Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 10
Capítulo 10: Bajo la manta
Apenas había secado las lágrimas cuando tocaron a la puerta.
Renata se asomó por la mirilla y el corazón le dio un vuelco. Max. Otra vez. Con una bolsita de papel en la mano y cara de no saber muy bien qué hacía ahí.
Abrió apenas.
—¿Qué haces aquí? Te acabas de ir.
—Tu departamento huele a humedad. —Le extendió la bolsa, brusco, sin mirarla a los ojos—. Es malo para tu abuela, con lo del corazón. Te traje incienso. Sahumerio. De copal. Sirve para… —se interrumpió, y por primera vez en la noche pareció un hombre completamente perdido— para que huela mejor. Ya.
Renata miró la bolsa, miró a Max, y a pesar de todo, a pesar de la muñeca y del cansancio y del miedo, algo absurdamente tierno le tiró de la comisura de la boca. El dueño del Grupo Montenegro, parado a la una de la mañana en un pasillo de Coyoacán, con un sahumerio de copal de pretexto.
—¿Manejaste de regreso para traerme incienso?
—Tenía en el coche. —Mentira evidente—. Y otra cosa. —Levantó la cara, y la voz se le puso rígida de pura incomodidad—. Lo de Ariadna. Lo del salón, lo de "Maxi" y todo eso. No estamos juntos. Nunca estuvimos. Ella se cuelga sola. No quiero que te quedes con… con una idea equivocada.
Ah. Así que había manejado de regreso para aclarar eso.
A Renata el corazón le hizo, otra vez, eso que no tenía permiso de hacer.
—No es asunto mío con quién estés —dijo, aunque la noticia le aflojó un nudo en el pecho que no admitiría ni bajo tortura.
—Ya sé que no es asunto tuyo. —Max ya se estaba metiendo, aprovechando la rendija—. Solo déjame revisar que no haya filtraciones. Cinco minutos.
—Max, son la una de la…
Pero ya estaba adentro.
—
El departamento entero cabía en el recibidor de su casa de Las Lomas. Max lo recorrió con la mirada en silencio: la cama angosta donde dormía la abuela, el sillón viejo donde dormía Renata, los dos platos en el escurridor, la caja de medicinas ordenada con precisión de médica sobre la mesa. Una vida reducida a lo mínimo. La mujer que él había imaginado todos esos años viviendo a cuerpo de reina con un Bracamonte, dormía en un sillón hundido para cederle la cama a una anciana. Cada detalle de ese cuarto contradecía la historia que él se había contado para poder odiarla. Algo se le endureció en la cara, y algo más, debajo, empezó a resquebrajarse.
Y entonces, de la única recámara, salió la voz adormilada de la abuela:
—¿Mija? ¿Con quién hablas a estas horas?
El pánico fue instantáneo. Si la abuela salía y encontraba a un hombre en la sala a la una de la mañana, no habría sahumerio que apagara el escándalo. Renata reaccionó por puro instinto: agarró a Max del brazo, lo jaló hacia el sillón y le echó encima la manta, metiéndose ella también, las dos cabezas debajo del cobertor, conteniendo la respiración como dos adolescentes.
—¡Ya voy, abue! ¡Es la tele! —gritó, con la voz ahogada por la tela.
Se hizo el silencio. Se oyó a la abuela arrastrar las pantuflas hasta el baño, abrir la llave, cerrarla, y volver a la cama murmurando algo de "esta niña y sus novelas".
Pero esos minutos, debajo de la manta, duraron un siglo.
Estaban pegados. Completamente. El pecho de Renata contra el de Max, su pierna enredada entre las de él, la cara de ella a un suspiro de la suya en la oscuridad cálida y cerrada. Sentía el corazón de Max golpeando, rápido, tan rápido como el suyo. Olía su loción, su piel, el rastro de su propia sangre seca en la camisa. Al moverse para acomodarse, los labios de ella le rozaron la mejilla, la mandíbula, sin querer, y los dos se quedaron petrificados.
—No te muevas —murmuró Max, con la voz hecha trizas.
—No me estoy moviendo.
—Te estás moviendo.
—Es tu mano. Tu mano está en mi…
—Ya sé dónde está mi mano.
Ninguno la quitó.
La palma de Max le ardía en la cintura, justo donde la blusa se le había subido, sobre la piel desnuda. Renata sintió cada dedo por separado, como si fueran marcas de hierro. Habían dormido así mil veces, hacía una vida, pegados por necesidad en cuartos sin calefacción, y el cuerpo lo recordaba aunque la cabeza llevara seis años jurando que lo había olvidado. La memoria no vive en la cabeza, descubrió Renata en ese instante. Vive en la piel. Y la piel no perdona ni olvida.
—Rena. —El aliento de él le rozó los labios—. Si te giras un poco más, no respondo.
—Entonces no me giro.
Pero lo dijo sin moverse ni un milímetro hacia atrás.
En la oscuridad, sus respiraciones se enredaron. Renata sintió que toda la cordura que había juntado durante seis años se le derretía con el calor de ese cuerpo, que bastaría girar un centímetro la cara para encontrar su boca, que una parte de ella, la más antigua y la más tonta, lo estaba deseando con todas sus fuerzas.
La abuela cerró la puerta de la recámara. Volvió el silencio.
Pero ninguno de los dos salió de debajo de la manta.
—
Cuando por fin se destaparon, despeinados, encendidos, Renata se levantó de un salto y encendió la luz, como si la luz pudiera deshacer lo que acababa de pasar. Max se quedó sentado en el sillón, pasándose una mano por la cara, recomponiéndose.
Y entonces lo notó. Lo había estado notando todo el rato, sin terminar de creerlo, y ahora, bajo la luz, lo confirmó.
Se levantó. Caminó despacio por la sala. Abrió, sin pedir permiso, la puerta del clóset del pasillo. Ropa de mujer. Ropa de anciana. Un solo cepillo de dientes en el baño. Ningún reloj de hombre, ninguna camisa, ninguna loción que no fuera la que él acababa de dejar en el aire.
—Renata. —Su voz había cambiado. Se había vuelto baja, lenta, peligrosa—. Una pregunta.
—Es tarde, Max, deberías…
—Estuviste casada con Rodrigo seis años. —Se giró hacia ella—. Seis años. Y aquí no hay una sola cosa de él. Ni una foto, ni una corbata, ni un cargador olvidado. Nada.
Renata sintió que el suelo se abría.
—Vivíamos en otro lado. Es lógico que…
—No me mientas. —La cortó con una suavidad que daba más miedo que un grito—. He visto muchos divorcios feos, Rena. Pero esto no es una mujer que se separó. Esto es una mujer que nunca compartió una vida con nadie. Una mujer a la que su exmarido le cobra como acreedor, no como ex. Eso no es un matrimonio. ¿Qué fue, entonces? ¿Un negocio? ¿Te vendieron?
—No te metas en eso.
—Llevo metido en eso desde la noche de la lluvia y nunca me dejaste entrar. —Otro paso. —Dio un paso hacia ella, y los ojos se le habían afilado hasta hacerse cuchillos—. Dime una cosa, y dímela de frente. ¿Por qué Rodrigo nunca vivió contigo? ¿Por qué duermes en un sillón con cara de no haber compartido una cama en años? ¿Qué clase de matrimonio fue ese, Rena?
El aire entre ellos se volvió de cristal.
Y Renata, acorralada contra la verdad que llevaba seis años escondiendo, abrió la boca sin saber todavía qué iba a salir de ella.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭