Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 10
Capítulo 10
Grietas
El vestido azul fue lo que detonó todo.
Andrés llegó del trabajo un jueves por la noche, se quitó los zapatos en la entrada como siempre y fue a colgar su chamarra en el clóset del cuarto. Renata estaba en la cocina calentando sopa de lata, con el radio puesto en una estación de boleros que ninguno de los dos había elegido pero que nadie se molestaba en cambiar.
Oyó el chirrido de la puerta del clóset. Después, silencio. Después, la voz de Andrés desde la recámara:
—Reni, ¿de quién es este vestido?
El estómago de Renata se contrajo como un puño.
Fue al cuarto. Andrés estaba de pie frente al clóset abierto, con el vestido azul oscuro en una mano y una percha vacía en la otra. A su lado, en el piso, los zapatos planos de piel negra que Dante había mandado.
—Es mío —dijo Renata.
—¿Tuyo? —Andrés giró la etiqueta del vestido. Ella no necesitaba verla para saber lo que decía: una marca italiana que costaba más que tres meses de sueldo de ambos juntos—. ¿Desde cuándo compras ropa de esta marca?
—Me la prestaron. Una compañera de la facultad.
—¿Qué compañera?
—Del departamento de Relaciones Internacionales. Para un evento.
Andrés dejó el vestido sobre la cama con la lentitud de quien pone una carta sobre la mesa. Miró los zapatos. Miró a Renata. En sus ojos no había enojo todavía, solo esa confusión herida del que empieza a entender que las piezas no encajan.
—Reni, mírame a los ojos y dime que no hay otro hombre.
Las palabras le llegaron como un golpe bajo el esternón. No porque fueran injustas —la evidencia apuntaba exactamente a eso, un vestido caro, ausencias nocturnas, mentiras acumuladas— sino porque la verdad era peor que lo que Andrés imaginaba. No había otro hombre en el sentido que él creía. Había algo mucho más peligroso.
—No hay otro hombre, Andrés.
—Entonces explícame. —La voz de Andrés había bajado de volumen, lo cual era peor que si hubiera gritado. Cuando gritaba, estaba enojado. Cuando hablaba bajo, estaba herido—. Explícame el vestido. Explícame las noches que llegas tarde oliendo a perfume que no es tuyo. Explícame por qué tu teléfono siempre está boca abajo. Explícame por qué cada vez que te pregunto cómo estás, me contestas "bien" con la misma cara con la que le dirías "bien" a un desconocido.
Renata se sentó en la orilla de la cama. Sentía el marco de metal a través del colchón, frío contra la parte trasera de sus muslos. El radio de la cocina seguía sonando: un bolero sobre un amor que no se olvida. La ironía era insoportable.
—Es un trabajo, Andrés. Estoy haciendo traducciones para una empresa. Por la deuda de mi papá.
—¿Qué empresa?
El silencio duró demasiado.
—¿Qué empresa, Renata?
Usó su nombre completo. No "Reni." Renata. Eso era la frontera entre la discusión de pareja y algo más definitivo.
—No puedo decirte.
Andrés se pasó las manos por la cara. Caminó hasta la ventana, se quedó mirando la calle tres pisos abajo —los coches estacionados, el perro del vecino, el poste de luz con el foco fundido que llevaban meses pidiendo al municipio que reparara— y se giró hacia ella.
—¿No puedes o no quieres?
—No puedo. Y necesito que confíes en mí.
—¿Confiar? —La palabra le salió rasposa, como papel de lija—. Llevamos tres semanas de mentiras, Renata. No sé dónde estás por las noches. No sé para quién trabajas. No sé por qué te llega ropa que no podemos pagar. Y me pides que confíe.
Se acercó a ella. No con agresión, sino con esa cercanía desesperada de quien intenta agarrar algo que se le escurre entre los dedos.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo, y la voz se le quebró en la última sílaba—. No es que me estés mintiendo. Es que lo haces bien. Eso quiere decir que has practicado.
Se hincó frente a ella y le tomó las manos. Los dedos de Andrés estaban calientes y firmes, como siempre; los de Renata, helados.
—Soy tu compañero. Dime la verdad y la enfrentamos juntos. Sea lo que sea.
Renata lo miró. Los ojos de Andrés estaban enrojecidos. Tenía las manos ásperas de la obra, con una curita en el pulgar donde se había cortado esa mañana. Era bueno. Era real. Y si le decía la verdad, se levantaría de ahí y haría lo que los hombres buenos hacen frente a las injusticias: iría a pelear. Y pelear contra los Montero era lo mismo que caminar hacia un tren en movimiento.
—Dame un poco de tiempo —dijo Renata—. Te lo pido como lo más importante que te he pedido en la vida.
Andrés le soltó las manos. Se puso de pie. La miró desde arriba con una expresión que Renata no le había visto nunca: no era furia ni tristeza sino algo intermedio, como la cara de un hombre al que le muestran una carta que no quería ver.
—No reconozco a la mujer con quien me casé —dijo, con una voz tan baja que Renata tuvo que adivinar la mitad de las palabras—. O quizás nunca la conocí.
Tomó su chamarra del perchero. Se puso los tenis sin amarrar. Abrió la puerta.
La cerró.
El golpe no fue un portazo. Fue peor: fue un clic controlado, el sonido de un hombre que se va porque ya no le quedan palabras.
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Renata se quedó sentada en la cama escuchando sus pasos bajar las escaleras, la puerta del edificio abrirse y cerrarse, y después nada. Solo el refrigerador tarareando y el radio de la cocina, que había pasado del bolero a un anuncio de una empresa de colchones.
Se deslizó al piso, con la espalda contra el marco de metal y las rodillas pegadas al pecho. La sopa de lata seguía en la estufa; a estas alturas ya se habría evaporado la mitad.
Sacó el teléfono. Abrió un mensaje nuevo para Andrés. Escribió: "Andrés, un hombre llamado Dante Montero me tiene atrapada en un trato. Creo que es un criminal que finge ser otra persona. El policía que lo arrestó murió. Mi papá le debe dinero a su empresa. No te digo esto porque tengo miedo de que te pase algo si lo sabes."
Releyó el texto tres veces. Después, letra por letra, lo borró.
Porque si Andrés sabía, haría algo. Y si hacía algo, alguien lo sabría. Y si alguien lo sabía, lo siguiente sería un "accidente de tránsito" como el del Capitán Vargas.
Renata apretó el teléfono contra el pecho y cerró los ojos. Lloró sin ruido, con la boca cerrada, como lloraba siempre: hacia adentro, donde nadie pudiera usarlo en su contra.
Diez minutos después, el teléfono vibró.
Un mensaje de Dante:
"Vi que tu esposo salió. ¿Estás bien?"
Renata miró la pantalla hasta que las letras se volvieron borrosas. Después la apagó, se acostó en el piso frío de la recámara, y se quedó mirando el techo hasta que el radio de la cocina se apagó solo a medianoche.
Dante estaba vigilando su departamento. O quizá nunca había dejado de vigilarlo. Sabía cuándo salía Andrés, cuándo llegaba, cuándo las luces del tercer piso se encendían y se apagaban. Lo sabía todo. Y Renata no sabía casi nada.