Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Señor Esposo 1
Edward permanecía completamente inmóvil.
Las palabras de Harriet seguían resonando en su cabeza.
"Parece saber únicamente administrar."
No podía recordar la última vez que alguien había cuestionado su capacidad como padre.
O siquiera como duque.
Apretó lentamente los puños sobre el escritorio.
Sus nudillos comenzaron a ponerse blancos.
Harriet lo observó en silencio.
[Pensando bien...]
[Sí tiene sangre en las venas.]
[Ya era hora de que reaccionara.]
Edward respiró profundamente.
Cuando volvió a hablar, su voz era completamente controlada.
Demasiado controlada.
—Soy...
Hizo una pausa.
—Un buen duque.
Harriet no respondió.
Simplemente lo miró.
Inclinó apenas la cabeza.
Con una expresión que decía exactamente lo contrario.
[No. No lo eres, te casaste con una desconocida porque era “lo correcto” tener una esposa, y la dejaste criar a tus hijos, o maltratarlos]
Edward sintió que aquella silenciosa mirada era incluso más irritante que cualquier discusión.
—¿No está de acuerdo?
Harriet siguió sin responder.
Solo levantó una ceja.
Edward respiró otra vez.
—No he visto a los niños... Porque acabo de regresar de un viaje.
Harriet permanecía inmóvil.
—He tenido asuntos urgentes que resolver.
Ella seguía observándolo.
Finalmente añadió..
—Mañana...
Harriet levantó apenas la vista.
—...tenía pensado ir a verlos.
Hubo un breve silencio.
Después Harriet asintió.
—Bien.
Edward respondió automáticamente.
—Bien.
Volvió otro incómodo silencio.
Los dos permanecían mirándose.
Ninguno parecía dispuesto a decir nada más.
Finalmente Harriet rompió el momento.
—Entonces...
Se puso lentamente de pie.
—Me retiro.
Edward hizo un pequeño gesto con la cabeza.
—Como quiera.
Harriet acomodó con elegancia una pequeña arruga de su vestido.
Luego realizó una impecable reverencia.
Y con una voz absolutamente refinada dijo..
—Ha sido una agradable conversación...
Hizo una pequeña pausa.
Miró directamente a Edward.
Y añadió con una dulzura exageradamente teatral.
—...señor esposo.
Edward levantó lentamente la cabeza.
[...¿Señor esposo?]
La miró fijamente.
Harriet le regaló una sonrisa.
No era una sonrisa amable.
Era una sonrisa divertida.
Traviesa.
Con un ligero toque de burla.
Como si disfrutara enormemente haber encontrado una nueva forma de incomodarlo.
Edward la fulminó con la mirada.
Ella sonrió todavía más.
[Punto para mí.]
Giró sobre sus talones.
Y caminó elegantemente hacia la puerta.
La abrió.
Salió al pasillo.
Y justo cuando creyó que ya estaba fuera de su alcance...
Murmuró para sí misma.
—Qué pesado...
Desde el despacho se escuchó inmediatamente la voz del duque.
—¿Qué dijo?
Los ojos de Harriet se abrieron.
[¡Me escuchó!]
Sin perder un segundo...
Cerró la puerta.
Y comenzó a caminar...
No.
A caminar muy rápido.
Bueno...
Prácticamente a huir.
Mary, que había esperado todo ese tiempo fuera, tardó apenas un instante en reaccionar.
—¡Mi lady!
Comenzó a seguirla.
Harriet aceleró el paso.
Mary también.
Harriet dobló un pasillo.
Mary casi tuvo que correr.
—¡Mi lady, espere!
Harriet soltó una pequeña risa.
—¡Creo que se molestó!
—¡¿Cree?!
Mary estaba completamente pálida.
—¡Estoy segura!
Las dos siguieron avanzando por los largos corredores de la mansión.
Harriet llevaba una enorme sonrisa.
Mary parecía al borde del desmayo.
—Mi lady...
Dijo entre respiraciones agitadas.
—¿Siempre habla así con los duques?
Harriet respondió sin dejar de caminar.
—No. Es el primero con el que me caso.
Mary abrió la boca.
No supo qué responder.
Harriet soltó otra carcajada.
[Pensándolo bien...]
[Valió totalmente la pena.]
Mientras tanto...
Dentro del despacho.
Edward seguía sentado.
Mirando fijamente la puerta cerrada.
Después de un largo minuto de silencio...
Apoyó lentamente una mano sobre su frente.
—...Qué mujer tan problemática.
Pero, por mucho que intentara volver a concentrarse...
Los documentos dejaron de tener sentido.
Porque, en lugar de pensar en impuestos o cosechas...
Su mente repetía una y otra vez aquella voz melodiosa diciendo con exagerada cortesía..
"Ha sido una agradable conversación... señor esposo."
Edward cerró los ojos.
Y por primera vez en muchos años...
Descubrió que existía alguien capaz de derrotarlo sin necesidad de levantar una espada.
Le bastaban unas cuantas palabras... y una sonrisa burlona.