Tras una dolorosa traición amarosa, Jane Macdogal ha cerrado las puertas de su corazon y se ha refugiado por completo en su trabajo como directora de una prestigiosa revista de moda en Nueva York. Sin embargo, su mundo se tambalea cuando el dueño de la empresa le anuncia un auditoria de emergencia para vender la compañia. El encargado de revisarlo todo es Adam Preston, un misterioso y actractivo experto en financias que revoluciona la vida de Jane desde su desastroso primer encuentro en el aeropuerto. Obligados a convivir dia y noche, y tras un accidentado viaje a la semana de la moda de París, la innegable atracción fisica da paso a un secreto mucho mas peligroso. Lo que comenzaba como una simple revision de numeros se convertira en una carrera a contrareloj para salvar la empresa. En un juego donde las apariencias engañan y los enemigos acechan en las sombras, Jane y Adam deberan aprender a confiar el uno en el otro si quieren salvar la empresa y sus propias vidas.
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CAPÍTULO DIEZ . EN LA MIRA
La llegada de Víctor a la oficina no fue casualidad, y pronto entendí que su presencia iba mucho más allá de una simple visita. Era un hombre que imponía respeto, con esa mezcla de elegancia y frialdad que solo alguien acostumbrado a manejar hilos invisibles puede tener. Su mirada, calculadora y penetrante, parecía medir cada palabra, cada gesto.
- Jane\, Adam -dijo con voz firme y sin perder la sonrisa profesional-\, creo que tenemos que aclarar algunas cosas.
Adam se sento tranquilamente, sin perder la compostura.
- Víctor\, justo hablamos de ti hace un momento. ¿Podrías explicarnos por qué alguien ha intentado borrar archivos importantes de la empresa?
Víctor se encogió de hombros, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
- En esta empresa\, como en todas\, hay información delicada. A veces se cometen errores\, y otras\, se toman decisiones difíciles para proteger el negocio. Pero te aseguro que nada ilegal se está haciendo.
Jane sintió un nudo en la garganta. Sabía que Víctor mentía, y que detrás de esa fachada había algo mucho más oscuro.
- ¿Y qué hay de “Servicios Integrales Vega”? -preguntó Adam\, sin perder la calma-. Las facturas y contratos con esa empresa no aparecen en ningún registro oficial.
Víctor frunció el ceño, por primera vez mostrando una sombra de molestia.
- No sé de qué hablas. Eso es cosa del departamento financiero\, no mía.
Adam intercambió una mirada con Jane, y ambos supieron que Víctor era una pieza clave en el misterio que querían desentrañar.
Mientras Víctor se retiraba, Rose apareció en la puerta con una expresión preocupada.
- Jane\, Adam\, tenemos que hablar. He descubierto algo que puede cambiarlo todo.
Nos sentamos en el despacho, y Rose desplegó una serie de correos electrónicos que había encontrado en la cuenta de un empleado que recientemente había dejado la empresa. Los mensajes hablaban de pagos irregulares, sobornos y amenazas veladas.
- Esto no solo es fraude -dijo Rose-\, hay algo mucho más grande detrás. Alguien está usando la empresa para lavar dinero.
Adam se quedó en silencio, procesando la información.
- Esto explica por qué Stone quería vender tan rápido. Y por qué Víctor está tan nervioso.
Jane sintió que el peso de la verdad caía sobre sus hombros, pero también que la lucha que habían comenzado era más urgente que nunca.
En medio de la investigación, la relación entre Jane y Adam se volvió más intensa. Las largas horas juntos, la complicidad en la batalla contra la corrupción, y la vulnerabilidad que ambos empezaban a mostrar, tejían una conexión que ninguno de los dos había previsto.
Una tarde, mientras revisaban documentos en la oficina casi vacía, Adam tomó la mano de Jane sin darse cuenta.
- Jane... -susurró\, con la voz cargada de emoción-\, sé que esto es complicado\, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo\, no solo como socio en esto\, sino como algo más.
Jane sintió que el corazón le latía con fuerza. Miró sus manos entrelazadas y luego a Adam, y supo que ese era solo el comienzo de algo mucho más profundo.
Pero justo cuando parecía que avanzaban, una llamada anónima cambió el rumbo de la investigación.
- Si quieren salvar la empresa\, dejen de buscar o sufrirán las consecuencias -advirtió una voz distorsionada.
Jane y Adam se miraron, conscientes de que estaban en peligro, pero también más decididos que nunca a llegar hasta el fondo.
—No nos van a intimidar con una llamada cobarde —declaró Adam con voz firme, apretando el auricular del teléfono antes de colgarlo de golpe.
Su mandíbula estaba rígida y sus ojos azules centelleaban con una mezcla de furia y determinación. Se giró hacia mí y, al ver el evidente temblor en mis manos, acortó la distancia entre los dos y me tomó suavemente por los hombros. Su tacto, cálido y firme, actuó como un ancla en medio de la tormenta de miedo que amenazaba con desbordarme.
—Jane, mírame —pidió con suavidad, obligándome a clavar mis ojos en los suyos—. Sé que esto da pavor. A mí también me asusta lo que estas alimañas sean capaces de hacer, pero esa llamada solo demuestra una cosa: estamos muy cerca de destruirlos. Tienen miedo de lo que hemos descubierto y están desesperados por frenarnos.
—¿Y si cumplen su amenaza, Adam? —pregunté en un susurro, sintiendo que el aire faltaba en mis pulmones—. Ya no estamos hablando de números alterados o de una auditoría complicada. Esto es lavado de dinero, mafias, gente peligrosa. Si Víctor o el señor Stone descubren que Rose y Lucía nos están ayudando, todos estaremos en el punto de mira.
Adam suspiró, deslizando sus manos desde mis hombros hasta mis mejillas en un gesto tan íntimo y protector que me obligó a contener el aliento. La proximidad de su cuerpo y la intensidad de su mirada hicieron que el peligro de la oficina se desvaneciera por un instante, dejándonos a los dos en una burbuja de absoluta complicidad.
—No voy a permitir que les pase nada, ni a ti ni a tu equipo. Te lo prometí y lo voy a cumplir —aseguró, acariciando suavemente mi piel con el pulgar—. A partir de hoy, extremaremos las precauciones. No dejaremos ningún archivo físico en la oficina y transferiremos todas las copias digitales de Lucía a un servidor externo encriptado que tiene mi socio Max.
Asentí en silencio, reconfortada por su resolución, aunque la sombra de la duda seguía planeando sobre nosotros. Justo cuando iba a sugerir que saliéramos de la oficina para evitar miradas indiscretas, la silueta de Rose se recortó en el cristal esmerilado de la puerta, obligándonos a separarnos de inmediato para mantener las distancias profesionales.