Estrella Cloe Pattison Evans siempre supo que era diferente. Mitad humana y mitad demonio, vive ocultando una oscuridad que apenas puede controlar mientras Gabriel, un ángel y amigo de su padre, intenta protegerla del peligro que la rodea. Pero todo cambia cuando conoce a Adrik, un misterioso vampiro ligado al enemigo de su familia.
Su presencia despierta poderes inestables, secretos ocultos y una conexión imposible de ignorar. Mientras fuerzas peligrosas comienzan a buscarla, Estrella descubrirá que su destino podría cambiar el equilibrio entre la luz y la oscuridad.
Ahora deberá decidir si luchar contra lo que es… o aceptar el poder que corre por su sangre.
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Capítulo 9
No dormí.
No realmente.
Cerré los ojos.
Lo intenté.
Pero cada vez que estaba a punto de quedarme inconsciente…
volvía.
La sensación.
El frío.
La distorsión.
Ese momento en el que algo me tocó sin tocarme.
Abrí los ojos otra vez.
El techo.
Oscuro.
Silencioso.
Demasiado tranquilo para todo lo que estaba pasando.
Giré sobre la cama.
Otra vez.
Las sábanas enredadas.
Mi respiración irregular.
—Genial… —murmuré.
Miré el reloj.
03:17 a.m.
Perfecto.
Cerré los ojos.
Respira.
Inhala.
Exhala.
Como él dijo.
Funcionó.
Un poco.
Lo suficiente para no levantarme.
Pero no para apagar mi mente.
Porque ahora no era solo miedo.
Era anticipación.
“Después de clases.”
Apreté los ojos con fuerza.
—¿En qué me estoy metiendo…?
No hubo respuesta.
Claro.
Porque la única respuesta…
era que ya estaba dentro.
—
La mañana llegó demasiado rápido.
O tal vez nunca se fue.
No lo sabía.
Solo sabía que mi cuerpo se sentía pesado.
Pero mi mente…
demasiado despierta.
Demasiado alerta.
Como si algo dentro de mí no hubiera dejado de vigilar ni un segundo.
Me miré en el espejo.
Ojeras.
Mirada tensa.
Algo diferente.
No sabía qué.
Pero estaba ahí.
Y no se iba.
—Perfecto —murmuré.
Tomé mi mochila.
Salí.
—
La escuela se sentía… igual.
Y completamente distinta.
La gente.
Las voces.
Los pasillos.
Todo seguía en su lugar.
Pero yo no.
Caminé más lento.
Observando.
No por curiosidad.
Por necesidad.
Buscando.
Sin querer admitirlo.
A él.
—Esto es ridículo… —murmuré.
Pero no dejé de hacerlo.
Porque algo dentro de mí…
esperaba que apareciera.
Otra vez.
Como siempre.
Sin aviso.
Sin lógica.
Como si el mundo funcionara diferente cuando él estaba cerca.
Y eso—
me molestaba más de lo que debería.
—
Las clases pasaron sin sentido.
Otra vez.
Palabras vacías.
Explicaciones que no retuve.
Miradas que evité.
Todo reducido a una sola cosa:
esperar.
El timbre sonó.
Más fuerte de lo normal.
O tal vez fui yo.
Mis dedos se tensaron sobre la mesa.
—Ya —susurré.
No sabía si era emoción.
O miedo.
Probablemente ambos.
Me levanté.
Más rápido de lo normal.
Demasiado.
Salí del salón.
El pasillo estaba lleno.
Pero esta vez…
no me importó.
Porque ya no estaba buscando si estaba ahí.
Sabía que lo estaría.
Porque él había dicho que sí.
Y algo en mí—
le creía.
Eso era nuevo.
Eso era peligroso.
—
Caminé hacia la salida.
Sin detenerme.
Sin mirar atrás.
Y justo cuando crucé la puerta—
lo sentí.
Antes de verlo.
Siempre antes.
Mi respiración cambió.
Un segundo.
Solo uno.
Y entonces—
—Llegas tarde.
La voz detrás de mí.
Calma.
Baja.
Segura.
Me detuve.
Pero no giré de inmediato.
Porque sabía que si lo hacía…
esto se volvía real.
Más de lo que ya era.
—No sabía que había hora —respondí.
Mi voz… estable.
Sorprendentemente.
Giré.
Y ahí estaba.
Esperándome.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Como si nunca se hubiera ido.
Y por primera vez…
no sentí solo tensión.
Sentí algo más.
Algo que no quería nombrar.
—Siempre hay hora —murmuró.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Especialmente cuando no puedes darte el lujo de fallar.
El aire se tensó.
Otra vez.
Pero diferente.
No caótico.
Preciso.
—Entonces enséñame —dije.
Directo.
Sin rodeos.
Silencio.
Pero esta vez…
no dudó.
—Vamos.
Y se dio la vuelta.
Como si supiera que lo iba a seguir.
Como si no hubiera otra opción.
Y lo peor…
era que tenía razón.
No pregunté a dónde íbamos.
No porque no me importara.
Porque sabía que no iba a responder.
Lo seguí.
En silencio.
A una distancia prudente… al inicio.
Porque mientras más avanzábamos, más claro se volvía algo:
no estábamos yendo a un lugar cualquiera.
Nos alejamos de la escuela.
De la gente.
Del ruido.
Hasta que lo único que quedó fue el sonido de nuestros pasos… y el viento moviendo hojas secas.
Un terreno vacío.
Abandonado.
Lo suficientemente lejos como para que nadie estuviera ahí por accidente.
Perfecto.
—Qué reconfortante —murmuré.
Él no respondió.
Se detuvo.
Y entonces giró.
Directo hacia mí.
Sin distracciones.
Sin pausa.
—Aquí no tienes excusas.
El tono cambió.
No era el mismo de antes.
No era el del pasillo.
Ni el del baño.
Esto era diferente.
Más firme.
Más… serio.
—Nunca tuve excusas —repliqué.
Automático.
Defensivo.
Sus ojos se fijaron en los míos.
Evaluando.
—Ayer perdiste el control dos veces.
El golpe fue directo.
—Gracias por recordarlo.
—Hoy no puedes hacerlo.
Silencio.
Tenso.
—¿Y si pasa? —pregunté.
Más bajo.
Más real.
Él no dudó.
—No te lo voy a permitir.
Algo en mi pecho reaccionó.
No supe si fue molestia…
o algo peor.
—No puedes controlarme.
Él dio un paso hacia mí.
Solo uno.
Pero suficiente.
—No —dijo en voz baja—. Pero puedo detenerte antes de que lo hagas tú misma.
Eso—
me dejó sin respuesta por un segundo.
Solo uno.
—Genial… suena muy tranquilizador.
No sonrió.
Ni un poco.
—Esto no es para tranquilizarte.
Silencio.
Otra vez.
Pero diferente.
Más enfocado.
—Primera regla —dijo.
Mi atención cambió automáticamente.
—Tu energía no es un arma.
Fruncí el ceño.
—Entonces ¿qué es?
—Una extensión de ti.
Mi respiración se detuvo apenas.
—Y ahora mismo —añadió— está fuera de control porque tú lo estás.
—No lo estoy.
Mentira.
Los dos lo sabíamos.
—Demuestra lo contrario.
El desafío quedó en el aire.
Pesado.
—¿Cómo?
Él no respondió de inmediato.
Se acercó un poco más.
Lento.
Controlado.
Como si cada movimiento estuviera calculado.
—Cierra los ojos.
Lo miré.
—¿En serio?
—Ahora.
No era sugerencia.
Era orden.
Exhalé con frustración.
Pero lo hice.
Cerré los ojos.
El mundo desapareció un poco.
No completamente.
Pero lo suficiente.
—Respira.
Inhalé.
Exhalé.
—Otra vez.
Lo hice.
—Concéntrate en lo que sientes.
Silencio.
Y entonces…
ahí estaba.
Mi energía.
No como antes.
No como explosión.
Como algo constante.
Moviéndose.
Viva.
—No intentes detenerla —dijo—. Eso es lo que haces mal.
Fruncí el ceño.
—Entonces ¿qué hago?
—Escúchala.
Esa palabra…
se sintió extraña.
Pero lo intenté.
No bloquear.
No empujar.
Solo… sentir.
Y por un segundo—
funcionó.
La presión bajó.
No desapareció.
Pero dejó de empujar.
—Eso —murmuró.
Su voz más cerca.
Mucho más cerca.
Mi respiración cambió.
—No la fuerces —añadió—. Déjala estabilizarse.
Lo hice.
Otro segundo.
Otro más.
Y entonces—
algo se movió.
Dentro de mí.
No caótico.
Diferente.
Más… alineado.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Sentiste eso? —pregunté.
Él no respondió con palabras.
Solo me miró.
Y asintió apenas.
—Eso es control —dijo.
Mi pulso se aceleró.
Pero esta vez…
no fue desorden.
Fue claridad.
Y eso—
fue mucho más peligroso.
No debí haberme sorprendido.
Pero lo hice.
Porque por un segundo…
sentí que podía hacerlo.
Controlarlo.
De verdad.
—Otra vez —dijo.
No como orden brusca.
Como algo esperado.
Cerré los ojos.
Respira.
Inhala.
Exhala.
La sensación volvió.
Mi energía.
Moviéndose.
Más clara ahora.
Más presente.
No caótica.
No todavía.
—Bien —murmuró—. Ahora mantenla ahí.
Lo intenté.
No empujar.
No bloquear.
Solo… sostener.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Mi respiración empezó a desacomodarse.
—No pienses —añadió—. Solo siente.
Fácil decirlo.
Difícil hacerlo.
Pero lo intenté.
Otra vez.
Y por un momento—
funcionó.
Todo se estabilizó.
Mi cuerpo.
Mi mente.
Mi energía.
Todo alineado.
—Eso es—
Algo cambió.
De golpe.
Sin aviso.
La presión volvió.
Más fuerte.
Más agresiva.
—No—
Mi respiración se rompió.
Mi energía reaccionó.
Subió.
Demasiado rápido.
—No la sigas —dijo él—. Contrólala.
—Estoy intentando—
Mentira.
La estaba perdiendo.
Otra vez.
La presión aumentó.
El aire se tensó.
El suelo vibró apenas.
—¡Estrella!
Mi nombre.
Fuerte.
Directo.
Pero ya era tarde.
Mi energía explotó.
No como antes.
Peor.
Más concentrada.
Más violenta.
Un pulso salió de mí.
El viento se levantó de golpe.
Las hojas se dispersaron.
Un sonido seco.
Algo se quebró a lo lejos.
—¡Detente!
No podía.
Mi cuerpo no respondía.
—No puedo—
Y entonces—
lo sentí.
Más fuerte.
Más directo.
Sus manos.
En mis brazos.
Firmes.
Anclándome.
No suave.
No cuidadoso.
Necesario.
—Mírame.
Abrí los ojos de golpe.
Lo tenía enfrente.
Demasiado cerca.
Su expresión cambió.
No calma.
No completamente.
Más intensa.
Más urgente.
—Concéntrate en mí.
Mi respiración era un desastre.
—No puedo—
—Sí puedes.
Su voz bajó.
Más firme.
Más… innegable.
Sus manos no se movieron.
No soltaron.
No dudaron.
—No la dejes salir.
El aire vibraba alrededor.
Pero más contenido.
Más limitado.
—Respira.
Intenté.
Fallé.
Otra vez.
Inhalé.
Esta vez entró.
Mal.
Pero entró.
Exhalé.
Temblando.
—Otra vez.
Lo hice.
Otra.
Y otra.
Mis ojos seguían en los suyos.
No por elección.
Porque era lo único que me mantenía ahí.
La presión bajó.
Poco.
Pero suficiente.
Mi energía dejó de expandirse.
Se quedó.
Inestable.
Pero contenida.
—Eso es —murmuró.
Más bajo ahora.
Más cerca.
Mis manos dejaron de temblar tanto.
Mi respiración empezó a estabilizarse.
Y por un segundo—
todo se detuvo.
El aire.
El sonido.
El caos.
Solo quedamos nosotros.
Demasiado cerca.
Demasiado todo.
—Lo ibas a perder otra vez —dijo.
Su voz más suave.
Pero igual de directa.
—Lo sé…
Mi voz apenas salió.
Pero fue suficiente.
—Y aun así lo detuviste.
Eso—
me hizo mirarlo diferente.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Porque no sonó como crítica.
Sonó como… reconocimiento.
Y eso—
fue inesperado.
El silencio no volvió de inmediato.
Se quedó suspendido.
Tenso.
Como si el aire aún no decidiera si relajarse… o volver a romperse.
Sus manos seguían en mis brazos.
Firme.
Presente.
Y por un segundo más de lo necesario…
ninguno de los dos se movió.
Mi respiración seguía inestable.
Pero ya no desbordada.
Solo… marcada.
—Suéltame —murmuré.
No fue rechazo.
Fue reflejo.
Él no respondió de inmediato.
Como si estuviera asegurándose de algo.
De mí.
De que no iba a perderlo otra vez.
Y entonces—
aflojó el agarre.
Lento.
Controlado.
Pero no se alejó del todo.
La cercanía se quedó.
Pesada.
Difícil de ignorar.
—Estuviste a punto de romper todo —dijo.
No sonó molesto.
Sonó… serio.
—Ya lo sé.
Bajé la mirada un segundo.
El suelo.
Las hojas movidas.
El rastro de lo que había pasado.
—No puedes permitirte eso otra vez.
Levanté la vista.
—No es como si lo hiciera a propósito.
—No importa.
La respuesta fue inmediata.
—Sí importa —repliqué, más firme—. No estoy intentando perder el control.
—Pero lo haces.
Silencio.
Directo.
Incómodo.
—Y la próxima vez —añadió— puede no haber nadie que te detenga.
Eso—
pesó.
Más que todo lo anterior.
—Entonces no te vayas —solté.
La frase salió antes de pensarla.
Antes de medirla.
Antes de poder detenerla.
Silencio.
Pero esta vez…
diferente.
Más profundo.
Más peligroso.
Porque ahora no era solo tensión.
Era algo más.
Él me observó.
Fijo.
Como si esa frase hubiera cambiado algo.
Como si hubiera cruzado una línea invisible.
—No puedo estar siempre —dijo finalmente.
No sonó frío.
No sonó distante.
Sonó real.
Y eso lo hizo peor.
—Entonces enséñame mejor —insistí.
Mi voz más firme ahora.
Más clara.
—Porque no voy a depender de que aparezcas cada vez que esto pase.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
Evaluando.
Midiendo.
Como siempre.
Pero ahora…
había algo más.
Algo que no estaba antes.
—No se trata de hacerlo mejor —dijo—. Se trata de hacerlo diferente.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
Se acercó un poco más.
Otra vez.
No tanto como antes.
Pero lo suficiente.
—Sigues intentando controlarlo como si fuera algo externo.
Mi respiración se detuvo apenas.
—Pero no lo es.
Silencio.
—Eres tú.
Esa frase…
no sonó fuerte.
Pero golpeó más que cualquier otra.
—Y mientras sigas viéndolo como algo separado —añadió— vas a seguir perdiendo.
No respondí.
No podía.
Porque una parte de mí…
lo entendía.
Y eso—
era más aterrador que todo lo demás.
—Mañana —murmuró.
Parpadeé.
—Otra vez.
Mi pulso se aceleró.
—¿Aquí?
Negó levemente.
—No.
Una pausa.
Corta.
Pero suficiente.
—Vamos a subir el nivel.
Eso no sonó bien.
Para nada.
—¿Qué significa eso?
Una leve inclinación de su cabeza.
Y esa media sonrisa…
peligrosa.
—Que ya no voy a detenerte.
El aire se tensó.
Otra vez.
—¿Qué?
—Vas a aprender a hacerlo sola.
El frío recorrió mi espalda.
—Eso no suena como una mejora.
—No lo es.
Directo.
Sin suavizar.
—Es necesario.
Otra vez esa palabra.
La odiaba.
—Y si fallo —pregunté.
Más bajo.
Más real.
Él me sostuvo la mirada.
Sin dudar.
—Entonces lo sabremos.
El silencio cayó pesado.
Muy pesado.
Porque no sonó como posibilidad.
Sonó como prueba.
Como algo que iba a pasar.
—
Y entonces—
se fue.
Sin aviso.
Sin transición.
Como siempre.
Pero esta vez…
no lo sentí igual.
Porque ahora no era incertidumbre.
Era anticipación.
Miré mis manos.
Más firmes.
Más estables.
Pero no completamente.
Nunca completamente.
Y por primera vez…
no pensé en detenerlo.
Pensé en entenderlo.
Y eso—
podía ser mucho más peligroso.