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INERCIA

INERCIA

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Padre soltero / Autosuperación / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día

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Capítulo 11: El Deshielo de las Máscaras

​La resaca emocional del viernes dejó paso a un sábado gris, suspendido en una calma tensa que obligó a Juliana a refugiarse en la rutina de su hogar. Pasó todo el día limpiando la cocina, doblando ropa con una precisión matemática y ordenando los estantes de su habitación, un intento desesperado por acallar los pensamientos que la asaltaban cada vez que recordaba la imagen de Andrés y su secretaria en el restaurante. El dolor de la decepción se había transformado en una coraza fría; la decisión estaba tomada. Le daría a Andrés toda la distancia que su orgullo le exigía. Si él consideraba que las casas separadas eran la única forma de relacionarse, ella sostendría ese límite con una dignidad inquebrantable, tal como su madre, Julia, le había aconsejado.

​El domingo amaneció con un sol pálido que apenas lograba calentar el ambiente. Juliana intentaba preparar el desayuno mientras la pequeña Athenea terminaba un dibujo en la mesa de la sala. A pesar del silencio que imperaba en la casa, la ausencia del pequeño Andreis Julián seguía pesando como una losa invisible. Era el segundo día consecutivo que el niño no compartía con ellas, un vacío forzado por la ignorancia y el despecho de Andrés.

​A las once de la mañana, el tono de llamada del teléfono de Juliana rompió la paz del hogar.

​Ella miró la pantalla sobre la barra de la cocina. El nombre de Andrés parpadeaba en la pantalla. Juliana sintió un vuelco frío en el estómago, pero apretó los labios y desvió la mirada, decidida a no atender su llamada. No iba a prestarse para más discusiones, ni para escuchar justificaciones baratas sobre lo ocurrido en La Lanterna. El teléfono dejó de sonar, pero apenas tres segundos después, volvió a vibrar con insistencia. Y luego una tercera vez.

​Al cuarto intento consecutivo, un presentimiento agudo y alarmante la obligó a contestar.

​—Andrés, te he dicho que todo lo relacionado con los papeles de Athenea lo veas con mi abogado, no tenemos nada más que hablar… —comenzó Juliana con una voz gélida y cortante.

​—¡Juli, por favor, no colgués! —la voz de Andrés al otro lado de la línea la interrumpió de golpe, rompiendo cualquier rastro de la madurez y la frialdad corporativa que él siempre intentaba proyectar. Sonaba completamente roto, ahogado por un llanto desesperado y un pánico tan real que a Juliana se le heló la sangre—. Juli, es Andreis… está muy mal.

​El tono profesional de Juliana se desvaneció al instante. El instinto de madre, ese que no entendía de apellidos ni de orgullos heridos, tomó el control de su cuerpo.

​—¿Qué le pasa al niño, Andrés? Habláme —exigió, dando un paso al frente y apretando el teléfono contra su oreja.

​—Tiene una fiebre altísima, Juli… Lleva horas volando en fiebre y no le baja con nada. Ya llamé al médico de urgencias, pero está delirando. Está temblando en mis brazos y en su delirio… en su delirio solo llora y te llama a vos. No para de gritar que quiere a su mami Juli. Por favor, vení… te lo suplico, no sé qué hacer.

​Escuchar a ese hombre alto, imponente y soberbio suplicar entre lágrimas de aquella manera fue un impacto brutal para Juliana. En ese momento de crisis, a Andrés se le cayó por completo la máscara de la víctima y el escudo del resentimiento. Toda su insistencia en imponer un muro de hielo entre el niño y ella para "protegerlo" se había desmoronado ante la cruda realidad: su hijo la necesitaba. El lazo que el pequeño Andreis Julián había construido con Juliana era tan real y profundo que ni todo el orgullo de los Fontane junta podía borrarlo de un plumazo.

​—Voy para allá —sentenció Juliana sin dudarlo un solo segundo.

​Colgó el teléfono, se giró hacia su madre que entraba a la cocina tras escuchar el cambio de tono, y le dio indicaciones rápidas para que se quedara con Athenea. Tomó las llaves de su auto, su bolso y salió de la casa a toda prisa, manejando por las calles de la ciudad con el corazón latiéndole desbocado en la garganta. El dolor por la escena del restaurante italiano, la humillación del pasado y los reclamos del viernes quedaron sepultados bajo una única prioridad: su niño la llamaba.

​Cuando Juliana llegó a la residencia de Andrés, la puerta principal estaba sin seguro. Entró a la casa y el silencio del lugar era sepulcral, interrumpido solo por unos sollozos apagados que provenían del piso de arriba. Subió las escaleras a grandes zancadas y entró directo a la habitación del pequeño.

​La escena que encontró le partió el corazón.

​La habitación estaba en penumbra. Andrés estaba sentado en el borde de la cama, con la ropa arrugada, el cabello desordenado y el rostro empapado de lágrimas y sudor. Sostenía al niño entre sus brazos, envuelto en una sábana húmeda, balanceándolo con desesperación mientras intentaba, de manera inútil, calmarlo. El pequeño Andreis Julián, con las mejillas completamente rojas por el calor de la fiebre y los ojos entornados, se movía con torpeza, agitando sus manitas en el aire.

​—Mami… mami Juli… —balbuceaba el niño en su delirio, con una voz rota y débil—. Quiero a mi mami Juli… tengo frío, papá, ¿dónde está mi mami?

​—Ya va a venir, mi amor, ya casi llega, te lo prometo —le decía Andrés con la voz quebrada, besándole la frente ardiente, sintiéndose el hombre más impotente y miserable del mundo.

​Juliana dejó caer su bolso al suelo y se acercó a la cama a toda prisa.

​—Acá estoy, mi vida. Acá está mamá —dijo Juliana, con una ternura infinita que inundó toda la habitación.

​Al escuchar su voz, Andrés levantó la mirada. Sus ojos oscuros, fijos en los de ella, estaban llenos de una culpa tan profunda y un dolor tan genuino que no hicieron falta explicaciones. En esa mirada, Andrés le estaba entregando las pocas armas que le quedaban en su orgullo.

​Juliana se sentó en la cama y, con una suavidad absoluta, tomó al niño de los brazos de Andrés. En el instante en que el pequeño sintió el contacto de Juliana, el aroma de su piel y la calidez de su abrazo, su respiración agitada comenzó a ralentizarse de manera milagrosa. Se acurrucó contra el pecho de ella, escondiendo su carita en el cuello de Juliana, mientras dejaba escapar un débil suspiro de alivio.

​—Viniste… —susurró el niño, aferrándose a la tela del abrigo de Juliana con sus pequeños dedos temblorosos.

​—Siempre voy a venir, mi amor. Mamá nunca te va a dejar solo —le prometió ella, acomodándose en la cabecera de la cama con el niño en brazos, mientras le colocaba una compresa fría sobre la frente que Andrés le alcanzó con manos temblorosas.

​Andrés se quedó de pie a un lado de la cama, observando la escena en un silencio reverencial. Ver a Juliana arrullar a su hijo, ver cómo el niño se calmaba solo con su presencia, fue la bofetada de realidad más grande que había recibido en sus treinta y cuatro años. Comprendió, con una lucidez dolorosa y tardía, la inmensa ignorancia de sus decisiones. Había intentado usar a ese niño como un castigo, había querido imponer una distancia artificial por puro despecho de hombre herido, sin importarle que estuviera destruyendo el único refugio que su hijo reconocía como materno.

​La inercia que tanto había intentado frenar o forzar a su antojo lo había puesto de rodillas. Miró a Juliana, que acariciaba los rizos del niño sin dirigirle a él una sola mirada, concentrada por completo en salvar al pequeño de la fiebre. Andrés se sentó en una silla en la esquina de la habitación, hundiéndose en la penumbra, sabiendo que el deshielo de su orgullo apenas comenzaba, y que recuperar el derecho a mirar a esa mujer a los ojos le iba a costar el alma entera.

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