Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 3: Noche de tormenta.
A la mañana siguiente, todo parecía diferente. Me desperté con una sensación de ligereza que no sentía desde hacía años. Aunque sabía que me esperaban conversaciones difíciles, decisiones complicadas, cambios grandes… por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba haciendo lo correcto. Sentía que estaba caminando hacia mi propia vida, en lugar de arrastrarme por la vida que otros habían diseñado para mí.
Alejandro y yo desayunamos juntos, en silencio, pero ya no había tensión entre nosotros. Había tristeza, sí, y lástima, y cariño por lo que habíamos compartido, pero ya no había esa carga pesada, esa mentira que nos habíamos contado a nosotros mismos durante tanto tiempo.
—Llamaré a los abogados esta misma tarde —me dijo él, mientras se tomaba el café—. Todo lo que tenemos es tuyo, Valeria. La casa, el dinero, los coches. No quiero nada. Solo quiero que seas feliz.
Lo miré, agradecida, y por primera vez en mucho tiempo, le sonreí una sonrisa que llegó a mis ojos.
—Tú también encontrarás a alguien, Alejandro. Alguien que quiera lo mismo que tú. Alguien que ame la tranquilidad, la seguridad, la vida sencilla. Y serás muy feliz. Te lo mereces.
Él asintió, me dio un beso suave en la mejilla y salió de la casa. Y cuando la puerta se cerró detrás de él, sentí que una etapa entera de mi vida se cerraba con ella. Me quedé sola en el salón inmenso, rodeada de lujos que ahora me parecían vacíos, y supe que yo también dejaría todo esto atrás. Vendería todo, me iría a otro lugar, empezaría de cero. Buscaría esa chispa, esa pasión, esa intensidad que mi alma necesitaba.
Primero fui a ver a mis padres. Sabía que sería lo más difícil. Ellos adoraban a Alejandro, creían que éramos la pareja perfecta, que teníamos todo lo que se podía desear. Cuando llegué a su casa, me recibieron con alegría, como siempre. Mamá ya tenía el café preparado, papá estaba en el jardín arreglando las plantas. Pero en cuanto me vieron la cara, supieron que algo pasaba.
Nos sentamos en la mesa de la cocina, esa mesa de madera antigua donde había pasado toda mi infancia, y se lo conté todo. Les conté que nos íbamos a separar, que no éramos felices, que nuestras vidas iban por caminos distintos. Les conté sobre el vacío que sentía, sobre esa necesidad inmensa que tenía de encontrar algo más.
Mamá lloró, claro que lloró. Lloró por mí, por Alejandro, por lo que ella creía que estábamos perdiendo. Papá se quedó muy serio, escuchando todo, sin interrumpir, con esa sabiduría tranquila que siempre había tenido.
—Hija —dijo mamá, tomándome de las manos con fuerza—, ¿estás segura? ¿Sabes lo que estás haciendo? La vida no es como en las películas. La vida es trabajo, es rutina, es compartir. Alejandro es un buen hombre. Te quiere. Te da todo. ¿De verdad vale la pena tirar todo eso por… por no sé qué? ¿Por buscar algo que quizás no existe?
—Existe, mamá —le respondí yo, con seguridad—. Sé que existe. Porque yo lo siento. Lo siento aquí, dentro. Sé que hay algo más. Y si no lo encuentro, si me quedo aquí y me conformo… entonces sí que estaré perdida para siempre. Entonces sí que habré tirado mi vida.
Papá, que había estado callado todo el tiempo, habló entonces.
—Tu madre tiene miedo, Valeria. Miedo a que sufras, miedo a que te equivoques. Pero yo te conozco. Sé que no eres una mujer que se conforma con migajas. Sé que tu alma es grande, muy grande. Y si tú dices que necesitas esto, que necesitas cambiar, que necesitas buscar… entonces te apoyo. Y te apoyaremos siempre, pase lo que pase.
Miré a mi padre, con lágrimas en los ojos, y le di las gracias con la mirada. Él siempre me había entendido, incluso cuando yo no me entendía a mí misma. Mamá suspiró, se secó las lágrimas y me abrazó fuerte.
—Está bien. Si es lo que necesitas, entonces es lo que es. Pero ten cuidado, hija. El mundo es grande, y a veces lo que buscamos está en lugares oscuros, donde no debemos entrar.
Esas palabras, "lugares oscuros donde no debemos entrar", me dieron un escalofrío que no supe explicar en ese momento. Pero las guardé en mi corazón.
Pasé el resto del día con ellos, hablando, comiendo, recordando cosas de cuando éramos pequeños. Lucas llegó más tarde, y cuando se enteró, me dio un abrazo tan fuerte que casi me rompe las costillas.
—¡Por fin! —exclamó, feliz—. ¡Sabía que lo harías! Sabía que no te quedarías ahí para siempre. Ahora sí, hermana. Ahora empieza tu vida de verdad.
Salí de casa de mis padres ya de noche. El cielo estaba completamente negro, cubierto de nubes espesas y pesadas que parecían presionar sobre la ciudad. El viento soplaba con fuerza, haciendo crujir las ramas de los árboles y silbando entre los edificios. Se veía una tormenta terrible, de esas que caen de repente y lo inundan todo.
Me despedí de ellos prometiendo llamarles al día siguiente y subí a mi coche. Tenía que ir a mi estudio; había dejado allí algunos documentos importantes, planos antiguos que quería guardar, cosas personales que quería llevarme conmigo antes de empezar a deshacerlo todo.
La carretera estaba casi desierta. La gente se había refugiado ya en sus casas, previendo la lluvia. Conducía despacio, con la música bajita, pensando en todo lo que había pasado ese día, en todo lo que estaba cambiando. Me sentía extraña, como si estuviera flotando, como si todo lo que conocía se estuviera desmoronando para dar paso a algo nuevo, algo que no podía ver todavía.
De repente, la lluvia empezó a caer. Primero unas gotas grandes y pesadas, que golpeaban el techo del coche como piedras. Y luego, en cuestión de segundos, se convirtió en una cortina de agua tan densa que apenas podía ver el camino a tres metros de distancia. Los limpiaparabrisas iban a toda velocidad, casi sin servir de nada. El viento empujaba el coche de lado a lado, haciéndolo derrapar suavemente sobre el asfalto que se había convertido en un río.
—Vaya nochecita —murmuré, concentrándome al máximo, con las dos manos en el volante.
No estaba lejos ya. Solo tenía que cruzar el puente y dar dos vueltas más. Pero algo en el ambiente había cambiado. No era solo la tormenta. Era una sensación extraña, intensa, como si el aire se hubiera vuelto más denso, más cargado, como si estuviera lleno de electricidad estática que me hacía el pelo de punta. Sentía que no estaba sola. Sentía que alguien me observaba desde la oscuridad, desde la lluvia, desde más allá de lo que mis ojos podían ver.
"Son los nervios",me dije a mí misma, intentando calmarme. "Son los cambios, es la tormenta, es todo lo que ha pasado hoy. Estás cansada, Valeria. Solo eso".
Pero la sensación no desaparecía. Al contrario, crecía con cada segundo que pasaba. Me parecía ver sombras moverse entre la lluvia, formas altas y oscuras que se deslizaban por el borde de la carretera. Escuchaba voces bajas, susurros que el viento traía y se llevaba, palabras que no podía entender, pero que me helaban la sangre.
"Por fin… estás lista… ven… te espero…"
Apreté el volante con fuerza, hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El corazón me latía desbocado, no de miedo, sino de una mezcla extraña de terror y emoción, de deseo y de rechazo. Era como si esa voz, esa llamada, fuera lo que había estado esperando toda mi vida.
—¿Quién eres? —susurré al vacío, con la boca seca.
Y entonces, ocurrió todo muy rápido. De repente, vi luces brillantes acercándose a mí, viniendo en dirección contraria, demasiado rápido, demasiado fuera de control. Un camión enorme, pesado, que se deslizaba sobre el agua, que perdía la dirección, que cruzaba la línea central directamente hacia mí.
Vi sus faros cegadores, escuché el ruido de los frenos chirriando inútilmente sobre el asfalto mojado, vi la cara del conductor, asustada, desesperada. Y en ese segundo, el tiempo pareció detenerse. No grité. No me asusté. Solo pensé en mis padres, en Lucas, en todo lo que había dejado atrás, en todo lo que no había llegado a vivir.
Y pensé en ese deseo que había gritado mi alma tantas veces: "Cualquier cosa. Cualquier cosa antes que este vacío. Aunque sea oscuridad. Aunque sea muerte".
Giré el volante bruscamente, con todas mis fuerzas, intentando esquivar el vehículo que se venía encima. El coche derrapó, giró sobre sí mismo, perdió el agarre, salió despedido hacia el borde de la carretera. Vi el muro de contención acercarse a una velocidad aterradora. Sentí el impacto brutal, el metal retorciéndose, el cristal estallando en mil pedazos, el sonido sordo y profundo de mi propio cuerpo chocando contra el salpicadero.
Y luego… todo se detuvo.
No había dolor. No había ruido. No había lluvia. Solo había silencio. Un silencio absoluto, profundo, eterno.
Me quedé allí, flotando en una oscuridad suave, cálida, que me envolvía como una manta. Sentí que mi cuerpo se hacía ligero, que se desprendía de todo peso, de todo dolor, de todo lo que había sido. Y en medio de esa oscuridad, vi una luz. No una luz brillante, ni dorada, ni celestial. Una luz grisácea, plateada, hermosa y aterradora a la vez. Y frente a esa luz, vi una figura. Una figura alta, inmensa, hermosa, de rasgos perfectos, de ojos grises profundos que me miraban como si me hubieran estado mirando durante mil años.
Y escuché su voz. Esa voz que yo había escuchado en el viento, en mis sueños, en lo más profundo de mi alma.
—Valeria… el trato está hecho. Has pedido vida, has pedido pasión, has pedido sentir. Y yo te lo daré todo. Pero recuerda: todo tiene un precio. Y el tuyo… será pertenecerme. Ser mía. Para siempre.
Quise preguntar, quise gritar, quise pedir explicaciones. Pero ya no tenía voz. Ya no tenía cuerpo. Solo tenía conciencia. Y en ese último instante, antes de que todo se apagara y se transformara, entendí la verdad. Entendí que mi deseo me había traído hasta aquí. Entendí que yo misma había pedido esto.
Y entonces, la oscuridad se hizo total. Y Valeria Montenegro murió.
Pero yo… yo desperté