Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 23 El secreto en la oscuridad
Esa noche, la mansión Vivaldi parecía más grande que nunca.
Las luces del exterior estaban encendidas, pero dentro todo se sentía frío.
Isabella no había salido de su habitación.
Marco tampoco había bajado a cenar.
Lucía lo sabía.
Y ese silencio entre los dos la inquietaba más que cualquier discusión.
Había aprendido, con los años, que el verdadero problema no era cuando dos personas discutían…
sino cuando dejaban de buscarse.
Marco permanecía sentado frente a la ventana de su despacho.
Tenía una copa de vino sin tocar.
Y la mirada perdida en los viñedos oscuros.
Las palabras de Isabella seguían clavadas en su mente.
"Ya me estás haciendo daño."
Apoyó la frente contra su mano.
No era su intención.
Nunca lo había sido.
Pero el daño no siempre nace de la intención.
A veces nace del miedo.
Y él estaba hecho de eso.
Miedo.
Miedo a fallarle.
Miedo a no ser suficiente.
Miedo a que ella descubriera la verdad.
Se levantó de golpe.
Caminó por la habitación.
Se detuvo frente a un cajón cerrado con llave.
Lo miró durante varios segundos.
Ese cajón no se abría desde hacía años.
Contenía algo que había jurado no volver a tocar.
Pero esa noche…
algo dentro de él cedió.
Tomó la llave.
La giró lentamente.
El sonido del metal abrió no solo el cajón…
sino también una parte de su pasado.
Dentro había documentos médicos.
Informes antiguos.
Recortes de hospital.
Y una pequeña caja de madera.
Marco la sostuvo entre las manos.
Le temblaban ligeramente los dedos.
Respiró hondo.
La abrió.
Había una pulsera.
Una pulsera infantil.
Y una fotografía doblada.
En ella aparecía su familia.
Sus padres.
Su hermana Sofía.
Y él, sonriendo.
Esa sonrisa que ya no existía.
Cerró los ojos.
El accidente volvió como una ola brutal.
El sonido del choque.
Los gritos.
El fuego.
El vacío.
Cuando abrió los ojos, su respiración era irregular.
Se dejó caer en la silla.
—No puedo… —susurró—. No puedo volver a perder a nadie.
A la mañana siguiente, Isabella despertó antes del amanecer.
No había dormido bien.
Ni una sola hora completa.
Se levantó sin hacer ruido.
Se miró al espejo.
No reconocía del todo su propio rostro.
Había algo distinto en sus ojos.
Algo apagado.
Se vistió lentamente.
Y bajó a la cocina.
Lucía ya estaba allí.
—No has dormido —dijo sin preguntar.
Isabella negó.
—No mucho.
Lucía le sirvió un poco de café.
—¿Quieres hablar de él?
Isabella sostuvo la taza entre sus manos.
El calor no lograba calmarla.
—No sé qué está pasando.
Lucía la observó con atención.
—El miedo.
—¿Miedo?
—En los hombres también existe.
Isabella bajó la mirada.
—Pero no entiendo a qué le teme.
Lucía dudó un segundo.
No debía decir demasiado.
Pero tampoco podía dejarla en la oscuridad.
—A veces las personas cargan heridas que no saben cómo explicar.
Y cuando alguien se acerca demasiado…
sienten que esas heridas van a abrirse otra vez.
Isabella frunció el ceño.
—¿Y entonces se alejan?
Lucía asintió.
—Sí.
Aunque sea lo que más desean evitar.
Marco no apareció en todo el día.
Se encerró en la bodega.
Revisó barricas.
Firmó documentos.
Pero en realidad no estaba haciendo nada.
Solo evitaba volver a verla.
Porque sabía que si la veía…
no sería capaz de seguir escondiéndose.
Al caer la tarde, Isabella decidió ir a buscarlo.
No sabía exactamente por qué.
Solo sabía que ya no podía seguir viviendo en la duda.
Caminó hacia la bodega principal.
El lugar estaba en silencio.
Entró despacio.
—Marco…
No hubo respuesta.
Avanzó unos pasos.
—Sé que estás aquí.
Entonces lo vio.
Estaba de pie frente a una mesa de madera.
Solo.
Inmóvil.
Como si llevara horas sin moverse.
—Tenemos que hablar —dijo ella.
Marco no la miró al principio.
—No creo que sea buena idea.
Isabella se acercó.
—Eso es lo único que has dicho estos días.
Él apretó la mandíbula.
—Porque es la verdad.
Ella se detuvo frente a él.
—No, Marco.
Es una excusa.
Por fin él levantó la vista.
Sus ojos estaban tensos.
Cansados.
—No sabes lo que estás pidiendo.
Isabella lo miró fijamente.
—Entonces dímelo.
El silencio fue largo.
Demasiado largo.
Marco respiró hondo.
Y por primera vez no habló como empresario.
Ni como esposo.
Sino como un hombre roto.
—Tengo miedo de no ser suficiente para ti.
Isabella parpadeó.
No esperaba eso.
—¿Suficiente para qué?
Marco dio un paso atrás.
Como si le costara estar cerca de ella.
—Para darte lo que mereces.
Para ser… un marido completo.
El corazón de Isabella se aceleró.
No entendía del todo.
Pero sentía que había algo más profundo detrás.
—Marco…
yo no te he pedido nada de eso.
Él soltó una risa breve, amarga.
—Aún no.
Pero lo harás.
Todos lo hacen.
Isabella negó lentamente.
—No eres todos.
El silencio volvió.
Esta vez distinto.
Más frágil.
Isabella dio un paso hacia él.
—Mírame.
Marco dudó.
Pero lo hizo.
—No quiero un hombre perfecto.
Ni un hombre completo.
Ni un hombre como los demás creen que debería ser.
Solo quiero a ti.
Sus palabras golpearon a Marco más fuerte que cualquier recuerdo.
—No entiendes lo que dices…
murmuró.
Isabella negó.
—Sí lo entiendo.
Entiendo que te estás alejando de mí por algo que no me has contado.
Y también entiendo que me duele más verte lejos que cualquier verdad que puedas decirme.
El silencio se rompió.
Marco cerró los ojos.
La respiración le tembló.
Y por primera vez…
la posibilidad de contar la verdad dejó de parecer imposible.