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Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Amor-odio
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Mateo.

Capítulo 2: Mateo

El deseo no entiende de razones. El deseo solo sabe de piel y de memoria. Y yo llevo diez años queriendo olvidar el color de la suya. La vi salir de la notaría y supe que acababa de cometer el error más grande de mi vida. O el más necesario. Todavía no lo distinguía.

Elena caminaba con esa rigidez que había adoptado después del incendio, como si su columna vertebral fuera de acero y su cuello un mecanismo que solo sabía mirar al frente. No se giró. No me dio el gusto de verme derrumbarme en la ventana del segundo piso, con el documento firmado apretado contra mi pecho como si fuera un talismán o una sentencia.

¿Está satisfecho, señor Zaldívar. reguntó el notario detrás de mí, con esa voz neutra de quien ha visto demasiados pactos de sangre disfrazados de acuerdos legales.

No respondí. Me limité a guardar la carpeta en mi maletín y salir sin despedirme, porque las palabras se me habían atascado en la garganta como las brasas de un incendio que nunca se apaga.

Diez años. Diez años habían pasado desde aquella noche, y todavía podía sentir el olor a humo en mi ropa, el calor de las llamas en mi rostro, el sonido de los cristales estallando mientras yo corría hacia ella. Pero ella no lo sabía. Elena nunca supo que fui yo quien la sacó de allí. Que fui yo quien cubrió su cuerpo con la mía mientras el techo se derrumbaba. Que fui yo quien la llevó a rastras hasta el jardín, y quien después, cuando despertó en el hospital, aceptó cargar con la culpa para no destruir lo poco que le quedaba de cordura.

Porque esa era la verdad que nadie conocía: yo no encendí la cerilla. Pero sabía quién lo hizo. Y esa persona era más importante para Elena que yo. Más importante que su propia vida.

Llegué a mi coche, un Jaguar negro que había comprado el año siguiente al incendio, y me senté en el asiento del conductor sin arrancar el motor. El silencio del habitáculo era un lujo que no me permitía a menudo. Mi vida era ruido: reuniones, obras, malditas reuniones con arquitectos que no entendían mis planos, inversores que querían más metros cuadrados, abogados que me recordaban constantemente que tenía una hija y que su madre me odiaba con todas sus fuerzas.

Pero en ese momento, solo existía el recuerdo de sus dedos.

Elena tenía unas manos pequeñas, casi frágiles, que contrastaban con su carácter de tormenta. Las recordaba perfectamente: los nudillos ligeramente rosados, la uña del pulgar mordisqueada cuando estaba nerviosa, la forma en que sus dedos se entrelazaban con los míos cuando hacíamos el amor, como si tuviera miedo de soltarme.

Diez años sin tocarla. Diez años viéndola solo en las visitas supervisadas, en las salas del juzgado, en los informes de los psicólogos infantiles que evaluaban a Lucía. Y en cada uno de esos encuentros, la miraba y sentía que mi pecho se partía en dos: una parte quería confesarlo todo, arrodillarme y suplicar su perdón; la otra sabía que, si lo hacía, la perdería para siempre.

Porque Elena no podía saber la verdad. No hasta que estuviera lista. No hasta que entendiera que el odio que le había dedicado todos estos años era, en realidad, un mecanismo de defensa para no enfrentar lo que realmente había pasado esa noche.

—Tranquilo, Mateo —me dije a mí mismo, con la voz ronca—. Tienes un año. Un año para mostrarle que no soy el monstruo que cree.

Pero ¿y si lo soy? ¿Y si, al final, soy exactamente el monstruo que ella necesita que sea para no desmoronarse?

Arranqué el motor y salí del aparcamiento con más brusquedad de la necesaria. El Jaguar rugió, y yo sentí ese rugido en el pecho, como si el coche fuera una extensión de mi rabia contenida.

Llegué a mi apartamento del centro —un penthouse minimalista que jamás había sentido como un hogar— y me dirigí directamente al dormitorio. Allí, en el cajón superior de mi mesilla, guardaba un pequeño estuche de terciopelo azul. Lo abrí con manos temblorosas, como hacía en cada aniversario del incendio.

Dentro había un mechón de cabello rojo. El suyo. Lo había cortado la noche antes de que todo se quemara, mientras ella dormía, porque quería guardar un pedazo de ella conmigo para siempre. Nunca imaginé que ese "para siempre" se convertiría en un recordatorio de todo lo que había perdido.

Un año, susurré al mechón, como si ella pudiera oírme. Un año para recuperarte. O para perderte definitivamente.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Era Diego, mi socio y el único ser humano en este mundo que conocía toda la verdad.

¿Firmó?, preguntó sin preámbulos.

Firmó.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, Diego suspiró.

Sabes que esto te va a destruir, ¿verdad? Que si ella descubre lo que realmente pasó, te va a odiar más que antes. Y no podrás ni siquiera explicarle por qué no le dijiste la verdad.

Lo sé.

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué no la dejas en paz? ¿Por qué no le das el maldito documento y te largas a maldita sea, Mateo?

Cerré los ojos. Vi su rostro en la oscuridad de mis párpados. La vi en la notaría, firme, desafiante, hermosa en su odio. Y supe que no podía soltarla. No porque fuera un obseso o un enfermo. Sino porque el amor que le tenía, ese amor que ella creía muerto, seguía tan vivo como el día en que nos conocimos.

Porque la quiero, Diego, dije y mi voz se quebró. Porque la quiero y no sé vivir sin ella. Ni siquiera cuando me odia. Ni siquiera cuando me desea. La quiero más que a mi propia vida.

Diego guardó silencio unos segundos más. Cuando habló, su voz era grave, casi paternal.

Entonces cuídala, Mateo. Cuídala bien. Porque si la pierdes esta vez, no habrá segundo intento.

Colgué y guardé el teléfono. Luego, con el mechón de cabello aún entre mis dedos, me dejé caer sobre la cama y miré el techo.

Un año. Trescientos sesenta y cinco días para demostrarle que el deseo no siempre es traición. Que el odio puede ser solo la otra cara de la misma moneda.

Y que, aunque ella no lo supiera, yo había estado esperando este momento desde la noche en que el fuego nos separó.

Porque aquella noche, mientras la salvaba, también juré que haría todo lo posible por volver a tenerla entre mis brazos.

Aunque tuviera que pagarlo con mi alma.

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