Tras ser traicionada y asesinada por su esposo, Valeria renace tres años en el pasado armada con el conocimiento del futuro para destruir a sus enemigos y construir un imperio financiero imparable.
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Sombras en el Danubio
Viena en invierno era una ciudad de contrastes: la calidez de los cafés históricos contra el frío cortante del viento que bajaba del Danubio. Valeria caminaba por la Ringstrasse, envuelta en un abrigo de lana gris oscuro que la hacía parecer una sombra elegante entre la arquitectura imperial. A su lado, Adrián Thorne mantenía su mano sobre el pomo de su bastón, un accesorio que escondía una defensa electrificada de última generación.
Habían recibido la invitación de Isabella Volkov apenas doce horas después de regresar de Ginebra. No era un mensaje de texto esta vez, sino una tarjeta física, grabada con el escudo de los Volkov, entregada por un mensajero que desapareció antes de que Sebastián pudiera interrogarlo. *"Una cena de paz en el Palacio Belvedere. Solo nosotros cuatro. Es hora de que las damas hablen sin el ruido de los abogados"*.
—Es una trampa, Valeria —había dicho Adrián en el avión—. Isabella no ofrece paz. Ofrece funerales con música de cámara.
—Lo sé —respondió ella—. Pero es la única forma de acercarme lo suficiente para ver su debilidad. Isabella cree que juega con la ventaja de la experiencia. No sabe que yo juego con la ventaja de la historia escrita.
El Palacio Belvedere lucía imponente bajo la luz de la luna. Las estatuas de las esfinges parecían observar a Valeria con una mezcla de respeto y advertencia mientras ella subía la escalinata de mármol. Dentro, el aire olía a cera de abejas, incienso y el inconfundible aroma del poder absoluto.
Isabella Volkov los esperaba en un salón privado, rodeado de pinturas flamencas y muebles de la época de María Teresa. Llevaba un vestido de terciopelo verde esmeralda y un collar de esmeraldas que parecía contener la esencia misma de los bosques siberianos. A su lado, un hombre de aspecto gélido y uniforme impecable —el General Volkov, su primo y jefe de seguridad— permanecía de pie como una gárgola.
—Valeria Soler... —dijo Isabella, levantándose con una elegancia que parecía flotar sobre el suelo—. Y el señor Thorne. Bienvenidos a mi humilde rincón en Europa. Me alegra que hayan aceptado mi invitación a pesar de... nuestros recientes malentendidos.
—Llamar al intento de asesinato de mi padre y a la amenaza de muerte de mi ama de llaves "malentendidos" es una forma muy generosa de usar el lenguaje, Isabella —respondió Valeria, sentándose a la mesa sin esperar protocolo—. Pero supongo que en tu mundo, la semántica es solo otra herramienta de manipulación.
Isabella sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos color acero. —En mi mundo, Valeria, los resultados son lo único que importa. Tu padre era un hombre idealista. Creía que la ética podía convivir con la expansión global. Yo le advertí que el Grupo Soler sería devorado si no se fusionaba con una fuerza mayor. Él se negó. Tú... tú pareces tener más instinto de supervivencia, aunque un poco desordenado.
La cena comenzó. Los platos eran obras de arte culinario, pero Valeria apenas los tocó. Adrián y el General Volkov intercambiaban miradas que eran duelos silenciosos, mientras las dos mujeres se medían con palabras que cortaban más que los cuchillos de plata.
—Tu alianza con Van der Berg es... ingeniosa —continuó Isabella, bebiendo un sorbo de vino blanco—. Pero Hans es un anciano que vive de recuerdos. Su flota no puede proteger tus intereses para siempre. Mañana, el Parlamento Europeo recibirá una queja formal sobre las "prácticas ambientales" de las minas de Van der Berg. Su suministro quedará bloqueado por años en litigios burocráticos que yo controlo.
—¿Y tú crees que yo no sabía que harías eso? —Valeria dejó su copa sobre la mesa y se inclinó hacia adelante—. Isabella, me estudiaste como a la hija de Alberto Soler. Me viste como una heredera frágil que tuvo suerte en una gala. Pero te olvidaste de mirar lo que he estado haciendo en los mercados de futuros.
Isabella arqueó una ceja, divertida. —¿Mercados de futuros? ¿Hablas de tus pequeñas compras de acciones de tecnología médica? Son migajas, Valeria.
—No hablo de tecnología médica —dijo Valeria, y su voz adquirió un tono que hizo que el General Volkov se moviera incómodamente—. Hablo de la filtración que ocurrirá mañana en el *Financial Times* sobre el "Escándalo de los Papeles del Volga". —Valeria hizo una pausa, disfrutando del primer destello de duda en los ojos de Isabella—. Una red de treinta y dos empresas fantasma en las Islas Vírgenes Británicas que Volkov Enterprises usó para evadir impuestos por valor de quince mil millones de euros en la última década.
Isabella se rió, pero fue una risa corta. —Eso es un mito, Valeria. Mis estructuras legales son impenetrables. Muchos lo han intentado y todos han fallado.
—No todos —respondió Valeria—. Porque nadie sabía dónde buscar el "Servidor Espejo" en la clínica del Doctor Ríos en las afueras de Ginebra. El servidor que tu primo, el General, usó para guardar los registros de las transferencias ilegales creyendo que estarían seguros en una clínica de salud privada.
Isabella se giró lentamente hacia el General Volkov. El hombre, antes impasible, ahora tenía una fina gota de sudor bajando por su sien.
—¿Cómo sabes lo del servidor? —susurró Isabella, y esta vez su voz era un siseo letal.
—Digamos que tengo fuentes que van más allá del presente —respondió Valeria, recordando las noticias internacionales del año 2027 en su vida pasada, cuando el imperio Volkov colapsó precisamente por ese servidor—. En mi tablet, Adrián tiene el control remoto de la difusión de esos documentos. Si no salimos de este palacio y regresamos a nuestro hotel en los próximos quince minutos, el servidor liberará los archivos a todos los reguladores fiscales del mundo.
Adrián mostró la pantalla de su tablet, donde un cronómetro de cuenta regresiva marcaba 14:22 minutos.
Isabella se levantó de golpe, tirando su servilleta sobre la mesa. La máscara de la "Zarina" se rompió por fin, revelando a una mujer furiosa y acorralada.
—¡Me estás chantajeando! —gritó ella—. ¡Tú, una niña que apenas sabe cómo leer un balance general!
—No es chantaje, Isabella. Es justicia poética. —Valeria se levantó también, manteniendo una calma soberana—. Tú mataste a mi padre por un imperio de mentiras. Yo voy a destruir tu imperio con la verdad. Pero te daré una opción.
Isabella la miró con odio puro. —¿Qué opción?
—Retira el bloqueo de mis suministros. Firma el acuerdo de no agresión y reconoce la independencia del Grupo Soler y Thorne Enterprises. Y a cambio, el servidor seguirá dormido... por ahora.
—¡Jamás! —rugió el General Volkov, echando mano a su chaqueta, pero Adrián fue más rápido. En un movimiento fluido, apuntó con su bastón al pecho del General, y el arco eléctrico que saltó entre los dos fue suficiente para que el hombre se quedara paralizado por el choque.
—Quedan doce minutos, Isabella —dijo Valeria, sin mirar al General caído—. Decide. O el mundo entero verá cómo la gran Isabella Volkov es poco más que una ladrona de guante blanco.
Isabella miró a su primo en el suelo, luego miró a Valeria. Por primera vez en su vida, sintió miedo. No miedo a la muerte, sino miedo a la irrelevancia, a la pobreza, al juicio de un mundo que ella siempre había despreciado.
—Firmaré —dijo Isabella, su voz cargada de un veneno que prometía venganza futura—. Pero esto no se acaba aquí, Valeria. Me has humillado en mi propia casa.
—Lo sé. Y créeme, Isabella, esto es solo el principio de lo que mereces. —Valeria tomó su bolso y miró a Adrián—. Vámonos. El aire aquí se está volviendo tóxico.
Salieron del palacio bajo la mirada de piedra de las esfinges. En el coche de regreso al hotel, el silencio fue roto por el suspiro de Adrián.
—Eso ha sido lo más arriesgado que he visto en mi vida —dijo él, guardando su tablet—. ¿De verdad tenías los documentos, Valeria?
Valeria miró por la ventana hacia el Danubio, cuyas aguas oscuras fluían indiferentes a las ambiciones de los hombres.
—Los tengo, Adrián. Pero no en el servidor de Ríos. Ríos no tenía ese servidor todavía... —se corrigió a tiempo—. Lo que tengo es el conocimiento de dónde estarán. Los documentos que le mostré eran simulaciones basadas en lo que sé que ocurrirá. Isabella entró en pánico porque sabe que lo que dije es verdad, aunque no sepa cómo lo obtuve.
Adrián la miró con una mezcla de asombro y algo que parecía devoción. —¿Cómo lo haces, Valeria? A veces siento que no eres de este mundo.
Valeria le tomó la mano. —Soy de este mundo, Adrián. Pero soy de un mundo que ya aprendió sus lecciones por el camino difícil. Y ahora, por fin, podemos empezar a respirar.
Esa noche, en el hotel de Viena, Valeria y Adrián celebraron no con champán, sino con el silencio de dos guerreros que han ganado una posición estratégica vital. El bloqueo de Volkov fue levantado oficialmente a las tres de la mañana. Los suministros de Van der Berg empezaron a fluir de nuevo hacia las fábricas Soler.
Pero Valeria sabía que Isabella no era de las que se rinden. Había ganado tiempo, sí. Había ganado poder, también. Pero la Zarina ahora era un animal herido, y los animales heridos son capaces de las mayores atrocidades.
En Moscú, Isabella Volkov miraba las noticias sobre el mercado financiero desde su oficina privada. El General Volkov entró, con el rostro pálido y un vendaje en el brazo.
—¿Qué hacemos, señora? —preguntó él.
—Llama al "Consorcio" —dijo Isabella, y su voz no tenía rastro de la emoción de la cena—. Valeria Soler ha demostrado ser más que una molestia corporativa. Es una amenaza existencial. Si no podemos absorberla, tendremos que borrarla de la faz de la tierra. Pero esta vez, no usaremos venenos lentos ni herederos falsos. Esta vez, usaremos la fuerza bruta.
Valeria, en su cama del hotel, sintió un escalofrío repentino. Sabía que la paz de Viena era solo el ojo de la tormenta. La verdadera Caída del Muro de Cristal estaba por venir.
Continuará...