Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
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Capitulo 18
A la mañana siguiente, la luz entraba igual por la ventana, pero todo parecía haber cambiado. El peso de sus verdades, la magnitud de lo que sentían y el miedo a complicar sus vidas —y las de sus familias— los había dejado despiertos hasta el amanecer.
—Quizás… quizás lo mejor es que busque otro sitio —dijo Omar al fin, rompiendo el silencio mientras desayunaban sin mirarse—. Ahora que sabemos quiénes somos, todo se vuelve demasiado grande. Demasiado complicado. Si nos alejamos ahora, no tendremos que enfrentar todo lo que viene detrás.
Annie apretó la cuchara entre sus dedos, sintiendo que el pecho se le cerraba.
—¿Te vas porque te asusta lo que sentimos? ¿O porque te asusta que nuestras familias mezclen sus negocios con nosotros?
—Me asusta que nos hagamos daño —respondió él, levantándose de golpe para no ver cómo se le humedecían los ojos—. Esto empezó como algo sencillo, entre dos personas que se encontraron por error. Si seguimos, se convertirá en algo que no podemos controlar: reuniones, contratos, opiniones ajenas… No quiero que eso mate lo que tenemos.
—¿Y crees que irte lo arreglará? —preguntó ella con voz temblorosa—. ¿Crees que dejando esta puerta atrás dejarás de pensar en mí? ¿Que yo dejaré de esperar a oír tus pasos cada vez que suena el ascensor?
Omar se detuvo en la entrada, con la maleta en la mano, pero no pudo moverse.
—No lo sé. Solo sé que no quiero que lo que hay entre nosotros se vuelva una obligación. No quiero que pienses que estoy contigo por intereses, ni yo pensar que tú estás conmigo por lástima.
—¿Cómo puedes decir eso? —gritó ella, rompiendo la contención—. Yo te quise cuando creí que no tenías nada. Tú me quisiste cuando pensaste que yo era una chica común que solo tenía su pequeño apartamento. ¿De verdad crees que el dinero cambia eso?
Pero el orgullo y el miedo eran más fuertes en ese momento. Omar negó con la cabeza y salió sin decir nada más, cerrando la puerta suavemente, como si temiera romper el último hilo que los unía.
Pasaron tres días. Tres días en los que el destino pareció burlarse de su decisión. Se cruzaron en la cafetería donde él solía comprar café; se encontraron esperando el mismo autobús; incluso fueron llamados por separado a la misma reunión con un proveedor común, sin saber que el otro estaría allí. Cada vez que sus miradas se chocaban, el aire se volvía denso, cargado de una tensión que dolía en los huesos.
La tercera vez, en la puerta del edificio de oficinas, ya no pudieron evitar hablar.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó Omar, con la voz ronca y desesperada.
—¿Y tú a mí? —le devolvió ella, con los ojos brillantes de rabia y nostalgia—. Dijiste que te ibas para no complicarnos. Entonces ¿por qué apareces en todos los sitios a los que voy? ¿Por qué no puedo dar un paso sin tropezar contigo?
—Porque no sé irme —confesó él, dejando caer la carpeta al suelo—. Porque cada vez que tomo una decisión, mi corazón me lleva hacia ti. Intenté alejarme, Annie. De verdad lo intenté. Pero no puedo. No sé estar donde no estés tú.
—Yo tampoco —admitió ella, rompiendo a llorar—. He caminado por toda la ciudad buscando sitios donde no te hayamos estado juntos, y no encuentro ninguno. Todo me recuerda a ti. Incluso el silencio.
Omar dio un paso hacia ella, con las manos temblando, como si quisiera tocarla pero temiera que fuera un sueño.
—¿Y si lo complicamos todo? —preguntó bajito—. ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si todo sale mal?
—Prefiero equivocarme contigo —respondió ella acercándose hasta quedar a centímetros de él—, a acertar pasando el resto de mi vida sin ti. No importa lo que venga. No importa quiénes seamos. Lo único que importa es que somos nosotros.
Él soltó un gemido ahogado y la atrajo hacia sí, abrazándola con tanta fuerza que casi le faltó el aire, como si quisiera fundirse con ella para no separarse nunca más.
—No te vuelvo a soltar —susurró contra su cabello—. Ni aunque todo el mundo se ponga en contra. Ni aunque nos confundamos mil veces. Eres mi lugar, Annie. No importa dónde estemos.
Se quedaron abrazados mucho tiempo allí, en medio del vestíbulo, sin importarles que la gente pasara y los mirara. Por fin, cuando el corazón se les calmó un poco, se separaron lo justo para mirarse a los ojos.
—Tenía tanto miedo —confesó él, pasando el dorso de su mano por su mejilla—. Miedo de que todo lo que sentíamos fuera solo cosa de unos días, de que al conocernos de verdad dejáramos de querernos.
—Yo también —admitió ella—. Pensé que si nos alejábamos, el dolor pasaría. Pero solo se hizo más grande. Entendí que no importa quiénes seamos ante el mundo, sino quiénes somos cuando estamos solos. Y cuando estoy contigo… soy la mejor versión de mí misma.
Omar sonrió con ternura, tomándole la mano y apretándola con fuerza.
—Recuerdo el primer día que entré en tu casa. Pensé que era el fin de mi tranquilidad. Y ahora sé que fue el comienzo de mi vida. Tú me enseñaste que el amor no es tenerlo todo resuelto, sino ir resolviéndolo todo juntos.
—A mí me pasó igual —dijo ella—. Pensaba que el orden me daría seguridad. Pero tú me enseñaste que la verdadera seguridad es saber que hay alguien que te querrá igual, incluso cuando todo se desordena.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó él—. ¿Seguimos con nuestras vidas separadas, o nos atrevemos a construir una juntos?
Annie levantó la vista y sus ojos brillaron con una determinación que ya conocía muy bien.
—Nos atrevemos. Con todo lo que implica. Con nuestras familias, nuestros negocios, nuestros errores y nuestras alegrías. No quiero nada sencillo, Omar. Quiero esto. Quiero nosotros.
Él la besó entonces, un beso lleno de promesas y de certezas, sellando el camino que habían decidido tomar. Ya no había confusiones, ni miedos, ni mentiras. Solo dos corazones que habían encontrado su rumbo, justo donde menos lo esperaban.
—Entonces vamos —dijo él, entrelazando sus dedos con los suyos—. Vamos a casa. A nuestra casa.
—Sí —respondió ella con una sonrisa plena—. A casa.