Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.
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Capítulo 11: Sombras del pasado
La fotografía seguía sobre la cama.
Nica no podía apartar la vista de ella.
Era una imagen reciente, tomada apenas unas horas antes. Se veía sentada frente al mar con el vaso de café entre las manos, completamente ajena a que alguien la observaba.
Dio vuelta la fotografía.
"No importa cuánto huyas... el destino siempre encuentra el camino."
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Quién sos...? —susurró.
Caminó hasta la ventana y corrió apenas la cortina.
La calle estaba desierta.
Un poste de luz iluminaba la entrada de la pensión, pero no había nadie.
Respiró profundamente intentando convencerse de que todo tenía una explicación lógica.
Tal vez alguien quería asustarla.
Tal vez era una broma de mal gusto.
Sin embargo, en el fondo sabía que no era así.
Guardó la fotografía dentro del mismo cajón donde había escondido la primera nota.
—No voy a dejar que el miedo me haga volver atrás.
Apagó la luz.
Esa noche tardó mucho en quedarse dormida.
A la mañana siguiente, el despertador sonó a las seis en punto.
Nica apenas había dormido unas pocas horas.
Aun así, se levantó, se duchó y salió rumbo al Café del Puerto.
Mientras caminaba, no pudo evitar mirar varias veces por encima del hombro.
Las calles comenzaban a llenarse de movimiento.
Una señora paseaba a su perro.
Dos chicos iban en bicicleta rumbo a la escuela.
Un repartidor descargaba cajones de verduras frente a un supermercado.
Todo parecía normal.
Quizás demasiado normal.
Cuando llegó al café, Marta ya estaba amasando pan.
Apenas levantó la vista, notó el cansancio en el rostro de Nica.
—Dormiste poco.
—¿Se nota?
—Muchísimo.
Marta dejó la masa sobre la mesa y se acercó.
—¿Querés contarme qué pasó?
Nica dudó.
Sentía ganas de confiar en alguien.
Pero también sabía que cuanto menos personas conocieran su pasado, más segura estaría.
—Solo tuve una pesadilla.
Marta no parecía convencida, pero respetó su silencio.
—Entonces hoy el desayuno corre por mi cuenta.
Minutos después dejó frente a ella una taza de chocolate caliente y dos medialunas recién hechas.
—Comé tranquila antes de empezar.
Nica sonrió.
—Gracias.
—No tenés que agradecerme todo.
—Es que no estoy acostumbrada a que alguien haga cosas por mí... sin esperar algo a cambio.
Marta la observó con atención.
Había algo muy profundo detrás de esa frase.
Pero decidió no preguntar.
El café comenzó a llenarse rápidamente.
Los clientes habituales saludaban a Nica con una sonrisa.
—¡Buen día, señorita!
—¡Buenos días, don Ernesto!
—¿Hoy sí aprendiste a preparar mi café?
Ella levantó una ceja divertida.
—Hoy va a salir perfecto.
—Eso espero.
Las risas volvieron a llenar el local.
Por un momento, Nica olvidó la fotografía.
Olvidó las notas.
Olvidó incluso que alguna vez había sido la heredera Beaumont.
Allí solo era Nica.
Y le bastaba con eso.
Cerca del mediodía, la campanita de la puerta volvió a sonar.
Sin necesidad de mirar, Nica ya sabía quién era.
—Buenos días.
—Buenos días.
Él sonrió.
—Parece que ya reconocés mis pasos.
Ella sintió un poco de vergüenza.
—No... es que...
—Tranquila. Yo también ya reconozco tu voz.
Aquellas palabras la hicieron sonreír.
—¿El café de siempre?
—Sí... pero hoy agregale una porción de torta de manzana.
—¿Un cambio de rutina?
—A veces hace falta.
Mientras preparaba el pedido, Nica lo observó de reojo.
Siempre llegaba solo.
Siempre vestía de manera elegante, pero sin llamar la atención.
Nunca hablaba de su trabajo.
Nunca preguntaba demasiado.
Era como si ambos hubieran hecho un acuerdo silencioso de respetar los secretos del otro.
Cuando llevó el pedido a la mesa, él cerró la computadora.
—Gracias.
—De nada.
—¿Cómo estuvo tu noche?
La pregunta la sorprendió.
Por un instante pensó en contarle lo de la fotografía.
Pero cambió de idea.
—Un poco larga.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Tenés cara de haber pensado demasiado.
Nica soltó una pequeña risa.
—¿Siempre analizás tanto a las personas?
—Es una costumbre difícil de perder.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿A qué te dedicás?
Por primera vez desde que se conocían, el hombre quedó en silencio.
Sonrió con calma.
—Digamos que resuelvo problemas.
Nica arqueó una ceja.
—Esa respuesta dice muy poco.
—Lo sé.
Y, por alguna razón, los dos terminaron riéndose.
Sin darse cuenta, la conversación empezaba a fluir con una naturalidad que ninguno de los dos esperaba.
Pero muy lejos de allí, alguien acababa de colocar un sobre sobre el escritorio de Richard Beaumont.
Dentro había una única fotografía.
La misma que había llegado a manos de Nica.
Solo que esta vez, al pie de la imagen, había una dirección escrita con tinta negra:
Puerto Azul
Richard Beaumont permaneció inmóvil observando la fotografía.
Durante varios segundos nadie en la oficina se atrevió a hablar.
Alexander fue el primero en romper el silencio.
—¿Es ella?
Richard pasó lentamente los dedos por el borde de la imagen.
No necesitaba acercarla más.
Conocía a su hija mejor que nadie.
Reconocería esa sonrisa en cualquier parte del mundo.
—Sí...
Su voz apenas fue un susurro.
—Es Nica.
Gabriel tomó la fotografía con rapidez.
—¿Quién la envió?
Richard abrió el sobre nuevamente.
No había nombre.
No había dirección del remitente.
Solo una ciudad escrita con tinta negra.
Puerto Azul.
Lucas sintió cómo el corazón le daba un vuelco.
Su hermana estaba viva.
Era la única noticia que realmente le importaba.
Richard caminó hasta el enorme ventanal de la oficina.
Durante días había imaginado ese momento.
Pensó que, cuando encontrara una pista, sentiría alivio.
Pero ocurrió todo lo contrario.
La preocupación creció.
Si alguien había podido fotografiar a Nica tan de cerca, significaba que ella ya no estaba sola.
—Preparen el avión.
Alexander levantó la vista.
—¿Vamos nosotros?
—No.
Richard negó lentamente.
—Todavía no.
Los tres hermanos se miraron confundidos.
—Si aparecemos de repente, Nica volverá a escapar.
Gabriel apretó los puños.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Richard respiró profundamente.
—Primero quiero saber cómo está viviendo.
Con quién habla.
Dónde trabaja.
Quiénes la rodean.
No pienso volver a perderla.
Lucas guardó silencio.
Por primera vez sintió miedo.
Si su padre descubría demasiado pronto la nueva vida de Nica, todo aquello que ella había construido podía desaparecer en un instante.
Mientras tanto...
El Café del Puerto seguía lleno de clientes.
Nica llevaba varias tazas en una bandeja mientras conversaba con los habituales.
—Señor Ernesto, hoy sí le hice el café perfecto.
El hombre dio un sorbo.
Cerró los ojos exageradamente.
—Mmm...
Nica esperó nerviosa.
—¿Y?
—Ahora sí.
Ella levantó los brazos en señal de victoria.
Todos comenzaron a reír.
Incluso el misterioso hombre de los ojos grises observó la escena con una sonrisa discreta.
Había algo especial en aquella joven.
Cada día parecía más segura.
Más feliz.
Más libre.
Cuando el movimiento disminuyó, Nica se acercó a su mesa.
—¿Necesitás algo más?
Él negó con la cabeza.
—Solo una respuesta.
Ella frunció el ceño.
—¿A qué?
—¿Por qué elegiste Puerto Azul?
Nica quedó completamente inmóvil.
Era una pregunta sencilla.
Pero también muy peligrosa.
No podía decirle la verdad.
Respiró hondo antes de contestar.
—Porque nadie me conocía.
Él sostuvo su mirada durante unos segundos.
No parecía conforme con aquella respuesta.
Pero tampoco insistió.
—A veces empezar de cero es la decisión más valiente.
Nica sonrió.
—¿Vos también empezaste de cero alguna vez?
Él bajó la vista hacia su taza.
Por primera vez, la expresión tranquila de su rostro cambió.
Había tristeza.
Una tristeza profunda.
—Sí...
Su respuesta fue casi un susurro.
—Y perdí muchas cosas en el camino.
Nica sintió el impulso de seguir preguntando.
Quería conocer su historia.
Pero entendió que todos tenemos heridas que solo contamos cuando estamos preparados.
Así que cambió de tema.
—Todavía no sé tu nombre.
Él sonrió.
—Tenés razón.
Durante unos segundos pareció debatirse entre responder o no.
Entonces sacó una tarjeta del bolsillo interno de su saco.
La dejó sobre la mesa.
—Cuando llegue el momento... lo vas a saber.
Nica tomó la tarjeta.
Estaba completamente en blanco.
No tenía nombre.
No tenía teléfono.
No tenía ninguna inscripción.
Solo un pequeño símbolo plateado grabado en una esquina.
Levantó la vista.
—¿Es una broma?
Él soltó una risa.
—No.
—Entonces no entiendo.
—Todavía no.
Y se puso de pie.
Dejó el dinero exacto sobre la mesa.
—Hasta mañana, Nica.
Ella observó cómo salía del café.
Volvió a mirar la tarjeta.
Seguía sin comprender nada.
Marta apareció detrás de ella.
—¿Qué es eso?
—No lo sé...
La mujer tomó la tarjeta unos segundos.
—Qué raro...
Nica la guardó dentro del bolsillo del delantal.
Sin imaginar que aquel pequeño símbolo pertenecía a una de las corporaciones más importantes del mundo.
Y que, muy pronto, descubriría que el hombre misterioso no había llegado a Puerto Azul por casualidad.
Mientras tanto, a miles de kilómetros de allí, un avión privado comenzaba a prepararse para despegar.
Richard Beaumont observaba por última vez la fotografía de su hija.
—Esperá un poco más, Nica...
—Papá ya sabe dónde estás.
Continuará...