Amar es lindo, que te ame y elija vez tras vez la misma persona que amas, es inexplicable. Pero lamentablemente, en este mundo, hay demasiadas personas rotas, demasiadas personas tratando de curar sus heridas, demasiadas personas sin saber reconocer cuando son amadas y cuando solamente son un paso en la vida. Y muchas personas olvidan lo más importante, para amar a otros sin lastimar, primero debemos amarnos nosotros mismos
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CAPÍTULO 5 Lo que no se dice en voz alta
La advertencia de Jared quedó suspendida en la mente de Ana Laura como una sombra persistente.
“Hay nombres que, cuando empiezas a buscarlos… alguien más también empieza a buscarte a ti.”
Aquella frase la acompañó todo el camino de regreso a casa.
Y no era miedo lo que sentía exactamente.
Era algo peor.
Era conciencia.
Conciencia de que estaba tocando algo que no debía ser tocado.
Cuando llegó a la mansión Ventura ya era de noche.
Las luces del jardín estaban encendidas, pero el ambiente no tenía nada de acogedor. Ana entró en silencio, evitando a los empleados, subió las escaleras directamente y se encerró en su habitación.
Dejó su bolso sobre la cama.
Y se sentó.
Durante varios minutos solo miró el vacío.
Luego sacó los papeles que había copiado en la biblioteca.
Notas sueltas.
Fechas.
Fragmentos de periódicos antiguos que no decían nada concreto, pero que confirmaban algo inquietante: el apellido Montenegro aparecía como un fantasma, mencionado de forma aislada en eventos sociales y económicos de hacía más de veinte años… y luego desaparecía por completo.
Como si alguien hubiera borrado su historia.
Ana pasó los dedos por una de las hojas.
—Esto no es normal… —susurró.
El sonido de la puerta la sacó de sus pensamientos.
Gabriela entró con cautela.
—Te desapareciste toda la tarde.
Ana guardó rápidamente los papeles en el cajón.
—Necesitaba pensar.
Gabriela la observó.
—¿Encontraste algo?
Ana dudó.
Siempre había confiado en ella.
Pero algo dentro de sí le decía que aún no debía hablar demasiado.
—No mucho —respondió finalmente.
Gabriela se acercó.
—Ana… esto te está consumiendo.
La joven bajó la mirada.
—No puedo parar.
—Lo sé.
Silencio.
Gabriela se sentó junto a ella en la cama.
—Pero tienes que descansar.
Ana soltó una risa breve, sin humor.
—¿Descansar de qué? ¿De no saber quién soy?
Gabriela le tomó la mano.
—Eres mi hija.
Ana la miró.
Y por un momento, el dolor se suavizó.
—Lo sé —susurró.
Pero luego volvió.
Siempre volvía.
Esa noche, Ana apenas pudo dormir.
Cuando cerraba los ojos, veía palabras.
Montenegro.
Santa Elena.
Notas anónimas.
Y la frase de Sor Teresa:
“Nadie te dejó aquí.”
Se levantó antes del amanecer.
No podía quedarse quieta.
Necesitaba hablar con alguien.
Necesitaba entender qué significaba todo aquello.
Sin pensarlo demasiado, tomó su abrigo y salió de la mansión.
Encontró a Jared al mediodía.
No fue casualidad.
Ella lo buscó.
Lo encontró en una pequeña cafetería cerca del centro, sentado en una mesa del fondo, como si supiera que ella aparecería.
—Sabía que vendrías —dijo él sin sorpresa.
Ana se sentó frente a él sin saludar.
—Necesito respuestas.
Jared dejó su taza sobre la mesa.
—Eso ya lo dijiste ayer.
—Y tú no dijiste nada útil.
Él suspiró.
—No es tan simple.
—Todo es simple cuando quieres decir la verdad.
Jared la miró fijamente.
—La verdad no siempre es clara.
Ana inclinó el cuerpo hacia adelante.
—Encontré cosas en la biblioteca.
—Lo sé.
Ana se quedó en silencio.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si estás metiéndote en esto, no eres la única que observa.
La incomodidad recorrió su espalda.
—Eso no me gusta.
—No tiene que gustarte.
Ana apretó los dedos contra la mesa.
—Hay registros borrados.
—Eso es normal en casos viejos.
—No de esta forma.
Jared la observó con atención.
—¿Qué más encontraste?
Ana dudó.
Luego sacó una hoja doblada de su bolso.
—Este apellido aparece en conversaciones antiguas. Y luego desaparece completamente de los registros públicos.
Jared no tocó el papel.
Solo lo miró.
—Te estás acercando demasiado.
—¿A qué?
Él tardó en responder.
—A personas que no quieren ser encontradas.
Ana lo miró con firmeza.
—Entonces dime quiénes son.
Jared apoyó los codos en la mesa.
—No puedo darte todo.
—¿Por qué?
—Porque no confías en mí.
Ana se quedó en silencio.
Era verdad.
No confiaba completamente.
Pero tampoco tenía a nadie más.
—Entonces haz que confíe —dijo finalmente.
Jared la observó.
Y algo en su expresión cambió.
Menos defensa.
Más humanidad.
—Santa Elena no era solo un orfanato —dijo por fin.
Ana sintió un golpe interno.
—¿Qué era entonces?
Jared bajó la voz.
—Era un punto de paso.
—¿Para qué?
—Para niños sin identidad clara.
Ana frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Sí lo tiene si los niños no estaban allí por accidente.
El aire se volvió más pesado.
—Estás diciendo cosas peligrosas —susurró Ana.
—Estoy diciendo lo que sé.
Ana lo miró fijamente.
—¿Qué tiene que ver Montenegro con eso?
Jared se quedó en silencio.
Demasiado tiempo.
Ana sintió que el corazón se le aceleraba.
—Jared…
Él respiró hondo.
—Ese apellido no solo es una familia.
—¿Qué es entonces?
Jared la miró directamente.
—Es poder.
El silencio cayó entre ellos.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Qué sabes de mí? —preguntó de pronto.
Jared no respondió.
Eso fue peor que cualquier respuesta.
—Tú sabes algo —insistió ella.
—No todo.
—Pero algo.
Él bajó la mirada.
—Sí.
Ana sintió rabia.
—¡Entonces dilo!
Jared se inclinó hacia ella.
—No aquí.
—Siempre dices eso.
—Porque no es seguro hablar de esto en lugares públicos.
Ana se levantó bruscamente.
—Estoy cansada de secretos.
Jared también se puso de pie.
—Y aún no has visto los peores.
La frase quedó suspendida en el aire.
Ana lo miró.
—¿Qué estás protegiendo exactamente?
Jared la sostuvo con la mirada.
Y por primera vez su voz se quebró apenas un poco.
—A ti.
Silencio.
Ana no supo qué responder.
Porque esa palabra cambió algo dentro de ella.
—¿Por qué?
Jared apartó la mirada.
—Porque esto no solo es tu pasado.
Volvió a mirarla.
—Es una guerra que todavía no ha terminado.
Ana sintió un escalofrío profundo.
—¿Qué guerra?
Pero Jared ya había dado un paso atrás.
—No deberías haber empezado a buscar esto sola.
—Ya es tarde para eso.
Él la observó en silencio.
Luego habló, más bajo.
—Entonces prepárate, Ana Laura.
—¿Para qué?
Jared la miró por última vez.
—Para descubrir que tu vida no empezó como te dijeron.
Y que alguien, desde hace mucho tiempo…
está esperando que recuerdes quién eres.
Se dio la vuelta y se fue.
Ana se quedó inmóvil.
El ruido de la cafetería volvió lentamente a su alrededor.
Pero ella no lo escuchaba.
Solo podía pensar en una cosa:
Nada de lo que había descubierto era casual.
Y algo mucho más grande estaba empezando a moverse a su alrededor.
Sin que ella entendiera todavía…
qué papel tenía en todo eso.