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La Esposa Que Despertó al Heredero

La Esposa Que Despertó al Heredero

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Venganza de la protagonista / Casada con el millonario / Enfermizo
Popularitas:27.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Galaxy

Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.

Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.

Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.

Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.

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Capítulo 10

Capítulo 10

 

Ximena soltó una risa fría.

 

—Mejor entiende, Darío. Si no, mis golpes no van a tener cuidado.

 

Darío escupió una grosería y se lanzó contra ella.

 

La policía fue la primera en llegar a la cabaña. La camioneta de Héctor entró detrás, levantando polvo.

 

Los agentes sometieron a los hombres que cuidaban la entrada y estaban a punto de abrir la puerta cuando, desde adentro, se escuchó un grito masculino.

 

Héctor también se acercó.

 

Un policía ladeo la cabeza.

 

—Por lo que escucho, la señora Alcázar no lleva las de perder. ¿Nos esperamos tantito?

 

Héctor le ofreció un cigarro.

 

—Dejemos que los golpes vuelen un poco más.

 

Los gritos de Darío subieron de volumen.

 

Después se volvieron súplicas.

 

Cuando la puerta se abrió, todos vieron una escena difícil de olvidar.

 

Ximena tenía un pie sobre la cara de Darío. A él le había sacado de lugar brazos y piernas, y lo había dejado torcido como un bulto humano.

 

El policía trago saliva.

 

—¿La señora Alcázar siempre es así de fuerte?

 

La garganta de Héctor se movió apenas.

 

—Potencial escondido.

 

Ximena se limpió las manos, empujo a Darío con el pie y caminó hacia la salida.

 

—¿Viniste a salvarme?

 

Héctor asintió despacio.

 

—Si.

 

—Llegaste tarde. Ya me salvé sola.

 

Ximena salió de la cabaña como si acabara de terminar un trámite.

 

El policía le levantó el pulgar a Héctor.

 

Mientras subían a los secuestradores a las patrullas, Ximena señaló a los dos hermanos.

 

—A esos dos déjenmelos un momento.

 

El menor estaba llorando. La cara empapada, los ojos rojos. El mayor, en cambio, seguía con la barbilla alta.

 

—Ya, deja de llorar —dijo Ximena—. Cuando secuestraste a alguien, ¿no pensaste en llorar? Lo que hicieron puede destruirle la vida a una persona, ¿entiendes?

 

El menor asintió sin parar.

 

—No va a volver a pasar. Nunca. Mi mamá necesita una cirugía. Mi hermano y yo no lo habríamos hecho si no fuera por eso.

 

Ximena miro al mayor.

 

—¿Y tú?

 

El hombre no respondió.

 

El menor le jalo la manga.

 

—Hermano, pide perdón. No quiero ir a la cárcel.

 

El mayor bajó por fin la cabeza.

 

—Nos equivocamos. Mi hermano es joven. Si alguien tiene que pagar, lléveme a mí. A el déjelo.

 

—No decido yo quien va y quien no va —dijo Ximena—. Pero como lo hicieron por la enfermedad de su madre y yo no salí dañada, diré que no quiero perseguirlos. Ustedes sabrán qué hacen con esta oportunidad.

 

Darío fue detenido.

 

Ximena subió al coche de regreso a la ciudad.

 

—Tomás preparó algo para calmarte —dijo Héctor—. Llegas, te bañas y duermes.

 

Ximena lo miro.

 

¿Eso era todo?

 

—¿Y después?

 

Héctor no entendió.

 

—¿Después que?

 

—Darío me secuestró para vengarse de ti. Yo fui el blanco fácil. ¿Y tú vas a decirlo así de tranquilo?

 

—No lo estoy diciendo tranquilo.

 

—Claro que sí.

 

Héctor no quiso discutir. Había culpa en su mirada, aunque su voz siguiera baja.

 

—Darío intentó hacerte daño por mí. Voy a compensarte.

 

—¿Como?

 

Héctor sacó una tarjeta negra.

 

—Usa esta.

 

Ximena miró la tarjeta, pero no la tomo.

 

—¿Golpe y luego dulce?

 

—Tiene doscientos mil pesos. Cada mes pondré otros doscientos mil. Para tus gastos.

 

¿Mesada?

 

Las esposas de los ricos tenían mesada.

 

¿Ella también?

 

Doscientos mil al mes eran más de dos millones al año. Y en cumpleaños, fiestas o regalos de Lourdes, seguro habría más.

 

En pocos años podría ser una pequeña rica.

 

La felicidad le subió tan rápido que casi olvido que estaba reclamándole.

 

—Bueno. Viendo que eres tan sincero, te doy la oportunidad.

 

Tomó la tarjeta y la guardo.

 

Para algunas esposas de familias ricas, esa cantidad no era tanto.

 

Para una muchacha criada lejos, contando cada peso, era una fortuna.

 

Héctor la miro sonreír por dinero y se quedó un momento distraído.

 

Al llegar a la residencia, Lourdes por fin soltó el aire.

 

Revisó a Ximena de arriba abajo. Solo cuando confirmó que no estaba herida, se sentó.

 

—Esto no puede quedar así. Mañana hablaré con Mercedes para sacarlo de los fideicomisos y de cualquier asunto de la familia.

 

—Mamá, estoy bien.

 

Con la forma de actuar de Héctor, Darío no iba a salir fácilmente.

 

Si ya no tendría futuro, a Ximena le parecía poco importante si seguía o no metido en los asuntos de la familia.

 

Pero se le olvidaba que los Alcázar no eran una familia cualquiera.

 

En esos fideicomisos no se quedaba cualquiera.

 

—Yo hablaré con la abuela —dijo Héctor.

 

—Mejor.

 

Lourdes le tomo la mano a Ximena.

 

—Mañana contrato dos escoltas para ti. No vas a salir sin protección.

 

Mandaron preparar el baño y esperaron a que Ximena tomara una bebida para calmarse. Solo entonces la dejaron subir.

 

Lourdes, acompañada por el personal, fue a la capilla familiar a rezar por Ximena.

 

Cuando Ximena salió del baño, Héctor ya estaba en la cama. Tenía la laptop sobre las piernas y cara de estar trabajando.

 

Al verla, cerró la computadora.

 

—¿Por qué no duermes? —preguntó ella.

 

—Te estaba esperando.

 

Ximena apretó los labios.

 

—No hacía falta.

 

—¿Que te da miedo?

 

Héctor dio una palmada suave sobre la cama.

 

—Ven.

 

—No tengo miedo.

 

Solo estaba incomoda.

 

Había gastado demasiada energía ese día y quería descansar.

 

Se acostó rígida.

 

Héctor estiró un brazo y la atrajo contra su pecho.

 

—¿Qué haces?

 

—Dormir.

 

—¿Y para dormir hay que abrazar?

 

—¿Por qué no?

 

—No estoy cómoda.

 

—Entonces abrázame tú.

 

¿Qué clase de respuesta era esa?

 

—Cada quien por su lado.

 

Ximena intento voltearse.

 

Héctor la sostuvo.

 

Un segundo después, sus labios tocaron los de ella.

 

Ximena abrió los ojos de golpe.

 

¿La estaba besando?

 

Ese era su primer beso consciente.

 

Los dedos largos de Héctor le sostuvieron la cara con cuidado. Ximena no sabía qué hacer. Quería acercarse y al mismo tiempo apartarse.

 

La intimidad la tomó por sorpresa.

 

Se quedó sin respirar.

 

El beso fue breve.

 

Demasiado breve.

 

Héctor la soltó como si fuera a dormir.

 

Ximena se sintió confundida.

 

¿Eso era todo?

 

¿No se suponía que después de besar venían otras cosas?

 

¿O de verdad no le interesaba?

 

La tristeza se le hizo chiquita, pero pesada.

 

Le quito el brazo de la cintura y se dio la vuelta.

 

Héctor noto el enojo y la acercó otra vez.

 

—¿Te enojaste?

 

—No.

 

—¿Te molesto que te besara?

 

Ximena lo miro.

 

—Si me hubiera molestado, ya te habría dado una cachetada.

 

La boca de Héctor se curvo.

 

—Entonces, ¿por qué?

 

—Por nada. Quiero dormir.

 

Hombres viejos.

 

Demasiado difíciles.

 

—¿Puedes dormir?

 

Ximena se giró, irritada, y lo empujó.

 

—¿A ti que te importa si puedo o no...?

 

Héctor volvió a besarla.

 

Esta vez no fue suave.

 

Fue un beso profundo, exigente, que le robo todas las palabras.

 

Héctor también era un hombre normal.

 

Con una mujer hermosa en brazos, había estado conteniéndose porque no quería asustarla.

 

Justo cuando el aire del cuarto empezó a calentarse, el teléfono de Héctor sonó.

 

Él ni siquiera miró la pantalla. Contesto en altavoz y siguió besando a Ximena.

 

La voz de una mujer llenó la habitación.

 

—Héctor, soy Valeria. ¿Puedes venir por mí? Mi coche se quedó tirado y estoy en una zona muy sola.

 

Héctor se detuvo.

 

Ximena también.

 

Valeria.

 

¿Valeria Robles?

 

Héctor tomó el teléfono y quito el altavoz.

 

—Manda la ubicación.

 

Cinco palabras.

 

Colgó.

 

Ximena se tapó con la cobija y lo miró fijo.

 

Héctor se vistió.

 

Ni siquiera la miro mucho.

 

—Voy y vuelvo. Duerme.

 

Se fue.

 

Ximena sonrió, pero por dentro se sintió ridícula.

 

Su esposo, legal y despierto, salía a media noche a buscar a otra mujer.

 

Y ella, la esposa, ni siquiera lo había detenido.

 

El Maybach negro cruzó las calles vacías a toda velocidad.

 

La ubicación quedaba en una zona apartada.

 

Cuando Héctor encontró a Valeria, ella estaba recargada contra su coche, fumando. Maquillaje perfecto, postura tranquila. No parecía una mujer angustiada por quedarse varada.

 

—Héctor.

 

Valeria camino hacia él, dispuesta a abrazarlo.

 

Él se hizo a un lado.

 

—¿Que? —ella hizo un puchero—. Estoy sola en medio de la nada. ¿Ni un abrazo de cariño?

 

Héctor sacó un cigarro y lo encendió.

 

—Di lo que querías decir.

 

Valeria torció la boca.

 

—Siempre tan directo.

 

—Si no tienes nada, me voy.

 

—Si tengo.

 

Ella lo detuvo. Todavía era hermosa, provocadora, acostumbrada a ser mirada. Pero sus ojos se movían con inseguridad.

 

—Escuche que tu mamá te caso con una campesina para despertarte. ¿Y tú aceptaste así nada más?

 

Héctor la miro.

 

Podía leerla con facilidad. Lo que preguntaba, lo que quería probar, lo que planeaba.

 

—No tienes oportunidad.

 

Le cerró la puerta antes de que ella la abriera.

 

—¿De verdad vas a aceptar a esa mujer? No tiene familia, no tiene poder, no puede ayudarte. ¿En que soy menos que ella?

 

—En nada. Eres mejor en muchas cosas. Pero no vas a ser mi esposa.

 

Valeria se le pego, molesta.

 

—¿Y si me caso con Darío?

 

—Es tu libertad.

 

—¿No te preocupa que los Robles se unan con Darío y vuelvan a bajarte?

 

Héctor soltó una risa fría.

 

—Pueden intentar.

 

Valeria respiro hondo.

 

—No vas a encontrar a alguien que te amé más que yo. Esa mujer no te ama. Ama tu dinero, tu apellido, el título. Cuando consiga lo que quiere, se va a ir.

 

Héctor termino el cigarro y lo apago bajo el zapato.

 

—Si me llamaste para eso, ya terminaste.

 

—Héctor.

 

Valeria lo abrazó antes de que se fuera.

 

—Sé que cuando enfermaste no estuve contigo. Sé que te dolió. Tuve miedo, pero no quería abandonarte. Perdóname.

 

Héctor la apartó con suavidad.

 

—Todo quedó como tenía que quedar.

 

—¿Y si te obligó a escoger entre ella y yo?

 

La mano de Valeria tembló en su brazo.

 

—¿También la eliges?

 

—Esto nunca fue una elección.

 

Valeria bajo la mirada.

 

—Bien. Ojalá no te arrepientas.

 

Arrepentirse no era una palabra que Héctor usará.

 

Y tenía suficiente poder para hacer pagar a quienes lo habían traicionado o pensaban traicionarlo.

 

El coche volvió por la ciudad como una sombra.

 

Por primera vez en veintisiete años, Héctor tenía prisa por volver a casa por el estado de ánimo de una mujer.

 

Cuando llegó, ya era madrugada.

 

Ximena dormía.

 

Y él también debía dormir.

 

Al despertar, Ximena no vio a Héctor.

 

¿Había vuelto anoche?

 

¿No había vuelto?

 

Tal vez era normal.

 

Se lavó y bajo.

 

Lourdes ya la esperaba en el comedor. El desayuno era abundante, pensado para recuperarla.

 

—¿Vas a la universidad hoy?

 

—Tengo examen.

 

—Entonces come primero. Te prepare algo para que se te pase el susto y pan dulce del que te gusta.

 

El cariño de Lourdes la envolvió.

 

Tal vez porque lo de la noche anterior seguía doliendo, los ojos de Ximena se humedecieron y terminó abrazándola.

 

Lourdes pensó que aún estaba asustada por el secuestro y le acarició la espalda.

 

—Ya pasó. Tu mamá y Héctor van a cuidarte.

 

—Gracias, mamá.

 

Tal como Lourdes había dicho, ese día Ximena fue a la universidad con Tomás y dos escoltas de traje oscuro.

 

Los hombres la dejaron en la entrada y luego la siguieron a distancia.

 

Renata vio la escena con envidia.

 

—La familia Alcázar si te cuida. Hasta escoltas tienes.

 

Ximena negó, sin energía.

 

—No hay nada que envidiar.

 

—¿Ahora que paso?

 

—Renata, si tú y tu esposo estuvieran besándose y una mujer lo llamara para que fuera por ella, ¿te enojarías?

 

—Claro. Eso es provocación descarada.

 

—Entonces es porque no me quiere.

 

Héctor no la quería.

 

Ni siquiera le gustaba.

 

Ximena bajo las pestañas, triste.

 

Renata entendió de inmediato.

 

—¿Héctor?

 

—Anoche fue a ver a Valeria Robles.

 

—¿La actriz? Los ricos y las famosas, siempre el mismo combo.

 

Renata la abrazo.

 

—Hay historia ahí. ¿Qué vas a hacer?

 

—No sé.

 

—¿Tu suegra sabe?

 

Ximena tampoco lo sabía. Aunque Lourdes la tratara bien, Héctor era su hijo. Si había que escoger, escogería a su hijo.

 

—Da igual.

 

—Entonces deja de gastar corazón en ellos.

 

Ximena sonrió apenas.

 

—Sin esperanza no hay decepción. Eso lo sé. Pero a veces no se controla. Además, está demasiado guapo.

 

—Los hombres guapos suelen traer problemas. Mejor sácale dinero. Así, si un día sales de la familia Alcázar, el tratamiento de Leo no depende de Ernesto.

 

Eso era verdad.

 

—Entonces vamos a hacer dinero.

 

—¿Como?

 

—La universidad va a pintar el muro del campo con un mural motivacional. Nos inscribí a las dos. Si ganamos, vamos a vivir medio mes aquí pintando.

 

Renata se quedó helada.

 

—¿Me inscribiste sin preguntarme? ¿Cuánto pagan? Porque si es poco, ni loca.

 

—Diez mil. Cinco para ti y cinco para mí.

 

—¿Medio mes de trabajo por cinco mil? Tu mano de obra se regala.

 

Se quejó, pero igual fue con Ximena al almacén por pintura.

 

Mientras Renata elegía colores, Ximena la miró con una sonrisa suave. Sin esa amiga de infancia, su vida habría sido mucho más oscura.

 

Renata salió cargando botes y llamó a los escoltas de Ximena con la mano.

 

Cuando se acercaron, les entrego todo.

 

—Tengan iniciativa, por favor.

 

Así, las dos caminaron ligeras al frente, mientras los escoltas cargaban los botes pesados detrás.

 

El muro alrededor del campo era largo. Mucho trabajo.

 

La universidad les asignó a un alumno de primer año para ayudarlas.

 

—Hola, séniores. Soy Diego Blanco. Vengo a apoyar.

 

Diego tenía dieciocho o diecinueve años, energía de sobra y buen carácter. Cargaba, movía, compraba comida. En pintura no aportaba tanto, pero siempre elegía comida rica.

 

—Diego, ¿de dónde eres? —preguntó Renata mientras descansaban.

 

—De aquí, de la ciudad.

 

—Con esa ropa, ¿también eres junior?

 

Diego se rasco la cabeza.

 

—No. Es imitación.

 

—¿Imitación? —Renata adoptó tono de maestra—. Si tienes dinero, compras bueno. Si no, compras normal. Nadie se burla. Pero usar copias por aparentar no está bien. Hay que corregir eso.

 

—Sí, señorita.

 

Ximena estaba concentrada en los bocetos.

 

Diego le acercó una comida.

 

—Señora Ximena, coma primero. En la tarde puedo marcar el boceto de esta pared.

 

—Va. Tú adelanta esta. Renata y yo vamos con la otra.

 

—Claro.

 

Durante el descanso, alguien fue a buscar a Ximena. El rector la llamaba.

 

Ximena dejo la comida.

 

Renata se preocupó.

 

—¿Será lo de la sanción?

 

—Vamos a ver.

 

En la rectoría estaban el rector, su asistente y Patricia.

 

¿No tenía conmoción?

 

¿Ya estaba fuera?

 

—Como las dos están aquí, voy a comunicar la decisión de la universidad —dijo el rector.

 

Patricia se tocó la cabeza y se dejó caer en una silla.

 

—Rector, me duele mucho. La universidad debe castigar fuerte a Ximena. No pueden dejar que alguien así ponga en riesgo a los demás.

 

El rector la miro.

 

—Los errores se castigan. La universidad no protege a nadie, pero tampoco decide a ciegas. Una pelea rara vez es culpa de una sola persona.

 

—¿Qué significa eso? Yo fui la golpeada. Ella me mandó al hospital. ¿Quién golpea con dos manos?

 

La asistente la interrumpió.

 

—Patricia, el rector no ha terminado. Guarda silencio.

 

El rector leyó el documento.

 

—Las alumnas Ximena Salcedo y Patricia Galván participaron en una pelea dentro de la universidad, causando mala imagen a la institución. Ambas reciben una amonestación interna. Si reinciden, la sanción será severa.

 

Ximena quedó conforme.

 

Patricia no.

 

—Esto no fue pelea. Ella me golpeo. ¿Cómo puede decir que fue igual? ¿No ve que sigo mareada?

 

—Yo la veo bastante activa —dijo el rector—. Esta es la decisión. Si vuelve a provocar problemas, se aplicará sanción severa.

 

Patricia apretó los dientes.

 

Al salir, agarro a Ximena del brazo.

 

—¿Que le diste al rector para que te cuidara tanto?

 

Ximena la miro con calma.

 

—Patricia, cuida tu boca. No vaya a ser que vuelvas a salir perdiendo.

 

—¿No es cierto? Ese viejo te está protegiendo. Si no le diste algo, ¿por qué solo te dieron una advertencia?

1
Emily Morillo ♥️
si se pasa ximena tiene que ser más humana🤭
Bienaventurada
Es enserio? 😒esa Ximena es fea 😏
Bienaventurada
jajaja 😂😂😂😂
Bienaventurada
jajaja 😂😂😂😂😂
Bienaventurada
jajaja 😂ese Héctor 😂😂😂
Bienaventurada
jajaja 😂😂😂😂
Bienaventurada
Cómo no se va😏a dar cuenta que tuvo relaciones?😒no va sentir la fricción 🤷
y tampoco que tuvo un aborto?
Bienaventurada
jajaja 😂
Bienaventurada
jajaja 😂Esa Ximena, y a quien no le gusta el dinero 😂😂😂
Bienaventurada
jajajaja 😂
Bienaventurada
jajaja 😂😂😂😂 esa Ximena es avara
Bienaventurada
jajaja 😂😂😂 Héctor está mintiendo?🙄
Adriana De Fátima Lopera Gómez
quiero seguir.deseo ver q pasa con Hector
Adriana De Fátima Lopera Gómez
es muy entretenida
Adriana De Fátima Lopera Gómez
me gusta
Felicia Garcete nuñez
no puede ser que no haga más capítulo!!!!!
Marisol grez castro
es una mujer terca, porfiada ...😧
Llessica Ospina
donde encuentro la otra parte para terminar la novela ?
Felicia Garcete nuñez: quiero leer los capítulos siguientes
total 1 replies
Llessica Ospina
super
Marisol grez castro
ahora comienza a esclarecer todo... quien mató a Elena?
y esas zorrascaeran por ladronas y puras.🤭😂
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