En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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La Primera Prueba — El Puente de los Recuerdos
"A veces, el primer paso para salvar el futuro consiste en regresar al instante en que todo comenzó".
La puerta de piedra terminó de abrirse.
Una cálida brisa atravesó la sala del templo, llevando consigo el perfume de los cerezos en flor.
Akira sintió que el corazón le daba un vuelco.
Frente a ellos aparecía un paisaje imposible.
El pequeño puente de madera.
El río cristalino.
Las flores silvestres crecen a ambos lados del sendero.
El viejo columpio colgado del enorme cerezo.
Todo era exactamente igual que doce años atrás.
Ni una hoja fuera de lugar.
Ni una tabla desgastada de más.
Era como si el tiempo hubiera quedado suspendido.
Hana llevó una mano hasta su boca.
Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.
—Es...
Es el mismo lugar...
Sora sonrió con dulzura.
-No.
Es el recuerdo que ambos guardan de ese lugar.
Y los recuerdos nunca son exactamente iguales a la realidad.
Akira observa el paisaje con atención.
Entonces lo notó.
El puente estaba intacto.
Pero él grababa una pequeña grieta en uno de los tablones.
Aquí no existía.
El banco de madera tenía pintura nueva.
En su memoria estaba desgastada por la lluvia.
Las flores eran más numerosas.
Los colores más vivos.
Todo parecía demasiado perfecto.
Como si hubiera sido construido con nostalgia.
—No estamos viendo el pasado...
dijo Akira.
—Estamos viendo cómo lo recordamos.
Sora bautizada.
—Exactamente.
Y esa es la primera prueba.
El pequeño guardián caminó hasta el borde de la puerta.
Antes de desaparecer, miró a ambos con una gravedad impropia de un niño.
—No olviden esto.
Los recuerdos pueden abrazarte...
Pero también pueden encadenarte.
La puerta se cerró detrás de ellos.
El templo desapareció.
Ahora solo existían el puente...
Y el silencio.
Hana avanzó lentamente.
Cada paso despertaba un nuevo recuerdo.
Se detuvo junto al columpio.
Pasó los dedos sobre la cuerda.
—Aquí fue donde me enseñaste a subir sin caerme.
Akira sonrió.
—Y te caíste igual.
Ella soltó una pequeña risa.
—Tres veces.
—Cinco.
—Fueron tres.
—Cinco.
—¡Tres!
Los dos comenzaron a reír.
Aquella discusión era idéntica a la de cuando eran niños.
Durante unos segundos olvidaron completamente que estaban dentro de una prueba.
Un ruido llamó su atención.
Del otro lado del puente aparecieron dos pequeños.
Un niño de siete años.
Una niña de la misma edad.
Corrían persiguiendo mariposas.
Hana dejó de respirar.
—Somos...
Nosotros.
Akira sintió un escalofrío.
Estaban viendo sus versiones infantiles.
El pequeño Akira llevaba un sombrero demasiado grande.
La pequeña Hana sostenía una cesta llena de flores.
Reían.
Sin preocupaciones.
Sin destino.
Tragedias del pecado.
Solo eran dos niños descubriendo el mundo.
Los observaron durante varios minutos.
Sin intervenir.
Sin ser vistos.
Hasta que ocurrió el momento que ambos grabaron perfectamente.
La pequeña Hana tropezó con una raíz.
Las flores cayeron al suelo.
Comenzó a llorar.
El pequeño Akira se arrodillo frente a ella.
Recogió una a una todas las flores.
Después tomó una pequeña margarita.
La colocación detrás de la oreja de Hana.
Y dijo sonriendo:
—Sin llores.
Mientras estés conmigo...
Siempre encontraremos más flores.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Hana.
—Lo recordaba...
Pero no con tanta claridad.
Akira sintió un profundo calor en el pecho.
Aquel niño no sabía nada del futuro.
Ni del sufrimiento.
Ni de las vidas pasadas.
Simplemente quería hacer sonreír a su mejor amiga.
El paisaje comenzó a cambiar.
El cielo se oscureció lentamente.
El viento dejó de ser cálido.
Los colores comenzaron a desaparecer.
Las flores se marchitaban frente a sus ojos.
El río perdió su brillo.
El puente empezó a agrietarse.
Una voz resonó desde todas las partes.
No pertenecía a Sora.
Era mucho más antigua.
Más profunda.
—Los recuerdos son hermosos...
Porque terminan.
El mundo comenzó a romperse.
Las montañas desaparecieron.
Los árboles se deshicieron como cenizas.
Solo el puente permanecía en pie.
Suspendido sobre un inmenso vacío.
Akira tomó inmediatamente la mano de Hana.
Ella respondió con fuerza.
—¿Qué está ocurriendo?
La misma voz respondió.
—La primera prueba no consiste en recordar.
Consiste en decidir.
Frente a ellos aparecieron dos caminos.
Uno conducía hacia la pequeña Hana.
La niña seguía llorando junto a las flores.
El otro llevaba hacia el pequeño Akira, que permanecía completamente solo.
Una enorme grieta comenzaba a separarlos.
Cada segundo estaban más lejos uno del otro.
La voz habló nuevamente.
—Solo pueden salvar a uno.
El silencio fue absoluto.
Hana sintió que las piernas dejaban de responderle.
—¿Qué...?
—Si salvan a la niña...
El niño desaparecerá.
Si salvan al niño...
La niña caerá en el vacío.
Akira negó inmediatamente.
-No.
Eso no puede ser.
La voz permaneció indiferente.
—Toda decisión implica una pérdida.
Demuéstrenme a quién aman más.
Hana dio un paso hacia la pequeña versión de Akira.
Pero se detuvo.
Akira hizo lo mismo hacia la niña.
También se detuvo.
Los dos comprendieron al mismo tiempo que era imposible elegir.
¿Cómo decidir entre uno y otro?
Ambos eran igualmente importantes.
Ambos eran el origen de todo.
La grieta siguió creciendo.
Las voces de los niños comenzaron a escucharse.
—¡Akira!
gritó la pequeña Hana.
—¡No te vayas!
El pequeño Akira extendió desesperadamente la mano.
—¡Hana!
¡Tengo miedo!
El corazón de Akira parecía romperse.
Quería correr.
Salvarlos.
Pero hacerlo significaba condenar al otro.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Hana.
—No puedo...
No puedo elegir.
Akira apretó su mano.
Él tampoco podía.
Y entonces recordó algo.
Las palabras de Sora.
"Los recuerdos pueden abrazarte...
Pero también pueden encadenarte."
Akira cerró lentamente los ojos.
Respiró profundamente.
Y sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Cuando volvió a abrirlos, miró a Hana.
—Creo que ya entendí.
Ella lo observó confundida.
—¿Qué?
—La prueba nunca fue elegir.
Hana frunció el fruncido.
Akira dio un paso hacia el centro del puente.
Justo donde la grieta era más profunda.
—Nuestros recuerdos son importantes.
Pero no podemos vivir intentando cambiar lo que ya ocurrió.
Miró a sus versiones infantiles.
—Ellos ya hicieron su camino.
Ahora nos toca hacer el nuestro.
Hana comenzó a comprender.
Las lágrimas seguían cayendo.
Pero esta vez sonrió.
—Tienes razón.
Los dos soltaron lentamente las manos de sus recuerdos.
Y, en lugar de correr hacia alguno de ellos...
Se tomó nuevamente de las manos entre sí.
Mirando hacia adelante.
No hacia el pasado.
La voz guardó silencio.
Durante unos segundos...
No ocurrió absolutamente nada.
Entonces...
El puente comenzó a cubrirse de pétalos blancos.
La grieta desapareció.
Los niños sonrieron.
Y poco a poco se desvanecieron entre la luz.
Antes de desaparecer por completo, el pequeño Akira levantó el pulgar.
La pequeña Hana hizo una pequeña reverencia.
Como despidiéndose.
Todo volvió a llenarse de luz.
Cuando Akira y Hana abrieron nuevamente los ojos...
Estaban otra vez frente al pequeño cerezo del templo.
Sora los esperaba.
Sonriendo.
En la rama más alta...
Una nueva flor acababa de abrirse.
Ya no había seis.
Había siete nuevamente.
El niño aplaudió suavemente.
—Felicidades.
Son los primeros en quinientos años que comprenden la verdadera naturaleza de la prueba.
Akira respiró aliviado.
—¿Cuál era?
Sora sonrió.
—El amor verdadero no intenta reescribir el pasado.
Construye el futuro.
De repente, la segunda puerta comenzó a iluminarse.
Esta llevaba grabado el símbolo de un espejo.
Pero antes de que pudiera abrirse...
Todo el templo tembló.
Un fuerte golpe resonó desde el exterior.
Luego otro.
Y otro más.
Sora dejó de sonreír.
Su expresión cambió por completo.
-No...
Akira dio un paso adelante.
—¿Qué sucede?
El pequeño guardián miró hacia el techo del templo.
Su voz sonó por primera vez llena de miedo.
—Alguien...
Está intentando entrar por la fuerza.
Y eso...
Jamás había ocurrido.
Una grieta apareció lentamente sobre una de las enormes puertas del templo.
Desde el otro lado comenzó a filtrarse una energía completamente negra.
Una voz masculina, desconocida y llena de calma, atravesó la piedra:
—Cinco siglos esperando...
Y aún creen que este lugar puede protegerlos.
Akira sintió un escalofrío.
Aquella voz...
No era la de Seiryū.
No era la de Ren.
No era la de Kuro.
Era alguien completamente diferente.
Y, por alguna razón, al escucharla...
Su alma comenzó a recordar algo que su mente todavía no podía comprender.