Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.
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Capítulo 5
Capítulo 5: No hay taxis en Lomas
Lunes. Primer día de clases. Valentina se despertó a las seis, se vistió con cuidado —blusa blanca, falda de mezclilla, tacones bajos que la hacían ver un poco más alta y un poco más segura—, se alisó el cabello frente al espejo del baño y bajó a desayunar.
Isabel ya estaba en el comedor con una taza de café y el celular abierto en Pinterest.
—¡Buenos días, bonita! Siéntate, Rosario te hizo chilaquiles verdes sin picante.
—Gracias, tía Isabel.
—¿Cómo dormiste?
—Bien —mintió.
—Santiago sale a las siete, si quieres que te lleve.
—No, gracias. Pido un Uber.
Isabel levantó la vista del celular.
—¿Estás segura? La Ibero queda como a veinte minutos de aquí, Santi puede...
—Estoy segura.
Valentina no iba a subirse a ese auto otra vez. No después de que él le hiciera creer que era el chofer, no después de la cocina a medianoche, y sobre todo no después de que ella le mordiera el dedo como si tuviera cuatro años y no dieciocho. Necesitaba distancia. Tres metros de distancia, como había estipulado.
A las siete y diez, Santiago pasó por el comedor sin detenerse. Chamarra de cuero, llaves en la mano, olor a menta.
—¿Quieres que te lleve? —dijo, sin mirarla.
—No.
—La colonia es complicada para Uber.
—Ya pedí uno. Gracias.
Él la miró un instante — apenas un parpadeo más largo de lo necesario — y salió. La Suburban arrancó. El portón se abrió y se cerró con un zumbido eléctrico.
Valentina terminó los chilaquiles, se lavó los dientes, agarró la mochila y salió de la casa.
Caminó por el sendero de piedra, pasó los rosales, llegó al portón... y se detuvo.
El fraccionamiento se extendía ante ella como un laberinto de calles arboladas sin banquetas. Las casas estaban separadas por jardines enormes y bardas cubiertas de hiedra. No había tiendas. No había paradas de autobús. No había una sola persona caminando.
La caseta de vigilancia estaba a doscientos metros cuesta abajo. Valentina caminó hasta ahí con los tacones repiqueteando sobre el pavimento. El guardia — un hombre de bigote espeso y chaleco de seguridad — la miró con cortesía.
—Buenos días, señorita. ¿En qué le ayudo?
—Pedí un Uber. ¿Puede dejarlo pasar?
El guardia negó despacio.
—Lo siento, señorita. Los vehículos que no están en la lista autorizada no pueden ingresar al fraccionamiento. Norma del comité de vecinos.
—Pero es un Uber.
—Sí, señorita. Y no está en la lista.
Valentina miró el celular. El conductor del Uber le había enviado un mensaje: "No me dejan pasar, ahí le cancelo." El viaje ya estaba cancelado.
Se quedó parada frente a la caseta con la mochila al hombro y los tacones hundiéndose ligeramente en el pasto del borde. A su espalda, la cuesta de la calle principal subía hacia la residencia Montero. Abajo, a lo lejos, se veía la avenida real — con semáforos, con coches, con civilización.
Caminó cuesta abajo.
Los tacones eran un error. Lo supo a los tres minutos, cuando el pavimento se volvió irregular y tuvo que esquivar un bache. Lo confirmó a los cinco minutos, cuando el talón izquierdo se atoró en una grieta. Y lo aceptó definitivamente cuando se tropezó con una raíz de árbol que sobresalía de la banqueta y cayó de rodillas, raspándose la palma de la mano derecha contra el asfalto.
Se quedó sentada en el piso un momento, con las piernas dobladas y la mano ardiendo. La sangre le brotaba en un arañazo fino que iba del centro de la palma hasta la base del pulgar. Le escocía. Pero lo que más le dolía era el orgullo — el orgullo de haber rechazado el aventón, el orgullo de haber dicho "ya pedí un Uber," el orgullo de no haber aceptado que él tenía razón.
Un motor se acercó por detrás.
La Suburban negra se detuvo a su lado. La ventanilla bajó.
—¿Terminaste tu paseo?
La voz de Santiago era plana, sin burla aparente. Pero Valentina lo conocía lo suficiente —llevaba dos días conociéndolo y ya sentía que era suficiente para toda una vida— como para detectar la sombra de satisfacción detrás de la indiferencia.
Se subió al auto sin decir una palabra.
Él arrancó. Condujo tres cuadras en silencio. Luego, sin previo aviso, se detuvo frente a una farmacia que estaba justo en la salida del fraccionamiento. Bajó, entró, y regresó con una bolsa de plástico blanca.
Se sentó de nuevo al volante, sacó una gasa, un frasco de antiséptico y una curita. Le tomó la mano derecha sin pedir permiso.
Valentina se tensó.
—¿Qué haces?
Él no respondió. Le limpió el raspón con el antiséptico — la tela fría contra la piel caliente — con movimientos firmes pero lentos, sin apretar. Le pegó la curita con una precisión que parecía practicada. Sus dedos eran largos, secos, tibios.
Valentina se quedó mirando su propia mano entre las manos de él. La cicatriz de mordida en el dorso de la mano izquierda de Santiago estaba a centímetros de su cara. Vieja, blanca, con la forma de una boca muy pequeña.
Él soltó su mano.
—La próxima vez, usa zapatos de tu nivel de coordinación.
Valentina abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—¡Eres insoportable!
Santiago arrancó el auto.
—Llegamos en quince minutos.
—¡Sigo enojada contigo!
—Sé que llegas a las ocho. ¿Quieres seguir gritando o prefieres que acelere?
Valentina se cruzó de brazos, se hundió en el asiento de piel, y miró por la ventana con toda la dignidad que puede tener una mujer con una curita en la mano y un raspón en la rodilla.
No le dio las gracias.
Pero, cuando él giró en la avenida principal y el sol de la mañana le dio en la cara, Valentina bajó los ojos a la curita. La había puesto perfectamente recta, sin una sola arruga, con los bordes alineados al milímetro.
¿Quién le ponía curitas así a una desconocida?
El mismo tipo que preparaba agua de limón con miel a medianoche. Que manejaba despacio para que ella no se mareara. Que la insultaba con una mano y la curaba con la otra.
¿Cuál de los dos era el verdadero Santiago Montero?
Valentina no lo sabía. Pero algo en la base del estómago — algo que no era hambre ni irritación ni déjà vu, sino algo nuevo, algo que no tenía nombre todavía — le decía que iba a pasar mucho tiempo tratando de averiguarlo.