Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
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capitulo 16
Debo admitir que la llegada repentina de Erick y Modric, por caótica que resultara, terminó convirtiéndose en una de esas situaciones que, en contra de todas mis expectativas, disfruté genuinamente.
Antes de instalarme del todo en la conversación, busqué con la mirada a Marta, preocupada de que mi pequeña amiga se hubiera quedado completamente sola en medio de todo este alboroto real. La encontré junto al mostrador, conversando animadamente con un joven que parecía trabajar en la repostería, ambos riendo de algo que claramente no tenía nada que ver con nosotros. Sentí un alivio inmediato y una sonrisa se me escapó al verla tan a gusto.
*Bien,* pensé, *al menos alguien está aprovechando bien la mañana.*
Con esa preocupación resuelta, volví mi atención a la mesa, donde Erick ya había comenzado a relatar, con un entusiasmo que claramente disfrutaba cada segundo, una historia que de inmediato captó toda mi atención.
—Entonces resulta —decía Erick, inclinándose hacia mí con esa sonrisa traviesa que ya empezaba a asociar directamente con él—, que hace unos días, mi querido primo aquí presente confundió "Cristember" con "flan" en plena reunión de guerra.
—¿Flan? —repetí, girándome hacia Kael con una ceja levantada—. ¿El postre?
—No fue una confusión real —murmuró Kael, demasiado rápido, sus orejas ligeramente sonrojadas de una manera que jamás había visto en él hasta ahora.
—Fue completamente real —insistió Erick—. Modric estaba presente, puede confirmarlo.
—Lamentablemente, así fue —agregó Modric, con esa expresión profesional que apenas disimulaba su propia diversión.
Miré a Kael, que en ese momento llevaba la taza de té a sus labios con una concentración sospechosa, intentando claramente evitar la conversación. Y entonces, justo cuando Erick mencionó algo sobre flores y collares, vi cómo Kael se atragantaba con el té de una manera que casi resultaba cómica, tosiendo con una urgencia que llamó la atención de toda la mesa.
—¿Está usted bien, Majestad? —pregunté, con una sonrisa que claramente delataba que disfrutaba demasiado de su incomodidad.
—Perfectamente —respondió él, recuperando la compostura con un esfuerzo visible, aunque su voz sonaba ligeramente más ronca de lo normal—. Disculpen eso.
Erick, lejos de dejar pasar la oportunidad, se inclinó hacia mí con una expresión de pura curiosidad.
—Ya que estamos en confianza, Lady Evelyn —dijo, con ese brillo travieso en los ojos que ya reconocía como anuncio de problemas—, ¿cuáles son sus flores favoritas?
—Los lirios —respondí, sin pensarlo demasiado—. O las rosas rojas, también me gustan mucho.
Por el rabillo del ojo, noté que Kael parecía estar memorizando cada palabra con una atención casi exagerada, aunque fingía estar completamente concentrado en su taza de té.
—Excelente —dijo Erick, con una sonrisa que sugería que esa información sería utilizada para algo más adelante, aunque no especificó qué—. ¿Y su color favorito?
—El rosa, o el rojo —respondí, pensándolo un momento—. Aunque también me gusta mucho el negro.
—¿Pasatiempos?
—Leer novelas —dije, sintiendo que esto empezaba a sentirse como una especie de interrogatorio amistoso, aunque no podía evitar disfrutarlo de todas formas.
—¿Y la persona más egocéntrica e irritante que conoce? —preguntó Erick, con una sonrisa que ya anticipaba claramente la respuesta.
—Kael —respondí, sin titubear—, aunque medio soportable, debo admitir.
Modric soltó una risa breve que intentó disimular con una tos, mientras Kael, a mi lado, dejaba escapar un suspiro que sonaba más resignado que ofendido.
—Qué generosa descripción —comentó él, con sequedad.
—Intento ser justa —respondí, sin perder la sonrisa.
—¿Le gusta el teatro? —continuó Erick, evidentemente decidido a aprovechar al máximo esta oportunidad.
—A veces —respondí—, aunque a veces me aburre, dependiendo de la obra.
—¿Vino blanco o vino tinto?
—Ambos, según la ocasión.
Erick asintió con cada respuesta, como si estuviera memorizando información valiosa para algún propósito que claramente no estaba dispuesto a revelar, mientras Modric, a su lado, observaba todo con esa expresión calculadora que normalmente reservaba para asuntos de Estado, pero que ahora parecía estar aplicando, con igual seriedad, a mis preferencias personales.
—¿Algo más que deberíamos saber? —preguntó Erick, con un tono que sonaba inocente pero que claramente no lo era en absoluto.
Miré de reojo a Kael, que seguía con la vista fija en su taza, con esa expresión cuidadosamente neutral que ya había aprendido a reconocer como su forma de ocultar que estaba escuchando absolutamente todo con más atención de la que admitiría jamás.
—Creo que ya saben suficiente sobre mí por hoy —respondí finalmente, con una sonrisa que dejaba claro que sabía exactamente qué estaba pasando, aunque decidiera no señalarlo directamente—. Ahora me parece justo que alguien más responda algunas preguntas.
—Oh, no —dijo Erick, levantando las manos en señal de rendición—. Yo soy solo el mensajero en esta situación.
—¿Mensajero de qué, exactamente? —pregunté, con genuina curiosidad.
—De nada —respondió Kael demasiado rápido, lanzándole a su primo una mirada que claramente prometía consecuencias futuras—. Erick simplemente tiene la costumbre de hacer preguntas innecesarias.
—Las preguntas nunca son innecesarias —protestó Erick—, especialmente cuando la información resulta tan... útil.
No dije nada más, pero guardé cada detalle de esa conversación, sospechando, con una certeza que se sentía cada vez más sólida, que esas preguntas aparentemente casuales tenían un propósito mucho más específico del que cualquiera de los tres hombres en esa mesa estaba dispuesto a admitir abiertamente.
Y, para ser honesta conmigo misma, una pequeña parte de mí esperaba con curiosidad genuina descubrir exactamente para qué.