Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 4
Adalia descendió las escaleras principales con pasos firmes.
La falda negra se deslizaba como una sombra elegante detrás de ella, y el leve eco de sus tacones marcaba un ritmo distinto al habitual. No era la misma joven que solía caminar con la mirada baja.
Era la dueña.
La mansión se extendía ante ella como un pequeño reino.
Altos techos adornados con molduras doradas, lámparas de cristal que reflejaban la luz del mediodía en destellos suaves. Los pisos de mármol pulido brillaban tanto que casi podían usarse como espejo. Cada columna, cada arco, cada vitral hablaba de una familia antigua… próspera.
No era una casa cualquiera.
Era la residencia de los marqueses.
Sirvientes cruzaban los pasillos con bandejas y documentos. Algunos se detuvieron al verla.
Un par inclinó la cabeza con respeto inmediato.
—Buenos días, señorita Adalia.
Ella respondió con una leve inclinación.
Otros, en cambio, la observaron con una mezcla de sorpresa y desdén apenas disimulado. Eran pocos… pero suficientes para notarlo. Aquellos eran claramente personas traídas por su tío. Leales al dinero, no al linaje.
Adalia memorizó rostros.
No dijo nada.
Pero tomó nota.
Atravesó el salón principal, donde enormes ventanales dejaban entrar la luz hacia cortinas de terciopelo rojo oscuro. El mobiliario era fino, de madera tallada a mano, con detalles que hablaban de generaciones de buen gusto.
En el jardín trasero, rosales perfectamente podados rodeaban una fuente de mármol blanco. El agua caía con un murmullo elegante. Más allá, senderos de piedra guiaban hacia un pequeño invernadero y una glorieta cubierta de enredaderas.
—La señorita ha salido a pasear —susurró una criada joven.
—Se parece tanto a la antigua marquesa… —respondió otra, con nostalgia.
Adalia escuchó.
No mostró emoción.
Pero el comentario se quedó con ella.
Continuó hasta las caballerizas.
El olor a heno y cuero la recibió con fuerza. Los establos estaban bien cuidados, los caballos lustrosos y fuertes. Un hombre mayor, encargado de los animales, la miró sorprendido… y luego sonrió con auténtico cariño.
—Señorita… hacía tiempo que no venía por aquí.
Adalia inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso cambiará.
El hombre parecía aliviado.
Porque los antiguos sirvientes —los que habían servido a sus padres— aún la veían como la pequeña niña que corría por los jardines.
Y la querían.
Cuando regresó al interior, decidió explorar el ala este.
Un pasillo largo y silencioso se abrió ante ella.
Allí colgaban retratos.
Generaciones de la familia.
Marqueses, marquesas, antepasados con armaduras ceremoniales y vestidos de época. La iluminación era más tenue, solemne.
Y al final del corredor…
Los vio.
Sus padres.
El antiguo marqués era alto, de porte imponente. Cabello dorado ligeramente ondulado, mirada firme y orgullosa. Elegante incluso en un retrato.
Adalia se detuvo frente al cuadro.
Su cabello…
Era igual.
Pero cuando su mirada se desplazó al retrato de su madre…
Sintió algo extraño en el pecho.
La antigua marquesa tenía un rostro delicado pero decidido. Ojos claros, profundos. Inteligentes. Había calidez en su expresión… pero también carácter.
Adalia levantó la mano, sin llegar a tocar el lienzo.
—Así que… de ti saqué los ojos.
Su reflejo en el marco dorado parecía observarla de vuelta.
Cabello del padre.
Rostro y mirada de la madre.
Una combinación peligrosa.
Por primera vez desde que despertó en ese cuerpo, no sintió distancia.
Sintió pertenencia.
Y entonces lo entendió.
No estaba en una casa ajena.
No estaba invadiendo nada.
Todo aquello…
Le pertenecía.
Y si quería romper ese compromiso…
Si quería limpiar el nombre de su familia…
Tendría que empezar por recuperar lo que era suyo.
Adalia dio media vuelta caminado hacia el despacho, aún olía a cuero y madera antigua.
Adalia se detuvo en el umbral.
Ese era el lugar donde su padre tomaba decisiones. Donde firmaba acuerdos. Donde protegía al marquesado.
Y ahora…
Estaba invadido.
La silla principal había sido movida. Sobre el escritorio reposaban plumas nuevas, alcohol y papeles desordenados. Su tío no tenía el temple ni la disciplina de un gobernante.
Adalia cerró la puerta con suavidad.
No con rabia.
Con cálculo.
Caminó hasta el escritorio y pasó los dedos por la superficie.
—Veamos cuánto han ensuciado lo que era suyo… —murmuró.
Comenzó por los cajones.
Documentos de compra, recibos, cartas sociales irrelevantes. Nada comprometedor. Demasiado limpio.
“Eso significa que sí esconden algo.”
Se dirigió entonces a la estantería.
Libros contables, tratados comerciales, registros de cosechas. Sacó uno al azar. Luego otro. Hasta que algo llamó su atención.
Entre dos volúmenes gruesos había un sobre doblado con prisa.
Adalia lo deslizó con cuidado.
Lo abrió.
“La próxima remesa llegará antes de la luna nueva. Asegúrense de que el pago esté preparado.
No admitimos retrasos."
— G.”
Sin sello oficial.
Sin nombre completo.
Solo una inicial.
Adalia entrecerró los ojos.
—¿Remesa… de qué exactamente?
No hablaba de trigo.
No hablaba de telas.
No hablaba como un comerciante común.
Hablaba como alguien acostumbrado a exigir.
Volvió a doblar la carta exactamente como estaba y la colocó en el mismo punto, midiendo el espacio entre los libros para que nada pareciera movido.
Si la carta desaparecía, sabrían que alguien la encontró.
Y ella aún necesitaba que se sintieran seguros.
Se acercó entonces al estante inferior y encontró lo que realmente buscaba.
El libro de cuentas principal.
Pesado.
Grueso.
Y claramente manipulado con frecuencia.
Lo abrió.
Las primeras páginas parecían normales. Ingresos por cosechas, alquileres de tierras, comercio de vino y ganado.
Pero conforme avanzó…
Su expresión cambió.
Había partidas destinadas a los pueblos bajo la protección del marquesado: fondos para reparación de caminos, provisiones en invierno, mantenimiento de molinos.
Y al lado…
Marcadas como “entregado”.
Pero las cantidades reales no coincidían.
Faltaba dinero.
Grandes sumas.
Desviadas.
Eso se llama malversación.
Uso indebido de fondos públicos.
Robo disfrazado de administración.
Y no era poco.
Cada semana aparecían “gastos extraordinarios”.
Joyas.
Vestidos importados.
“Eventos sociales”.
Viajes.
Sumas tan absurdas que, en efecto, equivalían al valor de una pequeña propiedad cada mes.
Adalia cerró el libro lentamente.
—¿Cómo pueden ser tan descarados…?
Su primo, su tío y su tía no solo estaban viviendo con lujo.
Estaban drenando al pueblo.
Y eso era peligroso.
Porque si los aldeanos empezaban a sufrir escasez…
La culpa recaería sobre el marquesado.
Sobre su apellido.
Sobre ella.
Se acercó al escritorio y respiró hondo.
No podía arrancar páginas.
No podía llevarse el libro.
No todavía.
Si lo hacía, desaparecerían las pruebas.
Primero debía recopilar.
Copias.
Fechas.
Testigos.
Quizá el antiguo administrador.
Quizá el contable principal.
Quizá los jefes de aldea.
Y luego estaba la carta.
“La luna nueva…”
No faltaba tanto.
Si llegaba esa “mercancía”, podría descubrir qué escondían.
¿Contrabando?
¿Armas?
¿Algo peor?
Adalia apoyó ambas manos sobre el escritorio de su padre.
La madera fría contrastaba con el calor que comenzaba a crecer en su pecho.
—No arruinarán su legado.
Sus ojos, iguales a los de su madre, brillaron con determinación.
Primero recopilaría pruebas.
Después…
Los destruiría con elegancia.
Sin gritos.
Sin escándalo innecesario.
Los haría caer usando su propio peso.
Y cuando eso ocurriera…
Nadie podría acusarla de nada.
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