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Fénix: Renaciendo De Las Cenizas De La Vida

Fénix: Renaciendo De Las Cenizas De La Vida

Status: Terminada
Genre:Romance / Embarazo no planeado / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

No sé en qué momento exacto mi vida dejó de ser “normal”. A veces pienso que fue un día cualquiera, uno de esos en los que el sol entra por la ventana como si nada pudiera romperse. Pero se rompió. Y no hizo ruido.
Me llamo Dara. Y antes de que todo cambiara, yo era solo una adolescente más con sueños demasiado grandes para mi realidad. Pero mi vida dio un giro de la noche a la mañana. Un giro que me hizo reinventarme, crecer de repente ... pero déjenme contarles algo: No hay dificultades grandes porque los sueños sí se cumplen

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 Entre tazas de café y miradas

Hay heridas que se ven.

Un brazo roto.

Una cicatriz.

Un moretón.

Y hay otras que nadie nota.

Las que uno aprende a esconder detrás de una sonrisa.

Las que se disimulan diciendo "estoy bien".

Las que duelen en silencio.

Yo me había convertido en una experta ocultando las mías.

Cada mañana me levantaba antes del amanecer.

Preparaba las cosas de Mateo.

Asistía a clases.

Trabajaba en la cafetería.

Regresaba a casa.

Estudiaba.

Y volvía a empezar.

Por fuera parecía fuerte.

Responsable.

Madura.

Por dentro, muchas veces seguía siendo una adolescente asustada que no sabía qué hacer con su vida.

Lo curioso era que Fabio parecía darse cuenta de cosas que yo misma intentaba ignorar.

Y eso me ponía nerviosa.

Mucho más nerviosa de lo que estaba dispuesta a admitir.

Aquella tarde la cafetería estaba extrañamente tranquila.

La lluvia golpeaba los ventanales con suavidad.

El aroma del café recién molido llenaba el ambiente.

Y Mateo dormía plácidamente en su cochecito junto al mostrador.

Era uno de esos momentos raros en los que parecía que el mundo entero se había detenido para respirar.

Yo estaba limpiando unas tazas cuando Fabio apareció a mi lado.

—¿Siempre trabajas así?

Levanté la vista.

—¿Así cómo?

—Sin parar.

Miré la taza que tenía en las manos.

—Hay mucho que hacer.

—No me refiero a la cafetería.

Su respuesta me tomó por sorpresa.

—Entonces no entiendo.

Fabio apoyó los brazos sobre el mostrador.

—Nunca descansas.

Sonreí con ironía.

—Las madres no descansan.

—Las personas sí deberían hacerlo.

—No siempre pueden.

Sus ojos permanecieron sobre mí durante unos segundos.

Demasiados segundos.

Sentí algo extraño revolotear dentro de mi pecho.

Y tuve que bajar la mirada.

Porque había algo en la forma en que me observaba que me hacía sentir vista.

De verdad vista.

No como una madre adolescente.

No como un problema.

No como una carga.

Simplemente como Dara.

Y eso era peligroso.

Con el paso de las semanas comenzamos a hablar más.

Al principio eran conversaciones simples.

Sobre clientes.

Sobre recetas.

Sobre el clima.

Pero poco a poco fueron cambiando.

Profundizando.

Volviéndose personales.

Una tarde encontré un cuaderno olvidado sobre una de las mesas.

Lo abrí para buscar información del dueño y Fabio lo vio desde la cocina.

—¿Te gusta leer?

Sonreí.

—Mucho.

—Lo imaginé.

—¿Por qué?

—Porque siempre observas los libros de los clientes.

Me reí.

—¿Y tú observas a los clientes?

—No.

Su sonrisa apareció lentamente.

—Te observo a ti.

Mi corazón se detuvo.

Solo un segundo.

Pero se detuvo.

Por suerte él continuó hablando antes de que yo pudiera responder.

—Además encontré esto hace unos días.

Sacó una hoja doblada de uno de los cajones.

La reconocí al instante.

Era una página de una historia que había estado escribiendo durante un descanso.

La había perdido.

—¿La leíste?

Pregunté horrorizada.

Fabio asintió.

—Solo un poco.

—¡Fabio!

Él soltó una carcajada.

—Lo siento.

—Eso era privado.

—Entonces deberías cuidar mejor tus tesoros.

Mis dedos rodearon el papel.

—No son tesoros.

—Claro que sí.

Levanté la mirada.

Y entonces dijo algo que jamás olvidaría.

—Las personas escriben lo que llevan en el alma.

Por primera vez sentí un nudo en la garganta.

Porque nadie había tomado en serio mis escritos desde hacía mucho tiempo.

Nadie.

—Hace años quería ser escritora —confesé.

Fabio me observó.

—¿Y quién dice que ya no puedes serlo?

Una risa amarga escapó de mis labios.

—La realidad.

—La realidad cambia.

—No cuando tienes un bebé que alimentar.

Su expresión se suavizó.

—Precisamente por él deberías seguir soñando.

Aquellas palabras me acompañaron durante días.

Mateo crecía rápido.

Demasiado rápido.

Cada semana parecía aprender algo nuevo.

Y Fabio se había convertido en una presencia constante en su vida.

A veces me sorprendía observándolos.

Mateo extendiendo los brazos hacia él.

Fabio haciéndole caras graciosas.

Ambos riendo.

Bueno.

Mateo riendo.

Y Fabio fingiendo que no disfrutaba cada segundo.

Una tarde encontré a mi hijo sentado sobre una manta en la oficina de la cafetería mientras Fabio intentaba enseñarle a apilar vasos de plástico.

—Eso no parece muy seguro.

Fabio levantó la vista.

—Estamos desarrollando habilidades avanzadas.

Mateo soltó una carcajada.

—¿Ves?

—Tiene ocho meses.

—Es un genio.

—Eres imposible.

—Lo sé.

Por primera vez en mucho tiempo reí sin reservas.

Y Fabio me observó hacerlo.

No dijo nada.

Pero su mirada permaneció fija en mí.

Demasiado fija.

Sentí calor en las mejillas.

Y tuve que apartar la vista.

Había algo más.

Algo que ninguno de los dos mencionaba.

La diferencia de edad.

Yo tenía diecisiete años.

Fabio veintisiete.

Diez años.

Una distancia enorme.

Un océano entero.

Y él parecía muy consciente de ello.

Siempre mantenía cierta prudencia.

Cierta distancia.

Como si hubiera trazado una línea invisible que no estaba dispuesto a cruzar.

Eso debería haberme tranquilizado.

Pero no lo hacía.

Porque cada día me gustaba más hablar con él.

Escucharlo.

Trabajar a su lado.

Compartir silencios.

Y aquello comenzaba a asustarme.

La verdadera sacudida llegó una noche.

La cafetería estaba cerrando.

Los últimos clientes se habían marchado.

Mateo dormía profundamente.

Y yo estaba terminando de limpiar una mesa cuando sentí un fuerte mareo.

El cansancio acumulado de meses enteros me golpeó de repente.

Todo comenzó a girar.

Intenté sostenerme.

Pero mis piernas cedieron.

Y antes de caer al suelo, unos brazos me sujetaron.

Fuertes.

Firmes.

Seguros.

Fabio.

—Dara.

Su voz sonó cerca.

Muy cerca.

—Estoy bien.

—No lo estás.

—Solo estoy cansada.

—Precisamente.

Me ayudó a sentarme.

Trajo agua.

Esperó.

Y permaneció a mi lado.

En silencio.

Sin presionarme.

Sin sermones.

Sin reproches.

Simplemente allí.

Acompañándome.

Cuando recuperé un poco el color, habló.

—No tienes que hacerlo todo sola.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí.

Porque llevaba meses escuchando exactamente lo contrario.

Responsabilízate.

Madura.

Resuelve.

Lucha.

Nadie me había dicho que podía apoyarme en alguien.

Nadie.

Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.

Intenté ocultarlas.

Pero fue inútil.

—A veces tengo miedo.

La confesión salió apenas en un susurro.

Fabio no apartó la mirada.

—Lo sé.

—No sé si estoy haciendo las cosas bien.

—Lo estás haciendo mejor de lo que crees.

—¿Y si fracaso?

—Entonces te levantarás.

—¿Y si no puedo?

La respuesta llegó inmediatamente.

—Podrás.

Su seguridad me desarmó por completo.

Porque él creía en mí más de lo que yo misma creía.

Y eso era algo nuevo.

Algo hermoso.

Y aterrador.

Esa noche, al regresar a casa, me quedé observando a Mateo mientras dormía.

La luz de la luna entraba por la ventana.

Su respiración era tranquila.

Serena.

Yo acaricié suavemente su cabello.

Y pensé en Fabio.

En sus palabras.

En su mirada.

En la forma en que parecía encontrar partes de mí que ni siquiera yo recordaba que existían.

Por primera vez desde que mi vida había cambiado, empecé a preguntarme algo que hasta entonces me parecía imposible.

¿Y si aún quedaban cosas buenas esperándome?

¿Y si el amor no era algo reservado para otras personas?

¿Y si yo también merecía ser feliz?

No tenía respuestas.

Todavía no.

Pero mientras observaba a mi hijo dormir, una pequeña esperanza comenzó a abrirse paso dentro de mi corazón.

Una esperanza que tenía ojos color miel.

Una sonrisa tranquila.

Y el aroma constante del café recién hecho.

Sin saberlo, aquella esperanza acababa de dar el primer paso hacia algo mucho más grande de lo que cualquiera de los dos imaginaba.

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Margarita Acuña Cerda
Sencillamente maravillosa novela una gran niña mujer unos padres asquerosos y un gran hombre mil felicitaciones hermosa 👏👏👏👏👏👏🥰🥰🥰🥰
Margarita Acuña Cerda
Que mujer niña
Más valiente 👏👏👏👏👏
Margarita Acuña Cerda
Insisto maldito viejo y la mamá peor aún
Margarita Acuña Cerda
Maldito viejo nunca estuvo para ella y ahora no la deja ser feliz hay pero que rabia me da
Margarita Acuña Cerda
Maldita perra como va a querer hacerle algo a mateo ojalá y se muera
Margarita Acuña Cerda
Espero que al final se queden juntos por favor autora 🥰🥰🥰🥰
Margarita Acuña Cerda
Hayyy pobre niña mujer que rabia que los papás la dejen sola 😭😭😭😭
Margarita Acuña Cerda
Hasta el momento está muy linda me encanta ,mi hija también es mamá soltera pero nosotros la apoyamos siempre 100% no entiendo con estos padres sin tan desgraciados 😭😭😭😭
ILBA NARVAEZ
una historia muy linda de resiliencia, de miedos que paralizan Pero los protagonistas están dispuestos a seguir a pesar de ellos.
meidi aguiar
excelente y hermosa historia de reflexión y valorización hacia uno mismo te felicito espero disfrutar muchas mas
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