy conciente de que estoy faltó de afecto)
El problema era que no se parecía a nadie que hubiera conocido antes.
No le importaba mi apellido.
No le impresionaba mi coche o mi cuenta de banco.
No se reía de mis chistes por cortesía.
No se ablandaba cuando yo usaba mi mejor voz de abogado razonable.
No retrocedía.
No me adulaba.
No competía conmigo.
No se vendía. Y menos no se dejaba embaucar por ningún otro alfa. (Lo que me daba tranquilidad porque no era el único rechazado)
No me daba ni un centímetro de ventaja al igual que el resto que asistía al gym solo para ligar.
Y yo, que había crecido entre alfas con ego de guerra y omegas educados para sonreír en el momento correcto, no sabía muy bien qué hacer con un hombre que parecía inmune a todo lo que normalmente inclinaba la balanza a mi favor.
Un mes.
Llevaba un mes asistiendo al gimnasio como un ciudadano ejemplar y, de paso, acumulando una colección de rechazos elegantes que empezaba a parecer un hobby caro. Muchos a la semana se dieron por vencidos.
—Baja más —ordenó Trébol, de pie frente a mí con los brazos cruzados.
Yo estaba haciendo una sentadilla búlgara con la pierna izquierda temblando y la dignidad desintegrándose por segundos.
—No puedo bajar más sin demandarte.(sudaba como el mismo demonio)
—Sí puedes.
—¿Tu formación como terapeuta incluye sadismo o eso fue un curso aparte?
—Mi formación incluye reconocer cuándo alguien está dramatizando para no trabajar.
—Mi dolor es real. Soy el único que a regresado aqui.
—Tu actuación también está aquí.
Lo fulminé con la mirada desde mi posición indecorosa de hombre rico siendo torturado por un omega que olía a manzanas verdes y paciencia.
—Si muero aquí, dejaré una carta explicando que todo fue tu culpa.
—Perfecto. Pero primero haz ocho repeticiones más. Y si te quedan energías puedes escribir la.
—Eres una mala persona.
—Y tú estás inclinando el tronco. Corrige.
Lo corregí, por supuesto.
Porque eso era lo más preocupante de todo: con Trébol yo obedecía más de lo que discutía. O, mejor dicho, discutía mientras obedecía, lo cual era una versión bastante deprimente de la rendición.
Habíamos establecido una rutina peligrosa.
Yo iba tres veces por semana.
Trébol me destruía físicamente con una calma terapéutica que debería ser ilegal.
Yo coqueteaba.
Él me ignoraba, me corregía o me respondía con una frase lo bastante seca como para dejarme pensando dos horas.
Rafael se reía de mí cada vez que podía.
Y, aun así, yo seguía regresando.
Como un imbécil.
Como un masoquista.
Como un hombre con un problema perfectamente identificable y ninguna intención de resolverlo.
Lo peor era que, cuanto más tiempo pasaba cerca de Trébol, más claro tenía que no era solo deseo.
Deseo había, sí. En cantidades poco elegantes.
Pero también había otra cosa. Curiosidad. Paz. Una clase de interés más profundo, más incómodo. Trébol no hablaba mucho de sí mismo. Sabía poner límites con la precisión de un cirujano plástico. Nunca me contaba nada que no quisiera contarme. A veces se reía conmigo, a veces de mí, y otras veces me miraba con esa atención tranquila que me hacía sentir como si viera cosas que yo llevaba años escondiendo debajo del traje y la ironía.
Y eso, para alguien como yo, era peligrosísimo.
Aquella noche llegué tarde a casa.
Había salido de la oficina casi a las diez, después de una reunión eterna con clientes incapaces de tomar decisiones y socios que disfrutaban demasiado escuchar su propia voz. Me dolían los hombros, tenía hambre y mi tolerancia social estaba oficialmente muerta.
Aparqué el Maserati frente a la casa y tardé un momento en salir.
La calle estaba tranquila, con esa clase de silencio elegante que suele envolver los vecindarios caros cuando la gente decente ya está cenando o durmiendo. Las luces exteriores de las casas iluminaban los jardines impecables, las entradas de piedra, los ventanales demasiado perfectos.
Y entonces lo vi.
Trébol estaba en la entrada de la casa de al lado, la maldita casa de al lado, cargando dos bolsas grandes de supermercado en un brazo y una caja mediana en el otro como si el peso no fuera con él. Llevaba una camiseta blanca ajustada, pantalón deportivo negro y el cabello un poco húmedo, peinado hacia atrás de cualquier manera. Debía de haber salido de bañarse o de entrenar, porque incluso desde la distancia parecía recién lavado, fresco, insultantemente atractivo.
Mi cuerpo lo reconoció antes que mi cerebro.
Y ese olor a manzanas verdes.
El aroma llegó suave con el aire nocturno y me dejó clavado en el sitio como un adolescente sin experiencia.
Fue absolutamente perfecto.
Cerré la puerta del coche con más cuidado del necesario y traté de caminar hacia mi casa con la serenidad de un hombre que no acababa de descubrir que el objeto de su desgracia romántica vivía literalmente a pocos metros de su cama.
Trébol levantó la vista al escucharme tararear una canción a propósito.
Sus ojos verdes se posaron en mí un segundo y, para mi desgracia, sonrió.
No una sonrisa enorme.
Solo esa pequeña curva en la boca que bastaba para arruinarme el pulso.
—¿Somos vecinos?—dijo.
Me detuve a mitad del sendero de piedra.
—Entrenador. Eso parece... Que coincidencia.
Trébol apoyó una de las bolsas en el suelo para buscar las llaves en el bolsillo.
—Mira que toparme con un abogado con movilidad dudosa.
—Eres un omega con tendencias tiránicas.
—Cliente quejumbroso.
—Hombre insoportable y ahora te tengo que aguantar aquí también.
Él soltó una risa baja, casi cansada.
—Qué agradable encontrarte en un contexto no deportivo.
Me acerqué un poco, metiéndome las manos en los bolsillos del pantalón para evitar la tentación absurda de ayudarlo a cargar nada solo por tener una excusa para estar más cerca.
—Empiezo a pensar que me sigues.
—Claro —dijo, encontrando por fin la llave—. Compré una casa al lado de la tuya y abrí un gimnasio entero para vigilar tus sentadillas.
—Sabía que estabas obsesionado conmigo. Me veo bien y tu estás haciendo que me vea mucho mejor... Lastima que soy soltero amargado. Solo me gusta mi entrenador... No puede gustarme también mi vecino... A menos que sea el mismo.
—No te emociones. Si estuviera obsesionado, tus glúteos ya funcionarían mejor. Vecino o entrenador soy el mismo.
Lo miré con ofensa.
—No puedo creer que sigas usando esa parte de mi anatomía como tema de conversación.
—Puedo, porque lo hago con frecuencia.
Abrió la puerta, empujó con la cadera y recogió de nuevo las bolsas.
—¿Vives solo? —pregunté, antes de pensar si era una pregunta demasiado personal.
Trébol se giró apenas hacia mí.
—Sí.
—¿Y no te da miedo?
—Generalmente así funciona vivir solo. Y no no me da miedo. Aunque vivo solo mi familia me visita regularmente.
—Eres insoportable incluso fuera del gimnasio.
—Y aun así me hablas.
Tenía razón, maldita sea.
Avancé un poco más y entonces pude ver el interior del garaje lateral abierto. No estaba vacío. Había un espacio adaptado con máquinas, mancuernas, banco de pesas, cuerdas, colchonetas y una estructura funcional bastante más completa que muchos gimnasios comerciales.
Lo miré de reojo al acercarme a la baranda de metal.
—No me digas que además tienes un gimnasio privado en casa.
—No lo digo. Lo estás viendo.
—¿Te das cuenta de que eso te convierte en una persona peligrosamente autosuficiente?
—Lo sé. Es una tragedia para los hombres con complejo de salvador.
Sonreí, porque honestamente ya no sabía hacer otra cosa con él.
—Yo no tengo complejo de salvador.
Trébol se quedó en el marco de la puerta, una bolsa en cada mano, y me dedicó una mirada larga, serena, casi divertida.
— Bueno, vecino... Hablamos luego voy a preparar la cena.
—¿Me estás invitando?
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