Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 11: Caprichos que ponen a prueba al Dragón.
Desde aquella visita sorpresa a la mansión Wén, las idas y venidas del Emperador se volvieron algo habitual. Li Longjun ya no se escondía ni se preocupaba por lo que dijeran los demás; cada pocos días, dejaba atrás los asuntos de la corte, las reuniones interminables y las formalidades pesadas, y se presentaba en la casa de su funcionario, solo con su consejero y unos pocos guardias, buscando un solo tesoro: el tiempo que podía pasar junto a Roxana.
Para él, cada momento a su lado era un regalo. Escucharla hablar, verla pensar, observar cómo sus ojos brillaban cuando explicaba alguna idea nueva… todo eso se había convertido en lo más importante de su vida. Pero lo que él no sabía, lo que no podía imaginar, era que para Roxana, todo esto era también una prueba.
Ella sabía quién era él: el hombre más poderoso, el más respetado, el más temido. Un hombre que toda su vida había tenido todo lo que quería con solo pedirlo, que estaba acostumbrado a que todos obedecieran sus órdenes sin dudar, que nunca había tenido que esforzarse por nada ni por nadie. Y ella, que valoraba por encima de todo la libertad y la sinceridad, quería saber algo fundamental: ¿Lo que él sentía era verdadero? ¿O solo era el deseo de poseer algo que le parecía nuevo y distinto?
Así que decidió ponerlo a prueba. Y lo hizo con esa mezcla de inteligencia y capricho que siempre la caracterizaba, pidiéndole cosas que nadie se habría atrevido a pedirle jamás, cosas difíciles, cosas extrañas, cosas que no tenían ningún sentido, solo para ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar por ella.
Una tarde, mientras paseaban por el jardín, él le hablaba con entusiasmo de cómo había puesto en práctica algunas de sus ideas sobre riego en las tierras del sur, cuando ella se detuvo de golpe, miró hacia un rincón del jardín donde crecían unas flores silvestres de color azul intenso y dijo con voz tranquila, como si fuera lo más normal del mundo:
—Majestad, me gustan mucho esas flores. Pero aquí solo hay unas pocas. Quiero que mañana, cuando venga, todo este jardín esté lleno de ellas. Desde la entrada hasta el estanque. Quiero que haya miles de estas flores azules.
Li Longjun frunció el ceño levemente, sorprendido.
—Pero Roxana… esas flores solo crecen en las montañas altas del norte, a muchos días de viaje de aquí. Son difíciles de conseguir, y mucho más de plantar aquí, donde el clima es distinto.
Ella se encogió de hombros, le dedicó una sonrisita desafiante y empezó a caminar de nuevo, como si ya no le importara.
—Ah, bueno. Si es demasiado difícil, no lo haga. Solo fue un capricho. Pero pensé que si realmente le gusta pasar tiempo conmigo, le gustaría verme sonreír al ver mi jardín lleno de flores azules.
Y siguió caminando, sin mirar atrás, dejándolo allí parado.
Li Longjun se quedó inmóvil un momento, mirándola alejarse, escuchando esas palabras sencillas que le habían llegado directo al corazón. ¿Demasiado difícil? ¿Para él? ¿El Emperador del mayor imperio del mundo, que podía mover ejércitos, construir ciudades, cambiar leyes… iba a decir que no podía traer unas flores solo porque estaban lejos? Y, sobre todo… ella había dicho que quería verlo sonreír.
Sin decir una palabra más, llamó a su consejero y le dio la orden con firmeza absoluta:
—Envía mensajeros rápidos, los mejores que tengamos. Que vayan al norte, a las montañas, que busquen estas flores, que las recojan con cuidado, que las traigan sin que se marchiten y que mañana mismo, antes del amanecer, todo este jardín esté plantado con ellas. Cueste lo que cueste, sea lo que sea necesario. Quiero que esté hecho.
A la mañana siguiente, cuando Roxana salió de su habitación y salió al jardín, se detuvo sorprendida. Todo el suelo, todo el camino, todos los bordes del estanque, todo estaba cubierto de un azul brillante y hermoso. Miles de flores, frescas, abiertas, llenando el aire con un perfume suave y dulce. Y allí estaba él, de pie junto a la puerta, mirándola con una sonrisa de satisfacción y un poco de cansancio en los ojos, porque había pasado la noche entera despierto, asegurándose de que todo saliera bien.
—¿Te gusta? —le preguntó él, acercándose despacio.
Ella lo miró, miró las flores, y una sonrisa sincera, dulce y verdadera se dibujó en sus labios, una sonrisa que iluminó todo su rostro.
—Sí. Es hermoso. Gracias.
Y en ese momento, Li Longjun sintió una alegría más grande que cualquier victoria en la guerra, más grande que cualquier tesoro que hubiera podido tener. Verla sonreír, saber que él había sido quien lo había hecho posible… valía cada esfuerzo, cada hora sin dormir, cada problema que había tenido que resolver.
Pero las pruebas no terminaron ahí. Al contrario, apenas empezaban.
Unos días después, estaban sentados bajo el árbol de ginkgo, mirando cómo caían las hojas al suelo, cuando ella dijo de repente:
—Hace mucho calor, ¿verdad? Me gustaría comer fruta fresca de las tierras del sur. Esas frutas redondas, dulces y jugosas que solo crecen allí, donde siempre hace calor. Pero sé que tardan diez días en llegar aquí, y para cuando llegan, ya están maduras o estropeadas. Así que… supongo que no las podré probar hoy.
Lo miró de reojo, con esa mirada traviesa que ya empezaba a conocer bien.
Li Longjun no lo dudó ni un segundo. Esa misma tarde, salieron caballos veloces desde el palacio, con órdenes estrictas: ir al sur, recoger las frutas cuando todavía estuvieran verdes, viajar día y noche sin parar, cambiando caballos en cada posta, para que llegaran a la capital en menos de cuatro días, antes de que se echaran a perder. Y lo hicieron. Cuatro días después, ella tenía una cesta llena de esas frutas, frescas, dulces, perfectas. Y él estaba allí, esperando verla probarlas, esperando ver esa sonrisa que se había convertido en el motor de su vida.
Otra vez, ella le pidió algo que parecía absurdo, sin sentido:
—Dicen que el río que pasa por la ciudad cambia de curso cada año, y que a veces se lleva tierras y casas. Quiero que mañana, cuando venga, el agua del río corra hacia el otro lado, hacia los campos vacíos, para que no dañe a nadie. Sé que es algo que lleva meses de trabajo y cientos de hombres… pero sería bonito verlo.
Y él lo hizo. Organizó a los trabajadores, dio las órdenes, movió piedras, abrió nuevos canales, trabajó junto a ellos, manchándose las manos y la ropa, como si fuera un campesino más, solo para cumplir ese capricho que ella había dicho sin pensar mucho. Y cuando ella vio que el agua corría por donde ella había querido, no dijo nada, solo lo miró y le asintió despacio, con una mirada que le decía que entendía todo lo que había hecho.
Pasaron las semanas, y las peticiones seguían llegando, una tras otra. Cosas grandes, cosas pequeñas, cosas útiles, cosas totalmente inútiles:
—Quiero ver cómo se pone el sol desde la cima de la colina más alta de la ciudad. Y quiero que el camino hasta allá sea plano y limpio, para poder subir cómoda.
—Quiero tener un mapa de todo el imperio, dibujado en una sola hoja, con todos los ríos, todas las montañas y todos los pueblos, con nombres claros y grandes.
—Quiero que los pájaros que cantan por la mañana se queden todo el día en el jardín, y que no se vayan al bosque.
Y él cumplía todas y cada una. Sin preguntar por qué. Sin quejarse. Sin decir que era difícil, o que era imposible, o que no tenía sentido. Simplemente, escuchaba sus palabras, y su mente ya no pensaba en otra cosa que no fuera cómo hacerlo realidad.
Al principio, su consejero Liu Wei estaba desconcertado, casi preocupado. Un día, mientras volvían al palacio después de haber pasado horas buscando unas piedras de colores que ella había dicho que quería para decorar su mesa, el consejero se atrevió a hablar:
—Majestad, con todo respeto… ¿Se da cuenta de lo que hace? Usted es el Emperador. Gobierna a millones de personas, toma decisiones que cambian el destino del país. Y aquí lo tenemos, corriendo de un lado a otro, buscando flores, frutas, piedras, cambiando ríos y caminos… todo por caprichos de una joven. ¿Es correcto? ¿Es sabio?
Li Longjun cabalgaba despacio, mirando hacia la dirección de la mansión Wén, con una sonrisa tranquila y feliz en los labios. Respondió sin ni siquiera mirar a su consejero, con voz suave pero llena de certeza:
—Liu, tú no lo entiendes. Yo pensaba que gobernaba el imperio, que tenía el poder, que tenía todo lo que un hombre puede desear. Pero me equivocaba. Todo eso no es nada, comparado con lo que siento ahora.
Se giró hacia él, y sus ojos brillaban con una luz que nunca antes había tenido:
—Ella me pide cosas que parecen locuras, cosas que nadie se atrevería a pedirme. Y cada vez que me pide algo, yo me pregunto: ¿Por qué lo hace? ¿Para qué quiere eso? Pero hoy me he dado cuenta de algo muy importante. Me he dado cuenta de que no importa qué me pida. No importa si es difícil, o imposible, o absurdo. Me he dado cuenta de que haría cualquier cosa. Cualquier cosa que ella me pidiera. Movería montañas, secaría mares, cambiaría el curso de las estrellas… todo con tal de verla sonreír. Todo con tal de que ella sepa que, para ella, yo no soy solo el Emperador. Soy el hombre que es capaz de todo, solo por ella.
Liu Wei se quedó callado, comprendiendo por fin. Vio que su señor, el Dragón Dorado, el hombre más poderoso, había encontrado algo mucho más fuerte que su poder: el amor. Y que ese amor lo había cambiado todo.
Unos días después, fue ella misma quien le puso la prueba más grande de todas. Estaban sentados en el pabellón del jardín, mirando hacia la ciudad, cuando ella dijo con voz suave, sin mirarlo:
—Dicen que en el palacio imperial hay un jardín secreto, lleno de árboles antiguos y fuentes de agua clara, que está cerrado desde hace años, y que nadie puede entrar nunca. Dicen que es el lugar más hermoso de todo el imperio. Me gustaría verlo. Quiero que mañana, cuando vaya al palacio, me lleve allí y me deje pasear por todo él, tocar las flores, sentarme bajo los árboles… y quiero que se quede cerrado para siempre para todos los demás, y que sea solo mío. Un lugar solo para mí.
Esa petición era diferente. Ese jardín secreto era un lugar sagrado, reservado solo para los antepasados, un lugar que ni siquiera las emperatrices o las concubinas podían visitar. Era algo que iba contra todas las tradiciones, todas las leyes, todas las normas.
Li Longjun se quedó en silencio un momento. Sabía lo que eso significaba. Sabía que hacerlo era romper con todo lo que siempre se había respetado. Sabía que si lo hacía, estaría cambiando la historia, estaría poniendo a ella por encima de todo, incluso por encima de sus propios antepasados.
Pero luego, miró a Roxana. Vio esa expresión tranquila, esa mirada que lo retaba, esa seguridad en sí misma. Y supo que no tenía opción. No porque ella lo obligara, sino porque él mismo no podía negarle nada.
Se puso de pie, se inclinó hacia ella y le dijo con voz firme, llena de promesas:
—Mañana estarás allí. Y ese jardín, y todo lo que hay en él, y todo lo que soy… será tuyo. Solo tuyo. Para siempre.
Al día siguiente, cuando ella entró en ese lugar hermoso, tranquilo, lleno de paz, y vio que él había cumplido, que había desbloqueado las puertas, que había quitado todas las prohibiciones, que había hecho que ese lugar sagrado fuera solo para ella… Roxana se detuvo, lo miró a los ojos, y esta vez no fue una sonrisita, ni una sonrisa de satisfacción. Fue una mirada profunda, sincera, donde por primera vez él vio que ella también sentía algo, que ella también entendía lo que él hacía y lo que él sentía.
—¿Por qué lo haces? —le preguntó ella, bajando la voz—. ¿Por qué cumples todos mis caprichos, aunque sean estúpidos, aunque sean difíciles, aunque nadie lo haría?
Li Longjun se acercó a ella, le tomó las manos entre las suyas y le respondió con toda la verdad de su corazón:
—Porque contigo he aprendido que el poder no sirve de nada si no lo uso para hacer feliz a la única persona que me importa. Porque tus caprichos no son solo cosas que pides… son pruebas. Y yo quiero que sepas, Roxana, que no hay nada, absolutamente nada en este mundo, que yo no haría por ti. Porque te quiero. Y porque verte sonreír es lo único que realmente me hace sentir vivo.
Roxana lo miró largo rato, y en sus ojos ya no había duda, ni desconfianza, ni necesidad de seguir probándolo. Porque había visto que el Dragón Dorado, el hombre que podía tener todo, había decidido ser suyo. Que había bajado su orgullo, que había puesto su poder a sus pies, que estaba dispuesto a todo, solo por ella.
Y en ese momento, ella supo que la prueba había terminado. Y que él había ganado. No porque hubiera cumplido todas sus peticiones, sino porque le había demostrado que su amor era más fuerte que cualquier ley, cualquier norma o cualquier obstáculo.
Desde ese día, los caprichos no terminaron del todo —porque ella seguía siendo ella, caprichosa y libre—, pero ya no eran pruebas. Eran simplemente la forma en que se entendían, la forma en que él demostraba su amor y la forma en que ella, poco a poco, le abría las puertas de su corazón.
Y Li Longjun, el Emperador, el hombre más poderoso del mundo, estaba más feliz que nunca. Porque había descubierto que no había mayor gloria, ni mayor riqueza, que ser el hombre capaz de cumplir cada deseo de la mujer que amaba. Y que haría cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, con tal de verla sonreír una vez más.